Y ABRIENDO SUS TESOROS LE OFRECIERON PRESENTES
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Abraham era un
hombre rico. Su riqueza la constituía el
ganad. El podía haber ofrecido, y con gozo hubiera
ofrecido a Dios, lo mejor de sus rebaños; sin embargo Dios no le pidió que
sacrificara lo mejor de sus animales.
Pidió que le sacrificara lo que Abraham consideraba su tesoro más grande
- el hijo por quién gustosamente
hubiera dado su vida. Abraham tenía
siervos en su casa. ¿Porqué no le pidió
Dios uno de ellos?.
Dios pidió a Isaac, el hijo que él había dado por cumplir una promesa de
larga espera. Abraham había puesto todas
sus esperanzas en que Isaac sería el hijo a través del cual Dios haría una gran
nación de él. No sorprendería si en
Génesis 22:3, se hubiera leído: “¡No Señor, a Isaac no”!. ¡Cualquier cosa, menos a Isaac!. Por favor, Señor, déjame conservar a Isaac. ¡Qué gran sacrificio! ¿Exige la adoración que se haga sacrificio
hoy en día?
Los magos se
postraron para adorar a Jesús, “y abriendo sus tesoros, le ofrecieron
presentes: oro, incienso puro y mirra” (Mateo 2:11). Sí, la adoración requiere que se dé un
valioso presente – un presente sacrificial.
El oro ha sido por mucho tiempo un valioso presente. Es de oro que se hacen las coronas de los reyes. Es con este metal precioso que se adornan los
palacios y los templos. El oro
representa la realeza, es el presente que está a la altura de un rey.
¿Qué clase de
presente es el incienso puro?. Para entenderlo hay que recordar el altar del
incienso que estaba situado en el lugar santo del tabernáculo. Se ubicaba, más axactamente, delante del velo
que separaba el lugar santo del Lugar santísimo. A Moisés se le dio una receta especial para
hacer el incienso que había de ser quemado en este altar. En incienso puro era uno de los ingredientes
que había de ser quemado como perfume, un aroma de olor dulce, el aroma de la
adoración a Dios. Este incienso era
santo, había de ser usado únicamente en este altar, y únicamente en la
adoración a Dios (Exodo 30:34-38)
El incienso puro se
hacía de la resina de un árbol de hoja perenne, y todavía se usa hoy día en
ciertos ritos religiosos del oriente. La
sustancia despide su dulce aroma únicamente cuando se le hace arder con
fuego. Alfred P. Gobbs sugirió que esto representa la fragancia de la vida
sin pecado de Jesús. Esta ofrenda
también podría representar una vida que se sacrifica a Dios, que despide su
dulce aroma únicamente cuando uno es probado como con fuego (1ª Pedro 1:7) y aun así permanece fiel como
adorador de Dios. “El ardiente
sacrificio final de todo nuestro ser (el altar del incienso) libera la dulce
fragancia de nuestra adoración”.
La mirra, una
especie que se obtenía de la resina de una especie de árbol de bálsamo, también
se asocia con la adoración del tabernáculo de reunión y todo el mobiliario y
lod utensilios .
Aarón y sus hijos, los sacerdotes, fueron ungidos con el este
acéite. (Exodo 30:22-32). La mirra era santa para el Señor, y no debía
ser usada para ningún otro propósito.
A Jesús se le ofreció vino mezclado con mirra
para aliviarle el dolor que sufría cuando colgaba de la cruz (Marcos
15:23). Nicodemo trajo un compuesto de
mirra y áleos para preparar el cuerpo de Jesús para la sepultura (Juan
19:39-40). En vista de la anterior
narración con el sufrimiento y la muerte, algunos creen que el presente de
mirra fue una representación profética del sufrimiento y la muerte de Jesús
como medio para la redención del hombre.
El que estos presentes tuvieran originalmente tales significados
proféticos específicos para los que los daban, no es algo que se pueda decir a
ciencia cierta; pero de lo que no hay duda, es que representaba un sacrificio
de parte de los adoradores. Fue de sus
“tesoros” que ellos sacaron para darlos (Mateo 2:11)
El incienso puro y
la mirra eran presentes sacerdotales.
