Un reino
entre reinos
(3)
Y en los días de estos
reyes el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido, ni será
el reino dejado a otro pueblo; desmenuzará y consumirá a todos estos reinos,
pero él permanecerá para siempre (Daniel 2.44).
[El
Padre] nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de
su amado Hijo (Colosenses 1.23).
¿Realmente cree usted que le gustaría saber
lo que va a suceder mañana? Es probable que no. ¡Nuestros hombros no son lo
suficientemente anchos como para cargar con los deberes del día de hoy y, a la
vez, sobrellevar las ansiedades del futuro! Cristo y el sentido común nos
enseñan que «basta a cada día su propio mal» (Mateo 6.34). Tal vez esta sea la
razón por la que Dios le haya develado la cortina del tiempo a tan sólo unas
pocas personas, y les haya permitido a éstas vislumbrar eventos futuros. Cuando
Dios actuó así, lo hizo a través del poder milagroso del Espíritu Santo, y para
Sus propósitos divinos; no para satisfacer la ociosa curiosidad del hombre, ni
para provecho personal de alguno, ni por vano sensacionalismo.
Uno de los momentos históricos, en los que
Dios eligió revelarle el futuro a uno de Sus siervos, se registra en Daniel 2,
Este capítulo podría titularse «Un anuncio de la venida del reino eterno».
Nabucodonosor, el
gran rey de Babilonia, había tenido un sueño que lo perturbaba enormemente. Al
percatarse de que su sueño debía ser excepcionalmente importante, llamó a los
sabios de su corte y les pidió que lo interpretaran. Con el fin de probar la
precisión de la interpretación que ellos podían darle, el rey insistió en que
primero le dijeran el sueño que había tenido, y luego le dieran la
interpretación. Ellos respondieron: «Oh Rey, nosotros
con gusto le diremos la interpretación del sueño; pero usted debe primero
decirnos el sueño». Inflexible, el rey les dijo: «No. Ustedes deben decirme el
sueño, y después darme su interpretación. Si ustedes no pueden decirme el sueño
y su significado, se les sentenciará a muerte; pero si ustedes me pueden decir
el sueño y su interpretación, recibirán dones y favores y gran honra». La
exigencia del rey puso a los sabios en aprietos. Sólo tenían dos opciones:
revelar el sueño e interpretarlo; o reconocer que eran incapaces de hacer tal cosa.
Su magia y hechicerías paganas les fallaron cuando más las necesitaban. Los
sabios confesaron delante del rey, abochornados y humillados, atragantándose
con sus propias palabras: «No podemos hacerlo. Nos ha pedido que hagamos algo
imposible para nosotros». Furioso por la respuesta de ellos, Nabucodonosor decretó
un edicto en el sentido de que todos los sabios de Babilonia fueran ejecutados.
La guardia del rey, capitaneada por Arioc, fue por todo Babilonia para cumplir el edicto de
muerte. Buscaron a Daniel, un hebreo que había sido deportado de Jerusalén a
Babilonia, en el 606 a.C.; un hombre que adoraba y reverenciaba al Dios
Altísimo, y un consejero que era considerado como uno de los sabios de mayor
confianza de Nabucodonosor. Cuando Daniel se enteró
de la razón por la que se iban a llevar a cabo las ejecuciones, pidió que lo
llevaran ante el rey para revelarle el sueño y su interpretación por el poder
de Jehová, el verdadero Dios. A Daniel se le concedió un breve tiempo para
pedirle a Dios, en oración, que le revelara el sueño, y le diera sabiduría para
descubrir su significado. De inmediato buscó a sus amigos: Ananías,
Misael y Azarías, mejor
conocidos como Sadrac, Mesac
y Abed-nego, para que se le
unieran en oración a Dios pidiéndole que revelara el sueño y su significado.
Dios les contestó las oraciones; durante la noche se le dio a Daniel la
interpretación del misterioso sueño. Acciones de gracias y alabanzas le fueron
elevadas a Dios, y después Daniel le pidió a Arioc
que lo llevara a la presencia de Nabucodonosor. Antes
de desenmarañar el misterio, Daniel le aseguró al rey que la capacidad para
relatar el sueño y dar su significado, había provenido del Dios de los cielos.
