EN MEMORIA DE MI

 

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       Si la muerte, la sepultura y la resurrección de Cristo constituyen el tema central del mensaje del evangelio (1ª  Cor. 15:3-4), entonces la Cena del Señor debe ocupar un lugar central en nuestra adoración.  Es a la Mesa del Señor a donde se invita a los cristianos a ser partícipes, una y otra vez junto con los demás y con Dios, de la victoria de la cruz.  La centralidad de la Cena del Señor en el culto cristiano es indicada por las profundas raíces que ella tiene en prácticas vetero- testamentarias.

   Por tres años,  Jesús había estado preparando a sus discípulos para su Partida.  Durante este tiempo, por lo menos tres veces les dijo que iba a ser entregado en manos de los principales sacerdotes y de los escribas; y ser crucificado, y resucitar al tercer día ( Mateo. 16:21; 17:22-23; 20:18-19).  Antes de morir, sin embargo, comió con ellos una última vez.  La ocasión en la que lo hizo fue la pascua anual, una fiesta que los hebreos observaban desde que sus antepasados fueron liberados de la esclavitud de Egipto.  La noche anterior a la liberación de  ellos, Dios les había dicho que mataran un cordero y pusieran  la sangre de este en los dos postes y en el dintel de sus casas.  Era esta la sangre de la liberación.   Cuando Dios pasó por la tierra para tomar la vida de los primogénitos de Egipto—la última plaga que vino sobre Faraón y su pueblo—fueron perdonadas las vidas de los que pusieron sangre en los dos postes de su casa.  Dios les mandó que observaran la fiesta de la pascua todos los años que vinieran después, para conmemorar el hecho de que fueron liberados de la esclavitud de Egipto. (Éxodo 12:1—13:10)

      El menú de la pascua incluía el cordero sacrificial, que había de ser asado al fuego y comido en su totalidad,  además del pan sin levadura, hierbas amargas y vino.  El pan sin levadura había de recordarles la prisa con que salieron de Egipto, prisa que les impidió ponerle levadura al pan.  Las hierbas amargas les recordaban la amargura de la esclavitud que habían sufrido.  Cuando  Jesús participó en esta fiesta memorial con sus discípulos, El tomó dos artículos de la fiesta de la pascua, y les dio un nuevo significado, significado que los discípulos no entendieron, sino hasta después. “Y mientras comían, tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo partió, y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo. Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos;  porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados” (Mateo 26:16-28)

   Jesús se convirtió en el Cordero sacrificial de la liberación mesiánica.  Dio su propio cuerpo y su propia sangre como pago por nuestra deuda de pecado, con el fin de librarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte.  Los sencillos artículos que El escogió representan de forma apropiada el sacrificio que él hizo.  Los  judíos continúan observando la pascua, y lo hacen para recordar que sus antepasados fueron liberados de la esclavitud de Egipto.  Los cristianos continúan reuniéndose alrededor de la Mesa del Señor, y lo hacen para conmemorar que fueron liberados del pecado.

 

UNA FIESTA MUY PROPIA DE UN REY

     La muerte de Jesús no significó que los discípulos dejaran de festejar juntos;  sino que constituyó el inicio de la fiesta que tendrían a la mesa de su Rey.  Es probable que tuvieran dificultad para entender lo que dijo después: Y os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre” (Mateo 26:29), o como lo dijo Lucas: “hasta que el reino de Dios venga” (Lucas 22:18).  El no volvería a comer la pascua con ellos otra vez, sino que comería y bebería en una nueva fiesta que tendría con ellos cuando viniera el reino; reino que les había prometido que vendría en el transcurso de la vida de ellos (Marcos 9:1), y cuyas puertas le había prometido a Pedro que tendría el privilegio de abrir; reino al cual se refirió también como su iglesia (Mateo 16:18-19).  Pedro usó las llaves del reino cuando se celebró el primer Pentecostés posterior a la resurrección de Jesús.

