¨JESUCRISTO¨
(8)
JESÚS: DIOS EN
Jesús de Nazaret ha sido la maravilla de los
hombres durante veinte siglos. Sus seguidores lo han amado y adorado como el
Hijo de Dios que no pecó, y como Aquel que salvó a
los hombres de sus pecados. Sus detractores,
incrédulos en mayor o menor grado, han hecho
innumerables esfuerzos para desacreditarlo, pero se
han visto obligados a reconocer que desde todo punto de vista Él fue más que un
hombre.
Vivió como ningún otro alguna vez haya vivido antes o después de Su
tiempo. Su enseñanza es superior a la de todo hombre de cualquier era, tanto en
método como en contenido. Sus obras fueron verdaderamente las obras de Dios. Su
influencia, a pesar de la más persistente e
intencionada oposición, ha sido percibida por más
gente y ha producido más bien, que la de ningún
otro hombre anterior o posterior a Su tiempo.
Hombres impíos e incrédulos han tratado de explicar las anteriores
verdades de muchas maneras, pero sólo existe una
explicación satisfactoria, una que es sencilla y a la vez magnífica, y es la que encierran las palabras de un israelita
en quien no hubo engaño: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios» (Juan 1:49a; vea vers. 47). De conformidad con la
enseñanza de las Escrituras-Jesús de Nazaret era Dios
—Dios en la carne. Dios hecho carne. Dios manifestado en carne.
LOS PROFETAS DIJERON QUE ÉL ERA DIOS
Cientos de años antes que Jesús naciera, Isaías dijo: «He aquí que la
virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel» (Isaías 7:14). Mateo dijo que
esta profecía se cumplió cuando Jesús nació (Mateo 1.22). Él interpretó para
nosotros que la palabra «Emanuel» significa «Dios con
nosotros» (Mateo 1.23). De modo que, según Isaías y
Mateo, Jesús fue «Dios con nosotros».
Nuevamente,
Isaías profetizó Su venida en las siguientes palabras: “Porque un niño
nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su
nombre Admirable, Consejero,
Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz” (Isaías
9.6).
En
las anteriores palabras nos enteramos de que Aquel que se sentaría en el trono
de David había de ser el «Dios Fuerte». El ángel Gabriel se refirió sin duda a
esta profecía cuando le dijo a María que ella había de dar a luz un Hijo y que
llamaría su nombre Jesús (Lucas 1:31). «Este será grande, y será llamado Hijo
del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre» (Lucas 1:32).
El Hijo de María había de ser llamado «Hijo del Altísimo» porque Él era el
«Dios Fuerte» de la profecía de Isaías.
El
profeta Miqueas expresó: «Pero tú. Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti
me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad» (Miqueas 5:2). Fue a
esta profecía que acudieron los principales sacerdotes y los escribas cuando Herodes preguntó dónde había de nacer el Cristo. Esta
fue la profecía que hizo que Herodes enviara a los
magos a Belén, donde pudieran encontrar al «rey
de los judíos, que [había] nacido» (Mateo
2:2-8). Este rey de los judíos que había nacido, según Miqueas,
es desde la eternidad hasta la eternidad. No hay criatura de quien se pueda
hablar así; únicamente el Creador puede ser descrito en tales términos. De modo
que, según la profecía, Él
sería reconocido como Dios.
El concepto judío
Antes de citar las Escrituras para probar que Jesús afirmó ser Dios, es
necesario que conozcamos el concepto judío de Mesías. Esta idea judía fue
expresada por uno de ellos, Trifón, en su célebre diálogo con Justino
Mártir (h. 110-h. 165):
[...] que
este Cristo existió como Dios antes de las edades,,
que después se sometió para nacer y para llegar a ser hombre, y que, a pesar de
lo anterior, no es hombre que procede de hombre, me parece que tal
[aseveración] no solamente es paradójica, sino también ridicula.
