¡QUITA EL CALZADO DE TUS PIES!
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A Moisés le entró la curiosidad
cuando vio una zarza ardiendo y que, sin embargo, no se consumía. Su curiosidad lo hizo acercarse cautelosamente
a ver el espectáculo. Cuando se
acercaba, Dios le habló de en medio de la zarza, y le dijo: “No te acerques;
quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tu estás, tierra santa es”
(Éxodo 3:5). La misma petición se le
hizo a Josué (Josué 5:15). La tierra que
Dios ocupe, es tierra santa. No hay nada
impuro que merezca estar allí.
El calzado ha andado por la suciedad y el fango de los senderos
terrenales. Esta es la razón de la
práctica oriental de quitarse el calzado al entrar a un templo o palacio. En las naciones orientales, aún hoy día, el
calzado se deja a la entrada de las casas.
La sala de reuniones no es sagrada.
La asamblea de adoradores que entren a la presencia de Dios es santa, no
importa donde se reúna. Aun bajo la
sobra de un árbol, o de una enramada, si Dios está allí, la asamblea es santa.
Una asamblea de adoradores no es sitio para la suciedad y el hedor del
mundo. Cuando los adoradores forman
parte de la asamblea de Dios, deben dejar atrás los pensamientos del mundo.
Si uno no puede amar a Dios y al mundo al mismo tiempo (1ª de Juan
2:15), tampoco puede adorar a Dios y al mundo al mismo tiempo. La adoración nos llama a salir del mundo,
para entrar al poder y a la presencia de Aquél que desea llenarnos de sí mismo. Si para sentirnos suficientes dependemos del
mundo tanto que no podemos dejar atrás los asuntos mundanos, para acercarnos a
su presencia, entonces puede que jamás lleguemos a saber lo que significa
sentirnos suficientemente en El.
POR
MEDIO DE DEJAR EL MUNDO ATRÁS
Pablo, citando (Isa. 52:11), instó a los cristianos que estaban en
Corinto, con las siguientes palabras: “Salid de en medio de ellos y apartaos”
(2ª Cor.
6:17). Su instancia se hizo dentro del
contexto de mantener la santidad de andar con Dios. Ellos estaban siendo tentados por la
idolatría de una ciudad que era famosa por su culto a Afrodita. Dios los había llamado a salir del mundo,
para que fuera un pueblo santo porque El es santo. Su naturaleza santa no le permite aceptar que
haya impureza alguna delante de su presencia.
Los corintios, al igual que todos los pueblos, estaban teniendo
dificultades para apartarse del mundo del cual Dios los sacó.
Dios hizo salir a Abraham de la tierra de sus padres, y lo llevó a una
nueva tierra, para hacer de él una nación, un pueblo para sí mismo (Génesis
12:1-3). Al hacerlo salir, bien podría
decirse que lo apartó. Al pueblo que
formó de Abraham, a los israelitas, Dios
les instó a permanecer puros, apartados, para aquello a que los llamó. No debían casarse con personas de naciones
idólatras, ni formar alianza con ellas.
Lo que le preocupaba a Dios no era que se relacionaran con los
extranjeros en sí, sino que se relacionaran con los dioses de estos.
Israel fue sacado de Egipto para adorar y servir a Dios. Moisés había de decirle a faraón: “Israel es
mi hijo... mi primogénito... deja ir a mi hijo para que me sirva... (Éxodo
4:22-23). Una y otra vez, Moisés pidió a faraón que dejara ir al pueblo
de Dios para que pudieran servirle a Este.
Cuando Dios se le apareció a Moisés en la zarza ardiente, El le aseguró
con estas palabras: “... cuando hayas sacado de Egipto al pueblo, adoraréis a
Dios sobre este monte” ( Éxodo 3:12). Dios deseaba que su pueblo fuera para
El. No quería que ellos mezclaran la
adoración que se daba a los dioses de los egipcios. A Dios
no se le debe mezclar con nada ni con nadie más.
Cuando los israelitas se
aprestaban a cruzar el río Jordán para dar principio a la conquista de Canaán, Josué les dijo: “Santificaos, porque Jehová hará
mañana maravillas entre vosotros” (Josué 3:5)
Santificados Santos consagrados. Limpios: todas son palabras
que describen a los que son diferentes, a los que se han apartado del mundo,
para adorar y servir a Dios.
