¨JESUCRISTO¨
(9)
JESÚS: NUESTRO REDENTOR
En
el relato de la expiación llevada a cabo por Jesús reside el poder para
enternecer el corazón y para motivar a los pecadores a vivir por Jesús. ¿Qué
tema más importante puede haber?
La
palabra «expiar» (Ref-1) significa hacer enmiendas, remediar asuntos,
o restituir satisfactoriamente a una persona ofendida,
obteniéndose como resultado que dos que estaban enemistados se pongan «en paz».
Moisés trató de «poner en paz» a dos hombres que reñían (Hechos 7.26). La
palabra «expiación» significa acuerdo, concordia, reconciliación.
La
palabra griega (Ref-2) que responde por la única ocurrencia de la
palabra «expiación» en la versión KJV del Nuevo
Testamento (Romanos 5. II) (Ref-3) significa literalmente intercambio de
valores equivalentes, tal como monedas. El intercambio justo da como resultado
una nivelación de diferencias, una reconciliación, una expiación.
La
palabra hebrea (Ref-4) que se traduce por «expiación» significa literalmente
«cubierta». Describe la brea con que Noé cubrió el
arca. Describe el presente que Jacob envió para apaciguar a Esaú: «Apaciguaré su ira [cubriré su
rostro] con el presente que va delante de mí» (Génesis 32.20). La palabra ha
llegado a significar «cubierta para el pecado,
satisfacción, propiciación,
expiación».
La
palabra «pecado» proviene de palabras griegas (Ref-5) que significan «errar el blanco» (tal como en
el lanzamiento con arco), es decir, errar y ser culpable delante de
No
fueron solamente Adán y Eva los que pecaron contra Dios. Todos los demás que
pueden pensar bien y crecen distinguiendo el bien del mal, han errado el blanco de la justicia («Toda
injusticia es pecado»; (1ª Juan 5.17).
Todos están debajo del nivel de excelencia establecido por Dios (Romanos 3.23). Ningún ser humano, excepto Jesús, pudo preguntar sin que le respondan: «¿Quién de vosotros me redarguye de
pecado?» (Juan 8.46).
A pesar de los adelantos del hombre, esta
pregunta de tres mil años de antigüedad todavía necesita que se responda
negativamente: «¿Quién podrá decir: Yo he limpiado mi corazón, limpio
estoy de mi pecado?» (Proverbios 20.9). Jesús es el
único que podría hacer tal afirmación. La universalidad del pecado demuestra
que la doctrina de la expiación limitada está lejos de ser verdadera. Solamente
una expiación universal puede ser eficaz contra el pecado universal. Si Dios no
hace acepción de personas (Hechos 10.34), y si Él ama a todas Sus criaturas, entonces Su plan de expiación por el pecado debe
incluir a todos los hombres.
El
pecado no se hereda ni se transfiere. Todo pecador es «atraído y seducido» por
su propia concupiscencia (Santiago 1.14). (Ref- 6) Por esta razón, por
más amplia que sea la expiación que hace Jesús por el pecado, esta es eficaz únicamente en la medida que cada
individuo responde personalmente a las disposiciones de esa expiación. Si el
pecado es individualista, también lo es la eficacia
de la expiación. Si el pecado es personal, entonces la reconciliación debe ser
también personal. La expiación es inútil, entonces,
ante la ausencia de respuesta personal. La respuesta de los padres por sus hijos es imposible, y también lo es que una persona se
bautice en nombre de un amigo. (Ref-7) «De manera que cada uno de nosotros dará a
Dios cuenta de sí» (Romanos 14.12).
La
paga del pecado trae como consecuencia la muerte y el ser desterrado de la
presencia del Señor. Dios no sería un recto y justo Ser (Deuteronomio 32.1-4) si Él pasara por alto la
impiedad del hombre, y lo llevara al cielo a pesar de sus pecados. Sin embargo.
Dios siempre ha amado al hombre, y ha anhelado su salvación (Ezequiel 33.11;
Juan 3.16). ¿Cómo podía Dios seguir siendo justo y, a la vez, justificar a los
pecadores? (Vea Romanos 3.25b, 26). Este era el problema del cielo.
La observancia de leyes patriarcales era
insuficiente
Las leyes de Dios mandaban sacrificios de animales y prohibían el
derramamiento de sangre humana y el ingerir sangre de animal alguno. Tales
leyes eran esenciales para mantener a los patriarcas en el camino al cielo. Si
tales observancias podían haber expiado por el pecado, el problema del cielo
habría sido resuelto —pero estas leyes no podían hacer talpcosa.
