COMO PASAR DE
(12)
¿Debemos
acercarnos a Dios con actitud de celebración, o de sobriedad?. Cualquiera de las dos actitudes puede ser
correcta; depende de qué es lo apropiado al propósito del culto de adoración en
particular, o del segmento en particular del servicio. Cualesquiera actitud
o postura apropiada puede escogerse, con tal que sea una verdadera respuesta de
alabanza y de adoración a Dios. Ninguna
acción corporal es en sí misma adoración.
La adoración es una actividad del corazón. La acción en la adoración debe ser siempre
una expresión de verdadera respuesta a Dios.
Hagamos lo que hagamos, debe hacerse con el propósito de adorar. No importa lo que uno haga, si no hay
propósito conciente de adorar, entonces no es adoración. Puede que el cuerpo esté donde debe estar,
puede que este haciendo lo que debe hacer, pero si el corazón no está allí, no
se estará llevando adoración alguna.
¿Qué diría
usted de una persona que viene a adorar, pero se queda durante todo el culto a
la entrada del salón donde está
Al
otro extremo están los que alegremente frecuentan la asamblea tan solo porque
les agrada. Llegan temprano y no tienen
prisa por salir. Están allí para pasarla
bien, y, de hecho, la pasan bien.
Disfrutan de estar con la gente, conversando y poniéndose al día con lo
que está pasando en la vida de los demás.
Puede que algunos disfruten en particular de entonar cánticos a cuatro
voces marcadas y de dar énfasis a la parte que ellos cantan mejor. Puede que presten poca atención a lo que dice
la letra, pero les entretiene la melodía. Puede que el corazón de estos
adoradores también se esté quedando a la entrada –o que, como mínimo, no estén
entrando a la presencia de Dios.
Si participamos en el servicio
de adoración tan solo porque nos gusta, lo estaremos haciendo con propósito
cuestionable. No es que esté en contra
de pasarla bien en la adoración. Dios
concibió la adoración para que sea gozosa y beneficiosa para el adorador. No obstante, la persona que se reúna con el
propósito de pasarla bien, se puede quedar sin adorar. En cambio, el que venga a la asamblea con el
propósito de adorar a Dios, además de que la pasará bien, es poco probable que
se quede sin entender el verdadero significado de la adoración.
No tiene nada de malo que uno desee
estar con otras personas, especialmente si se trata de personas de la misma fe;
sin embargo, en la adoración, Dios se deleita en nuestro deseo de esta con
Él. La adoración no es algo que suceda
por accidente. La adoración colectiva se
da cuando un grupo se congrega con el propósito expreso de adorar a Dios.
El adorar con otros que tienen el
mismo propósito nos ayuda a acercarnos a la presencia de Dios. Cada adorador debe entrar en la asamblea con
el propósito conciente de acercarse a Dios, y de ayudarles a otros a hacer lo
mismo.
Hace vario años asistí a un
servicio de adoración con algunos familiares en una gran congregación. Avanzamos hasta la mitad del pasillo,
encontramos asiento para los cuatro de nosotros y nos corrimos para dejar
espacio para los que todavía estaban entrando.
Yo había comenzado el canto, cuando una joven bien vestida entró ocupó
el asiento de al lado mío. Queriendo ser
útil, le pase el himnario, ya abierto en la página del himno que se estaba cantando, y conseguí otro para mí.
Durante
Después, tuvo incluso tiempo para
limarse las uñas, y para volver a introducir todo a su bolso, lo cual hizo
antes que el predicador terminara. Sería
osado de mi parte decir que ella no adoró, pero lo que sí sé es que no hizo nada
para animarme a mí a adorar, no pude
evitar preguntarme si había dejado su corazón a la entrada, deseando estar en
otro lugar, haciendo otra cosa.
Muy
a menudo, el cuerpo está presente, pero el corazón se queda en casa, o se
centra en las necesidades físicas y en las preferencias. Puede que el cuerpo se queje de que hace
demasiado calor, o de que está cansado, o de que el culto es demasiado
largo. El cuerpo pide comida
espiritual. Deben ponerse de acuerdo el
cuerpo, el alma y el espíritu; los tres deben dedicarse a los actos de
adoración.