Salomón fue un gran rey que dio comienzo a su reinado con humildad y
confianza en Dios. Fue usado por Dios
para levar a cabo una de las tareas más grandes de la historia del pueblo de
Dios: se le responsabilizó de la construcción del templo, del lugar de donde
Dios establecería su nombre y mantendría se presencia en medio de su pueblo. A pesar de su gran logro, Salomón no agradó a
Dios, porque él amó a muchas mujeres extranjeras, mujeres de las naciones de
las cuales Dios había dicho que no había que formar alianzas matrimoniales,
pues corrían el peligro de que los corazones de los israelitas fueran
inclinados tras los dioses de ellas. ( 1ª reyes 11:1-2). Salomón se relacionó más con el mundo pagano
que con Dios
Cuando Judá regresó de la cautividad en
Babilonia, a reconstruir el templo y la ciudad de Jerusalén, y a restaurar el
culto a Dios, Esdras y Nehemías tuvieron que insistir
una y otra ves en que se apartaran del mundo pagano que les rodeaba. Tenían que ser santos, tenían que apartarse
del mundo, para poder acercarse a Dios a fin de poder adorarlo ( Esdras 9:10; Nehemías 13)
Los magos de (Mateo 2, salieron de su tierra que estaba en el oriente,
guiados por una estrella. Dejaron sus
casas y sus familias, y viajaron a través de miles de kilómetros de desierto a
un país extraño, para encontrar a aquél a quién deseaban adorar. Por lo menos por algún tiempo dejaron la
comodidad y seguridad de sus casas, a cambio de lo más regocijante y más
duradera satisfacción que produce el adorar al Señor del cielo y de la tierra.
Cuando Jesús deseaba pasar tiempo con el Padre, él se alejaba y estaba a
solas (Mateo 14:23; Mar. 6:46; Lucas 6:12).
Fue por esta razón que se enfureció cuando vio a los que introducían sus negocios al
templo ( Mateo 21:12), pues esto impedía a los
adoradores a apartarse del mundo.
Reprendió a los que daban limosna
o hacían oraciones con el propósito de ser vistos por los hombres. Les mandó hacer sus oraciones y dar sus
limosnas en secreto (Mateo 6:1-6).
Cuando dijo: “entra en tu aposento y cerrada la puerta, ora a tu Padre”,
¿no quiso dar a entender con ellos que debían salir del mundo?. Puesto que tenemos que salir del mundo,
debemos hacer a un lado los intereses mundanos cuando entramos a la presencia
de Dios.
Por supuesto que tenemos que vivir en el mundo: Dios desea que nosotros
“brillemos” como estrellas en el Universo (Fil. 2:15). La misión cristiana que se nos ha encargado
debemos llevarla a cabo en el mundo (Marcos 16:15). No podemos cumplir la misión sin entablar
relaciones con la gente del mundo (1ª Cor. 5:10). Para no
tener que “estar en el mundo”, tendríamos que salir del mundo, y así no
brillaría nuestra luz delate de los hombre. Sin embargo, cuando entramos a la
presencia de Dios a adorar, debemos dejar el mundo atrás. La adoración consiste en retirarse del mundo.
En el mundo se nos pueden oponer por causa de la fe, o pueden burlarse
de nosotros porque somos diferentes. Es
posible que se nos separa de nuestras familias. Las relaciones se pueden poner tirantes. Puede que se nos considere faltos
de juicio. Para el cristiano el mundo es una zona de guerra. Estoy convencido de que esta es la razón
primordial por la que Dios desea que su pueblo se congregue (
Hebreos 10:25). El culto de
adoración debe ser un refugio en el que se está a salvo de los peligros del
mundo—un respiro en medio de la tormenta, un sitio en el cual descansar, un
tiempo para recobrar fuerzas y alimentar el espíritu hambriento. La adoración es un tiempo de consolación, una
oportunidad para que sanen las heridas, y sean enjugadas las lágrimas. Es un tiempo en el que se escucha a Dios, un
tiempo en el que se vuelven a oír sus promesas y Sus mandatos. Es un tiempo en el que se confiesan nuestras
debilidades y se hace profesión de nuestra fe.
En el cual se brinda un tiempo para fomentar lo que el mundo no puede
dar, se brinda un tiempo de “refrigerio que viene de la presencia del
Señor” (Hechos 3:19)
Cuando la mundanalidad invade la iglesia, uno de los primeros lugares
donde los efectos de ella se manifestarán con mayor probabilidad es en la adoración. Cuando así sucede, ésta puede llegar a
parecerse a una especie de concierto o mitin político. En un esfuerzo por ser oportunos y hallar
puntos de coincidencia con el mundo, los que plantan iglesias a menudo permiten
que sean las encuestas que se hacen entre los “inconversos” de la comunidad las
que determinan el contenido del culto de adoración. No es que yo crea que los que se valen de
tales encuestas deliberadamente tratan de pasar por alto la instrucción de
Dios, pero sí me pregunto cual será el criterio que al fin de cuentas tendrá
mayor influencia en la adoración a Dios.