La observancia de leyes mosaicas era
insuficiente
Había una maldición sobre todo aquel que despreciara la ley de Moisés
(Deuteronomio 27.26; Hebreos 10.26-27) y que no acertara a cumplirla. Aun los
que la observaban intachablemente (Lucas 1.6; Filipenses 3.6) todavía tenían
pecados en contra de ellos, pues era imposible que la sangre de animales
quitara los pecados (Hebreos 10.4). «Si la ley dada pudiera vivificar, la
justicia fuera verdaderamente por la ley» (Gálatas
3.21).
Creer y obedecer a Dios y a Cristo es
insuficiente
Es
un gran acto de fe el que se ejemplifica en el anciano Abram
cuando ya tenía ochenta y cinco años, el cual creía que Dios haría que su
simiente fuera tan numerosa como las estrellas (Génesis 15.6). Este acto de fe
de Abram es alabado y presentado como un ejemplo para
nosotros, en el Nuevo Testamento (Romanos 4.16-24; Gálatas
3.16-29). Si la obra de creer (vea Juan 6.29) y de obedecer pudiera expiar por
el pecado, el problema del cielo habría sido resuelto. Una fe obediente (Romanos
1.5) que obra por el amor (Gálatas 5.6) es esencial para que alguien vaya al cielo
(Apocalipsis 2.10), pero no hay nada que un ser humano pueda hacer que en
realidad lo haga justo. Por más importante que era la estricta obediencia a la
palabra de Dios, la obediencia humana no era la solución para el problema del
cielo.
Hacer buenas obras es insuficiente
Las buenas obras son preciosas y necesarias ante los ojos de Dios (Mateo
25.31-46), pero no pueden expiar los pecados de los hombres. El padre que
pegaba un clavo en la puerta cada vez que su hijo desobedecía, y que luego
quitaba un clavo cada vez que obedecía, acabó con una puerta de muy mal
aspecto: una puerta llena de hoyos. La obediencia es necesaria, pero ella no
neutralizará la desobediencia. Una adúltera sigue siendo culpable, aunque haga
bien a los que tienen necesidad. Un ladrón sigue siendo culpable aunque dé
dinero a los pobres. El hombre que ora mucho para compensar las muchas
maldiciones que dice, se está equivocando de enfoque. La salvación de los
pecadores no se puede lograr por el método de contrarrestar débitos con
créditos. Esta no es la solución al problema más grande del cielo (y del
mundo).
La transferencia de justicia es imposible
Hay quienes han creído que la solución que Dios concibió para la
irremediable condición de condenación del hombre, fue una transferencia de la
justicia de Cristo a los seres humanos. Si esto fuera posible, jamás hubiera sido
necesario que Cristo dejara el cielo, pues Él era justo antes de venir a la
tierra.
Aunque Cristo es nuestra fuente de justicia (Jeremías 23.6; 1ª Corintios
1.30) y aunque somos hechos justos en Él (2ª Corintios 5.21), no hay
transferencia de un estado de justicia de una persona a otra. No podemos ser
declarados justos sin la expiación que hace Cristo, pero tampoco insinúan las
Escrituras, ni la razón, que el estado de Jesús como ser justo haya sido
aplicado a nosotros.
La
justicia, la cualidad de ser recto, es una condición que existe por declaración
que hace Dios del hecho, no por imputación de la condición de otro al pecador.
Si una transferencia de justicia de una persona a otra fuera concebible, no hay
duda de que Dios hubiera pensado en ella con el fin de escatimar a Su Hijo. Del
mismo modo que el pecado de Adán no se hereda, tampoco la justicia de Cristo es
transferible. Algo diferente debía ser la solución del cielo.
En el concilio del cielo, antes que el
mundo comenzara (vea 1ª Pedro 1.20; Apocalipsis 13.8), los sacrificios animales
que se ofrecieran en cualquier época, fueron declarados insuficientes para
quitar los pecados de los hombres. El unigénito Hijo de Dios se ofreció para
hacerse carne con el fin de poder sufrir una muerte sacrificial,
sustitutiva (Hebreos 10.1-10). «He aquí que vengo [...] para hacer tu
voluntad», le dijo a Su Padre (verso 7). El Padre explicó que no era
obligatorio y que, de cambiar su parecer después de llegar a la tierra. Él no
tenía que seguir con la terrible prueba. La promesa del Padre para Su Hijo fue
recordada por Jesús cuando Este estaba sobre la tierra (Juan 10.17-18).
