EL PREDICADOR
Su Mensaje
(8)
Contenido de la lección:
Su Naturaleza. Bíblico. De Cristo. Espiritual. Personal
La predicación del evangelio es privilegio
reservado por el Señor a quienes él mismo ha escogido para que hablen en su
nombre. Es la parte más delicada de la misión del ministro. Para desempeñarla
fielmente debiera tener una exquisita preparación, como lo hemos expresado.
Pero la exposición del mensaje divino es, además, una de sus mayores responsabilidades.
¡Ay! de él si no anuncia fielmente el evangelio o si da a su auditorio alimento
que no sea sano o que esté mal preparado. Al púlpito debiera llegarse con temor
y temblor. El lugar es sagrado y lo son también los asuntos que en él se
exponen. Así es que la mayor preocupación del predicador debe ser dar fielmente
su mensaje.
Consideremos éste bajo dos aspectos principales:
(a)
Debe ser un mensaje bíblico. Por esto doy a entender que tenga pleno apoyo en
·
Para los
cristianos en general y especialmente para la iglesia de Cristo,
(b) Debe ser un
mensaje de Cristo. No sólo de parte
de Cristo, sino que se refiera a él y a su obra por los pecadores. Es triste
decirlo, pero hay púlpitos sin Cristo. En ellos se habla de todo: Ciencia,
historia, socialismo, legislación, etc., menos de Cristo, quien debiera ser el
centro de toda predicación Pablo sabía y podía hablar de muchas cosas, pero
escribiendo a los corintios les decía: “no
me propuse saber otra cosa entre vosotros, sino a Cristo y a éste crucificado.”
·
Es cierto que el
deber del predicador es anunciar todo el consejo de Dios, pero lo es también
que ninguna parte de este consejo deja de tener relación con Cristo. El centro
de toda
·
Predicar a
Cristo es hablar de su personalidad única, de su carácter, de su santidad, de
su enseñanza, de su poder sobre los hombres, sobre los espíritus y sobre los
elementes naturales; de su obra de amor entre los hombres, de su abnegación, de
su humildad, de su pureza de vida, de su ejemplo único, de su influencia en el mundo
y particularmente en los suyos, de su obra imperecedera, de su amplia visión
acerca de las necesidades del mundo, de su doctrina salvadora, de su espíritu
de oración y comunión con el Padre, de sus sufrimientos, de su muerte
expiatoria, de su resurrección y su entronización, de lo que hace todavía por
los suyos, y de lo que hará en su venida y de tantas otras cosas que se
refieren a quien marcó en el mundo una nueva época y le dio una civilización
superior a cuantas había tenido antes.
·
El campo es
amplísimo, y es pobre el predicador que no lo explora con su enseñanza y
predicación.
(c)
Que sea un mensaje espiritual. Dos cosas ha de notar el auditorio: que el
predicador está inspirado por el Espíritu de Dios y por esto habla con poder de
lo alto, y que el mensaje mismo es espiritual. Debemos dar más lugar al
Espíritu en nuestra predicación. A veces tiene demasiada elaboración humana y
muy poco del Espíritu de Dios. El Espíritu inspira, redarguye, convence y
dirige al pecador a los pies de Cristo. Si todo esto hace, ¿por qué no son más
espirituales nuestros sermones? ¿Por qué no damos en ellos más lugar al
Espíritu?
·
Sólo siendo
espiritual el mensaje puede afectar los espíritus. El sermón no es un simple
discurso que afecte los sentidos, sino un mensaje que hiere los corazones y los
hace volver a Dios. No es tampoco para divertir o agradar, menos aún para
exponer dotes de oratoria, sino para convencer, conmover y convertir. Y esto no
se consigue, si el mensaje no es profundamente espiritual.
·
Por esto el
Señor no permitió que los suyos salieran a cumplir su misión en el mundo, antes
de ser investidos de poder de lo alto, antes de recibir el Espíritu que había
de ser para ellos Maestro, Guía, Paracleto. ¡Cómo
transformó a aquellos hombres el Espíritu! ¡Cómo hizo poderosa su predicación!. ¡Y qué efectos tan
maravillosos producía en quienes los oían! ¡Oh! si
nuestra predicación fuera más espiritual, las multitudes se convertirían en
masa, como en el tiempo de los apóstoles. Si nuestra predicación no tiene
efecto, la causa es que le falta más poder del Espíritu de Dios.
(d) Debe ser
personal. Esto es que vaya
directamente al corazón de cada uno de sus oyentes. El predicador no debe
conformarse con hablar generalidades. S deber es hablar de asuntos concretos y
de aplicación personal. Debe mirar a los ojos de sus oyentes, como si hablara
con cada uno para darle un mensaje personal. Muchos sermones se pierden por
falta de aplicación individual. Hay predicadores de mirada vaga que, por no
atreverse a mirar a su congregación de frente, predican al cielo de la casa o
al piso de la misma. Parece que su mensaje lo dan con tanta timidez, que temen
lastimar a sus oyentes y ni se atreven a mirarlos. El carácter de este mensaje
es tan general que nadie se lo aplica, y ni el predicador se atreve a hacerlo.
·
Otras veces
aunque el predicador mire a sus oyentes, sus palabras pasan sobre sus cabezas,
sin tocarlos, esto es, ha hablado de manera tan general que nadie se da por aludido.
Su mensaje no ha sido directo ni personal.
·
Hace algunos
años vi en los patios de una Exposición un juego japonés que consistía en que
un hábil tirador arrojaba desde cierta distancia unas dagas puntiagudas sobre
la mano de otro sujeto, extendida sobre un tablado de madera, colgado
verticalmente en el extremo del salón. La habilidad del japonés consistía en
clavar las dagas alrededor de la mano del otro y aun entre los dedos, sin
herirla ni lastimarla en lo más mínimo.
·
Pienso que del
mismo modo hay predicadores del evangelio que arrojan sus saetas sin tocar a
ninguno de sus oyentes. Cromwell recomendaba a sus
soldados: “bajad la puntería.” Sabía bien que muchas balas se pierden por
apuntar demasiado alto. Así hay predicadores cuyas palabras pasan como se ha
expresado, sobre las cabezas de sus oyentes sin tocarlos.
·
Jóvenes
predicadores bajad la puntería y herid los corazones; de otro modo, vuestra
predicación carecerá de valor y aplicación personal. Fin. Revisado