(Ref- 1)
Los
que afirman que Él ha sido hombre, y que ha sido ungido por elección, y que
después ha llegado a ser Cristo, me parece que hablan con mayor plausibilidad
[...] Pues todos esperamos que Cristo sea un hombre [nacido] de hombres, y que
cuando Elías venga, le ungirá. Pero si este hombre parece ser Cristo, debe
ciertamente ser conocido como hombre [nacido] de hombres; pero dada la
circunstancia de que Elías no ha venido todavía, infiero que este hombre no es
Él [el Cristo]. (Ref-2)
Que los judíos tenían la anterior creencia en el tiempo de Jesús es algo
que se observa en un incidente que se recoge en Mateo 22:41-45: “Y
estando juntos los fariseos. Jesús les preguntó, diciendo: ¿Qué pensáis del
Cristo? ¿De quién es hijo? Le dijeron: De David. El les dijo: ¿Pues cómo David
en el Espíritu le llama Señor, diciendo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a
mi derecha, Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies? Pues si
David le llama Señor, ¿cómo es su hijo”?
¿Por qué no fueron capaces estos judíos de explicar por qué David le
llamaba a su descendiente «Señor»? La sencilla respuesta es que ellos esperaban
que el Mesías «fuera un hombre nacido de padres humanos» dentro de la familia
de David. Si hubieran conocido las Escrituras, que enseñaban que Él había de
ser Dios en la carne (carne que descendía de David), podían haber respondido la
pregunta.
A
juicio de los judíos, no era gran delito que alguien afirmara ser el Cristo, el
Mesías; tampoco era delito que la gente creyera que alguien era el Cristo. En
Mateo 9:27, dos ciegos llamaron a Jesús «Hijo de David»; en Mateo 15:22 la
mujer cananea hizo lo mismo. Cuando Jesús entró cabalgando en Jerusalén, en lo
que se conoce como Su «entrada triunfal», las multitudes iban delante de Él
diciendo: «¡Hosanna al Hijo de David!» (Mateo
21:1-17). La expresión «Hijo de David» fue usada del mismo modo en Mateo 21:9 y
22:42. Las multitudes le llamaban el Cristo, pero muy pocos de ellos creían que
Él era el Hijo de Dios, Dios en la carne. No fue sino hasta algunos días más
adelante que tales multitudes se unieron a los dirigentes para censurarlo por
blasfemia por haber dicho que era el Hijo de Dios.
La afirmación de Jesús
Teniendo presente todo lo anterior, notemos que Jesús se llamó a sí
mismo Dios. Usó el término «Hijo de Dios» para dar a entender «Dios», del mismo
modo que la expresión «hijo del hombre» significa «hombre». En Juan 5.17-18,
leemos: “Y Jesús les respondió: Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo
trabajo. Por esto los judíos aun más procuraban matarle, porque no sólo
quebrantaba el día de reposo, sino que también decía que Dios era su propio
Padre, haciéndose igual a Dios.”
Los judíos se llamaban a sí mismo hijos de Dios, y ellos llamaban a Dios
su Padre (Juan 8.41). No parecía haber razón alguna para que se molestaran
porque Jesús también llamara a Dios Su Padre —sin embargo, se molestaron. ¿Por
qué? Lo que no les parecía era que Jesús usara una expresión que significaba
«su propio Padre», expresión que daba a entender que Él era «igual a Dios».
Cuando Él usaba una expresión que lo hacía igual a Dios, ello equivalía a
llamarse a sí mismo Dios, y esto, ellos consideraban una blasfemia.
En
Juan 8.53b, 54, los judíos le preguntaron: «¿Quién te
haces a ti mismo?». Jesús respondió: «Si yo me glorifico a mí mismo, mi gloria
nada es; mi Padre es el que me glorifica, el que vosotros decís que es vuestro
Dios». Jesús identificaba a Su propio Padre como Aquel a quien los judíos
llamaban su Dios. Esta era otra manera de decir que Él era el Hijo de Dios, y
que lo era de un modo distinto, un modo en el cual ningún otro ser lo es. Por
lo tanto, se estaba haciendo a sí mismo igual a Dios.