    Ese día él predicó el primer sermón evangelístico, que dio como resultado los primeros convertidos al cristianismo (Hechos 2:14-40),  convertidos que fueron sumergidos todos en el nombre de Jesucristo para el perdón de los pecados (Hech. 2:38), y añadidos a la iglesia (Hech. 2:47).  La iglesia era el reino de Dios en la tierra.  Jesús había prometido también que donde estuvieran dos o tres congregados en su nombre, El estaría con ellos (Mateo 18:20).  Cuando dijo: “Lo beberé de nuevo con vosotros en el reino de mi Padre”, lo que hizo fue prometerles que estaría en medio de ellos cuando se reunieran para participar de la Cena del Señor, después de su resurrección.  Ellos constituirían su reino, el reino de su Padre.

     La Cena del Señor es una fiesta apropiada para el Rey Mesiánico y sus súbditos.  Esta fiesta hace que los súbditos sean uno entre ellos y con el Rey.  La fiesta que se come alrededor de la Mesa del Señor es Cor. 10:16).  Esto es lo que leemos: <la comunión de la sangre de Cristo> y <la comunión del cuerpo de Cristo> (1ª  “Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan” (1ª Cor. 10:17).  Sólo los que han sido redimidos por la sangre sacrificial del Rey son aptos para estar en presencia de Este, en su fiesta.  Se les invita a este banquete con un único propósito: participar con El, y consigo mismos, en el evento que significó la victoria de ellos sobre el pecado.

 

UNA CENA QUE SE LLEVABA A CABO EL DIA DEL SEÑOR

       Desde el comienzo mismo de la iglesia, los cristianos se reunían el primer día de la semana para partir el pan (Hechos 2:42: 20:7).  La frase “partir el pan” era una expresión que se usaba a menudo para referirse a la práctica de celebrar la Cena del Señor.  Cuando Pablo habló de “el pan que partimos” en 1ª Cor. 10:16, él se refería a una parte de la Cena del Señor.  Esta fue la ocasión en la que se propuso corregir ciertos abusos relacionados con la Cena del Señor que se observaba en la iglesia que estaba en corinto; ocasión en la cual dio a entender claramente que debían estar reuniéndose con el propósito de comer la cena del Señor (1ª Cor. 11:20).  Obviamente no era esto lo que estaban haciendo; aunque debían estar haciéndolo.  <El consenso de los historiadores de la iglesia primitiva confirman esta práctica.  No hay indicio alguno, ni en las escrituras, ni en la historia del comienzo de la iglesia, que ponga en duda la práctica de los cristianos en reunirse el primer día de la semana para observar esta sagrada comida>.

     David Roper hizo notar que los judíos observaban el séptimo día para rememorar la creación física (Éxodo 20:8-11); los cristianos [en cambio] observan el primer día en memoria de la muerte, sepultura u resurrección de Cristo (1ª Cor. 11:23-25); [eventos que hacen] posible “una nueva creación” (Gálatas 6:15).

 

UN MEMORIAL

       En el relato del evangelio de Lucas, cuando Jesús constituyó su fiesta memorial, El dijo a sus discípulos: “haced esto en memoria de mí” (Lucas 22:19).  ¿Sería una pregunta muy trivial si alguien dijera: <Exactamente, ¿de qué desea él que hagamos memoria?<?.  ¡Creo que no!.  Es demasiado general decir: “Desea que lo recordemos a El.  ¿Qué desea que recordemos acerca de El, semana tras semana al reunirnos con El alrededor de su Mesa?.  Cuando el cristiano sincero reflexiona sobre la cruz, su mente se inunda de una mezcla de ideas y emociones encontradas.  Siente pena y gozo a la vez.  Puede que a uno le broten las lágrimas cuando reflexiona seriamente sobre el sacrificio que Jesús hizo en la cruz.  Puede que tales lágrimas sean motivadas tanto por el dolor como por el gozo.  No hay duda de que los cristianos tenemos una buena razón de estar apenados por el hecho de que tuvo que pagarse tal precio por nuestra redención; pero también tenemos una buena razón para estar gozosos por el hecho de que Jesús estuvo dispuesto a pagar ese precio.  Ambas emociones son apropiadas. Lo que no es apropiado es reunirse alrededor de la Mesa del Señor cada semana, y hacerlo con los ojos secos, o con muy leve variación emocional, al anunciar juntos “la muerte del Señor...hasta que él venga” (1ª Cor. 11:26)