David Wells
bien observó cuando dijo: “Cuando la fe cristiana se hace adecuada para el
“mundo”, deja de ser adecuada para Dios, para su Cristo y para su verdad.
En su preocupación por adecuarse a las necesidades transitorias del
mundo, muchos tratan de mezclar la fe cristiana con la actualidad imperante en
el este. Tratan de hacer la fe más
popular y más del gusto del mundo, pero mucho de la voluntad de Dios se pierde en
este proceso de mezcla. Puede que nos
parezca que la mejor estrategia del evangelismo consiste en encontrarnos con la
gente donde ellos están y así poder llevarlos a donde Dios desea que estén. Esto parece ser lo que quiso decir Pablo
cuando habló de hacerse de todo a todos “para que de todas maneras salve a
algunos” (1ª Cor. 9:22). No obstante, es obvio que Pablo jamás dio a
entender que la adoración debía parecerse más al mundo con tal de entrar a los
que están en el mundo. Puede que el
tratar de acercarnos a Dios en un contexto mundano nos haga sentir bien y nos
haga disfrutar el culto, pero tal enfoque podría hacernos perder el propósito
de la adoración. Si hay algún mensaje
que se le ha de transmitir al mundo por medio de la adoración, ese debe ser que
somos fieles a nuestro Dios. No es que
queramos ser insensibles o ajenos a los problemas del mundo que tan
desesperadamente necesita de Dios, sino que nuestro deseo primordial debe ser
obedecer la voz de Dios.
POR MEDIO DE
ENTRAR CON EL PROPÓSITO DE HONRAR A DIOS NO CON EL PROPÓSITO DE SER
ENTRETENIDOS
Existe una tendencia creciente
que consiste en tratar a los adoradores como consumidores. Los hombres de negocios tienen dos enfoques
para aumentar sus ventas. Uno es convencer al consumidor de que necesita el
producto que el fabricante ofrece; y el otro es averiguar qué desea el
consumidor y producirlo para vendérselo.
En las últimas dos décadas, los negocios se han centrado en el segundo
enfoque. Los fabricantes que producen lo
que el público desea están seguros de que atraerán su proporción de
clientes. Lamentablemente, la religión a adoptado el anterior principio del mundo de los
negocios. Si a la religión se le
considera como un producto ha de ser consumido, entonces un enfoque razonable - al menos desde el punto de vista de los
negocios – es averiguar lo que el público desea de la religión y
brindárselo. El “producto” de consumo
más inmediato que la religión ofrece es la adoración. ¿Realmente desea adorar el público consumidor?. Lo que desean es
algo que les resulte interesante, no aburrido.
Quieren que el culto de adoración sea entusiasmante,
divertido y entretenido. La verdad es
que el público exige que la adoración sea un rato d diversión. Para los que son sensibles al pensamiento de
Dios, y desean estar en su presencia, la adoración es entusiasmante,
agradable y beneficiosa sin que para ello se hayan tenido que hacer arreglos
especiales para que los cultos sean
entretenidos. El disfrutar de l
adoración no es contrario a los propósitos de ella. No obstante ¿Significa lo anterior que es
justificable poner en escena una actuación todos los domingos, con el fin d
satisfacer el gusto del consumidor que no es sensible a los pensamientos de
Dios?.
La razón que se da para justificar el entretenimiento en la adoración es
que debemos hacer todo lo que sea necesario para atraer a la gente a los cultos
de adoración, y una vez que estén allí, procurar acercarlos a la presencia de
Dios. Por supuesto que se tiene la
esperanza de que una vez que se les haya despertado el gusto por la presencia
de Dios, no necesitarán más entretenimiento para ser llevados a la
adoración. El problema es que este
enfoque rara vez funciona del modo que se espera. La idea de que el entretenimiento puede
despertarle a uno el gusto por la adoración es muy cuestionable. Don Chambers
concluyó que el entretenimiento “tiende a disminuir el sentimiento de respeto y
reverencia que debiera estar presente en un encuentro con Dios”. Dijo: “Un encuentro con Dios es cosa seria, y
los que eligen entrar en su presencia deben hacerlo con gran reverencia y
respeto”.
En 1992, fui parte de un grupo
que viajó a una gran ciudad de Ucrania.
