¨JESUCRISTO¨
(2)
Jesús pensó que
Su capacidad para predecir eventos futuros sería prueba decisiva de que Él era
el Hijo de Dios, no un hombre cualquiera: «Desde
ahora os lo digo antes que suceda, para que cuando suceda, creáis que yo soy» (Juan 13.19). De igual modo, si la gente prestara atención a todos los profetas
de Dios que escribieron
EL HIJO QUE
Siria y el Reino del Norte de Israel habían formado una confederación en
el
Una joven mujer prominente, conocida de Acaz, se casaría pronto y daría a luz
un Hijo, al cual daría un nombre poco corriente: Emanuel, que significa: «Dios con
nosotros». Antes que ese niño creciera, la amenaza
de aquellas dos naciones se disiparía. No obstante.
Dios interpuso algo más: Aunque Israel y Siria ya no serían una amenaza para Judá, Asiría
sí lo sería. De hecho. Asiría, asediaría a tal grado el país de Judá
que los judíos casi morirían de hambre. Según el profeta, un hombre podría
mantener viva una vaca y dos ovejas (Isaías 7.21-22). Por lo tanto, habría leche disponible,
y el pueblo que quedara en el país comería mantequilla y miel.
Este hijo de la profecía, por lo tanto, se
alimentaría con mantequilla y miel (Isaías 7.15). Emanuel, «Dios con nosotros», sería el nombre del muchacho. ¡Este sería señal de
que Dios estaba con Judá para castigar a la nación!
¡Dios puede estar con las personas de dos maneras!. Estaría con Judá no para bendición, sino
para castigo. Acaz y su pueblo eran infieles, y la palabra de Dios se cumpliría inexorablemente.
El
anterior fue el cumplimiento a corto plazo de
Isaías 7.14, pero había en las palabras del profeta
algo más grande que una señal local del siglo ocho a. C.
para Acaz. Isaías no sólo apuntaba a un cumplimiento
a corto plazo, mientras Acaz viviera, sino también a
un cumplimiento a largo plazo, en los días de María y de José. A menudo las
profecías tenían significados primarios y secundarios, implicaciones directas e
indirectas. El ángel de Dios reveló que el hecho de que María concibiera hijo
no se debería a fornicación, sino al propósito de Dios,
de conformidad con la profecía de Isaías (Mateo 1.23).
Es
cierto que hay diferencias entre el cumplimiento en el siglo octavo a. C. y el
cumplimiento en el siglo primero d. C.- de la
profecía de Isaías 7.14; sin embargo, hay tantas
semejanzas, que el Espíritu Santo usó el primer
cumplimiento como base para anunciar el segundo. La palabra “almah”, en su significado amplio («joven mujer»), no
precisaba que hubiera un nacimiento virginal en el siglo octavo, y no se
registró ninguno. No obstante, en el siglo primero d. C. una clase especial de
mujer (una virgen; del griego: “pártenos”; Mateo 1.23) llegó a ser madre
cuando todavía era virgen.
El
niño de los tiempos de Acaz era Emanuel,
«Dios con nosotros», pero lo era solamente de nombre; el niño en realidad no
era Dios. En contraste con este, el hijo que nació en tiempos de María fue
llamado Emanuel, «Dios con nosotros», porque en
realidad era Dios. El niño de los tiempos de Acaz
era señal por nombre solamente; el Hijo de María era señal tanto por nombre
como por sustancia.
El
niño profetizado de tiempos de Acaz era una señal de
que Dios estaría con Judá. El niño profetizado de
tiempos de María era una señal de que Dios estaría con todo el mundo (Juan
3.16; 1ª Juan 2.2). La señal de la época
de Acaz era una advertencia en el sentido de que Dios
estaría con el pueblo para castigarlo. La señal de la época de María era buenas
nuevas en el sentido de que Dios estaría con el pueblo para bendecirlo.
Si
el Hijo de María no hubiera nacido de modo virginal, no podría haber sido
verdaderamente Emanuel, «Dios con nosotros», pues
habría sido totalmente humano como el resto de nosotros y no podría
haber sido el Dios-hombre. Además, habría sido hijo ilegítimo, nacido de
fornicación. Si esto hubiera sido así. Jesús no habría sido divino, y Su
religión sería una farsa. En tal caso, el nombre Emanuel,
«Dios con nosotros», sería una burla.
