¿HAY
PALABRA DE JEHOVÁ?
(3)
Jeremías fue sacado
de prisión por petición del rey Sedequías. Aunque no estaba realmente interesado en oír
la palabra de Jehová, sí tenía curiosidad por saber lo que el profeta diría
acerca del destino de Judá en manos de los
Babilonios. El rey Sedquías
preguntó a Jeremías: ¿Hay palabra de Jehová? (Jer.
37:17). La anterior es siempre una
pregunta apropiada cuando uno desea servir a Dios. Pero, a diferencia del rey Sedequías, deberíamos preguntar con toda intención de oír
“palabra de Jehová” acerca de todas las cosas que procuramos saber. ¿Tiene Dios instrucción alguna para nosotros
en cuanto a nuestro acercamiento a El para adorarlo?.
Afred
P. Gibs citó varios ejemplos de adoración que se
encuentra en ambos Testamentos, como modelos que nos dicen en qué consiste la
adoración. Haremos uso de los puntos de
vista de Gibs en varias lecciones de este estudio,
para centrarnos en dos de los ejemplos: uno del Antiguo Testamento y otro del
Nuevo Testamento. Estos han sido
escogidos por sus asombrosas similitudes, que revelan por duplicado lo que Dios
desea en la adoración.
El primer ejemplo es
la adoración que ofreció Abraham cuando Dios le llamó a la tierra de Moriah a ofrecer a Isaac en sacrificio (Génesis 22). El segundo es la adoración de los magos que
vinieron del oriente a adorar al recién nacido Rey, Jesús (Mateo 2). Reconozco
que ninguno de los anteriores es un ejemplo de un culto de adoración, sin
embargo ambos nos dan idea de cómo adoraban los hombres cuando recibían
instrucciones explícitas de Dios. Hay
ciertas características que son propias de la verdadera adoración,
independientemente del lugar en que se lleve a acabo.
La primera
característica de adoración es que fueron iniciados por instrucción de
Dios. Abraham no habría tenido motivo
para ir a Moriah si Dios no le hubiera dado
instrucciones explícitas (Gén. 22:2). Los magos no hubieran hecho el largo viaje a
Belén donde nació Jesús, si Dios no los hubiera guiado por medio de una
estrella (Mateo 2:2). No conocemos los
detalles de cómo llegaron a saber que debían seguir esa estrella para
guiarlos. De todas las cosas que podemos
concluir acerca de la estrella, hay una verdad que resulta manifiesta: Ella
representaba la dirección divina.
La segunda
característica de estos ejemplos es que los dos constituyeron una respuesta de
fe a la instrucción de Dios. Abraham
procedió a obedecer sin cuestionar ni titubear.
Se levantó temprano al día siguiente, enalbardo su asno, y cortó leña
para el holocausto. Después despertó a
dos de sus siervos para que fueran con él, sacó a Isaac de la cama y salieron
en dirección de Moriah.
Analicemos más
detenidamente las anteriores y otras características de la adoración que es
conforme a la palabra del Señor.
Entre las más
antiguas instrucciones que Dios dio al hombre están las directrices
relacionadas con la adoración (Gen. 4:3-8; Heb.
11:4). El primer homicidio fue motivado
por la ira de Caín al no seguir las instrucciones de Dios para la
adoración. La totalidad de las
narraciones de
Ni la tradición ni
las experiencias personales deben ser nuestra estrella guía, tampoco debemos
dirigirnos por lo que nos llega o hace sentir bien. Dios jamás nos dijo como debemos
sentirnos. Lo que nos dice es como
debemos actuar. Los sentimientos no son
una buena indicación de lo que se debe hacer en la adoración. Los sentimientos difieren mucho de una
persona a otra. Lo que a uno le
entusiasma, a otro le puede resultar chocante.
Los sentimientos siguen la acción dirigida por Dios. La adoración no es simplemente una experiencia
en la que se exacerban las emociones.
Tampoco es solamente un ejercicio intelectual. La verdadera adoración llega a toda faceta de
nuestro ser – cuerpo, alma y espíritu.
Nos arrebata y mantiene todo nuestro ser en presencia del Todo Poderoso,
donde podemos disfrutar de la luz ardiente de su gloria.
El libro de Levítico
fue escrito para estipular las directrices que los sacerdotes debían seguir en
su ministración diaria en beneficio del pueblo de
Dios. En él se hace hincapié en el
mantenimiento de la santidad de los sacerdotes al mediar ellos entre un pueblo
impío y un Dios santo. Levítico no es
lectura fácil ni interesante para la mayoría de las personas. Al lector ocasional, este libro del Antiguo
Testamento puede parecerle irrelevante, y sin provecho alguno para la gente de
hoy día; sin embargo, la esencia de lo que Levítico tiene que decir, constituye
en gran manera el centro de atención al cual debe mirar el pueblo de Dios de
todas las congregaciones. Es un libro
que trata sobre acercarse a Dios, sobre estar en contacto con El y sobre
mantener una santa presencia con El.
