¿AQUELLA NOCHE?

 

 

En aquella casa de Nazareth, en una rústica casa, en la ladera de una colina, dos personas se disponen a conversar. Jesús y su madre María, después de orar, a la luz de una lámpara. Jesús se sentó a la mesa que él mismo había construido. La madre sirve la cena, y los dos permanecen en silencio...Jesús está inquieto, pero más lo está la madre: un velo de tristeza comenzaba a proyectarse sobre aquel rostro maternal. Ella presentía algo, pero no alcanzaba a adivinar de que se traba. En los últimos años la madre había observado al hijo con una intención persistente y ansiosa, y había llegado a la conclusión que algo importante se avecinaba. Sentía curiosidad por ese algo, pero también miedo, y casi prefería no saber de qué se trataba.

 

Madre, dijo Jesús: Ella levantó la mirada, pero la bajó al instante. Madre, ha llegado la hora: me voy, me voy a anunciar un reino que será como una marea alta bajo la luna llena.  Caminaré por un sendero lleno de precipicios, por donde transitan los chacales;  conmigo volverán las golondrinas, y la primavera volverá a danzar en nuestros huertos y patios. Necesito desatar un diluvio, no para extinguir la vida, sino para purificar la tierra, porque el culto a nuestro Dios se ha convertido en un árbol viejo y carcomido por la rutina. Pero, recuérdalo madre, no será un diluvio de aguas sino de amor.

 

Jesús calló, esperando que la madre reaccionara; pero ella guardó silencio, pero una batalla había en su interior--- han sido muchos años,  comenzó diciendo lentamente la madre, en los que he vivido envuelta en el polvo de la maledicencia. Todos los reproches se han ido acumulando sobre mis hombros como una carga pesada. Una y otra vez se me ha echado en cara que no he sabido conducirte, que te he permitido desviarte del recto camino del sentido común, que he sido demasiado condescendiente con tus caprichos, que no he sabido persuadirte a tomar esposa para formar un hogar... Hijo mío, estoy cansada de tantas cosas. Y en cuanto a lo que ahora me manifiestas, no hace falta ser muy perspicaz para saber lo que dirán: que me haz abandonado dejándome sola, que quién cuidará de mí en mis últimos años...

 

Nuevamente hubo un largo silencio. Había llegado el momento de las reflexiones para ambos. Madre he hijo continuaban en silencio, y en el silencio dormía el llanto a punto de estallar. El Hijo intentó retomar la palabra, pero la emoción lo ahogaba. Por fin sobreponiéndose acertó a continuar:

  -         madre, los amados nunca están solos, aunque los separen mares y océanos. En el olvido hay distancias infinitas, pero en el recuerdo no hay distancias. Me voy, pero permaneceré aquí, a tu lado, sentado bajo el limonero del huerto.

 

Contra todo lo esperado,  la madre se puso resueltamente de pié, como un árbol joven sin miedo a las tormentas; y comenzó a hablar, su voz era firme y dulce como la flauta del pastor resonando en los valles. “Soy una esclava de Dios”, dijo. Una esclava es aquella que se siente sin derechos; y si la ofensa, como dicen algunos, es la lesión a un derecho, ¿qué puede ofender a una esclava que no tiene derechos?. ¡Sea, pues, hecha la voluntad de mi Padre Celestial!. No me siento con derecho a protestar, hijo mío, porque mis derechos están en las manos de mi Señor. Hijo, puedes irte. Tienes mi bendición. Que te cubran con sus alas los ángeles de Dios. Sean tus palabras música e incienso para los pobres. Tu invierno sea un seño poblado de ensueños, y en tus veranos descansa a la sobra de los cedros sagrados. Llena tus manos con el polvo de las estrellas para rociar el dolor de los humildes; se plácida lluvia sobre los campos de los angustiados, y lleva una brazada de sarmientos(ramas) para el fuego de los necesitados. Y recuérdalo: mis pasos seguirán detrás de tus pasos y todas las noches visitaré tus sueños.

 

Jesús, el Unigénito del Padre, el Hijo del hombre, cual gallardo guerrero, aquella noche salió para iniciar una guerra espiritual que busca liberar a los presos y encadenados por el diablo.

 

“(Mateo 4:23-25) Y rodeó Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Y corría su fama por toda la Siria; y le trajeron todos los que tenían mal: los tomados de diversas enfermedades y tormentos, y los endemoniados, y lunáticos, y paralíticos, y los sanó. Y le siguieron muchas gentes de Galilea y de Decápolis y de Jerusalem y de Judea y de la otra parte del Jordán.  (SRV)

 

“(Lucas 8:1-3) Y ACONTECIO después, que él caminaba por todas las ciudades y aldeas, predicando y anunciando el evangelio del reino de Dios, y los doce con él, Y algunas mujeres que habían sido curadas de malos espíritus y de enfermedades: María, que se llamaba Magdalena, de la cual habían salido siete demonios, Y Juana, mujer de Chuza, procurador de Herodes, y Susana, y otras muchas que le servían de sus haciendas.  (SRV)-FIN.

 

Muchas gracias por leer este artículo. Continuará.

 

cisnerosme@yahoo.com.mx

 

Nota: Desde luego este es un relato imaginario, pero ¿cómo imagina usted que fue aquel momento cuando Jesús anunció a su madre que se iría para cumplir una misión que el Padre le había encomendado?