El
Señor profetizó que Abraham sería una bendición para el mundo. Además de la
frase «en ti» de Génesis 12.3, El usó la expresión «en tu simiente» en el
versículo anterior. Aunque la palabra «simiente» de Génesis 22.17 se usa para
referirse a la descendencia de Abraham (es decir, a toda la nación de Israel),
no se usa del mismo modo en Génesis 22.18. En el versículo 18, la palabra
«simiente» se limita a una profecía especial acerca de uno de los descendientes
de Abraham, propiamente, acerca de Jesús. En Gálatas
3.16, Pablo se refirió a ese versículo cuando escribió: «[Dios] no dice: Y a
las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la
cual es Cristo». Fue así como un autor neotestamentario
inspirado dio una viva iluminación en cuanto al significado especial de una profecía
veterotestamentaria.
Otro vocero neotestamentario también señaló el
significado mesiánico de Génesis 22.18. Estando en el pórtico de Salomón del
templo de Jerusalén, Pedro dijo: «Vosotros sois los hijos de los profetas, y
del pacto que Dios hizo con nuestros padres, diciendo a Abraham: En tu simiente
serán benditas todas las familias de la tierra» (Hechos 3.25).
UN MINISTRO
GALILEO - (ISAÍAS 9.1-2)
Muchas profecías veterotestamentarias acerca
del Mesías que venía, también tenían un significado más inmediato y
local. No obstante, algunas no parecen tener significado veterotestamentario
en absoluto. Una de esta clase fue escrita por Isaías, «el profeta
evangelista», en el siglo octavo a. C.:
“Mas no habrá siempre oscuridad para la que está ahora en angustia, tal como la
aflicción que le vino en el tiempo que livianamente tocaron la primera vez a la tierra de Zabulón y a
la tierra de Neftalí; pues al fin llenará de gloria
el camino del mar, de aquel lado del Jordán, en Galilea de los gentiles”-
“El pueblo que
andaba en tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de sombra de muerte, luz resplandeció sobre ellos” (Isaías 9.1-2).
La
tierra de Galilea alcanzaría «al fin» un estado de gloria, y llegaría a
ser famosa para siempre. Aparentemente, aun antes de dejar el cielo. Jesús planeó pasar gran parte de su ministerio
terrenal en Galilea: “Cuando Jesús
oyó que Juan estaba preso, volvió a Galilea; y
dejando Nazarea vino y habitó en Capernaum, ciudad marítima, en la región de Zabulón y
de Neftalí, para que se
cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando
dijo:
“Tierra de Zabulón y
tierra de Neftalí, Camino
del mar/ al otro lado
del Jordán, Galilea de los gentiles; El pueblo asentado en tinieblas vio gran
luz; Y a los sentados en región de sombra de muerte, Luz
les resplandeció (Mateo 4.12-16).
Un
predicador ungido habló proféticamente por medio
del rollo de Isaías, en el siglo octavo a. C./ y
esto fue lo que dijo: “El Espíritu
de Jehová el Señor está sobre mi, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar
buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los
quebrantados de corazón, a publicar libertad a los
cautivos, y a los presos apertura «de la cárcel; a proclamar el año de la buena
voluntad de Jehová, y el día de venganza del Dios nuestro; a consolar a todos
los enlutados; a ordenar que a los afligidos de Sion
se les dé gloria en lugar de ceniza, óleo de gozo en lugar de luto, manto de
alegría en lugar del espíritu angustiado; y serán llamados árboles de justicia,
plantío de Jehová, para gloria suya” (Isaías 61.1-3).
En
el siglo primero d. C./ un carpintero de treinta años e inculto, maravilló a
los maestros de la sinagoga: “Vino
[Jesús] a Nazaret, donde se había criado; y en el día
de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se levantó a leer. Y
se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el
lugar donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me
ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres” [...] (Lucas 4.16-18).
Siguió leyendo la hermosa profecía de anuncio, cerró el libro, y
audazmente proclamó: «Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros»
(Lucas 4.21).
A
cualquiera que hiciera una afirmación como la anterior no se le daría la más
mínima consideración; pero tratándose de Jesús, el hacer una afirmación así era
totalmente natural y apropiado.
UN PROFETA COMO
MOISÉS- (DEUTERONOMIO 18.15)
En
el monte Sinaí, los israelitas se estremecieron
cuando la montaña tembló. Vieron fuego y relámpagos y una espesa nube en la
cima, y toda la montaña echó humo como un horno (Éxodo 19.16-18; 20.18).
Temblaron cuando la voz de Dios enumeró los Diez Mandamientos. La gente
aterrorizada le suplicó a Moisés que se encargara de hablar él, para que no
fueran a morir al estar tan cerca de la presencia de Dios. Moisés le habló al
Señor, y dio a conocer la promesa hecha por Dios en el sentido de enviar a otro
representante como Moisés para servir de vocero divino: “Profeta de en medio de ti, de tus hermanos,
como yo, te levantará Jehová tu Dios; a él oiréis; conforme a todo lo que
pediste a Jehová tu Dios en Horeb el día de la
asamblea, diciendo: No vuelva yo a oír la voz de Jehová mi Dios, ni vea yo más
este gran fuego, para que no muera” (Deut. 18.15-16).
