EL PREDICADOR
El Predicador y la
congregación
(19)
A considerar:
Preliminares. Vigile que no se introduzcan errores.
Que no se mezclen el mundo y la iglesia. Que no se relaje la disciplina. Evite
las divisiones. Eduque a la iglesia en todos sus deberes.
No debe olvidarse que el predicador es
puesto para la defensa del evangelio. Como pastor es el guardián de la iglesia
puesta bajo su cuidado y dirección. Es el atalaya que observa el peligro, da la
voz de alarma y se apresura a la defensa. ¡Ay de él, si abandona su puesto o
descuida la vigilancia! Su iglesia y su familia son los supremos intereses a
que debe dedicar toda su atención, y así como no permitiría que su casa fuera
asaltada, o vejada su esposa y maltratados sus hijos, con igual celo debe
cuidar de que su iglesia no sea asaltada, ni corrompida en sus doctrinas y
prácticas. Si lo permite, no es buen guardián y su responsabilidad será grande.
Es su deber como pastor alimentar y cuidar a sus ovejas. Debe darles alimento
sano y llevarlas a las aguas cristalinas que brotan de la Palabra de Dios. El
Señor demandará de su mano la vida de sus ovejas, si no las cuida y alimenta
como debe.
El predicador no sólo es eso, sino ministro,
esto es, servidor de la iglesia. Debe desempeñar este cargo con humildad, como
sirviendo al Señor y no a los hombres. Algunas veces el joven predicador
equivoca su papel y en vez de servidor, quiere ser amo de la iglesia. Tal
equivocación es lamentable, ya que las consecuencias son funestas. El ministro
debe estar animado del espíritu de servicio que tuvo el Maestro, quien dijo:
“el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y dar su vida
en rescate por muchos.”
El predicador es también maestro de su
pueblo. Debe saber enseñar y debe tener qué enseñar. Debe conocer bien su
Biblia para sacar de ella las mejores lecciones para la vida de los que están
bajo su cuidado. Debe enseñar en el púlpito. Su predicación debe estar cuajada
de enseñanza sana. Debe ser maestro de los niños, de los jóvenes y aún de los
ancianos. Su palabra sabia y de autoridad debe ser tenida en cuenta. Debe
enseñar con su vida consagrada. Su vida ha de ser una constante y elocuente
predicación.
Es su deber también cuidar que la iglesia
conserve su pureza espiritual. Para esto tenga en cuenta lo que sigue:
- Vigile
que no se introduzcan errores.
Ya sean estos doctrinales o de práctica, deben evitarse a toda costa.
Nunca debe ceder su púlpito a personas que no sean de sana doctrina.
Algunos falsos maestros abusan de la hospitalidad que se les brinda y
desde el púlpito quieren imponer sus errores. El pastor debe estar siempre
seguro de la ortodoxia de la persona que ocupa su púlpito. Si tiene alguna
duda, será mejor no cederlo.
- También los maestros de las clases en cualquier
área deben ser personas convertidas y de sana doctrina.
- Se ha discutido en cuanto a quienes deben
enseñar en las clases. Es mi opinión
que no solamente debe considerarse el conocimiento y preparación, sino también
su fidelidad y santidad a Dios. Enseñar a los niños es cosa sumamente
delicada, y deben hacerlo sólo los maestros que estén exentos de errores
doctrinales. Un error enseñado en la niñez, difícilmente se olvida.
- Cada predicador tiene que instruir debidamente
a sus miembros, pues los que conocen bien sus doctrinas y son conscientes
de sus deberes, nunca caen en estos lazos diabólicos.
- Cuide
también que no se introduzca el mundo en la iglesia. Que no se borre la línea divisoria. Mientras el
mundo rodea a la iglesia, no hay peligro. Este comienza cuando se
introduce en ella. Es como una embarcación; no tiene peligro si la rodea
el agua. El peligro está en que el agua se introduzca en la embarcación.
- El mismo predicador debe dar ejemplo a todos
sus miembros, especialmente a los jóvenes. No debe aprobar con su
presencia las fiestas mundanas. Debe reprobar en todo tiempo y lugar las
costumbres mundanas. Debe condenar los bailes y toda clase de diversiones
del mundo.
- No permita que sus hijos practiquen estas
cosas, mientras él las condena desde el púlpito.
- Visite y exhorte con amor a los miembros que
tienen tendencias mundanas. No regañe desde el púlpito. Se consigue más
con la exhortación cariñosa, que con la reprensión áspera.
- Con paciencia enseñe las ventajas de la vida
espiritual y señale con toda claridad los peligros del mundo. Una
enseñanza persistente y una vida apartada de los placeres mundanos,
conseguirán elevar el tono espiritual de la vida de una iglesia.