¿Qué clase de sueño fue la que perturbó y
dejó perplejo al rey? Daniel dijo que el sueño del rey
estaba relacionado con los «días postreros» (Daniel 2.28). Era un sueño que
predecía el futuro. Daniel le dijo a Nabucodonosor,
que en su sueño él había visto una gran estatua, de gloria muy sublime, de una
apariencia impresionante. La cabeza de la estatua era de oro, su pecho y sus
brazos eran de plata, su vientre y sus muslos eran de bronce, sus piernas eran
de hierro y sus pies y los dedos de sus pies eran de hierro mezclado con barro
cocido. Daniel añadió que el rey se había soñado con una piedra no cortada con
mano, que caía de la montaña. La piedra rodó hasta estrellarse contra los pies
de hierro y barro cocido, desmenuzando la estatua de modo tan completo que el
oro, la plata, el bronce, el hierro y el barro cocido, fueron como tamo de las
eras del verano. Los restos de la estatua fueron llevados por el viento, sin
que quedara rastro alguno de ella. La piedra, no obstante, creció hasta
convertirse en un gran monte que llenó toda la tierra (Daniel 2.31-35).
¿Cuál era el significado de este sueño?
Daniel dijo que la cabeza era el rey Nabucodonosor
(Daniel 2.38). Dijo además que después de Babilonia, otros tres grandes reinos
se levantarían: Uno estaba representado por la plata, otro por el bronce, y
otro por el hierro mezclado con barro cocido.
Daniel explicó que en los días de los reyes
de la gran imagen, el Dios de los cielos establecería un reino que jamás sería
destruido. Este se elevaría por encima de todos los demás reinos, y
permanecería para siempre (Daniel 2.44). El sueño de Nabucodonosor
no constituye una sinopsis de la historia de la humanidad desde los tiempos de
Daniel hasta el final de los tiempos; pero sí, una sinopsis de la historia
desde los tiempos de Daniel, hasta el tiempo cuando Dios establecería Su reino,
el reino eterno que descollaría por encima de todos los reinos del mundo.
Este sueño
que Nabucodonosor tuvo, y que Daniel interpretó, es
una de las grandes profecías del Antiguo Testamento acerca del reino eterno de
Dios que estaba en camino. Se encuentran en él hitos relacionados con el reino
de los cielos. Todo estudio de la iglesia debe incluir un minucioso estudio de
este sueño. Este revela no solamente aspectos de la naturaleza del reino de
Dios, sino que también sugiere el momento en que Su reino se establecería.
SU ORIGEN
SERÍA DIVINO
La profecía proclama el origen divino del
reino de Dios. Daniel dijo: «Y en los días de estos reyes el Dios del cielo
levantaría un reino» (Daniel 2.44; énfasis nuestro). El reino habría de
provenir del cielo, y sería establecido por Dios mismo.
La piedra «cortada, no con mano», que cayó
del monte (Daniel 2.34), significaba que el reino iba a ser establecido por la
mano divina, y no por la mano humana. Iba a ser un reino celestial, no un reino
terrenal. No iba a ser producido por la predicación ni por los planes ni las
percepciones del hombre; sino que iba a ser establecido a través de un evento
milagroso que ocurriría a su tiempo, en algún momento del futuro.
Esta verdad acerca de la venida del reino,
da a entender que tendría fortaleza interna. Estaría caracterizado por el poder
de Dios.
Su santo origen también insinúa que tendría
una estructura confiable. Los grandes reinos del mundo han sido formados por el
genio y la inteligencia falibles de seres humanos; pero el reino de Cristo
sería creado por la actividad sobrenatural de Dios, y poseería cualidades
imperecederas.
Del mismo modo, la naturaleza divina del
reino garantizaría su permanente triunfo. Jamás se le ve a Dios volviendo a
hacer Sus creaciones porque Su primer intento fallara.
La mano con la que Él
trabaja, jamás falla; La lengua con la que El habla, jamás se equivoca; La
tinta con la que El escribe, jamás se corre.
Todo lo que diga, no
podrá ser dicho de mejor manera; Todo lo que haga, no podrá ser mejor hecho.
El reino que Daniel anunciaba sería enviado
de lo alto. Daría comienzo por un decreto divino y reflejaría la sabiduría y
eternidad de su Creador.
SU
ESTABLECIMIENTO ESTARÍA RODEADO DE PROFECÍA
La profecía también indica el momento
escogido por Dios cuando el reino se establecería. Daniel dijo: «Y en los días
de estos reyes el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás
destruido» (Daniel 2.44; énfasis nuestro). Concretamente, Dios establecería Su
reino durante los días de los reyes representados por la estatua, y, por
inferencia, para ser aun más precisos, durante los días del cuarto reino.