Dios pensó que el ruego del pueblo en el sentido de que se le diera un
vocero, era solamente un ruego. Le dijo a Moisés: «Han hablado bien en lo que han dicho» (Deuteronomio 18.17), y repitió la
promesa: “Profeta les levantaré de en medio de sus hermanos, como tú; y pondré
mis palabras en su boca, y él les hablará todo lo que yo le mandare. Mas a
cualquiera que no oyere mis palabras que él hablare en mi nombre, yo le pediré
cuenta” (Deut. 18.18-19).
El
que vendría sería un profeta semejante a Moisés. Por supuesto que Moisés no fue
un profeta corriente. A este Dios le habló «cara a cara [...] claramente, y no
por figuras; y [vio] la apariencia de Jehová» (Números 12.8). No hubo profeta
en Israel que fuera superior a Moisés, «a quien haya conocido Jehová cara a
cara» (Deuteronomio 34.10). El sucesor prometido no podía, por lo tanto, ser un
profeta corriente.
El
profeta prometido, dijo el Señor, tendría la palabra de Dios «en su boca»
(Deuteronomio 18.18). El recibirlo a él y sus palabras equivaldría a recibir a
Dios; y el rechazarlo a él y sus palabras equivaldría a rechazar a Dios
(Deuteronomio 18.19).
El
pueblo de Moisés jamás olvidó la promesa de este excepcional profeta.
Aconsejaron a sus hijos y a los hijos de sus hijos estar a la expectativa de su
venida. Llegaron a referirse a él como «el profeta» (Juan 1.21, 25). Quince
siglos después de Moisés, cuando la obra de Juan era objeto de atención, los
judíos se acordaron inmediatamente de la profecía acerca de la venida del
profeta, de Deuteronomio 18.15, y le hicieron una pregunta en concreto a Juan:
«¿Eres tú el profeta?» (Juan 1.21). No había ninguno más grande que Juan, pero
él no era el profeta prometido, y así lo dio a entender claramente, a los que
preguntaron.
Juan, no obstante, que no hacía milagros (Juan 10.41), tenía un pariente
que podía multiplicar cinco panes de cebada y dos pecesillos
hasta convertirlos en un excedente que bastaba para alimentar tal vez diez mil
personas (vea Juan 6.9-10). Una señal tan contundente como la anterior hizo que
los judíos pensaran en la promesa de Moisés que se recoge en Deuteronomio
18.15, y esto fue lo que exclamaron: «Este verdaderamente es el profeta que
había de venir al mundo» (Juan 6.14).
Jesús no sólo demostró que era Señor de la naturaleza, sino que también
habló de un modo que ningún otro hombre lo había hecho (Juan 7.46). Un día que
hizo un anuncio de señal en el templo, algunos judíos impresionados que
formaban parte de la multitud relacionaron Deuteronomio 18.15 con el gran predicador,
diciendo entre sí: “Verdaderamente éste es el profeta” (Juan
7.40).
Cuando Pedro predicó un sermón en el pórtico de Salomón, él citó Deut. 18.15 y dijo que Jesús era el cumplimiento de la
profecía hecha mil quinientos años atrás (Hechos 3.22). Advirtió que el no
obedecer a «aquel profeta» (Hechos 3.23) equivalía a ser destruido. Los judíos
que pensaban rectamente, por lo tanto, siendo ellos mismos «los hijos de los
profetas» (Hechos 3.25), pudieron ver en Jesús el glorioso cumplimiento en
carne de la declaración profética de Moisés.
UN
CUENTAPARÁBOLAS - (SALMOS 78.2)
Asaf era famoso en Israel. Como era cantor y tocador de
címbalo, David lo constituyó jefe del coro del tabernáculo (1° Crónicas
6.31-33, 39; 15.19; 16.5). También recibió facultad del Espíritu Santo para ser
vidente (2ª Crónicas 29.30) y autor
inspirado de cánticos (vea Salmos 50, 73—83) que fue incluido en el libro de
los Salmos. A un cántico escrito como número de instrucción y edificación, tal
como Salmo 78, se le llamaba maskil. Parte
de su enseñanza era en la forma de parábolas, esto es, relatos con
aplicaciones. Él presentó otras enseñanzas en la forma de «cosas escondidas», o
acertijos. Esto fue lo que anunció: «Abriré mi boca en proverbios; hablaré
cosas escondidas desde tiempos antiguos» (Salmos 78.2).
