EL PREDICADOR
Su Vida Privada
(13)
Contenido:
Aspecto personal. Familiar. Intelectual. Espiritual.
Si es
importante que la vida pública del predicador sea del todo correcta, no es
menos importante que lo sea también su vida privada. Esta también es observada
más de lo que él supone.
Si en la pública hay ciertas formas de
conveniencia o profesionales, que a veces lo hacen aparecer algo distinto, en
la vida privada se descubre el hombre, deja todo disfraz y aparece como es en
realidad. Es, pues, la vida privada la que revela al hombre, la que descubre su
verdadero carácter. En el predicador, debe haber, por supuesto, una
correspondencia efectiva entre la vida pública y la privada, pues cualquier
discrepancia es notada con facilidad.
El predicador debiera vivir en casa de
cristal, pues los actos de su vida privada deben ser correctos y no teme que
sean observados. Hay, por supuesto, detalles e intimidades que no están ni
deben estar a la vista de todos, no porque sean incorrectos, sino porque son de
carácter enteramente privado.
Estudiemos algunas fases de su vida privada:
1.
Su aspecto personal. Sea el predicador hombre de hábitos limpios.
Primero, en su persona. No por estar en la casa deje de asearse, bañarse y
rasurarse diariamente. Hablo con jóvenes que comienzan a iniciarse en la
carrera ministerial, y es conveniente que desde el principio adquieran ideas
propias en estos detalles que a veces se descuidan por considerarse pequeños, y
que en realidad no lo son. Predicadores desaseados, descuidados en su persona,
aun estando en la casa, causan siempre desagradable impresión. Por fortuna, el
agua y el jabón no cuestan mucho, y deben usarse con abundancia.
·
También en sus
vestidos. No es necesario usar vestidos costosos, pero sí limpios. Muéstrese
aun entre los suyos como persona pulcra y de modales limpios. Conozco
predicadores que, por el hecho de estar en casa, andan con ropa sucia y trajes
arrugados y manchados. Cuando llega gente extraña a la casa, procuran
esconderse, pues no están presentables, Pues ni aun entre los nuestros debemos
aparecer en forma tan descuidada.
2.
Su aspecto familiar. Debe ser el predicador el jefe de un hogar modelo.
El suyo será el dechado de muchos otros hogares. Su hogar debe ser atractivo,
simpático, (le modo que para todos sea un placer hallarse en él.
·
El predicador es
por derecho natural el jefe del hogar, y personalmente debe ser un buen padre
de familia y un excelente esposo. Debe mostrar, no sólo en público, sino en
casa y delante de sus hijos, una sincera estimación para su esposa, compañera
suya en los trabajos y deberes familiares. La esposa, como madre y señora de la
casa, tiene grandes y graves responsabilidades con el cuidado de la familia y
las múltiples atenciones del hogar. Si en estas responsabilidades cuenta con la
cooperación, el cariño y la estimación del esposo, le serán más fáciles y
llevaderas.
·
Los hijos deben
sentir la dirección cariñosa, pero firme de su padre. Debe inspirar en todos amor por el trabajo religioso que hace y hacerse
acompañar de ellos a cada servicio. Es una equivocación lamentable permitir que
los hijos se queden jugando en la casa o en la calle, en vez de asistir a la
escuela dominical o ‘os servicios de la iglesia. El buen ministro comienza por
su casa, pues “si no puede gobernar a sus hijos, ¿cómo podrá gobernar la casa
de Dios?”
·
El hogar del
predicador debe ser un rincón de paz, de descanso y de dulce tranquilidad. Nada
debiera parecerse tanto a] cielo como su hogar. Si en otros hay desavenencias,
discusiones y altercados, en el suyo, por lo contrario, debe haber paz,
concordia y amor en abundancia.
·
Conserve
encendido el altar familiar. Léase
·
Cuando en la casa
se han seguido estas reglas, se convierte en hogar y éste en una bendición para
cuantos moran en él.
3.
Su aspecto intelectual. El predicador
debe ser hombre de estudio. El que no estudia se atrasa y nulifica. El lado
intelectual de su misión se sostiene por el estudio. Sus sermones deben ser el
fruto de estudios cuidadosos. Si no predica bien, es porque no estudia ni se
prepara convenientemente, y pronto llegará al fracaso.
·
Conozco a muchos
predicadores que no estudian y que, corno los médicos rancios, dan las mismas
recetas a todos los enfermos. Sus sermones son los mismos con diferente texto o
lo que es peor, son una repetición cansada y sosa de verdades por todos
conocidas. Es cierto que la predicación es la exposición de verdades antiguas y
conocidas, pero por el estudio estas verdades se transforman y se presentan en
forma atractiva y novedosa.
·
En otra plática
hablaré con ustedes de otras cosas referentes al estudio del predicador.
4.
Su aspecto espiritual. Nadie debiera superar al predicador en la práctica
de la oración. Ninguno la necesita más que él. En la oración está el secreto de
su éxito como ministro de
·
Por otra parte,
el que no sabe orar en lo privado, no tiene poder para orar en público. La
oración pública es un reflejo de la privada. Se dice de Spurgeon
que al abrir los ojos al terminar su oración pública, se sentía sobrecogido y
embarazado, al darse cuenta de que estaba en presencia de su congregación. Tan
cerca de Dios había estado, que olvidaba la presencia de los hombres. Estando
él en el púlpito podía ceder la lectura de
·
El rey de
Escocia temía más a las oraciones de Knox, que a un
ejército enemigo. Tal era el poder en la oración de este siervo de Dios que
oraba diciendo: “Dios
mío, dame a Escocia, o muero.” Lutero era hombre de
oración. Decía: “mientras más ocupado estoy más tengo que orar.” Y este hombre
que sacudió a Europa con su reforma religiosa, oraba tres horas cada día.
·
El Señor mismo
fue hombre de oración. Las sombras de la noche o los albores de la madrugada,
lo sorprendían entregado a la oración. Los apóstoles sabían cómo oraba su
Maestro. Una vez, muchas veces, lo oyeron orar con tal fervor e intensidad, que
le dijeron: “Señor, enséñanos a orar.” Ellos no oraban como su Maestro, no
sabían orar.
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Generalmente
después de un día de ardua labor y fatiga, el Señor se retiraba a un monte a
orar, a estar en comunión con su Padre. A veces pasaba toda la noche en
oración. Y nosotros, ¡cuán poco oramos!
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Jóvenes, si
queréis poder en vuestra vida espiritual y éxito en vuestro trabajo,
conseguidlo en la oración, no tanto en la pública, cuanto en la privada.
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También que
Tales son en resumen los aspectos
principales de la vida privada del predicador. Si tiene el cuidado de que ésta
se norme por los principios del evangelio que él predica, será una bendición
para él, para los suyos y para los extraños.
No debe olvidarse, por otro lado, que la
vida privada del predicador, influye poderosamente en el éxito de su delicada
cuanto honrosa misión pública. Fin. Revisado