¿HAY PALABRA DE JEHOVÁ?

 

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   Jeremías fue sacado de prisión por petición del rey Sedequías.  Aunque no estaba realmente interesado en oír la palabra de Jehová, sí tenía curiosidad por saber lo que el profeta diría acerca del destino de Judá en manos de los Babilonios.  El rey Sedquías preguntó a Jeremías: ¿Hay palabra de Jehová? (Jer. 37:17).  La anterior es siempre una pregunta apropiada cuando uno desea servir a Dios.  Pero, a diferencia del rey Sedequías, deberíamos preguntar con toda intención de oír “palabra de Jehová” acerca de todas las cosas que procuramos saber.  ¿Tiene Dios instrucción alguna para nosotros en cuanto a nuestro acercamiento a El para adorarlo?.

 

   Afred P. Gibs citó varios ejemplos de adoración que se encuentra en ambos Testamentos, como modelos que nos dicen en qué consiste la adoración.  Haremos uso de los puntos de vista de Gibs en varias lecciones de este estudio, para centrarnos en dos de los ejemplos: uno del Antiguo Testamento y otro del Nuevo Testamento.  Estos han sido escogidos por sus asombrosas similitudes, que revelan por duplicado lo que Dios desea en la adoración.

 

   El primer ejemplo es la adoración que ofreció Abraham cuando Dios le llamó a la tierra de Moriah a ofrecer a Isaac en sacrificio (Génesis 22).  El segundo es la adoración de los magos que vinieron del oriente a adorar al recién nacido Rey, Jesús (Mateo 2). Reconozco que ninguno de los anteriores es un ejemplo de un culto de adoración, sin embargo ambos nos dan idea de cómo adoraban los hombres cuando recibían instrucciones explícitas de Dios.  Hay ciertas características que son propias de la verdadera adoración, independientemente del lugar en que se lleve a acabo.

 

  La primera característica de adoración es que fueron iniciados por instrucción de Dios.  Abraham no habría tenido motivo para ir a Moriah si Dios no le hubiera dado instrucciones explícitas (Gén. 22:2).  Los magos no hubieran hecho el largo viaje a Belén donde nació Jesús, si Dios no los hubiera guiado por medio de una estrella (Mateo 2:2).  No conocemos los detalles de cómo llegaron a saber que debían seguir esa estrella para guiarlos.  De todas las cosas que podemos concluir acerca de la estrella, hay una verdad que resulta manifiesta: Ella representaba la dirección divina.

 

   La segunda característica de estos ejemplos es que los dos constituyeron una respuesta de fe a la instrucción de Dios.  Abraham procedió a obedecer sin cuestionar ni titubear.  Se levantó temprano al día siguiente, enalbardo su asno, y cortó leña para el holocausto.  Después despertó a dos de sus siervos para que fueran con él, sacó a Isaac de la cama y salieron en dirección de Moriah.

    Analicemos más detenidamente las anteriores y otras características de la adoración que es conforme a la palabra del Señor.

 

 

LA ADORACIÓN ES DIRIGIDA POR DIOS

   Entre las más antiguas instrucciones que Dios dio al hombre están las directrices relacionadas con la adoración (Gen. 4:3-8; Heb. 11:4).  El primer homicidio fue motivado por la ira de Caín al no seguir las instrucciones de Dios para la adoración.  La totalidad de las narraciones de la Biblia es una revelación de la iniciativa de Dios que procura unir al hombre con El; muestra como el hombre ha respondido a esa iniciativa.  Vemos que, casi siempre la respuesta correcta se expresa en términos de la dirección dada por Dios en la adoración. Prácticamente todos los libros de la Biblia contienen información y/o instrucciones acerca de la adoración.

 

   Ni la tradición ni las experiencias personales deben ser nuestra estrella guía, tampoco debemos dirigirnos por lo que nos llega o hace sentir bien.  Dios jamás nos dijo como debemos sentirnos.  Lo que nos dice es como debemos actuar.  Los sentimientos no son una buena indicación de lo que se debe hacer en la adoración.  Los sentimientos difieren mucho de una persona a otra.  Lo que a uno le entusiasma, a otro le puede resultar chocante.  Los sentimientos siguen la acción dirigida por Dios.  La adoración no es simplemente una experiencia en la que se exacerban las emociones.  Tampoco es solamente un ejercicio intelectual.  La verdadera adoración llega a toda faceta de nuestro ser – cuerpo, alma y espíritu.  Nos arrebata y mantiene todo nuestro ser en presencia del Todo Poderoso, donde podemos disfrutar de la luz ardiente de su gloria.