El
Espíritu Santo usó la misma declaración de Asaf como
una profecía de lo que haría Uno más grande que Asaf
(vea Mateo 13.35). Jesús también vino a Israel como uno que enseñaba parábolas,
declarando cosas escondidas desde la fundación del mundo. Esto sucedió «para
que se cumpliese lo dicho por el profeta [Asaf]
cuando dijo: Abriré en parábolas mi boca; declararé cosas escondidas desde la
fundación del mundo».
CELO POR
Tal vez fue una burla o insulto contra el sagrado tabernáculo lo que
hizo que David dijera: «Porque me consumió el celo de tu casa» (Salmos 69.9a).
No hay duda de que el Espíritu Santo estaba profetizando por medio de David que
el mismo sentimiento iba a tener Jesús: “[...] Y halló en el templo a los que vendían bueyes, ovejas y palomas, y
a los cambistas allí sentados. Y haciendo un azote de cuerdas, echó fuera del
templo a todos, y las ovejas y los bueyes; y esparció las monedas de los
cambistas, y volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: Quitad de aquí
esto, y no hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado. Entonces se acordaron
sus discípulos que está escrito: El celo de tu casa me consume” (Juan 2.14-17).
La
segunda parte de Salmos 69.9/ donde se lee: «[...] y los denuestos de los que
te vituperaban cayeron sobre mí»/ indica que David, al defender el tabernáculo,
él mismo fue difamado por impíos que profanaban el sagrado tabernáculo. Cual
fuera la situación local que suscitó la declaración de David, la segunda parte
del versículo 9 fue también una profecía de lo que le ocurriría a Jesús. Cuando
Jesús defendió la casa de Su Padre, Él se hizo blanco de los denuestos de los
que estaban haciendo mal uso del templo. De hecho, estaba apresurando Su propia
muerte. De ningún modo se estaba agradando a sí mismo; el único pensamiento que
ocupaba Su mente era el de la santidad de Su Padre. «Porque ni aun Cristo se
agradó a sí mismo; antes bien, como está escrito: Los vituperios de los que te
vituperaban cayeron sobre mí» (Romanos 15.3).
BENDICIÓN PARA
TODAS LAS NACIONES - (GÉNESIS 12.3)
Cerca del año
LUZ DE LOS
GENTILES (ISAÍAS 49.6)
En
la amorosa sabiduría de Dios, no fue suficiente que Su siervo, cuya venida
había sido profetizada, le ministrara únicamente a las tribus de Jacob. Él se
extendería como luz salvadora disponible a todos los pueblos de la tierra: “[Jehová] dice: Poco es para mí que tú seas
mi siervo para levantar las tribus de Jacob/ y para que restaures el remanente
de Israel; también te di por luz de las naciones, para que seas mi salvación
hasta lo postrero de la tierra” (Isaías 49.6).
¿Quién es esta persona ordenada de antemano como siervo de Dios cuya
fuerza es Dios? (Isaías 49.5). ¿Quién tiene talento para bendecir no sólo a los
Suyos, sino también a las demás naciones? Antes que Jesús fuese formado en el
vientre de María, El ya era hijo de promesa. Gabriel le dijo a una sorprendida
virgen de Nazaret: «Y ahora, concebirás en tu
vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS» (Lucas 1.31). Este
hijo que desde el vientre de su madre fue formado para ser siervo de Dios, hizo
lo que pudo para ayudar a Su propio pueblo. A todos los que le recibieron, les
dio potestad de ser hechos hijos de Dios (Juan 1.12). Además, las instrucciones
que dio a Sus apóstoles fueron en el sentido de que llevaran el evangelio a
todas las naciones. Sus apóstoles siguieron el modelo por medio de predicarles
el evangelio primero a los judíos y después a los gentiles.
En
Antioquía de Pisidia,
cuando los judíos contradijeron el evangelio del Señor, Pablo y Bernabé
hablaron con denuedo, diciendo: “A
vosotros a la verdad era necesario que se os hablase primero la palabra de
Dios; mas puesto que la desecháis, y no os juzgáis dignos de la vida eterna, he
aquí/ nos volvemos a los gentiles. Porque así nos ha mandado el Señor,
diciendo”: “Te he puesto para luz de los gentiles, A fin de que seas para
salvación hasta lo último de la tierra” (Hechos 13.46-47).
Fue una audaz profecía del profeta evangelista, cuando dijo: «Acontecerá
en aquel tiempo que la raíz de Isaí, la cual estará
puesta por pendón a los pueblos, será buscada por las gentes; y su habitación
será gloriosa» (Isaías 11.10).
Eran casi increíbles las profecías que se hacían en el siglo octavo a.