Los sacerdotes usaban estos aromas para acercarse a Dios en nombre de
las demás personas, cuyas vidas no siempre despedían olor fragante, agradable a
Dios. El incienso puro y la mirra
neutralizaban el hedor del pecado, de la muerte y corrupción. En Apocalipsis se identifica al humo del
incienso con las oraciones de los santos, que suben a la presencia de Dios como
aroma de olor agradable ( Apoc. 5:8; 8:3-4). David hizo la misma relación cuando dijo:
“Suba mi oración delante de ti como el incienso, el don de mis manos como la
ofrenda de la tarde” ( Salmos 141:2)
Para que se le
pueda considerar sacrificio, lo que se sacrifica debe ser algo que nos gustaría
conservar - debe ser algo costoso. De otro modo, no sería sacrificio. Dos episodios de la vida de David ilustran la
anterior verdad. El primero ocurrió una
vez que los filisteos acampaban en el valle de Refaim, que se extiende desde
Jerusalén hasta Belén. David se hallaba
en un lugar fuerte, en la cueva de Adulam.
Estando allí tuvo sed y anhelaba
beber del agua clara, fresca, del pozo de belén, que estaba junto a la puerta
de esta ciudad. Tres de sus devotos
hombre, queriendo conceder a David su deseo, arriesgaron sus vidas para
irrumpir por el campamento de los filisteos, sacar agua del pozo y entregársela
a David (2º de Samuel 23:13-17).
Aunque la deseaba,
David no bebió el agua que le trajeron, sino que la derramó para Jehová. No podía concebir la idea de beber algo por
lo que sus hombres habían arriesgado sus vidas.
El Señor era el único que merecía un presente así, que para ser dado
tuvo que arriesgarse la vida de seres humanos.
Dijo David: “Lejos sea de mí OH Jehová, que yo haga esto. ¿He de beber
yo la sangre de los varones que fueron con peligro de su vida?”.
El segundo episodio
se encuentra en “ 2ª Samuel24.
En este capítulo leemos que Dios
envió una peste sobre Israel, porque David censó al pueblo, y esto no
agradó a Dios (v. 15). Fueron setenta
mil hombres los que murieron en todo el territorio. David dijo al Señor: “Yo pequé, yo hice la
maldad; ¿qué hicieron estas ovejas?. Te ruego que tu mano se vuelva contra mi, y
contra la casa de mi padre”. (v.
17). El profeta Gad vino a David y le
dijo que fuera a la era de Arauna y ofreciera sacrificio a Dios. David fue con la intención de comprar la era
de Arauna para ofrecer el sacrificio, pero este le dijo a David que le daría
todo lo que necesitara:
los bueyes para el holocausto, así como los trillos y los yugos
para la leña con que quemaría el sacrificio.
David respondió: “No, sino por precio te lo comprare; porque no ofreceré
a Jehová mi Dios holocausto que no me cueste nada”. (v. 24).
Cualquiera que haya
criado ganado entiende la tentación de guardar para su propio rebaño. Bajo el sistema sacrificial moisáico, el
animal que el dueño más deseaba conservar cada año, era el que Dios exigía que
se sacrificara (Núm. 18:29). El dar
sacrificio supone dar un presente costoso. La adoración incluye dar presentes costosos a
Dios. El darle a Dios lo mejor que
tenemos nos lleva a confiar en él, y no en las posesiones que pudiéramos
guardar para nosotros.
Los sacrificios
anteriores a la era cristiana eran ofrecidos por sacerdotes. Solo a éstos se les permitía acercarse a Dios
con sacrificio. En esto reside uno de
los conceptos más significativos de la adoración cristiana. La muerte de Jesús en
¿Está usted
conciente de lo que esto significa?. ¡Los redimidos por
la sangre de Cristo son sacerdotes.
Ahora podemos estar en el lugar sólo a los sacerdotes se les permitía
estar anteriormente. Los verdaderos
adoradores de Dios somos “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa,
pueblo adquirido por Dios, para que anunciemos las virtudes de aquél que nos
llamó de las tinieblas a su luz admirable (1ª de Pedro 2:9). ¡Anunciar sus virtudes es adorarle!.
Uno de los
principales puntos de la epístola a los Hebreos es que, en Cristo, Dios cambió
el sacerdocio. Mientras que los
sacerdotes del orden Veterotestamentario eran de la tribu de Leví, Jesús era de la tribu de Judá (Hebreos
7:11-19). No solo hubo un nuevo Sumo
Sacerdote, sino que también hubo un cambio en todo el orden sacerdotal: Hoy
día, lo constituye toda la iglesia. Como
sacerdotes que somos, los cristianos estamos a cargo de la tarea de ofrecer
sacrificios a Dios por medio de la adoración que le rendimos a El.