 

LA ADORACIÓN SE ORIGINA EN EL CORAZÓN OBEDIENTE

   El libro de Levítico fue escrito para estipular las directrices que los sacerdotes debían seguir en su ministración diaria en beneficio del pueblo de Dios.  En él se hace hincapié en el mantenimiento de la santidad de los sacerdotes al mediar ellos entre un pueblo impío y un Dios santo.  Levítico no es lectura fácil ni interesante para la mayoría de las personas.  Al lector ocasional, este libro del Antiguo Testamento puede parecerle irrelevante, y sin provecho alguno para la gente de hoy día; sin embargo, la esencia de lo que Levítico tiene que decir, constituye en gran manera el centro de atención al cual debe mirar el pueblo de Dios de todas las congregaciones.  Es un libro que trata sobre acercarse a Dios, sobre estar en contacto con El y sobre mantener una santa presencia con El.  Acercarse a Dios es un asunto de lo más serio, es el más grande privilegio que se le ofrece al hombre.  Jamás debemos acercarnos a El a la ligera, ni debemos intentar hacerlo poniendo nuestras propias condiciones.

 

  En medio de las minuciosas reglas y normas para el sacerdocio, Dios se tomó el tiempo para narrar la historia de cómo comenzaron los sacerdotes su primer día de trabajo (Lev. 9:8-24).  Al final de los diferentes sacrificios del día, “salió fuego d delante de Jehová, y consumió el holocausto... y viéndolo todo el pueblo, alabaron y se postraron sobre sus rostros (Lev. 9:24).  Lo que ocurrió después convirtió un día de alegría y celebración en uno de lamento.  Dos versículos son suficientes para narrar el suceso; la aleccionadora advertencia contenida en ellos no es para olvidar pronto.  Nadab y Abiú, dos de los hijos de Aarón que eran sacerdotes, y que habían ayudado a su padre en todos los sacrificios del día, trataron de arcarse a Dios con una ofrenda que no era conforme a las instrucciones de Este (Lev. 10:1,2).  El mismo fuego que había salido de delante de Dios para consumir el holocausto que estaba en el altar, consumió a Nadab y Abiú, “y murieron estos delante de Jehová”.  El fuego que ofrecieron era “extraño” o “profano”.  Dios les había dado instrucciones explícitas en cuanto al fuego a ser usado en la adoración a El,  pero ellos no la siguieron.  Un comentaristas dijo: “los recién ordenados sacerdotes, por más buenas que fueran sus intenciones, hicieron algo que Dios no había mandado, y al actuar así, hicieron lo que El había prohibido”.  Otro dijo: “Lo que Dios hizo fue una manifestación contundente para que Israel y otras futuras generaciones, tomaran nota de que El exige ser adorado en términos que El fija”.  Estos hombres actuaron con atrevimiento.  Es tan fácil caer en esta clase de comportamiento.  Podemos, incluso,  estar actuando con atrevimiento y, a la ves, estar creyendo todo el tiempo que estamos haciendo exactamente todo lo que Dios desea.  La aleccionadora lección es que si Dios se ha pronunciado, debemos estar atentos para escucharlo.  La adoración válida solamente en la medida en que ella sea una respuesta obediente a la revelación divina.

 

  Es cierto que el culto es más que forma, pero esto no significa que podemos olvidarnos de que Dios nos ha dado instrucciones explícitas que debemos seguir.  La experiencia de Israel con el Arca del Pacto una vívida ilustración de la anterior verdad.  El tabernáculo y los objetos que había en el eran usados en l adoración.  El objeto que mejor representaba la presencia de Dios era el Arca del Pacto.  Dios moraba entre los Querubines que estaban sobre el propiciatorio que estaba encima del arca.  Cuando Elí era sacerdote los Filisteos capturaron el arca; pero estos pronto la volvieron a enviar a su lugar, debido a que en todo lugar en que la ponían, era maldecido el pueblo Filisteo que estaba en sus alrededores.  El arca estuvo en tierra de los filisteos solo siete meses.  Como no sabían de que modo podían volver a enviarla a Israel,  los sacerdotes y adivinos filisteos hacerle un carro nuevo.  Este carro pondría el arca, junto con presentes de oro. Planearon unir al carro dos vacas que estuvieran criando a las cuales no había sido puesto yugo, y después les quitarían a éstas sus terneros.  Cuando saltaran las vacas, estas naturalmente irían a algún lugar a buscar a sus crías.  Los filisteos determinaron de antemano que si las vacas subían por el camino que llevaba a Bet-semes, ello sería señal de que era Dios quien les había traído las desgracias.  Si no subían por el camino de Bet-semes, sabrían que no habían sido maldecidos, sino que sus desgracias habían sido sólo coincidencias.  Al final, las vacas se encaminaron por el camino de Bet-semes.  De aquí fue llevada el arca a casa de Abinadab en Quiriat-jearim, donde estuvo veinte años.