C. Entre estas, una decía que sobre uno de los descendientes de Isaí (Isaías 11) descansaría el Espíritu de Dios, para
darle sabiduría especial. Sería facultado para juzgar no según la vista ni
según los ídolos (Isaías 11.3-4), sino que juzgaría con justicia. Se
cercioraría de que se arguyera con equidad por los pobres y afligidos (Isaías
11.4). Los impíos sentirían algún día Su ira (Isaías 11.4). Hablando
figuradamente, «será la justicia cinto de sus lomos, y la fidelidad ceñidor de
su cintura» (Isaías 11.5). Y también, figuradamente, el día de Su poder, dijo
Isaías, «morará el lobo con el cordero» (Isaías 11.6). No habría opresión ni
agresividad en Su santo monte, y el conocimiento de este soberano sería
universal (Isaías 11.9). Llegaría a ser pendón de los pueblos y los gentiles lo
buscarían (Isaías 11.10). Su morada sería gloriosa. Desde los cuatro confines
de la tierra vendrían los desterrados de Israel, los esparcidos de Judá y las naciones gentiles, viendo al descendiente de Isaí como pendón de ellos (Isaías 11.12).
De
entre los hijos de Isaí, Jesús es el único que puede
llenar los requisitos de la amplia y majestuosa profecía de Isaías (Romanos
15.12). La sabiduría del joven e iletrado carpintero de Nazaret dejó pasmados a los de Su
propio pueblo, al punto que preguntaron: «¿Y qué sabiduría es esta que le es
dada [...]?» (Marcos 6.2). Maravilló a los judíos al sanar a un cojo el día de
reposo; el haber hecho esta buena obra lo dejó expuesto a la crítica (Juan
7.23-24). Les tenía compasión a los marginados y a los parias de la sociedad
(Mateo 21.31; 9.10), tal como Isaías profetizó (11.4). De Su justicia, según
profetizó Isaías (11.5), dio testimonio la esposa de Pilato,
que lo llamó «justo» (Mateo 27.19).
Literalmente, Jesús jamás intentó hacer que los lobos se acostaran
pacíficamente con los corderos, y tampoco ha hecho Su iglesia algo así (Isaías
11.6). Cuando venga la segunda vez, será demasiado tarde para la domesticación
de bestias salvajes, pues para entonces todo será consumido en la abrasadora
extinción del universo (2ª Pedro 3.10).
El que busque un cumplimiento literal de la profecía de los lobos y los
corderos, estará por siempre decepcionado. Por otro lado, para el que entienda
que el significado es figurado (así como a la justicia se le llama cinto en
Isaías 11.5), entonces todo concordará.
Figuradamente, hombres que son como lobos han sido convertidos en
corderos que no le harían daño a un niño (vea Isaías 65.17-25). Por medio del
evangelio de Cristo del amor desinteresado, hombres de carácter bestial han
sido regenerados para convertirse en hombres bondadosos y solícitos. El que
entienda el anterior significado figurado y se maravilla de su realización en
hombres pecaminosos, considerará que sería un evangelio muy débil aquel cuyo
único propósito consistiera en acorralar y domar bestias salvajes. Es obvio que
Isaías y Jesús estaban pensando en algo más importante.
El
significado figurado continúa en la profecía acerca de un «monte santo», que es
una referencia a la iglesia neotestamentaria (Hebreos
12.22-23). Con esa iglesia que es columna de la verdad, el mensaje del
evangelio ha sido llevado a toda la tierra, como las aguas cubren el mar
(Isaías 11.9; vea Col. 1.5-6). ¡Para los hombres de buena voluntad, tanto entre
los judíos como entre los gentiles. Jesús ha llegado a ser el portaestandarte
del mundo, el pendón de los pueblos! (Vea Isaías 49.22; 62.10; Juan 3.14-16;
12.32.)
Si
Jesús, el hijo de Isaías, no fuera el pendón del cual habló Isaías, entonces,
qué trágico, la palabra de Dios se desmoronaría. En el 70 d. C. fueron destruidos los rollos de
genealogía que daban testimonio acerca de quiénes eran los descendientes de Isaí. Si el hijo legítimo de Isaí
no se hubiera dado a conocer antes del 70 d. C./ y no hubiera probado que Él
era el pendón de la profecía de Isaías, entonces toda la humanidad habría
tenido que morir de tristeza. No habría otra expectativa que pudiera dar brillo
a las esperanzas humanas, y la emocionante profecía de Isaías acerca de un
glorioso futuro, no pasaría de ser un ocioso sueño imposible de cumplir. No ha
habido otro, desde el 70 d. C./ que se pueda identificar como parte del linaje
de Isaí.
EL QUE TRAE
JUSTICIA (ISAÍAS 42.1-4)
Hubo uno del cual se profetizó en Isaías 42.1-4 como el siervo de Dios
que con callada, pero invencible determinación traería justicia a la tierra: “He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi
escogido, en quien mi alma tiene contentamiento; he puesto sobre él mi
Espíritu; él traerá justicia a las naciones. No gritará, ni alzará su voz, ni
la hará oír en las calles. No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare; por medio de la verdad traerá justicia.