Jesús fue humano como el resto de nosotros. Podemos identificarnos con
Su pavor a la cruz y entender por qué Él tuvo que «afirmar» su rostro para
obligarse a ir a la ciudad donde había de perecer (Lucas 9.51; 13.33). Podemos
entender por qué Jesús le llamó «Satanás» a Pedro cuando Pedro argumentó que Él
no debía morir y lo tentó así a evitar la muerte (Mateo 16.21-23). Podemos
comprender Su temor de la cruz cuando Su alma fue atribulada. No obstante, nos
regocijamos de que en lugar de decir «Padre, sálvame de esta hora». Jesús se
disciplinó para decir: «Mas para esto he llegado a esta hora» (Juan 12.27).
Durante la dolorosa prueba de Getsemaní, Jesús
sabía muy bien que Él podía echar marcha atrás en cuanto a tener que morir. Él
sabía que podía llamar legiones de ángeles para librarlo (vea Mateo 26.53),
pero desechar la cruz no era algo que haría de buena gana. Tenía un profundo
deseo de evitar el sufrimiento y la pena de la cruz. Oró fervientemente, con un
sudor como gotas de sangre, para que se le ahorrara tal sufrimiento. Si el
Padre podía pensar en algún otro modo de expiar por los pecados del mundo.
Jesús deseaba que Su sufrimiento en el Calvario pasara de Él.
Aun
en la profundidad de las riquezas de Su sabiduría, el Dios Omnisciente de todo
no conocía ningún otro plan que fuera suficiente. Cualquier otro plan pondría
en peligro la pureza del cielo y el patrón de justicia del Padre. La única
manera como Dios podía seguir siendo justo y a la vez justificar a los
pecadores, era que Él viera el doloroso forcejeo del alma de Jesús con los
pecados del mundo amontonados sobre Él. No fue sino hasta en ese momento que el
Padre se pudo sentir honrado al librar a los pecadores de culpa (Romanos
3.23-26). Sobre el Calvario, la misericordia y la verdad tuvieron un encuentro,
a la vez que la justicia y la paz se besaron (vea Salmos 85.10).
CONCLUSIÓN
¡Cuan bendecidos somos! A medida que Dios llevaba a cabo Su plan de
redención, ángeles, profetas y hombres justos deseaban ver lo que sucedería.
Mientras no llegaba el momento señalado, ningún ojo vio, ni oído oyó, ni mente
imaginó el dolor y la majestad del sistema de expiación. Ninguno podía conocer
la gloria que vendría. No obstante, lo que antes era misterio, ha sido
revelado. Tanto ángeles como hombres pueden ver la multiforme sabiduría de Dios
al mirar el grupo de pecadores que han sido llamados por la muerte expiatoria
de Jesús, ¡para formar una iglesia de almas purificadas! Toda porción de
religión, nueva o antigua, está relacionada con la cruz. Nada fue olvidado
cuando Dios acabó de cumplir Su plan. Nada fue omitido cuando el mensajero de
Dios se propuso no saber cosa alguna sino a Jesús, y a este crucificado (1ª
Corintios 2.2).
Son emocionantes y conmueven el corazón el amor que propició el plan de
Dios, la sabiduría que lo concibió, y el ánimo que lo efectuó. Su gracia
proporcionó una cubierta divina para los pecados. Es triste, lamentable y digna
de lástima la mente del hombre que ignora su propia pecaminosidad, y que
desdeña como locura la gloria del sistema de expiación.
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(Ref-1) La palabra expiar significa «uno solo, de
acuerdo».
(Ref-2) Katallage.
(Ref-3) N. del
T.: En el Nuevo Testamento de
(Ref-4) Kippurim.
(Ref-6) Dios hizo al
hombre con dos naturalezas: 1) Tiene un hombre
interior, que sigue la ley de su mente (Romanos
7.23-24), que se deleita en la ley de Dios y que
por sí mismo por naturaleza puede decidir en
asuntos morales qué es el bien (Lucas 12.57; Romanos 2.14; 1ª Corintios 11.14).
2) Tiene un hombre exterior de carne (Romanos 7.25) que no tiene más religión
que las bestias y no sabe otra cosa más que darse gusto a sí mismo. No se
sujeta a la ley de Dios (Romanos 8.7) y tampoco puede,
pues la carne no razona. No se debe esperar que en la carne pueda morar bondad
moral alguna (Romanos 7.8)/ ni tampoco la maldad moral. Dejada a merced suya, por naturaleza, la carne
buscará darse gusto a sí misma (Efesios 2.3). La
parte carnal del hombre no es pecaminosa en sí misma. No es inmoral, sino amoral; no sabe qué son los valores morales.