 

   Cuando David fue proclamado rey, el deseo de este por contar con la presencia de Dios lo motivó a traer el arca a Jerusalén.  Después de consultar con sus capitanes y jefes, llegaron todos al acuerdo de que el arca debía estar en Jerusalén, porque ellos no se habían acercado a Dios en el lugar donde El había establecido Su nombre por largo tiempo.  Del mismo modo que los filisteos hicieron veinte años atrás, los Israelitas pusieron el arca en un carro nuevo, que era guiado por Uza y Ahío.  Salieron con gran regocijo, cantando y tocando música a medida que avanzaban.  Cuando llegaron a la era de Nacón, los bueyes comenzaron a tropezar, y Uza evidentemente creyendo que el arca estaba a punto de caer del carro, puso su mano sobre esta para estabilizarla.  En aquel mismo instante murió allí delante del Señor ( 2ª Samuel 6:1-10;    Crónicas 13:1-10).  La narración de    Samuel dice: “y lo hirió allí Dios por aquella irreverencia” (6,7)

 

  Los Israelitas habían consultado con sus capitanes y jefes, pero ni David ni los que le ayudaban habían consultado con el Señor.  Todo el evento fue irreverente – no porque no fueran sinceros, sino porque actuaron de modo contrario a la voluntad de Dios al trasladar el arca.  David estaba molesto, y a la ves asustado; no sabía como traer el arca a Jerusalén, así que la llevó a casa de Obed-edom, donde lo dejó tres meses.

 

   No sino hasta que a David le dieron aviso de que Dios había bendecido a la casa de Obed-edom, que renovó sus esfuerzos por traer al arca a Jerusalén.  Esta ves, sin embargo, es evidente que averiguó el modo correcto de transportarla.  Se dio cuenta de que la tragedia había ocurrido porque desde un principio no habían sido los sacerdotes los que la llevaran – porque no habían inquirido de parte de Dios cómo deseaba El que se transportara el arca. (1ª  Crón. 15:13).  Se dio cuenta de que los levitas eran los únicos que debían llevarla, “porque a estos había elegido Jehová para que llevaran el arca de Jehová, y le sirvieran perpetuamente (1ª Crón. 15:2b)

  De nuevo,  David congregó a los Israelitas para celebrar el evento.  Esta ves, sin embargo pidió a  862 descendientes de los hijos de Aarón que le ayudaran.  Llamó a los sacerdotes y les dijo: “Vosotros que sois los principales padres de las familias de los levitas, santificaos, vosotros y vuestros hermanos, y pasad el arca de Jehová Dios de Israel al lugar que le he preparado (1ª  Crón. 15:12).  Esta ves, el traslado de el arca tuvo éxito porque los hijos de los levitas llevaron el arca puesta sobre sus hombros “como lo había mandado Moisés, conforme a la palabra de Jehová” (1ª  Crón. 15:15).  Si nosotros, al igual que David, anhelamos estar en la presencia de Jehová, bien haríamos en aprender de modo sincero, aunque erróneo, de David el acercarnos al trono de Dios.

 

LA ADORACIÓN SE CENTRA EN DIOS

   Ningún estudiante de la Palabra pondría en duda que el objeto de la adoración es Dios. Él es el único a quien debemos ofrecer «sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre» (Hebreos 13.15). La adoración es la esencia de nuestra identidad como pueblo de Dios. El inquirir de Él Sus instrucciones puede ser un proceso muy difícil para personas que viven en un mundo en el que predomina la filosofía del «hazlo a tu manera». Tenemos la tendencia a pensar más en términos de lo que atraerá la audiencia más grande, y de lo que hará que sigan viniendo. Puede que nos parezca que el tener una audiencia más grande resultará en una experiencia de adoración más entusiasmante. Puede que estemos siendo tentados a pensar en términos de qué es lo que les dará a los que presiden la adoración la oportunidad de ejercitar los talentos que Dios les dio. Cuando comenzamos a pensar de este modo, nos estamos alejando del centro de la adoración. El dejar de prestar atención al centro de la adoración resulta en una adoración superficial y menos edificante en lo espiritual. Tal adoración resulta atrayente a la carne y no al espíritu. El deseo carnal no tiene lugar delante del trono de Dios, excepto como sacrificio a la santidad de Dios. Si lo que hacemos cuando adoramos es atrayente a la carne, entonces no estamos realmente adorando. «El ego, en todas sus diversas formas, siempre buscará la manera de inmiscuirse en la presencia de Dios».