No se cansará ni desmayará, hasta que establezca en la tierra justicia; y las
costas esperarán su ley”.
Son tres las veces que aparece la palabra «justicia» en esta profecía.
El que traería justicia por medio de la verdad no sería un sensacionalista, ni
uno que haría grandes discursos en las calles. Le daría a una caña cascada, a
un pecador arrepentido, una segunda oportunidad; mantendría viva la llama de la
esperanza en un pábilo humeante, en un pecador
humillado. No cejaría hasta ver cumplida Su obra, y sus principios de justicia
serían aguardados por pueblos de todas las naciones.
¿De quién podían hacerse declaraciones tan optimistas, tan llenas de
esperanza y tan significativas? Según Mateo, Jesús de Nazaret
era el siervo de quien se hablaba en la antigua profecía, al citar: “He aquí mi siervo, a quien he escogido/Mi
Amado, en quien se agrada mi alma; Pondré mi Espíritu sobre él, Y a los
gentiles anunciará juicio. No contenderá, ni voceará, Ni nadie oirá en las
calles su voz. La caña cascada no quebrará, Y el pábilo
que humea no apagará, Hasta que saque a victoria el juicio. Y en su nombre
esperarán los gentiles” (12.18-21).
ABORRECIDO SIN
CAUSA (SALMOS 35.19; 69.4)
David fue a menudo víctima de enemistades no merecidas. Por lo menos dos
veces, escribió David acerca de numerosos enemigos diciendo de ellos que le
«aborrecen sin causa» (Salmos 35.19); y que se han aumentado «más que los
cabellos de [su] cabeza los que [le] aborrecen sin causa» (Salmos 69.4).
Aún menos merecedor de rencor era Aquel que amaba profundamente a todo
ser humano, y que jamás le deseó mal a nadie. No se halló engaño en la boca
(1ª Pedro 2.22) de Aquel que era santo,
inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los
cielos (Hebreos 7.26). La mansedumbre y ternura de Jesús (2ª Corintios 10.1) lo hizo amado por toda
persona que pensaba rectamente.
¡Cuan extraño es que tal persona pudiera ser víctima de aborrecimiento
sin causa! No obstante, tal situación inesperada y pervertida se profetizó
acerca de El: «[...] Pero ahora han visto y han aborrecido a mí y a mi Padre.
Pero esto es para que se cumpla la palabra que está escrita en su ley: Sin
causa me aborrecieron» (Juan 15.24-25).
Además de Su hermosura, vestida con la belleza de la santidad. El tuvo
como credenciales Sus milagros («que ningún otro ha hecho»; Juan 15.24). Las
anteriores cualidades debieron de haber constituido prueba suficiente para
convencer a los críticos más escépticos de Su deidad. No obstante, había
algunos que no se convencerían; y por rechazar al Mesías de ellos, ahora no
«[tenían] excusa por su pecado» (Juan 15.22). Su amor fue correspondido con
aborrecimiento.
UN REY HUMILDE
(ZACARÍAS 9.9)
Dios mandó a los reyes de Israel que
no aumentaran para sí caballos (Deut. 17.16).
Salomón, al llenarse de vanidad y confiar en la fuerza humana, violó la
estipulación divina (1° Reyes
4.26). En cuanto al Mesías, Zacarías profetizó una cabalgadura más humilde: “Alégrate mucho, hija de Sion;
da voces de júbilo, hija de Jerusalén; he aquí tu rey vendrá a ti, justo y
salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna. Y
de Efraín destruiré los carros, y los caballos de Jerusalén, y los arcos de
guerra serán quebrados; y hablará paz a las naciones, y su señorío será de mar
a mar, y desde el río hasta los fines de la tierra” (Zacarías 9.9-10).
¡La profecía de Zacarías se torna aún más excepcional por el hecho de
que Judá no tenía rey en el momento en que el profeta
escribió (
“Decid a la hija
de Sion: He aquí, tu Rey viene a ti/ Manso, y sentado
sobre una asna, Sobre un pollino, hijo de animal de carga.
“Y los discípulos
fueron, e hicieron como Jesús les mandó; y trajeron el asna y el pollino, y
pusieron sobre ellos sus mantos, y él se sentó encima. Y la multitud, que era
muy numerosa, tendía sus mantos en el camino; y otros cortaban ramas de los
árboles, y las tendían en el camino” (Mateo 21.1-8).