Acercarse a Dios es un asunto de lo más serio, es el más grande
privilegio que se le ofrece al hombre.
Jamás debemos acercarnos a El a la ligera, ni debemos intentar hacerlo
poniendo nuestras propias condiciones.
En medio de las
minuciosas reglas y normas para el sacerdocio, Dios se tomó el tiempo para
narrar la historia de cómo comenzaron los sacerdotes su primer día de trabajo
(Lev. 9:8-24). Al final de los
diferentes sacrificios del día, “salió fuego d delante de Jehová, y consumió el
holocausto... y viéndolo todo el pueblo, alabaron y se postraron sobre sus
rostros (Lev. 9:24). Lo que ocurrió
después convirtió un día de alegría y celebración en uno de lamento. Dos versículos son suficientes para narrar el
suceso; la aleccionadora advertencia contenida en ellos no es para olvidar
pronto. Nadab
y Abiú, dos de los hijos de Aarón que eran
sacerdotes, y que habían ayudado a su padre en todos los sacrificios del día,
trataron de arcarse a Dios con una ofrenda que no era conforme a las
instrucciones de Este (Lev. 10:1,2). El
mismo fuego que había salido de delante de Dios para consumir el holocausto que
estaba en el altar, consumió a Nadab y Abiú, “y murieron estos delante de Jehová”. El fuego que ofrecieron era “extraño” o
“profano”. Dios les había dado
instrucciones explícitas en cuanto al fuego a ser usado en la adoración a
El, pero ellos no la siguieron. Un comentaristas dijo: “los recién ordenados
sacerdotes, por más buenas que fueran sus intenciones, hicieron algo que Dios
no había mandado, y al actuar así, hicieron lo que El había prohibido”. Otro dijo: “Lo que Dios hizo fue una
manifestación contundente para que Israel y otras futuras generaciones, tomaran
nota de que El exige ser adorado en términos que El fija”. Estos hombres actuaron con atrevimiento. Es tan fácil caer en esta clase de
comportamiento. Podemos, incluso, estar actuando con atrevimiento y, a la ves, estar creyendo todo el tiempo que estamos haciendo
exactamente todo lo que Dios desea. La
aleccionadora lección es que si Dios se ha pronunciado, debemos estar atentos
para escucharlo. La adoración válida
solamente en la medida en que ella sea una respuesta obediente a la revelación
divina.
Es cierto que el
culto es más que forma, pero esto no significa que podemos olvidarnos de que
Dios nos ha dado instrucciones explícitas que debemos seguir. La experiencia de Israel con el Arca del
Pacto una vívida ilustración de la anterior verdad. El tabernáculo y los objetos que había en el
eran usados en l adoración. El objeto
que mejor representaba la presencia de Dios era el Arca del Pacto. Dios moraba entre los Querubines que estaban
sobre el propiciatorio que estaba encima del arca. Cuando Elí era
sacerdote los Filisteos capturaron el arca; pero estos pronto la volvieron a
enviar a su lugar, debido a que en todo lugar en que la ponían, era maldecido
el pueblo Filisteo que estaba en sus alrededores. El arca estuvo en tierra de los filisteos
solo siete meses. Como no sabían de que
modo podían volver a enviarla a Israel,
los sacerdotes y adivinos filisteos hacerle un carro nuevo. Este carro pondría el arca, junto con
presentes de oro. Planearon unir al carro dos vacas que estuvieran criando a
las cuales no había sido puesto yugo, y después les quitarían a éstas sus
terneros. Cuando saltaran las vacas,
estas naturalmente irían a algún lugar a buscar a sus crías. Los filisteos determinaron de antemano que si
las vacas subían por el camino que llevaba a Bet-semes, ello sería señal de que era Dios quien les había
traído las desgracias. Si no subían por
el camino de Bet-semes,
sabrían que no habían sido maldecidos, sino que sus desgracias habían sido sólo
coincidencias. Al final, las vacas se
encaminaron por el camino de Bet-semes. De aquí fue llevada el arca a casa de Abinadab en Quiriat-jearim, donde estuvo veinte años.
Cuando David fue
proclamado rey, el deseo de este por contar con la presencia de Dios lo motivó
a traer el arca a Jerusalén. Después de
consultar con sus capitanes y jefes, llegaron todos al acuerdo de que el arca
debía estar en Jerusalén, porque ellos no se habían acercado a Dios en el lugar
donde El había establecido Su nombre por largo tiempo. Del mismo modo que los filisteos hicieron
veinte años atrás, los Israelitas pusieron el arca en un carro nuevo, que era
guiado por Uza y Ahío. Salieron con gran regocijo, cantando y
tocando música a medida que avanzaban.
