COMO PASAR DE LA PUERTA

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   ¿Debemos acercarnos a Dios con actitud de celebración, o de sobriedad?.  Cualquiera de las dos actitudes puede ser correcta; depende de qué es lo apropiado al propósito del culto de adoración en particular, o del segmento en particular del servicio.  Cualesquiera actitud o postura apropiada puede escogerse, con tal que sea una verdadera respuesta de alabanza y de adoración a Dios.  Ninguna acción corporal es en sí misma adoración.  La adoración es una actividad del corazón.  La acción en la adoración debe ser siempre una expresión de verdadera respuesta a Dios.  Hagamos lo que hagamos, debe hacerse con el propósito de adorar.  No importa lo que uno haga, si no hay propósito conciente de adorar, entonces no es adoración.  Puede que el cuerpo esté donde debe estar, puede que este haciendo lo que debe hacer, pero si el corazón no está allí, no se estará llevando adoración alguna.

     ¿Qué diría usted de una persona que viene a adorar, pero se queda durante todo el culto a la entrada del salón donde está la Iglesia congregada?.  Esto es lo que a veces hacemos en la mente y en el corazón.  Nuestro cuerpo está en reunión, pero nuestra mente está en otro lugar.  Cumplimos con todas las formalidades, cantamos sin prestar atención a lo que dice la letra del cántico, dejamos vagar nuestra mente durante las oraciones y damos nuestra exigua ofrenda, deseosos de que el servicio termine pronto, para seguir disfrutando de la vida.  Si esta es la manera como uno se acerca a dorar, su corazón no pasará de la puerta.

         Al otro extremo están los que alegremente frecuentan la asamblea tan solo porque les agrada.  Llegan temprano y no tienen prisa por salir.  Están allí para pasarla bien, y, de hecho, la pasan bien.  Disfrutan de estar con la gente, conversando y poniéndose al día con lo que está pasando en la vida de los demás.  Puede que algunos disfruten en particular de entonar cánticos a cuatro voces marcadas y de dar énfasis a la parte que ellos cantan mejor.  Puede que presten poca atención a lo que dice la letra, pero les entretiene la melodía. Puede que el corazón de estos adoradores también se esté quedando a la entrada –o que, como mínimo, no estén entrando a la presencia de Dios.

 

POR MEDIO DE TENER DESEOS DE ADORAR

 

         Si participamos en el servicio de adoración tan solo porque nos gusta, lo estaremos haciendo con propósito cuestionable.  No es que esté en contra de pasarla bien en la adoración.  Dios concibió la adoración para que sea gozosa y beneficiosa para el adorador.  No obstante, la persona que se reúna con el propósito de pasarla bien, se puede quedar sin adorar.  En cambio, el que venga a la asamblea con el propósito de adorar a Dios, además de que la pasará bien, es poco probable que se quede sin entender el verdadero significado de la adoración.

         No tiene nada de malo que uno desee estar con otras personas, especialmente si se trata de personas de la misma fe; sin embargo, en la adoración, Dios se deleita en nuestro deseo de esta con Él.  La adoración no es algo que suceda por accidente.  La adoración colectiva se da cuando un grupo se congrega con el propósito expreso de adorar a Dios.

         El adorar con otros que tienen el mismo propósito nos ayuda a acercarnos a la presencia de Dios.  Cada adorador debe entrar en la asamblea con el propósito conciente de acercarse a Dios, y de ayudarles a otros a hacer lo mismo.

         Hace vario años asistí a un servicio de adoración con algunos familiares en una gran congregación.  Avanzamos hasta la mitad del pasillo, encontramos asiento para los cuatro de nosotros y nos corrimos para dejar espacio para los que todavía estaban entrando.  Yo había comenzado el canto, cuando una joven bien vestida entró ocupó el asiento de al lado mío.  Queriendo ser útil, le pase el himnario, ya abierto en la página  del himno que se estaba cantando, y  conseguí otro para mí.

         Durante la Cena del Señor, ella se pudo a hurgar entre las cosas que había en su bolso.  Cuando por fin pudo sacar su chequera, procedió a hacer el cheque de su ofrenda.  Después llegó el momento de la prédica.  Eran interesante lo que el predicador tenía que decir, y tomaba yo alguna notas, cuando aquella mujer que se había sentado a mi lado comenzó a hurgar en su bolso.  Creí que buscaba algo en lo cual escribir.  De nuevo, queriendo ser útil, le ofrecí una tarjeta de notas.  Ella sonrió y rehusó con un movimiento de la cabeza.  Cuando encontró lo que buscaba sacó una pequeña calculadora.  Daba la apariencia de estar atenta al orador.  Incluso  balbuceaba y asentía cada vez que éste decía algo bueno, sin embargó usó ese mismo tiempo para calcular cuanto dinero le quedaba en el banco.

         Después, tuvo incluso tiempo para limarse las uñas, y para volver a introducir todo a su bolso, lo cual hizo antes que el predicador terminara.  Sería osado de mi parte decir que ella no adoró, pero lo que sí sé es que no hizo nada para animarme a mí a adorar,  no pude evitar preguntarme si había dejado su corazón a la entrada, deseando estar en otro lugar, haciendo otra cosa.

 

POR MEDIO DE CENTRARSE EN EL ESPÍRITU, Y NO EN LA CARNE

 

         Muy a menudo, el cuerpo está presente, pero el corazón se queda en casa, o se centra en las necesidades físicas y en las preferencias.  Puede que el cuerpo se queje de que hace demasiado calor, o de que está cansado, o de que el culto es demasiado largo.  El cuerpo pide comida espiritual.  Deben ponerse de acuerdo el cuerpo, el alma y el espíritu; los tres deben dedicarse a los actos de adoración.