Cuando se le estimula, su rumbo es la inmoralidad, pero no se le hizo impregnada de pecado. Todo lo que
Dios hizo fue bueno.
Nuestros padres nos traen a un mundo de
pecado (Salmos 51.5). Puede que nuestros padres nos traigan a un mundo en el
cual no se habla el idioma español, pero tenemos
que aprender el idioma. Del mismo modo, una persona aprende el pecado (Hechos
2.8). Salmos 51.5 es lenguaje poético vivido, tal como Salmos 58.3.
Literalmente no hablamos apenas nacemos, ni tampoco nos extraviamos con tanta
prontitud; el hecho es que no nacemos extraviados. Es cuando empezamos a
distinguir el bien del mal que nos extraviamos. Entonces nuestros pecados, no
los de Adán, nos separan de Dios (Isaías 59.1-2). El que nuestros padres coman
uvas agrias no hace que nuestros dientes tengan la dentera (Ezequiel 18.2-3).
Puede que suframos las consecuencias de muchas malas obras de nuestros padres
(Éxodo 20.5), pero jamás llevaremos la culpa (Deut.
24.16). Nosotros éramos sanos y perfectos cuando fuimos creados hasta que se
halló pecado en nosotros (Ezequiel 28.15). El Señor forma el espíritu dentro de
cada uno de nosotros, y no nos inicia como pecadores (Zacarías 12.1). Nos
inicia de un modo que, según Jesús, nos hace dignos del cielo. (Vea Mateo
19.14.) Romanos 5.12 no se refiere a los que no tienen uso de sus mentes ni a
los que no saben distinguir su mano derecha de su mano izquierda; más bien, se
refiere a los que han pecado (Romanos 3.9).
(Ref-7) Mi
opinión es que lera Corintios 15.29, a la luz de toda
la enseñanza neotestamentaria, y a la luz de su
contexto, se interpreta de la mejor manera de modo que diga: «los que se
bautizan por [causa de la resurrección de] los muertos».
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Ley y misericordia
Cerca del año
No hubo más remedio
Darío de Media, reinando sobre el Imperio Medopersa, promulgó un edicto inalterable en el sentido de
que durante treinta días solamente a él se podían elevar oraciones, so pena de
ser arrojado a los leones (Daniel 6). Cuando se dio cuenta de que un hombre
honrado y bueno, Daniel, había sido víctima de conspiración por parte de los
que habían influido en el rey para que promulgara el edicto, Darío se llenó de
gran pena. Amaba a Daniel, y no tuvo descanso hasta la puesta del sol, tratando
de encontrar alguna manera de salvar a Daniel del foso de los leones. El rey no
pudo encontrar un sustituto satisfactorio. La dignidad de la ley debía
preservarse; Daniel debía ser arrojado en medio de los salvajes animales.
De un modo parecido. Dios Padre deseaba sin
duda librar a Su Hijo de tener que sufrir la pena y el dolor de la cruz. Si
hubiera habido algún otro modo de preservar la justicia y a la vez salvar a los
pecadores. Él habría respondido favorablemente la oración en que Su Hijo le
pidió ser librado. Como Darío no tuvo alternativa, tampoco la tuvo el Padre.
Aunque Dios libró a Daniel de la muerte, tuvo que dejar morir a Jesús.
Expiación
El día más solemne entre los hebreos era el
día décimo del mes sétimo, el Día de Expiación, Yom Kippur.1 Era el único día de ayuno ordenado en la ley de
Moisés. Al pueblo se le mandó: «Afligiréis vuestras almas» (Levítico 23.27).
Era el Sabbath de Sabbaths,
pues tanto el trabajo como la comida se suspendían. Ese día el sumo sacerdote
rociaba sangre de animales, y lo hacía siete veces, delante del arca del pacto,
arca que se mantenía en el Lugar Santísimo, y sobre la cual había una tabla de
oro llama el kapporeth, es decir, la
cubierta. De un modo parecido. Jesús entró en el Lugar Santísimo —el cielo
mismo— con Su propia sangre, y aplicó el poder expiatorio de esta al
propiciatorio.2
Al día décimo del mes sétimo (Tisrí) se le llamaba yom
hakippurim, el día de las cubiertas. En hebreo
común se llamaba yom kippur.
2 La palabra hebrea que se traduce por
«propiciatorio», kapporeth, significa
cubierta, mientras que la palabra griega hilasterion
(Hebreos 9.5) significa depositario de amistad, lugar de satisfacción. Fin.