Los judíos entendían que Jesús se estaba haciendo igual a Dios cuando se
llamaba a sí mismo el Hijo de Dios. Esto es algo que se desprende claramente de
Juan 10.30-36. Las palabras de Jesús cuando dice: «Yo y el Padre uno somos»
provocaron una fuerte reacción:
Entonces los judíos volvieron a tomar piedras para apedrearle. Jesús les
respondió: Muchas buenas obras os he mostrado de mi Padre; ¿por cuál de ellas
me apedreáis? Le respondieron los judíos, diciendo: Por buena obra no te
apedreamos, sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios.
Jesús les respondió: ¿No está escrito en vuestra ley: Yo dije, dioses sois? Si
llamó dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios (y
En
el pasaje anterior se demuestra claramente que cuando Jesús se llamaba a sí
mismo el «Hijo de Dios»/ los judíos entendían que Él mismo se hacía Dios.
Esta afirmación fue lo que al final lo llevó a morir. Estando delante
del concilio judío, le preguntaron: «¿Eres tú el
Cristo?». Su respuesta a la anterior pregunta no les dejó duda alguna acerca de
lo que afirmaba. En vista de que no había ley alguna en contra de un hombre que
afirmara ser el Cristo, no podían hacer nada. Entonces, le preguntaron: «¿Luego eres tú el Hijo de Dios?». El respondió: «Sí/ lo
soy». Al hacer esta afirmación, los judíos dijeron: «¿Qué
más testimonio necesitamos? Porque nosotros mismos lo hemos oído de su boca».
(Lea Lucas 22.66-71.)
Después lo llevaron delante de Pilato. La
primera acusación que le lanzaron allí fue que se había hecho a sí mismo
«Cristo», es decir un rey. Cuando vieron que esta acusación no lograría una
condena, dijeron: «Nosotros tenemos una ley, y según nuestra ley debe morir,
porque se hizo a sí mismo Hijo de Dios» (Juan 19.7). Según la ley de ellos, el
que era culpable de blasfemia debía morir (Levítico 24.16). Lo acusaban de
blasfemia porque confesó ser el Hijo de Dios (Mateo 26.63-66). Vemos, pues, que
Jesús afirmó ser igual a Dios; afirmó ser Dios en la carne.
LOS APÓSTOLES PROCLAMARON
QUE ÉL ERA DIOS
Los hombres que más íntimamente se relacionaron con Jesús, cuando Él
anduvo sobre la tierra —los hombres que vieron Sus milagros, y constantemente
oyeron Su enseñanza durante más de tres años— fueron los apóstoles. Estos
hombres lo vieron, y comieron con El después que se levantó del sepulcro. Más
adelante, fueron bautizados en el Espíritu Santo, el cual no sólo los protegió
del error, sino que también les dio las palabras que debían usar para
transmitirnos a nosotros el mensaje. Tales hombres dijeron que Jesús era el
Hijo de Dios, Dios hecho carne. Dios manifestado en carne.
Juan
Juan, el discípulo amado, fue tal vez el que mejor entendió y apreció la
relación de nuestro Señor con el Padre. Siendo guiado infaliblemente por el
Espíritu Santo, escribió:
En
el principio era el Verbo/ y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este
era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él
nada de lo que ha sido hecho/ fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la
luz de los hombres [...]
Y
aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria
como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad (Juan 1.1-4, 14).
El
«Verbo» que se menciona aquí era la segunda persona de
La
eternidad del Verbo se expresa primero por la frase «En el principio era». El
Verbo ya «era» cuando todo lo demás comenzó a ser. El existía antes de toda
cosa creada. Él, por lo tanto, no era parte de la creación; Él es eterno. Nadie, excepto Dios, es eterno; por lo tanto. Él es Dios.
