EL PREDICADOR
Su Actitud ante el
Auditorio
(6)
Los temas:
Aspectos de la actitud: respetuosa, humilde,
reverente. Dominio propio al comenzar. Las excusas en el púlpito. Extremo
opuesto.
Suponiendo que el predicador ha tenido la
preparación a que me he referido en estudios anteriores, estará ahora listo
para ocupar el púlpito. Ha llegado al puesto prominente, en el que tiene que
desempeñar la parte más delicada de su misión. Predicar es la misión suprema del
siervo del Señor. En el púlpito está a la vista de todo el auditorio y no debe
olvidar que su actitud es observada hasta en sus menores detalles. Por esto es
importante que tenga en cuenta algunos aspectos importantes de su
comportamiento en el púlpito, siendo los principales:
(a)
Respetuosa.
El lugar que ocupa y la misión que desempeña, dando al pueblo un mensaje en
nombre de Dios, merecen todo su respeto, y lo merece igualmente el auditorio al
cual se dirige. El predicador respetuoso y atento, se gana desde el principio
la simpatía, la atención y el respeto de sus oyentes.
(b) Humilde. Por mucho que sepa un predicador y por bien que
haya preparado su sermón, su actitud ha de ser humilde. Ni sus palabras ni su
presentación deben revelar otra cosa que humildad ingenua y sincera. Si bien es
cierto que su mensaje es del cielo y lo da en el nombre del Señor, no debe
olvidar que sólo es humilde instrumento en las manos del Maestro, quien fue manso
y humilde de corazón y dijo a los suyos: “aprended de mí”.
(c)
Reverente,
Representa los intereses divinos, maneja
(a)
Si ha hecho
una buena preparación;
(b) si está convencido de la importancia de su mensaje, y
(c)
si está
seguro de contar con la ayuda divina al tiempo de predicar.
·
Muchos
predicadores preparan bien el cuerpo y el desarrollo del sermón, pero no tienen
cuidado de preparar la introducción, y es en ésta donde comienza el fracaso de
quien predica sin una buena introducción. Algunos predicadores hábiles
comienzan con una pequeña anécdota para ganar la atención de sus oyentes. pues
es cierto que ganada ésta desde el principio, es más fácil sostenerla hasta el
fin. Pero esta costumbre no debe seguirse por todos, pues algunos predicadores
carecen por completo de gracia para referir anécdotas, y llevan el riesgo de
fracasar en el mismo principio, si intentan hacerlo. Mejor es preparar una
buena introducción y saber hasta las palabras con que ha de comenzarse.
·
La introducción
no debe ser larga, pero siempre ha de tener alguna relación con el asunto del
sermón, sin comprender ninguna de sus partes.
·
No comience el predicador
pidiendo excusas o haciendo apologías. Las excusas en el púlpito son
inoportunas y nunca dan el resultado que el predicador espera, más bien
producen lo contrario. Comenzar, por ejemplo, diciendo: “suplico al auditorio
que me dispense, porque no estoy preparado para predicar,” fuera de que esta
excusa es vulgar y de mal gusto, es enteramente impropia, porque si el
predicador no está preparado, y así lo confiesa, no debe predicar. Otros
comienzan diciendo: “no soy digno de ocupar este lugar, reservado para
inteligencias esclarecidas, etc.” Si él mismo confiesa que no es digno de
ocupar el púlpito, es mejor no ocuparlo y bajarse antes de ir al fracaso. Otros
aun dicen lo siguiente: “aunque soy ignorante y no conozco el asunto, me atrevo
a hablar confiado en vuestra inteligencia.” Peor aún, porque los auditorios
nunca tienen indulgencia para predicadores ignorantes.
·
Pero cuando las
tales apologías tratan de ocultar una falsa modestia, entonces no sólo son
impropias e inoportunas, sino imperdonables. Mejor es que el predicador
comience quietamente, haciendo con la ayuda de Dios lo mejor que le sea posible
en el desempeño de su difícil pero importante misión.
·
Tampoco debe
incurrir en el extremo opuesto de hablar con arrogancia, dando la impresión de
que sabe y puede predicar. Tal actitud desagrada, pues en el púlpito lo
importante es no lo que el hombre da a entender que es o no es, sino el
mensaje, si realmente trae un mensaje de Dios.
·
Así es que el
éxito en el púlpito depende en mucho de la actitud del predicador ante el
auditorio. Fin. Revisado.