JESUS Y LOS DOCE
Mas que colegio apostólico o escuela de
perfección, el grupo de los doce fue una familia sin morada, caminando bajo
todos los cielos y durmiendo bajo las estrellas, familia dentro de la cual
Jesús fue el HERMANO que trató a ellos con tanto amor y comprensión.
Jesús,
igual que en una familia, fue sincero y veraz para con ellos. Les abrió
su corazón y les manifestó que lo iban a crucificar y matar, pero que al tercer
día resucitaría. Les previno de los peligros. Los alentó en las dificultades,
se alegró de sus éxitos.
Los trató como amigos, porque un hombre es
amigo de otro hombre cuando aquél manifiesta toda su intimidad a éste. En una
tremenda reacción de sinceridad, les manifestó que sentía tristeza y miedo. Me
parece que Jesús casi llegó a mendigar consolación cuando, en Getsemaní, fue a verlos, y los halló durmiendo. Después de
muchos años, Pero recordaba, con emoción, que, en su boca, nunca había
encontrado ambigüedad o mentira.
Jesús, fue con ellos, exigente y
comprensivo a la vez. Como en todo grupo, también allí nacieron y crecieron las
yerbas de la rivalidad y de la envidia. Jesús necesitó un extraordinario tacto
para suavizar las tensiones, y superar las rivalidades con criterios de eternidad.
Con infinita paciencia, en innumerables oportunidades, les corrigió su
mentalidad mundana.
Les lavó los pies. Fue delicado con el
traidor, tratándolo con una palabra de amistad. Fue comprensivo con Pedro, con
una mirada de misericordia. Fue cariñoso con Andrés y Bartolomé. Sobre todo
fue un sembrador infatigable de la esperanza. Se manifestó paciente para
con todos y en todo momento. Sólo en un momento aparece un destello de
impaciencia ¡Hasta cuando! (Lc. 9:41). Fuera de este
momento, la paz fue la tónica general.