Después, Su coexistencia con el Padre es expresada dos veces en el
texto: «Y el Verbo era con Dios»; «El Verbo era en el principio con Dios».
Luego, Su deidad esencial y personal es afirmada:
«Y el Verbo era Dios». Por último. Su distinción
del Padre es expresada: «Este era en el principio con Dios». Estas palabras no
serían más que un embrollo ininteligible si no transmiten la idea de que hay
dos Seres, a los cuales se les puede llamar correctamente «Dios». «El Verbo era
Dios», sin embargo. Él
era con otro Ser llamado «Dios»; en consecuencia, había dos Seres llamados
«Dios». Por otro lado, debido a Su unidad, podemos decir con verdad que «Hay un solo Dios».
Además, de este Verbo se dice que es el Creador: «Todas las cosas por él
fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho». Esto prueba
una vez más que El existía antes que toda creación y por lo tanto no fue
creado. Su existencia por sí mismo y Su poder dador de vida y de luz, se
reflejan en la declaración siguiente: «En él estaba la vida, y la vida era la
luz de los hombres». Según esto. Él fue el origen
de toda vida y toda luz. Verdaderamente, El era Dios.
Este Ser, este Verbo, «fue hecho carne, y
habitó entre nosotros [...] lleno de gracia y de verdad». Al ser hecho carne,
no perdió ninguno de los atributos que lo caracterizaban como el Verbo, como
Dios. Estando en la carne. Él afirmó Su existencia eterna cuando dijo: «Antes
que Abraham fuese, yo soy» (Juan 8:58). Siendo Jesús de Nazaret,
Él declaró Su coexistencia con el Padre, al decir: «Padre, glorifícame tú al
lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese» (Juan
17:5).
En
(1ª Juan) encontramos más pruebas de la
divinidad del Señor Jesús. El amado apóstol escribió en 1.2, lo siguiente: «[...] La vida fue manifestada, y la hemos visto, y
testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se
nos manifestó». El anterior versículo se parece a la declaración que hace Juan
en su relato del evangelio. La vida que se manifestó era la vida eterna. Estaba
primero con el Padre y después se nos manifestó a nosotros. Si el Hijo de Dios
estaba con el Padre y después se nos manifestó a nosotros, y si la vida eterna
estaba con el Padre y después se nos manifestó a nosotros, debemos estar en lo
correcto al concluir que la vida eterna era el Hijo de Dios; pero no se nos
deja a merced de las conclusiones. Juan dijo: «Pero sabemos que el Hijo de Dios
ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y
estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la
vida eterna» (1ª Juan 5.20-21). El pasaje anterior nos informa de que el Hijo
de Dios es esa vida eterna que estaba con el Padre, que El se nos manifestó a
nosotros en la carne, y se conoce como Jesucristo.
Bien podríamos hacer que este fuera el fin de nuestra investigación,
pues hemos encontrado la declaración positiva inspirada en el sentido de que
este Hijo de Dios, Jesucristo, que fue hecho carne, y habitó entre nosotros,
«es el verdadero Dios».
Pablo
Otro apóstol que escribió acerca de la divinidad de Jesús, fue Pablo, el
apóstol a quien el Señor se apareció después que ascendió a los cielos, y el
que fue arrebatado y se le permitió ver y oír cosas que no le es dado al hombre
expresar (2ª Corintios 12.2-4). Describió a Jesús en los siguientes términos: “[Jesús],
siendo en forma de díos/ no
estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí
mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la
condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la
muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2.6-8).
En
el anterior pasaje. Pablo dijo que este Jesús estuvo una vez en términos de
igualdad con Dios, pero que se despojó de esa igualdad, es decir, renunció a
ella. Mientras anduvo sobre la tierra, Jesús era igual a Dios en el sentido de
que la plenitud de
Pablo dijo además, acerca del Hijo de Dios, lo siguiente: “El es
la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él
fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la
tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados,
sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de
todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten” (Colosenses 1.15-17).