El apóstol Juan
comienza la escritura de la revelación que recibió, afirmando que Jesucristo
“nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre” (Apoc. 1:6). Y continúa con una frase que expresa
adoración: “... a El sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén”
(1:6). Más adelante en 5:10, describe
una escena de criaturas celestiales que están alrededor del trono, cantando un
nuevo cántico, cuyo estribillo dice: “les has hecho para nuestro Dios reyes y
sacerdotes, y reinarán sobre la tierra”.
Los que son redimidos para Dios con la sangre del Cordero, “de todo
linaje y lengua y pueblo y nación” (5:9), constituyen todo un reino de
sacerdotes centrados en Dios, en quién El es, en lo que ha hecho y en lo que
está haciendo por nosotros. El saber
esto y creerlo hacen que caigamos de rodillas para dorar y alabar al Todopoderoso. Como sacerdotes que somos, “ya no podemos
seguir siendo espectadores en este asunto; ahora debemos participar”.
Después de comentar
esta sección de Apocalipsis, Jack Hayford hizo el siguiente comentario sobre 1ª
de Pedro 2:9, “las palabras “reino” y “real” de este texto indican claramente
un aspecto regio atribuido al ministerio sacerdotal de la adoración. Así, en el centro de nuestra vida en Cristo
hay un llamado a reconocer que nuestro dominio en El tiene correlación directa
con la adoración que le rendimos a El”.
Varias frases de estos pasajes provienen directamente de Exodo
19:5-6. cuando
Moisés subió al monte Sinaí, Dios le dio instrucciones en el sentido de que
dijera al pueblo que ellos serían su propiedad, que serían para El un reino de sacerdotes
y gente santa. Lo que Dios originalmente
deseaba para Israel está disponible ahora para la iglesia, la cual componen los
verdaderos adoradores de Dios de hoy en día.
Cuando se les habla
de sacrificar a Dios, la mayoría de los adoradores de hoy día piensan que se
les está hablando de la ofrenda. No
estamos restando importancia a esta clase de sacrificio- si es que la ofrenda que se da constituye, en
efecto, un sacrificio. Hay un momento en
el que debemos dar de nuestros recursos financieros como parte de la adoración
sacrificial que rendimos. No obstante,
es obvio que, como se desprende del
estudio de las Escrituras, no son nuestras posesiones lo que Dios más desea que
demos. El no desea ni necesita nuestras
posesiones materiales. Desprenderse de
las posesiones es de lo más fácil que pueda haber. Pedro y Andrés dejaron sus redes y siguieron
a Jesús a la primera invitación ( Mateo 4:18-20), pero
no fue sino hasta mucho tiempo después, que entendieron que en realidad eran
sus vidas mismas lo que Jesús les estaba llamando a dar.
¡En el centro de las
razones por las que el hombre rechaza a Dios está el deseo de conservarse para
sí mismo!.
Estoy convencido de que esta fue la causa del primer pecado. Dios le dijo a Adán que tuviera señorío sobre
la tierra que él había creado (Génesis 1:26).
El señorío del hombre sobre la tierra dependía del señorío de Dios en el
corazón de él. Cuando Adán eligió
renunciar al señorío de Dios en su vida,
también renunció a su señorío sobre la tierra. En Cristo, el pueblo del reino puede volver a
tener este señorío por medio de someterse a sí mismo otra vez al señorío de
Cristo. “Bienaventurados los mansos [los
que se someten al señorío del Maestro], porque ellos recibirán la tierra por heredad”
(Mateo 5:5).
A Oswald Chambers
le atribuye haber dicho: “Por ningún lado nos dice Dios que demos las cosas por
darlas. Nos dice que las demos por la
única posesión digna de tenerse: la de la vida que se vive en El”. Es probable que la mejor descripción de este
sacrificio sea la que se encuentra en Romanos 12:1. el capítulo 11
cierra con una expresión de alabanza por la profundidad y de la ciencia
de Dios: “A é sea la gloria por los siglos. Amen”. El capítulo 12 abre con un “Así que”, lo que
significa que se continúa con la misma idea.