    Es obvio que Jesús deseaba que recordáramos, no sólo lo que ya hizo por nosotros en la cruz, sino también lo que está haciendo por nosotros ahora que es Rey, Sumo Sacerdote y Mediador nuestro (Hebreos 4:15; 1ª Timoteo 2:5-6).  También desea que recordemos lo que ha prometido para el futuro, y que ha garantizado con su propia resurrección: “si somos muertos con él, también viviremos con él; si sufrimos, también reinaremos con él” ( 2ª Tim. 2:11,12).

     Si bien es apropiado mostrarnos apenados y reflexivos al acercarnos a la Mesa del Señor, no debemos olvidar que un banquete también implica celebración.  Cuando nos reunimos para recordar a Jesús, la cruz ocupa una posición central porque allí fue donde él pagó nuestra deuda de pecado para liberarnos.  El pan y el fruto de la vid nos recuerdan el sacrificio de su cuerpo y de su sangre.  El  es nuestro Cordero sacrificial.  Participamos juntos dando gracias, como El dio gracias, por el pan y por el vino.  Celebramos nuestra liberación.  Cuando tenemos comunión con él y con los demás cristianos, miembros de un solo cuerpo, reafirmamos nuestra unidad y nos reiteramos nuestro apoyo los unos a los otros.  Percibimos su presencia entre nosotros, y anhelamos el día en que nos levantará de entre los muertos, o transformará nuestro cuerpo físico haciendo de él un nuevo cuerpo espiritual, para llevarnos a morar con El por toda la eternidad.  Nos produce gozo al saber que no importa si El viene antes que muramos, ni si morimos antes que El venga.  Si morimos primero, El nos resucitará (Juan 5:28,29; 1ª Tes. 4:16).  Y si El viene primero, El nos transformará (1ª Cor. 15:52-57).

 

UNA CELEBRACIÓN QUE SE HACE CON REVERENCIA

     Los cristianos tenemos mucho que celebrar.  Celebramos la unidad que tenemos por ser un cuerpo, con Cristo en medio de nosotros.  Celebramos nuestra familia.  Celebramos nuestras victorias—no solo la victoria sobre el pecado, victoria que obtuvimos en forma compartida en la cruz, sino también las victorias que tenemos en lo personal al andar en él cada día.  Celebramos nuestra esperanza en la resurrección , que es nuestra liberación de la muerte.  Celebramos la promesa de su segundo advenimiento.  El volver a la cruz mediante la participación de la Cena del Señor no equivale a entronar un canto fúnebre.  Jesús jamás quiso que así fuera.  Su propósito ha sido que su Cena sea un Monumento y un lugar al que estemos volviendo frecuentemente, y en el que se nos recuerde de la fuente de nuestra redención.  Desea que recordemos no solamente porqué fue necesario su muerte, sino también porqué es necesaria nuestra muerte al pecado.  Recordar que nuestra muerte al pecado tuvo lugar en la cruz es tan importante como recordar que su muerte tuvo lugar allí. <Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo> (1ª Cor. 15:57)