Nos dieron permiso de llevar a cavo una campaña en un teatro al aire
libre, en el centro de la ciudad. Muchas
de las primeras personas que llegaron manifestaron desilusión cuando vieron que
solo les dimos
Por supuesto que, en el mundo de los negocios, “el cliente siempre tiene
la razón”. Esto ha hecho que, en el
culto, la voz del pueblo reemplace la voz de Dios, y que la opinión personal
sea el efecto primordial para determinar lo que se debe hacer en la adoración
colectiva. David Wells
hizo notar que “la única autoridad que se reconoce es la de la preferencia
particular”. El consumidor está
acostumbrado a obtener lo que desea; de otro modo, no compra el producto.
CONCLUSÓN:
Cuando respondemos al llamado de Dios a adorar, es preciso que
analicemos si nuestra adoración es tan solo un reflejo de nuestra cultura
pagana, o si es un puente para que este se vincule con Dios. A Dios siempre le preocupa que a su pueblo lo
influenciara alguna cultura pagana en forma desmedida. Al mismo tiempo, El desea construir
puentes para ayudarle a la gente a
cruzar la brecha que separa la cultura pagana de la cristiana. Leonard Allen hizo la
siguiente observación acerca de lo que sucede con la religión moderna.
“Medra en un ambiente sumamente
secularizado. Pero, como vemos que
sucede más crudamente en el movimiento de la nueva era, se vuelve narcisista y
ecléctica, y se convierte en una moda.
La gente valora la religión en la medida que fortalece y satisface el
“ego”. Hablan superficialmente de esto,
aquello y lo otro, juzgándolo todo con el criterio de lo bien que funciona y lo
bien que les hace sentir.
Puede que la adoración que se concibe para agradar al público, sea una
maravillosa actividad terapéutica que fortalece el ego y nos hace sentir bien,
aunque no invite a Dios a entrar en nuestra vida para que nos hagamos conforme
a su naturaleza. El verdadero peligro de
una adoración así reside en que, en lugar de acercarnos a Dios tal como El es,
nos inclina a inventarnos un dios que es mas “a la medida”, un dios con el que
nos sentimos más a gusto, uno que se parece más a nosotros y se adecua mejor a
nuestro estilo de vida secular. En otras
palabras, existe el peligro de que adoremos a un dios creado a nuestra imagen y
no al Dios que nos creó a su imagen.
Puede que la gente salga de esta clase de adoración sintiéndose llena,
pero estarán más llenos de sí mismos que de Dios. El mundo engaña. La atracción del mundo puede
torcer nuestro razonamiento y confundir nuestras emociones. Puede que creamos y sintamos que estamos
adorando, cuando en realidad no lo estamos haciendo.
Si algún lugar y momento hay en que el pueblo de Dios puede proclamar
que “no somos del mundo” (Juan 17:14, 16), ése es sin duda alguna en el culto
de adoración. Esta es tierra santa. De modo simbólico debemos quitarnos nuestro
calzado cuando salimos del mundo para entrar a participar del culto. Debemos dejar atrás la suciedad y los
conflictos del mundo cuando entramos a la presencia de Dios. Puede que el mundo no enti4nde, e incluso se
ofenda, por el hecho de que proclamamos tal cosa, pero Jesús mismo dijo: “...
yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece” (Juan 15:19). Jesús no siempre se vinculó con su cultura y
tampoco nosotros nos vincularemos. Su
deseo era vincularse con su Padre. Este
debe ser nuestro deseo también.
Cuando de una vez por todas dejemos atrás este mundo, y entremos por las
puertas del cielo, tendremos el
privilegio de alabar y glorificar por siempre a Dios, junto con los que están
alrededor de su trono. Allí seremos
parte del culto que rinden los que nunca dejan de decir “Santo, santo, santo es
el Señor Todopoderoso, el que era y el que es, y el que ha de venir” (Apoc. 4.8). la santidad de Dios exige que nuestra adoración sea santa,
exige que no se vea afectada por el mundo. Amen.
Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos,
La luna y las estrellas que tú formaste,
Digo: ¿Qué es el hombre,
para que tengas de él memoria.
Y el hijo del hombre para que lo visites?
La has hecho poco menor que los ángeles,
Y lo coronaste de gloria y de honra.
Le hiciste señorear sobre todas las obras de tus
manos;
Todo lo pusiste debajo de sus pies:
Ovejas y bueyes, todo ellos,
Y así mismo las bestias del campo,
Las aves de los cielos y los peces del mar;
Todo cuanto pasa sobre los senderos del mar.
¡OH
Jehová, Señor nuestro,
cuán grande es tu nombre en toda la tierra!
(Salmo 8:3-9)- fin.