- No
permita que se relaje la disciplina de la iglesia. La disciplina es esencial para la pureza de una
iglesia. Corregir y apartar de su seno a los miembros que anden fuera de
orden, es deber de toda iglesia cristiana. Algunos pastores son muy
descuidados en este sentido. Todo su afán parece consistir en recibir
nuevos miembros. Bautizan algunas veces demasiado aprisa y llenan los
libros de las iglesias con nombres de miembros que conocen muy poco sus
deberes y responsabilidades. Se acuerdan muy poco de la disciplina y menos
de aplicarla cuando conviene.
- En algunas iglesias varios de los miembros no debieran
tener ese carácter. Tienen vicios, viven mal, bailan, venden licores y
hasta se embriagan, y con todo figuran como miembros. El pastor no ha
cumplido con su deber de amonestarlos, llamarlos al orden y sujetarlos a
la disciplina de la iglesia. No lo ha hecho por cobardía o por
consideraciones mal entendidas.
- Algunos miembros y hasta predicadores creen que
a nadie debe excluirse; que debe dejarse crecer la cizaña juntamente con
el trigo, según la parábola del Señor. Tal aplicación de esta parábola es
completamente errónea y pervierte su sentido. En ella no habla el Señor
de la iglesia. Dice claramente “el campo es el mundo” En cuanto a la
disciplina, dice: “si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y
publicano,” esto es, indigno de pertenecer a la iglesia.
- Así es que el predicador tolerante, indeciso,
cobarde y descuidado, que hace a un lado la disciplina, no está
cumpliendo con su deber. No es todo bautizar y bautizar, para tener
muchos miembros, sino que éstos vivan rectamente y sean una honra para la
iglesia. La mejor iglesia no es la que tiene más miembros, sino la que
hace buen uso de su disciplina y por ella conserva su pureza.
- Por otra parte, se debe saber que excluir a un
miembro, no quiere decir necesariamente que éste no sea cristiano, sino
que ha tenido una falta que necesita corregir para su propio bien y para
el de la causa que la iglesia sostiene. Por lo mismo, ningún miembro
excluido debe abandonarse. Conviene visitarlo y hacerle ver que se tiene
interés en él y deseos de que vuelva al buen camino.
- Muchos miembros de esta clase que pudieran
volver al seno de la iglesia, no lo hacen porque nunca sienten el estímulo
de las visitas del predicador o el cariño de los otros miembros. No
quiere esto decir que todos los miembros excluidos volverán, pues algunos
nunca han sido cristianos, pero a los que lo son, debe buscárseles y
animárseles a que entren de nuevo en el buen camino.
- Evite
a toda costa divisiones en la iglesia. El Predicador tiene que ser hombre de mucho tacto, muy hábil y de
espíritu conciliador. En todas las iglesias hay diferencias de criterio
que muchas veces se ahondan hasta producir contiendas y divisiones. Hay
miembros que a toda costa quieren que prevalezca su opinión; que no
respetan la de otros y hasta se disgustan si algunos opinan de modo
diferente. Otras veces hay viejas cuestiones que, como las brasas semi apagadas, con un soplo reviven y arden.
- En estos casos es cuando el ministro necesita
de toda su prudencia, tacto y buen juicio, para conciliar opiniones
diversas o para apagar y sepultar viejas y rancias cuestiones. Si en vez
de esto, se muestra parcial, favoreciendo a unos más que a otros, o está
dispuesto a dar oídos a toda clase de chismes y enredos, se meterá en una
dificultad de la que difícilmente puede salir y ocasionará en su iglesia,
y esto es lo peor, divisiones que siempre son de funestos resultados.
- El ministro que sabe y puede mantener a su
iglesia unida, es el que mejor cumple con su deber. Un modo de
conseguirlo, es dar a cada miembro un trabajo definido. Los miembros
ocupados, nunca causan divisiones. Estas se fomentan por los desocupados
y los que no tienen interés en la causa del Señor.
- Por
último, debe educar a su iglesia en todos sus deberes. Una iglesia de abundante vida espiritual,
activa, misionera, lista para ayudar a toda causa noble, agresiva y en
aumento constante, debe ser el ideal de todo pastor inteligente y piadoso,
y no descansará hasta realizarlo.
- Abundan las iglesias dormidas, semimuertas, que
nunca ayudan ni en las misiones ni en ninguna otra causa buena.
- Despertar a estas iglesias, educarlas en sus
deberes cristianos, es la tarea do todo predicador que desea cumplir con
su deber.
- Una iglesia bien educada en sus deberes, se
sostendrá a sí misma, contribuirá liberalmente para la causa del
evangelio, abrirá nuevas misiones y tendrá a todos sus miembros en
constante actividad.
- El predicador será el agente principal, el que
está listo para fomentar todo buen impulso y el que imparte la
instrucción necesaria para el desempeño de todas estas actividades.
- Esta instrucción no se logra, sin un trabajo
metódico de enseñanza continuada y persistente. Es grande el privilegio
del pastor, pero es mi grande su responsabilidad si no desempeña a
conciencia su delicada misión.
El mejor predicador es el que mejor enseña
a su iglesia en sus deberes y desarrolla sus actividades. Fin. Revisado