Si uno no puede amar a Dios y al mundo al mismo tiempo (1ª de Juan 2:15), tampoco puede adorar a Dios y al mundo al mismo tiempo. La adoración nos llama a salir del mundo, para entrar al poder y a la presencia de Aquél que desea llenarnos de sí mismo. Si para sentirnos suficientes dependemos del mundo tanto que no podemos dejar atrás los asuntos mundanos, para acercarnos a su presencia, entonces puede que jamás lleguemos a saber lo que significa sentirnos suficientemente en El.
"... Moisés, quita el calzado de tus pies, porque el lugar en que estás, es tierra santa..."