Los que no creen en la divinidad de Jesús usan la frase «primogénito de
toda creación» para dar a entender: «la primera criatura hecha». Se da la
siguiente declaración como razón por la que Él es el «primogénito de toda
creación» —porque por él fueron creadas todas las cosas [NASB]. La palabra «primogénito»
significa heredero y señor así como uno que nació primero. Jesús es señor de
toda creación, pues todas las cosas fueron hechas por Él. Lo anterior tiene mucho sentido; la otra
interpretación no lo tiene. «Él es antes de todas las cosas», es decir, de
todas las cosas creadas. Esta expresión es argumento de Su divinidad en el
sentido de que El existió antes de todas las cosas creadas. «Y todas las cosas
en él subsisten». Lo anterior no podría decirse de un ser creado, sino que es
algo que con toda propiedad se puede decir de Aquel que creó todas las cosas.
Ahora, consideremos una declaración de Pablo que está demasiado clara
como para dejar duda o confusión. Al dirigirse a los judíos, dijo: «[...] de los cuales, según
la carne, vino Cristo,
el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por
los siglos» (Romanos 9.5). La clara importancia de este pasaje en su presente
traducción es que Cristo, en la carne que se le dio
por medio de Su linaje judío, es Dios. Debido a que
es Dios, tiene derecho a las bendiciones, y no a las maldiciones que estaba
recibiendo, y que continúa recibiendo, de parte de los judíos.
El
apóstol Pablo consideraba la resurrección de Jesús la prueba más grande
de que Él era el Hijo de Dios, o Dios en la carne. Dos veces había hablado Dios
desde el cielo, diciendo: «Este es mi hijo amado» (Mateo 3.17; 17.5; Marcos
9.7; vea Lucas 9.35), pero los judíos rehusaban creerle. Jesús había hecho
milagros tales que ningún hombre había hecho alguna vez, ni aun así le
creyeron. Les testificó bajo juramento que Él era el Hijo de Dios; pero en
lugar de recibir este testimonio, lo crucificaron como un impostor blasfemo por
lo que dijo. El gran Dios de los cielos revocó la decisión de los tribunales
supremos de la tierra; al levantar a Cristo de entre los muertos, lo declaró Su
Hijo. Refiriéndose al evangelio de Dios, Pablo escribió: “[...] su Hijo,
nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne, que fue
declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la
resurrección de entre los muertos” (Romanos 1.3-4).
Aquí Pablo se refirió a Jesucristo nuestro Señor como el Hijo de Dios.
Este Hijo recibió Su humanidad por medio de David, pero Su resurrección declara
que Él era más que humano. Fue crucificado por decir que Él era el Hijo de Dios
—por decir que, aunque era el hijo de David, Él tenía una relación más sublime
que esta. Su divinidad le llegaba, no por medio de Su relación con David, sino
por medio de Su relación con Dios. Dios respaldó la afirmación que Jesús hizo,
levantándole de entre los muertos. Este pasaje permanece como una sólida roca
de prueba tanto de la humanidad como de la divinidad de Jesucristo. Enlaza la
humanidad y la divinidad juntándolas en la persona de «nuestro Señor
Jesucristo», llamando a esa persona Hijo de Dios.
Pablo dijo que, en cuanto a la carne. Jesús era del linaje de David. Ser
de un linaje denota un comienzo. En cuanto al espíritu de Cristo, no obstante.
Pablo dijo que Él «fue declarado Hijo de Dios». Esta última afirmación no
denota un comienzo. En Jesús de Nazaret vemos la
fusión de esa humanidad, que tuvo su comienzo al nacer de cierto linaje, y de
la divinidad que era con Dios y era Dios. En Él —y únicamente en Él— vemos a
Dios manifestado en carne.