Es decir, teniendo presente que la sabiduría y la ciencia de Dios son
insondables, se nos insta “por las misericordias de Dios, a [presentar
nuestros] cuerpos en sacrificio, santo, agradable a Dios, que es [nuestro]
culto racional”. Dios no desea un
sacrificio muerto que, una vez ofrecido, no pueda volver a ofrecerse. ¡Nos desea a nosotros; desea nuestras vidas!. Desea tener todo
un reino de adoradores sacerdotales. El
propósito del sacrificio de nosotros mismos no es estimular el ego de Dios, ni
es darle el derecho de jactarse. El
desea que nos entreguemos porque la única manera como podemos volver a tener
nuestra vida es entregándosela a El. (Mateo 16:25)
Este principio se
ilustra por la forma como adoran las huestes espirtuales. En Apoc. 4:10 leemos
que echaron sus coronas delante del trono de Dios, presentando todo símbolo de
autoridad y dominio en sacrificio al que estaba sentado en el trono. Sacrificaron sus propios puestos de autoridad
y dominio.
Pablo ilustró esta
verdad e alguna de las últimas palabras que escribió. Sabiendo que pronto partiría para estar con
el señor, escribió a Timoteo: “Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el
tiempo de mi partida está cercano” (2º Timoteo 4:6). Sacrificó al Señor lo que este sacrificó por
el, ¡Su Vida!.
El autor de Hebreos
también habla de “sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que
confiesan su nombre” (13:15). Ya añadió:
“Y de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales
sacrificios se agrada Dios” (13:16). La
primera parte de este pasaje recuerda una expresión del profeta Oseas: “llevad
con vosotros palabra de súplica, y volved a Jehová, y decidle: Quita toda
iniquidad, y acepta el bien, y te ofreceremos la ofrenda de nuestros labios”.
(4:12). En
Los sacrificios
agradables a Dios incluyen actos de bondad para con los demás y el compartir la
alegría de nuestra relación sacerdotal con Dios. Los sacrificios vivos son los sacrificios del
corazón. Los magos le dieron a Jesús de
sus tesoros. Jesús dijo: “Porque donde
esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mateo 6:21). Dios desea que los tesoros del corazón sean
sacrificados a su voluntad y propósitos.
Si no lo hacemos así, las cosas que atesoramos en el corazón se pueden
interponer entre Dios y nosotros. David
reconoció a Dios como aquél que conocía su corazón. Dijo: “Los sacrificios de Dios son el
espíritu quebrantado, y el corazón contrito y humillado...” (Salmo 51:17). El proceso de medir (sacrificar) los tesoros
del corazón a Dios es adoración. Si uno
hace así, dejará de confiar en los tesoros terrenales y se llenará de paz duradera,
y del gozo que viene de confiar completamente en El.
CONCLUSIÓN:
El llamado más
grande que se le hace a todo cristiano es a ser adorador sacerdotal de Dios (1ª
de Pedro 2:5). La adoración vacía de
sacrificio no es realmente adoración.
Hay por lo menos tres verdades sobre la adoración sacrificial que no se
nos deben olvidar.
1.
1. El motivo más grande para el sacrificio es el
amor. A Salomón vinieron dos rameras que
vivían en una misma casa a exponerle una situación. Cada una tenía un hijo; “¡Ah, señor mío!. Da a esta el niño
vivo, y no lo matéis”. Mas la otra dijo:
“Ni a mí ni a ti; partidlo”. Salomón
supo en ese momento cuál mujer era la verdadera madre. Sólo el amor pudo haberla movido a dar a su
hijo para que siguiera vivo. (1ª Reyes
3:16-28). Sólo el verdadero amor a Dios
puede movernos a rendirle nuestros tesoros a El.
2.
El bien
más grande del sacrificio es la gratitud.
“Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud,
y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia (Hebreos
12:28). Cuando estamos plenamente
concientes de quién es Dios, qué ha hecho y qué está haciendo por nosotros,
entonces podemos estar verdaderamente agradecidos. Sólo los que entienden su necesidad de un
Salvador, y aceptan agradecidos su don de redención, tienen una razón para
adorar
3.
“Cuerpos
en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios”.
(Romanos 12:1). El sumo
sacerdote, nuestro Señor y Rey, se ofreció a sí mismo en sacrificio por
nosotros. Nuestra adoración requiere que
presentemos no menos que nuestro “ego” sobre el altar dedicado a El. “Cuando nosotros, al igual que Jesús,
encomendamos a nuestro espíritu a las manos del Padre, permitiendo que sea
totalmente consumido por el fuego del Espíritu Santo, entonces y sólo entonces
estaremos preparados para entrar en su presencia. fin