      Celebramos—pero reconocemos que Dios es santo y puro, mientras que nosotros somos pecaminosos y débiles.  El no es como nosotros, pero desea que nosotros seamos como él.  La Cena del Señor es la ocasión perfecta para que mostremos tanto la reverencia como el gozo.  Debemos acercarnos al banquete memorial viendo en este un símbolo que nos permite participar indirectamente en su muerte en la cruz, y al mismo tiempo celebrar la victoria que obtuvo por nosotros en su paso en la cruz al sepulcro que dejó vacío.  Así, la mesa el centro en el cual converge la adoración—el centro al cual dirigen nuestra atención los cánticos, las oraciones y las meditaciones de las Escrituras del primer día de la semana.  Una vez que mi mente esté allí, puedo reflexionar sosegadamente, estando maravillado, lleno de temor reverencial y asombrado de que Jesús pudo pagar semejante precio por mí, y al mismo tiempo celebrar el hecho de que los hizo.  Cada vez que me acerco la Mesa del Señor, algo me obliga a reconocer que Jesús tuvo que hacer lo que hizo en la cruz, por causa de lo que yo soy—y que El fue el único que pudo hacerlo, por causa de lo que El es.  Las lágrimas que a veces llenan mis ojos son una mezcla de gozo y de pena.  Me maravilla que no sólo se me permite, sino que también se me invita, a acercarme al Padre.  Por eso, no me queda más que <alabar y engrandecer su nombre>.  La comunión que se tiene en la Mesa del Señor es una celebración, pero también es un momento para inclinarnos llenos de reverencia delante de su Majestad.  <Porque esto es los que exalta el carácter de Dios y expresa la razón por la que El es digno de nuestra adoración>.

 

CONCLUSIÓN:

      El poder de la Cena del Señor no reside en la magia que pueden tener los elementos que se usen, sino en el evento que conmemora.  La cena es uno de dos símbolos cristianos que dirigen nuestra atención a la cruz de Cristo.  El otro es el bautismo—la inmersión en agua—que simboliza nuestra muerte, sepultura y resurrección con Cristo.  Estos símbolos proporcionan un medio de participar en un evento que ya ocurrió.  La participación en el memorial mantiene vivo el evento y nos permite recordarlo en nuestra propia experiencia.  Cuando uno se bautiza tiene una única participación en ls muerte, sepultura y resurrección de Cristo.  En la Mesa del Señor, en cambio, podemos participar en su muerte, sepultura y resurrección cada semana.  Es crucial mantener vivo y activo este evento en nuestro corazón.  Recibimos fortaleza de estar reuniéndonos regularmente como familia, y también de estar reviviendo regularmente el sacrificio de Jesús y la victoria que tenemos con El.

     La comunión familiar es especial—lo es incluso la comunión con la familia física.  La iglesia es una familia debido al pacto que dentro de ella tienen unos con otros y con Dios.  Jesús se refirió a su sangre como la <sangre del nuevo pacto> (Mateo 26:28).  No se puede calificar de demasiado frecuente la participación en esta comida especial del pacto, y no se debe de comerla a toda prisa. Este es el evento que nos une y mantiene juntos siendo un solo cuerpo.  La Cena del Señor no es simplemente un ritual que se ha de llevar acabo, sino una comida que nos permite a cada uno tener comunión con Dios y con los demás.

       Por tanto, la Cena del Señor debe ser parte de nuestro culto semanal de adoración, tanto como lo que son las oraciones y las alabanzas.  La muerte de Jesús debe seguir ocupando una posición  central en nuestra adoración.  Dos concibió la Cena del Señor con el propósito de acercarnos cada semana a la cruz, donde tuvo lugar nuestra redención, y donde fue sellada nuestra victoria.

FIN.

 

¿HA DE DIRIGIR UNA MUJER LA ADORACIÓN?

 

   Génesis 2 y 3; 1ª Cor. 14 y 1ª Timoteo 2, demuestran que el varón ha de ser el líder y la mujer la seguidora.  Aun si los ancianos autorizaran a una mujer ejercer la dirección (lo que aparentemente la liberaría de la acusación de usurpar autoridad), sería un error de parte de ella el asumir tal puesto.  Las enseñanzas de Dios tienen prioridad sobre las de los ancianos.

 

   Se haga en público o en secreto, la adoración seguirá siendo adoración.  Un hombre puede orar mientras corta leña en el bosque; una mujer puede orar mientras hace sus quehaceres.  Cuando una familia ora unida, cuando los jóvenes se reúnen, o cuando la iglesia se reúne, los fundamentos de la adoración son los mismos.  Si hay hombres piadosos presentes, las mujeres piadosas desearán que ellos dirijan.