SUS OBRAS DECLARAN QUE ES DIOS
Las
obras que Cristo hizo mientras anduvo sobre la tierra, según Sus propias
palabras, eran tales que nunca nadie más las había hecho. Esto fue lo que dijo:
«Si yo no hubiese hecho entre ellos obras que ningún otro ha hecho, no tendrían
pecado» (Juan 15.24a). Él consideraba que Sus obras eran suficiente prueba de
Su deidad; Él dijo «Porque las obras que el Padre me dio para que cumpliese,
las mismas obras que yo hago, dan testimonio de mí, que el Padre me ha enviado»
(Juan 5.36). Estas obras constituyen suficiente, más bien abundante, prueba de
la deidad de Cristo Todos los que no creen son condenados. Él dijo «Porque si
no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis» (Juan 8.24).
Poder sobre los demonios
El
poder que Jesús ejerció sobre los espíritus malignos es prueba de un poder más
grande que el de un ser humano. Cuando lo acusaron de echar fuera demonios por Beelzebú, esto fue lo que respondió: «Ninguno puede entrar
en la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes, si antes no le ata, y
entonces podrá saquear su casa» (Marcos 3.27). Con estas palabras El afirmó
tener un poder más grande que el de la humanidad.
La
mismísima presencia de Jesús era perturbadora para los demonios. Estando en la
sinagoga de Capernaum, uno de ellos clamó, diciendo: «¿Has venido para destruirnos? Sé quién eres, el Santo de
Dios» (Marcos 1.24b). Otro dijo: «Tú eres el Hijo de Dios» (Marcos 3.11b). Los
espíritus malignos reconocían en Él al que ha de destruirlos; esto es lo que
preguntaban: «¿Has venido acá para atormentarnos antes
de tiempo?» (Mateo 8.29). Aparte de probar que Su poder no era menor que el de
Dios, estos pasajes revelan que los demonios reconocían a Jesucristo como el
Hijo de Dios, como Aquel a quien tendrán que enfrentar cuando el momento de su
castigo llegue.
Poder para perdonar pecados
Mientras anduvo sobre la tierra. Jesús perdonó pecados. Los escribas y
fariseos decían correctamente en Lucas 5.20-21, que nadie excepto Dios puede
perdonar pecados. Acusaron a Jesús de blasfemia cuando dijo a un hombre: «Tus
pecados te son perdonados». Sanó a un hombre delante de los ojos de ellos para
probar que tenía poder para perdonar pecados. (Vea también Mateo 9.2-8 y Marcos
2.1-12.) Este suceso probaba dos verdades. La primera era que uno que podía
sanar enfermos por su propio poder, también podía perdonar pecados por ese
mismo poder. La segunda era que, en vista de que Jesús podía perdonar pecados
(lo cual nadie excepto Dios podía hacer), Él era Dios.
La
falta de tiempo nos impide reseñar episodios como aquellos cuando calma la
tempestad, cuando alimenta a miles con pedazos de pan y de pececillos y después
se recogen doce canastos de lo que sobró, cuando anda sobre el agua y cuando
hace que muertos vuelvan a la vida. La conclusión obligada, fundamentada en
cada uno de los anteriores eventos, es que Jesús era Dios en la carne. En vista
de que ningún hombre ha sido capaz alguna vez de llevar a cabo tales milagros,
excepto cuando declaradamente lo hicieron en el nombre de Jesucristo de Nazaret (como hizo Pedro cuando sanó al mendigo cojo que
estaba a la puerta del templo llamada
El
tema de que Jesús es el Hijo de Dios, Dios manifestado en carne, se encuentra
en el centro del evangelio. Es el fundamento sobre el cual todo lo demás
descansa. De esta verdad, podemos sacar muchas lecciones de ánimo para
sustentarnos en los momentos de tribulación.