         Las escrituras se refieren a veces al espíritu del hombre como el “hombre interior”, y al cuerpo físico como  “el hombre exterior”.  Pablo dijo a los cristianos que estaban en Corinto que el hombre exterior se desgasta, mientras que el “interior” se “renueva de día en día” (2 Corintios 4:16).  También explicó a los romanos acerca de los conflictos que se dan entre el hombre interior y el exterior (Romanos 7:22-23).  Jesús dijo a sus discípulos: “(. . .) el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil” (Mateo 26:41b)

         Este conflicto afecta a menudo nuestra adoración.  El deseo de ser el interior de entrar a la presencia de Dios debe vencer a la carne, porque en la sala del trono del Omnipotente no hay cabida para los deseos carnales.  El cuerpo de la persona se dedica a las actividades del culto; pero es el corazón, el espíritu de la persona, el que se une con el Espíritu de Dios en la verdadera adoración.  Puede que la voz incluso cante y ore, mientras que la menta está llena de envidia, de amargura y de rebeldía.  No habrá adoración, sino hasta que el ser interior y el ser exterior se pongan de acuerdo en el deseo de acercarse al trono de Dios.

         Es difícil hacer caso omiso a la carne.  Tendemos a ver nuestras preferencias personales como “necesidades”.  Nuestra insistencia en hacer que se llenen estas “necesidades” puede estropearles la experiencia de adoración a los demás, y puede también causar que nos perdamos la adoración.  La preparación del corazón para la adoración debe comenzar mucho antes de llegar a la reunión.  Esto incluye una determinación conciente de dedicarse únicamente a  aquello que edificará a los demás, y agradará a Dios.  Si algo hemos de dejar a la entrada, ello será el mundo, y lo que éste percibe como necesidades físicas.  Debemos acercarnos a Dios en espíritu.

 

POR MEDIO DE HACER EL ESFUERZO

 

         Puede que no estemos pasando de la entrada a nuestra adoración en otro sentido.  Aunque traigamos nuestro corazón al culto, puede que tengamos que hacer un gran esfuerzo para pasar de la entrada a la verdadera adoración.

         Podemos “orar con el espíritu, y también con el entendimiento” y podemos “cantar con el espíritu, y también  con el entendimiento” vea 1 Corintios 14:15, y aun así no entrar a la adoración verdadera.  Puede que nos dediquemos a la sincera oración, y que elevemos nuestra voz en auténtica alabanza, y aun así no experimentar la profundidad de la adoración.

         La participación en las actividades de la adoración no garantiza que hayamos adorado.  La oración y la alabanza (por lo general el canto), así como la participación en la Cena del Señor, la lectura de las Escrituras, las enseñanzas o las prédicas, e incluso la ofrenda, son todas expresiones de adoración.  Cada una de estas maneras de adorar que Dios ha ordenado han sido concebidas para hacernos pasar a la presencia de Dios, donde la verdadera adoración tiene lugar.  Todas estas diferentes vías pueden llevarnos a la presencia de Dios si nuestro corazón está capacitado y nutrido en el arte de la adoración.  Por otro lado, es posible que todos los caminos de la adoración combinados no nos ayuden a entrar a la verdadera adoración, si no tenemos el verdadero deseo de entrar a la presencia de Dios.

         Puede que disfrutemos a plenitud la alabanza, la prédica y  la participación de la Cena del Señor, y aun así no entrar a la presencia de Dios.  Una vez que entendamos qué es verdaderamente la adoración, reconoceremos la diferencia entre el viaje y el destino.  El viaje es facilitado por los caminos de la adoración.

         El destino es el trono de Dios.  Una vez allí, sólo desearemos admirar Su santa presencia y disfrutar del resplandor de Su luz pura.  Nuestro corazón es atraído a Él, y se acerca a Él desbordante de amor y de admiración.  No hay palabras con que se puedan expresar nuestros sentimientos de acción de gracias y de aprecio.  Aquí, en la sala del trono de Dios, nuestro espíritu se une con el Espíritu de Dios y tiene comunión con Él.

         Dios concibió la adoración como el medio por el cual solos atraídos a Él, y por el cual también Él nos da poder para cumplir Su propósito en nuestra vida.  Él es el que nos busca: Toda acción de Dios en la historia humana ha tenido como propósito buscar al hombre, a quien Él creó a Su imagen, y hacer que el hombre se una con Él.  Dios desea tener comunión con nosotros.  Él  ha procurado nuestra respuesta desde la creación hasta la cruz.  Desde las aguas embravecidas del Mar Rojo hasta el sepulcro vacío, nuestro Dios ha demostrado Su poder para salvarnos y darnos vida eterna.  Sus promesas resuenan a través de las edades desde el llamado de Abraham hasta la ascensión  de Cristo.  En su comunión con nosotros,  Dios desea que seamos canales de Su poder para llegar a un mundo que apenas reconoce que Él existe.  La única manera de tener acceso a este poder es por medio de la adoración.  Por medio de la adoración que rindamos,  Su energía espiritual se almacena dentro de nosotros.  Cuando volvemos al mundo después de haber estado delante de Su presencia, demos de irradiar esa energía a los demás.

 

CONCLUSIÓN

         Los que han tenido comunión con Dios por medio de la adoración salen de la reunión sabiendo que han estado delante del trono de Dios.  La presencia de Dios, fortalecedora y permanente, los acompaña cuando vuelven a sus rutinas diarias.  Son diferentes porque Dios mora en ellos (1ª  Corintios 3:16; 6:19) y sigue siendo el centro de su vida.  Han asimilado nutrición espiritual.  Se han preparado para andar con Dios, y para trabajar para Él en su vida diaria.  Han llegado a ser lo que Dios quiso que fueran cuando los creó.  Fin