Las
escrituras se refieren a veces al espíritu del hombre como el “hombre
interior”, y al cuerpo físico como “el
hombre exterior”. Pablo dijo a los
cristianos que estaban en Corinto que el hombre exterior se desgasta, mientras
que el “interior” se “renueva de día en día” (2 Corintios 4:16). También explicó a los romanos acerca de los
conflictos que se dan entre el hombre interior y el exterior (Romanos
7:22-23). Jesús dijo a sus discípulos:
“(. . .) el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil” (Mateo
26:41b)
Este conflicto afecta a menudo
nuestra adoración. El deseo de ser el
interior de entrar a la presencia de Dios debe vencer a la carne, porque en la
sala del trono del Omnipotente no hay cabida para los deseos carnales. El cuerpo de la persona se dedica a las
actividades del culto; pero es el corazón, el espíritu de la persona, el que se
une con el Espíritu de Dios en la verdadera adoración. Puede que la voz incluso cante y ore, mientras
que la menta está llena de envidia, de amargura y de rebeldía. No habrá adoración, sino hasta que el ser
interior y el ser exterior se pongan de acuerdo en el deseo de acercarse al
trono de Dios.
Es difícil hacer caso omiso a la
carne. Tendemos a ver nuestras
preferencias personales como “necesidades”.
Nuestra insistencia en hacer que se llenen estas “necesidades” puede
estropearles la experiencia de adoración a los demás, y puede también causar
que nos perdamos la adoración. La
preparación del corazón para la adoración debe comenzar mucho antes de llegar a
la reunión. Esto incluye una
determinación conciente de dedicarse únicamente a aquello que edificará a los demás, y agradará
a Dios. Si algo hemos de dejar a la
entrada, ello será el mundo, y lo que éste percibe como necesidades físicas. Debemos acercarnos a Dios en espíritu.
Puede
que no estemos pasando de la entrada a nuestra adoración en otro sentido. Aunque traigamos nuestro corazón al culto,
puede que tengamos que hacer un gran esfuerzo para pasar de la entrada a la
verdadera adoración.
Podemos “orar con el espíritu, y
también con el entendimiento” y podemos “cantar con el espíritu, y también con el entendimiento” vea 1 Corintios 14:15,
y aun así no entrar a la adoración verdadera.
Puede que nos dediquemos a la sincera oración, y que elevemos nuestra
voz en auténtica alabanza, y aun así no experimentar la profundidad de la
adoración.
La participación en las
actividades de la adoración no garantiza que hayamos adorado. La oración y la alabanza (por lo general el
canto), así como la participación en
Puede que disfrutemos a plenitud la
alabanza, la prédica y la participación
de
El destino es el trono de
Dios. Una vez allí, sólo desearemos
admirar Su santa presencia y disfrutar del resplandor de Su luz pura. Nuestro corazón es atraído a Él, y se acerca a
Él desbordante de amor y de admiración.
No hay palabras con que se puedan expresar nuestros sentimientos de
acción de gracias y de aprecio. Aquí, en
la sala del trono de Dios, nuestro espíritu se une con el Espíritu de Dios y
tiene comunión con Él.
Dios concibió la adoración como el
medio por el cual solos atraídos a Él, y por el cual también Él nos da poder
para cumplir Su propósito en nuestra vida.
Él es el que nos busca: Toda acción de Dios en la historia humana ha
tenido como propósito buscar al hombre, a quien Él creó a Su imagen, y hacer
que el hombre se una con Él. Dios desea
tener comunión con nosotros. Él ha procurado nuestra respuesta desde la
creación hasta la cruz. Desde las aguas
embravecidas del Mar Rojo hasta el sepulcro vacío, nuestro Dios ha demostrado
Su poder para salvarnos y darnos vida eterna.
Sus promesas resuenan a través de las edades desde el llamado de Abraham
hasta la ascensión de Cristo. En su comunión con nosotros, Dios desea que seamos canales de Su poder
para llegar a un mundo que apenas reconoce que Él existe. La única manera de tener acceso a este poder
es por medio de la adoración. Por medio
de la adoración que rindamos, Su energía
espiritual se almacena dentro de nosotros.
Cuando volvemos al mundo después de haber estado delante de Su
presencia, demos de irradiar esa energía a los demás.
Los que han tenido comunión con
Dios por medio de la adoración salen de la reunión sabiendo que han estado
delante del trono de Dios. La presencia
de Dios, fortalecedora y permanente, los acompaña cuando vuelven a sus rutinas
diarias. Son diferentes porque Dios mora
en ellos (1ª Corintios 3:16; 6:19) y
sigue siendo el centro de su vida. Han
asimilado nutrición espiritual. Se han
preparado para andar con Dios, y para trabajar para Él en su vida diaria. Han llegado a ser lo que Dios quiso que
fueran cuando los creó. Fin