En
primer lugar, la superioridad del cristianismo sobre el judaísmo se basa en el
hecho de que Jesús es más grande que Moisés. Jesús era el Hijo de Dios, Moisés
no lo era. Esto es algo que se comenta extensamente en el libro de Hebreos.
En
segundo lugar, nuestra esperanza de exaltación por encima de los ángeles,
descansa sobre la verdad de que Jesús era Dios en la carne. Se le presenta como
ejemplo; Él constituye las primicias que son prueba de que nosotros también
seremos exaltados (lera Corintios 15.20-22; 1ª Pedro
5.6). Con Él, se nos dará una herencia incontaminada e inmarcesible, reservada
para nosotros en los cielos (1ª Pedro 1.4).
En
tercer lugar, el hecho de que Dios se hizo carne y vivió entre los hombres es
demostración de Su amor por los perdidos. He aquí un cuadro en el que Dios
busca al hombre. Mucho se dice acerca del deber del hombre de buscar a Dios;
pero este deber llegó a serlo solamente porque Dios vino a buscar y a salvar a
los perdidos (Lucas 19.10). Es interesante notar que el Hijo de Dios pasó por
alto a los ángeles que habían caído y no socorrió a estos, sino que fue «a la
descendencia de Abraham» a la que socorrió (Hebreos 2.16). Fue a la humanidad a
la que amó y levantó, no a los ángeles. En cuarto lugar, el hecho de que Dios
se hizo hombre, de que vivió entre los hombres, y de que murió por el hombre,
demuestra cuan estimable es un ser humano delante de los ojos de Dios. Jesús
enseñó a los judíos que un hombre es más valioso que un pajarillo, o que una
oveja. El hecho de que murió por el hombre, dando Su vida en lugar de la
nuestra, indica que Él estimó nuestra vida más que
----------------------------------------------------------------------------------------------------------.
1 Justin Martyr Dialogue offustin, Philosopher and Mar-tyr, with Trypho,
a ]ew (Diálogo de Justino
filósofo y mártir, con Trifón Judío) 48. Alexander
Roberts and James Donaidson, eds./ The Ante-Nicene
Fathers: Translations ofthe Writings of the Fathers down to A. D. 325 (Los
padres anteriores al concilio de Nicea: Traducciones de los escritos de los
padres hasta el 325 d. C.)f rev. and arr. A. Cleveland Coxe (Grand Rapids, Mich.: Wm. B.
Eerdmans Publishing
Co./1957). 2 Ibíd./ 49.
--------------------------------------------------------------------------------------------------------.
«A los discípulos se les llamó cristianos»
[... ] y a los discípulos se les
llamó cristianos por primera vez en Antioquía (Hechos 11.26).
«El término "cristiano" procede
de "Cristo", que es traducción de la palabra griega kristos, que significa "ungido". O Kristos: El Cristo, el ungido. Al
ver, pues, que "cristiano" procede de "Cristo", que
significa "ungido", ¿no se podrá
considerar pueblo ungido de Dios a todos los que llevan este nombre
bíblicamente, o que bíblicamente tienen derecho a él? Ahora que está vigente el
nuevo pacto, todos los que viven bajo este son considerados sacerdotes. Pedro
dice: «Sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a
Dios por medio de Jesucristo» (lera Pedro 2.5). Por lo tanto, ¿no
están ungidos estos sacerdotes espirituales? El hecho de que se les llame
cristianos indica que lo están. El apóstol Juan se refiere a esta santa unción
cuando dice: "Pero vosotros tenéis la unción [Krisma, con la que cualquiera es
ungido] del Santo, y conocéis todas las cosas"
(lera Juan 2.20). (Vea también vers.0 27).»1
---------------------------------------------------------------------------------------------------------.
1 Elijah Goodwin/ "The Name 'Chi-istian'" («El nombre cristiano»), New Testament Christianity (Cristianismo neotestamentario), vol. 1/ ed. Z. T. Sweeney (Columbus, Ind.: Por el editor, 1923), 453-54.