(40)
El día que esté
viejo y ya no sea el mismo, ten paciencia y compréndeme.
Cuando derrame comida sobre mi camisa y olvide como atarme mis zapatos,
recuerda las horas que pase enseñándote a hacer las mismas cosas.
Si cuando conversas conmigo, repito y repito las mismas palabras que sabes de
sobra como termina, no me interrumpas y escúchame. Cuando eras pequeño(a) para
que te durmieras tuve que contarte miles de veces el mismo cuento hasta que
cerrabas los ojitos.
Cuando estemos reunidos y sin querer haga mis necesidades, no te avergüences y
compréndeme que no tengo la culpa de ello, pues ya no puedo controlarlas.
Piensa cuantas veces cuando niño(a) te ayude y estuve paciente a tu lado
esperando a que terminaras lo que estabas haciendo.
No me reproches porque no quiera bañarme; no me regañes por ello. Recuerda los
momentos que te perseguí y los mil pretextos que te inventaba para hacerte más
agradable tu aseo. Acéptame y perdóname. Ya que soy el niño ahora.
Cuando me veas inútil e ignorante frente a todas las cosas tecnológicas que ya
no podré entender, te suplico que me des todo el tiempo que sea necesario para
no lastimarme con tu sonrisa burlona. Acuérdate que yo fui quien te enseñó
tantas cosas. Comer, vestirte y tu educación para enfrentar la vida tan bien
como lo haces, son producto de mi esfuerzo y perseverancia por ti.
Cuando en algún tiempo mientras conversamos me llegue a olvidar de que estamos
hablando, dame todo el tiempo que sea necesario hasta que yo recuerde, y si no
puedo hacerlo no te burles de mí; tal vez no era importante lo que hablaba y me
conforme con que me escuches en ese momento.
Si alguna vez ya no quiero comer, no me insistas. Sé cuanto puedo y cuanto no
debo. También comprende que con el tiempo ya no tengo dientes para morder ni
gusto para sentir.
Cuando me fallen mis piernas por estar cansadas para andar, dame tu mano tierna
para apoyarme como lo hice yo cuando comenzaste a caminar con tus débiles
piernas.
Por ultimo, cuando algún día me oigas decir que ya no quiero vivir y solo
quiero morir, no te enfades. Algún día entenderás que esto no tiene que ver con
tu cariño o cuanto te ame. Trata de comprender que ya no vivo sino que
sobrevivo, y eso no es vivir.
Siempre quise lo mejor para ti y he preparado los caminos que has debido
recorrer. Piensa entonces que con el paso que me adelanto a dar estaré
construyendo para ti otra ruta en otro tiempo, pero siempre contigo.
No te sientas triste o impotente por verme como me ves. Dame tu corazón,
compréndeme y apóyame como lo hice cuando empezaste a vivir. De la misma manera
como te he acompañado en tu sendero te ruego me acompañes a terminar el mío.
Dame amor y paciencia, que te devolveré gratitud y sonrisas con el inmenso amor
que tengo por ti.
Agradecemos esta aportación a Walter Ballesteros