REALEZA EN JUDÁ
(GÉNESIS 49.10)
Cerca del
La
profecía fue audaz y salida de lo normal. Judá no era
el primogénito (Génesis 49.3), y no recibió los derechos de primogenitura (1°
Crónicas 5.1). No obstante, después de un mal comienzo, Judá
demostró virilidad y amor desinteresado, y «llegó a ser el mayor sobre sus
hermanos» (1° Crónicas 5.2). Al mirar hacia el futuro. Dios decidió que el
líder de Israel, el príncipe, provendría de Judá. Al
final/ el gran príncipe, el Mesías, provendría de Judá
(Hebreos 7.14).
Pasarían unos seiscientos años para que alguno de los descendientes de Judá tuviera en su mano el cetro, el cetro de un soberano.
En ese momento, David el descendiente de Judá sería
ungido por rey en el reino del sur, y posteriormente (cerca del
El
pecado hizo que Dios quitara de Judá la monarquía
activa. Dios toleró todo lo que pudo hasta el 590/ cuando dijo de Sedequías: “Y
tú, profano e impío príncipe de Israel, cuyo día ha llegado ya, el tiempo de la
consumación de la maldad [...] Depon la tiara, quita
la corona; esto no será más así; sea exaltado lo bajo, y humillado lo alto. A
ruina, a ruina, a ruina lo reduciré, y esto no será más, hasta que venga aquel
cuyo es el derecho, y yo se lo entregaré” (Ezequiel 21.25-27).
El
cumplimiento de la profecía de Dios por medio de Ezequiel se dio cuatro años
después, cuando Él permitió al pagano Nabucodonosor
deponer a Sedequías (2° Reyes 25.1-7)/ el último rey
que reinó en Judá.
Era tanto el pecado que imperaba, que Dios decretó el completo final de
toda monarquía física entre los descendientes de Judá.
En referencia específica a Jeconías, sobrino de Sedequías, esto fue lo que dijo Dios: “Escribid lo que sucederá a este hombre
privado de descendencia, hombre a quien nada próspero sucederá en todos los
días de su vida; porque ninguno de su descendencia logrará sentarse sobre el
trono de David, ni reinar sobre Judá” (Jeremías
22.30).
Jeconías estuvo por siempre privado de descendencia en el
sentido de que jamás tuvo un heredero gobernando como rey en Judá. Sin embargo, en la promesa que le hizo Dios a Judá mil años atrás. El había aseverado que el cetro se
quedaría en Judá hasta la venida de Siloh, el hombre de paz, el portador de seguridad.
Jeconías no estuvo físicamente privado de descendencia
(Mateo 1.12), sin embargo, ninguno de sus descendientes llegó alguna vez a ser
rey literal y físicamente. ¡El cetro se mantuvo, pero no fue usado, desde Sedequías hasta Jesús, que era Siloh,
el hombre de paz, el portador de seguridad!
Si
Jesús hubiera llegado a ser rey sobre
EL RENUEVO
(JEREMÍAS 23.5)
Dios escogió un término de
Este tsemah o renuevo, no sólo
se sentaría y reinaría sobre su trono espiritual, sino que también serviría
como sacerdote mientras estuviera sobre Su trono. Por genealogía, no sería
elegible para el sacerdocio. Por Su antepasado David, El era vastago de la tribu de Judá, «de
la cual nada habló Moisés tocante al sacerdocio» (Hebreos 7.14). Física y
literalmente, por lo tanto. Él jamás sería sacerdote. Si volviera a la tierra
«ni siquiera sería sacerdote» (Hebreos 8.4).
Su
reinado es tan espiritual y celestial como lo es Su sacerdocio. Tenemos un sumo
sacerdote que entró en los cielos y se sentó a la diestra del trono de
CORONADO COMO
DIOS (SALMOS 45.6-7)
Algunas palabras hebreas que se usan para identificar al «hombre»
apuntan a su naturaleza terrenal (del hebreo: 'adam),
frágil (del hebreo: 'enosh). Otras apuntan al
«hombre» como esposo (del hebreo: (ish), como
ser lleno de fuerza (del hebreo: gibbor) o
como participante de la imagen de Dios (del hebreo: (eiohim).
Era de la naturaleza celestial del hombre que Dios estaba hablando, cuando
declaró: «Vosotros sois dioses [del hebreo: 'eiohim},
y todos vosotros hijos del Altísimo» (Salmos 82.6). Así la misma palabra que se
traduce por «Dios» (del hebreo: (eiohim) se
usa también para describir seres humanos. La traducción por la palabra española
(«dioses») podría dar la errónea impresión de que hay muchas deidades. No
obstante, la clara enseñanza de
El
uso que claramente se hace de la palabra “eiohim”
en estos dos sentidos («Dios» y «el hombre a imagen de Dios») nos ayuda a
entender Salmos 45.6-7: “Tu trono, oh Dios, es eterno y para siempre; Cetro de justicia es el
cetro de tu reino. Has amado la justicia y aborrecido la maldad; Por tanto, te
ungió Dios, el Dios tuyo, Con óleo de alegría más que a tus compañeros”.