Demasiado a menudo, la modernidad habla en voz más alta que la voz de Dios. Se da más importancia a las exigencias de la cultura que a las de Dios. David Wells dijo:

   La modernidad presenta un sistema de valores que se entrelazan, sistema que ha invadido y se ha posesionado de la psique de toda persona. Simplemente es inaudito el poder que tiene la modernidad de reorganizar los apetitos humanos, los procesos de pensamiento y los valores. Es, para ponerlo en términos bíblicos, la mundanalidad de nuestros tiempos.

   Aunque la adoración verdadera ha sido concebida por Dios para satisfacer y hacer sentirse realizado al adorador, hay un problema innato asociado con la idea de la completa realización de uno. El término teológico para este problema es «antropocentrismo». Esta palabra tan larga, que simplemente significa «centrado en el hombre», refleja la parte de nosotros que tiene problemas para escuchar a Dios, la parte que desea sucumbir a la carne. No hay realización para la carne delante del trono de Dios.

   Cuando la verdadera adoración tiene lugar, Dios llena la copa del adorador, como llena a los que tienen «hambre y sed de justicia» (Mateo 5.6). Ser llenado por Dios no es lo mismo que satisfacer los apetitos personales de cada uno para entretenerse en nombre de la adoración. La adoración debe llenar las necesidades humanas, y de hecho las llena, pero no en el nivel superficial de la experiencia física o emocional. La verdadera adoración no es un concierto o actuación cuyo fin sea provocar en los participantes un frenesí emocional. Tiene que ver, más bien, con la alabanza llena del Espíritu cuyo fin es dar gloria y honra a nuestro Salvador y Dios, lo cual a su vez llena al adorador con Su poder y presencia. La adoración no tiene que ver con exaltar el ego y las ambiciones personales, sino con renunciar al ego. No tiene que ver con fomentar el sentimiento de dignidad y estima propia de uno, sino con reconocer a Dios como el Único digno de alabanza y exaltación.

   Cuando Dios se convierte en el centro de interés de nosotros, nosotros nos convertimos en el centro de interés de Dios. Cuando nos humillamos a nosotros mismos. Él nos exalta (Santiago 4.10). No adoramos a Dios para que Él haga que nos pasen cosas buenas, y tampoco nuestra adoración obliga a Dios a velar por que nada «malo» nos pase. Adoramos a Dios porque Él es Dios. Wendell Willis sugirió que la adoración tiene lugar en tres niveles. Al primer nivel, lo llamó una «experiencia estética», un sentimiento de sobrecogimiento. Este es el nivel en el cual sentimos que es más difícil negarnos a nosotros mismos y dejar a Dios hacer las cosas a su modo. Esta clase de adoración hace que uno se sienta bien; es atrayente a nuestro sentido personal de belleza y magnificencia. Al segundo nivel, Willis lo llamó el «nivel moral». En este nivel nuestra gratitud hacia Dios nos mueve a una respuesta activa. El tercer nivel que describió Willis es el «religioso». En éste, estamos conscientes de que Dios ha tomado la iniciativa d revelarnos Su persona y Su propósito para nosotros. El entender lo anterior exige una respuesta que reconozca Su dignidad. Es un entendimiento que sólo puede venir por oír a Dios y por responder a El de un modo que sea conforme a Su Palabra.

 

CONCLUSIÓN

   Aunque haya quienes consideren que la Biblia está desactualizada y desvinculada en lo cultural, la Palabra de Dios debe seguir siendo la autoridad que determine nuestro comportamiento en la adoración. Su Palabra debe gobernar nuestra conducta, independientemente del medio cultural que nos rodea/ o de la opinión de las masas. La adoración debe ser inspiradora y edificante para el adorador. (Repase 1ª Corintios 14.3-5, 12, 17, 26, 31.) No obstante, la adoración que es inspiradora para los creyentes que están seguros en el Señor, puede parecer aburrida e irrelevante para los que no conocen a Dios. Cuando el pueblo de Dios pone en el centro de sus vidas la adoración centrada en Él y dirigida por Su Palabra, Sus bendiciones se derramarán en medio de ellos. Si hay algo que verdaderamente atraerá a los incrédulos o a los de poco ánimo a la presencia de Dios, es ser testigos de que lo anterior ocurre. Una razón por la que nuestra adoración debe estar centrada en Dios y debe reflejar las enseñanzas de Su Palabra, es que la Palabra les haga ver su error a los incrédulos que puedan estar en la asamblea, y éstos sepan que Dios verdaderamente está entre nosotros (1ª  Corintios 14.24-25).

Una declaración hecha por Ron Carison resume adecuadamente la idea de esta lección: «Si hemos de sostener la cultura cristiana, y esto significa ir en contra de las tendencias actuales, debemos volver a centramos en la Palabra de Dios [...]    

Fin