Cuando llegaron a la era de Nacón, los bueyes
comenzaron a tropezar, y Uza evidentemente creyendo
que el arca estaba a punto de caer del carro, puso su mano sobre esta para
estabilizarla. En aquel mismo instante
murió allí delante del Señor ( 2ª Samuel 6:1-10; 1ª
Crónicas 13:1-10). La narración
de 2ª
Samuel dice: “y lo hirió allí Dios por aquella irreverencia” (6,7)
Los Israelitas habían
consultado con sus capitanes y jefes, pero ni David ni los que le ayudaban
habían consultado con el Señor. Todo el
evento fue irreverente – no porque no fueran sinceros, sino porque actuaron de
modo contrario a la voluntad de Dios al trasladar el arca. David estaba molesto, y a la
ves asustado; no sabía como traer el arca a Jerusalén, así que la llevó
a casa de Obed-edom, donde
lo dejó tres meses.
No sino hasta que a
David le dieron aviso de que Dios había bendecido a la casa de Obed-edom, que renovó sus
esfuerzos por traer al arca a Jerusalén.
Esta ves, sin embargo, es evidente que averiguó el modo correcto de
transportarla. Se dio cuenta de que la
tragedia había ocurrido porque desde un principio no habían sido los sacerdotes
los que la llevaran – porque no habían inquirido de parte de Dios cómo deseaba
El que se transportara el arca. (1ª Crón. 15:13). Se dio
cuenta de que los levitas eran los únicos que debían llevarla, “porque a estos
había elegido Jehová para que llevaran el arca de Jehová, y le sirvieran
perpetuamente (1ª Crón. 15:2b)
De nuevo, David congregó a los Israelitas para celebrar
el evento. Esta ves, sin embargo pidió
a 862 descendientes de los hijos de
Aarón que le ayudaran. Llamó a los
sacerdotes y les dijo: “Vosotros que sois los principales padres de las
familias de los levitas, santificaos, vosotros y vuestros hermanos, y pasad el
arca de Jehová Dios de Israel al lugar que le he preparado (1ª Crón. 15:12). Esta ves, el traslado de el arca tuvo éxito
porque los hijos de los levitas llevaron el arca puesta sobre sus hombros “como
lo había mandado Moisés, conforme a la palabra de Jehová” (1ª Crón. 15:15). Si nosotros, al igual que David, anhelamos
estar en la presencia de Jehová, bien haríamos en aprender de modo sincero,
aunque erróneo, de David el acercarnos al trono de Dios.
Ningún
estudiante de
Demasiado a menudo, la
modernidad habla en voz más alta que la voz de Dios. Se da más importancia a
las exigencias de la cultura que a las de Dios. David Wells dijo:
La modernidad
presenta un sistema de valores que se entrelazan, sistema que ha invadido y se
ha posesionado de la psique de toda persona. Simplemente es inaudito el poder
que tiene la modernidad de reorganizar los apetitos humanos, los procesos de
pensamiento y los valores. Es, para ponerlo en términos bíblicos, la
mundanalidad de nuestros tiempos.
Aunque la
adoración verdadera ha sido concebida por Dios para satisfacer y hacer sentirse
realizado al adorador, hay un problema innato asociado con la idea de la
completa realización de uno. El término teológico para este problema es
«antropocentrismo». Esta palabra tan larga, que simplemente significa «centrado
en el hombre», refleja la parte de nosotros que
tiene problemas para escuchar a Dios, la parte que
desea sucumbir a la carne. No hay realización para la carne delante del trono
de Dios.
Cuando la
verdadera adoración tiene lugar, Dios llena la copa del adorador, como llena a los que tienen «hambre y sed de
justicia» (Mateo 5.6). Ser
llenado por Dios no es lo mismo que satisfacer los apetitos personales de cada
uno para entretenerse en nombre de la adoración. La adoración debe llenar las
necesidades humanas, y de hecho las llena, pero no
en el nivel superficial de la experiencia física o emocional. La verdadera
adoración no es un concierto o actuación cuyo fin sea provocar en los
participantes un frenesí emocional. Tiene que ver, más bien, con la alabanza
llena del Espíritu cuyo fin es dar gloria y honra a nuestro Salvador y Dios, lo cual a su vez llena al adorador con Su poder y
presencia. La adoración no tiene que ver con exaltar el ego y las ambiciones personales, sino con renunciar al ego. No tiene que ver con
fomentar el sentimiento de dignidad y estima propia de uno, sino con reconocer a Dios como el Único digno de
alabanza y exaltación.
Cuando Dios se
convierte en el centro de interés de nosotros, nosotros nos convertimos en el
centro de interés de Dios. Cuando nos humillamos a nosotros mismos. Él nos exalta (Santiago 4.10). No adoramos a Dios para que Él haga que nos pasen
cosas buenas, y tampoco nuestra adoración obliga a Dios a velar por que nada
«malo» nos pase. Adoramos a Dios porque Él es Dios. Wendell Willis sugirió que la adoración tiene
Aunque haya
quienes consideren que
Una declaración
hecha por Ron Carison resume adecuadamente la idea de
esta lección: «Si hemos de sostener la cultura cristiana, y esto significa ir en contra de las tendencias
actuales, debemos volver a centramos en
Fin