La
mejor explicación que se puede dar del Salmo 45 es que se refiere originalmente
a uno de los matrimonios de Salomón. Los versículos 6 y 7 constituyen un
homenaje al nuevo esposo, al cual se le exalta en gran manera, diciéndosele que
Él es un Rey justo, y que Él es Dios (esto es, a la imagen de Dios).
No
obstante. Salmos 45.6-7 tenía un cumplimiento más sublime en Uno que es «más
que Salomón» (Mateo 12.42). Si bien «el discípulo no es más que su maestro, ni
el siervo más que su señor» (Mateo 10.24), el hijo de Salomón era más que su
antepasado. El día de Pentecostés, en el 30 d. C., Jesucristo fue hecho Rey de
los cielos y de la tierra —en los cielos y a la diestra de Dios (Efes. 1.22-23;
Mateo 28.18). El día que fue coronado. Dios Padre tomó prestado y elevó el
lenguaje que anteriormente se había aplicado a Salomón:
Mas del Hijo dice [Dios]: Tu trono, oh díos por el siglo del siglo; Cetro de
equidad es el cetro de tu reino. Has amado la justicia, y aborrecido la maldad,
Por lo cual te ungió Dios, el Dios tuyo, Con óleo de alegría más que a tus
compañeros (Hebreos 1.8-9).
Dios usó la misma palabra, la palabra «justicia», para describir el
reinado de Salomón y el de Jesús; sin embargo, significó algo muchísimo más
sublime y exaltado al aplicarse a Jesús. De un modo parecido, la misma palabra
que se usó para describir la persona de Salomón, la palabra «Dios» (esto es, la
imagen de Dios en Salomón), también se usó para describir la naturaleza de
Jesús (esto es, la deidad), pero, al aplicarse a Jesús, tuvo un significado muchísimo
mayor que al aplicarse a Salomón.
«
(1 Ref). En una edición a publicarse de
(2
Ref
). Se usan otros términos botánicos que
significan «renuevo» para referirse a Jesús, entre los cuales se incluye hoter y netser
(Isaías 11.1) y yonek (Isaías 53.2).
«
PERFIL DEL QUE HABÍA DE VENIR
(rom. 5.12-21; (1ª
Cor. 15.20-26,
45-49)
Semejanzas entre
Adán y Cristo:
creado milagrosamente (Gn.
2.7) nacido
milagrosamente de uns virgen
(Isa. 7:14; Mateo 1:23)
fue humano, de carne (lera
Co. 15.45) fue humano, de carne(Rom. 8:3; Fil.2:7)
se le llamó hijo de Dios (Gn. 1.27; 6.2) es el Hijo de Dios (Lc. 3:38, Juan 3:16)
fue una creación perfecta (vea Gn. 1.31; Ez. Es perfecto ( Hebreos 4:15; 5:9)
28.15; Mt. 19.14)
Contrastes entre
Adán y Cristo:
fue «el primer hombre» (lera
Co. 15.45/ 47) fue el segundo hombre
(1ª
Cor.15:47
entró en un mundo perfecto (Gn. 1.31) entró en un mundo
maldecido
(Génesis 3:17)
fue pecador (Ro.
5.14)
fue sin peceado (Heb.4:15;7:26)
por él entró el pecado (Ro.
5.12)
por él entró la remisión de
pecados
(Hech. 10:43)
fue condenado por Dios (Ro.
5.16)
fue bendecido por Dios
(Mat. 3:17;
Juan 8:29)
estuvo donde reinó el pecado (Ro. 5.21) está donde reina la
gracia
(Romanos 5:21)
nos separó del árbol de la vida (Gn. 3.24) nos llevará al árbol
de la vida
(Apoc. 22:1-2)
por él pasó la muerte a todos (Rom. 5.15,17; 1ª Cor. Llevará
resurrección a todos
15.21-22/ 45)
(Juan 10:10; 11:25;
1ª Cor.15:23- 26)
fue terrenal (1ª Cor. 15.45/
47-48)
es celestial (1ª Cor. 15:47)
Las bendiciones de Cristo están
condicionadas cuando el pecado y el cielo están de por medio. La gente puede
«recibir» Sus bendiciones: «Pues si por la trasgresión de uno solo reinó la
muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la
abundancia de la gracia y del don de la justicia» (Romanos 5.17). También
pueden «rechazar» Sus bendiciones: «El que me rechaza, y no recibe mis
palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará el
día postrero» (Juan 12.48).
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