LLORAR COMO JESUS LLORABA
Capítulo VIII
Para mucha gente llorar es señal de debilidad, y muchos creen que “los
hombres no lloran”. He aquí una gran
mentira, pues si las lagrimas fuesen malas, no
existirían. El llorar es una sana
emoción que Dios nos ha dado. En El
mismo hay un enorme volumen de llanto.
Así como el Todopoderoso nos ha dado la alegría, que El mismo siente,
así también nos ha dado las lágrimas. La
ignorancia y la línea dura de la filosofía ha querido
ahogar la buena sensibilidad en el ser humano. La idea del hombre fuerte que no
llora; sólo vence con la dureza de un ser carente de emociones, señal de
debilidad, es una utopía, una farsa.
Cuántas personas hay en el mundo que se avergüenzan porque
lloran. Sienten las emociones naturales
que el Creador les ha dado, pero desean suprimirlas, pues sus sentimientos se
basan en enseñanzas pobrísimas de hombres frustrados. El llorar no es malo. Al
contrario, es bueno, pues sirve ampliamente para establecer el equilibrio
necesario de nuestras emociones. El que trata de someter las lágrimas, causará
un caudal aún más grande, y un dolor inacabable.
No vamos a discutir en este lugar el porqué del llanto humano. Sabemos
que existe y sabemos que es útil y bueno, si es producto de emociones
sanas. Lloramos al sentir alegría,
regocijo, tristeza, amargura, cuando se nos ofende, o cuando se nos honra
sobremanera. No interesa el motivo; lo que vale es que el hombre utilice
correctamente los bienes emocionales que Dios le ha dado.
Yo porqué,
mi Señor, y tú padeces;
Yo los delitos
hice, y tú los pagas;
Si yo los cometí, tú ¿qué
mereces,
Que así te
ofenden con sangrientas llagas?
Mas
voluntario, tú, mi Dios, te ofreces;
Tú del amor
del hombre te embriagas;
Y así, porque
le sirva la disculpa,
Quieres llevar
la pena de su culpa.
Y cuando así padece
por los hombres,
Los hombres de
él, hacen burla con infames nombres,
Y burlan de él
con ademanes feos;
Mas, por su
amor, con ínclitos renombres,
Le levantan
los ángeles trofeos;
Y los demonios
viéndole se admiran,
Y cansados los
impíos, se retiran.
Queda Cristo
sin fuerza respirando,
Que al un
aliento alcanza el otro aliento,
Y pobre ya de
anhelito acezando,
Del resuello
le priva el sentimiento:
Aun el aire, ¡oh gran Dios! Te va faltando
Para el usado
y propio movimiento.
¡Que más
pobreza, oh Rey, qué más pobreza!
Y para el
hombre, ¡qué mayor riqueza!
Diego de Hojeda,
Libro
VIII – Martirio de Cristo,
Lima,
Perú (1588- 1615)
¿Quién no estalla en llanto de culpa y de alegría al ver al Cristo en
la cruz? Porque si por nuestros pecados lo hicimos llorar, preciso es que
lloremos por su amor, su gracia y su perdón.
“Jesús entonces, al verla llorando, y a los judíos que la acompañaban,
también llorando, se estremeció en espíritu y se conmovió” (Juan 11:33).
Nadie tiene que avergonzarse por sus lágrimas de pena y de dolor, de
arrepentimiento y de alegría. Pero habrá, algún día, lágrimas amargas de dolor
eterno, cuando los injustos, en el infierno, lloren por su insensatez e
incredulidad. Pero el justo saltará de júbilo y alegría.