En el sueño de Nabucodonosor
fueron descritos cuatro reinos mundiales. El reino de Nabucodonosor
fue el primero (Daniel 2.37), otro debía venir después de éste (Daniel 2.39),
un tercer reino debía seguir al segundo (Daniel 2.39), y luego un cuarto reino
había de venir (Daniel 2.40-43).
La historia secular confirma que fueron tres
grandes reinos los que sucedieron al imperio de Babilonia. Estos fueron los
imperios medo-persa, griego y romano. El segundo y tercer reinos, el medo-persa
y el griego, son llamados por nombre en la visión de Daniel que se registra en
8.20-21.
Daniel no mencionó el cuarto reino; pero
describió su carácter cuando dijo que sería una mezcla de hierro y barro
cocido, de fortaleza y debilidad. Los pies y los dedos de los pies eran de
hierro y barro cocido; pero estos materiales no representaban diferentes
reinos; más bien, la mezcla simbolizaba división y la ausencia de solidaridad
del imperio. El reino no tendría unidad interna ni cohesión. Indiscutiblemente,
se trataba del reino romano; pues este fue el que sucedió al reino griego como
el siguiente imperio mundial, y fue una especie de reino mezclado. Comenzó
golpeando tan fuerte como lo hace el hierro; en sus inicios pisoteó y aplastó
sin piedad a las demás naciones, sin embargo, con el tiempo, llegó a tener
cierta falta de unidad interna, la cual se manifestó mediante rebeliones y sublevaciones
entre los países conquistados.
La pequeña piedra que fue cortada de un
monte sin que mediara la mano humana, cayó sobre la estatua y se estrelló contra
sus pies. Puesto que los pies de la estatua formaban parte del cuarto reino, lo
lógico es que el reino eterno llegara a existir durante el cuarto reino. El
ministerio de Cristo y el establecimiento de la iglesia tuvieron lugar durante
os tiempos en que el imperio romano gobernaba el mundo. El imperio romano fue
destruido en el 476 d.C. —después, no antes, del ministerio de Cristo y del
establecimiento de la iglesia. La profecía de Daniel, por lo tanto, fue precisa
en cuanto al tiempo cuando Dios establecería Su reino: Lo establecería durante
los días del imperio romano; y aun cuando el imperio romano caería y pasaría,
el reino de Dios continuaría para siempre.
Daniel no nos dio el año en que el reino de
Dios habría de ser establecido, pero sí nos dio un período de tiempo —«durante
los días de estos reyes». Esta frase lo restringe en gran manera. Conocemos el
paréntesis de tiempo en el cual podemos ubicar el establecimiento del reino de
Dios.
SU
CRECIMIENTO SE MANIFESTARÍA A NIVEL MUNDIAL
La profecía de Daniel da cierta idea del
asombroso crecimiento del reino de Dios. Daniel dijo:
«Mas la piedra que
hirió a la imagen fue hecha un gran monte que llenó toda la tierra» (Daniel
2.35; énfasis nuestro).
El reino habría de tener un pequeño
comienzo, pero crecería rápidamente hasta convertirse en un reino universal. La
pequeña piedra que fue cortada de un monte, sin que mediara mano humana, aumentaría
en tamaño hasta convertirse en un gran monte que abarcaría toda la tierra.
En una de Sus parábolas, Jesús comparó el
crecimiento del reino de los cielos con el crecimiento de un grano de mostaza.
Dijo: «[. . .]
el cual a la verdad es la más pequeña de todas las semillas; pero cuando ha
crecido, es la mayor de las hortalizas, y se hace árbol, de tal manera que
vienen las aves del cielo y hacen nidos en sus ramas» (Mateo 13.32).
El reino de Dios no fue profetizado por
Daniel, ni predicado por Jesús, como un reino que irrumpiría en la escena
mundial cobrando de inmediato un colosal estatus a nivel mundial. Más bien,
Daniel y Jesús anunciaron que, con el tiempo, este reino crecería hasta llegar
a convertirse en una increíble influencia. Comenzaría siendo pequeño, y
crecería para ser cada vez más grande, y llegar a tener dimensiones globales.
El reino de Dios no daría inicio siendo grande, para luego fracasar, sino que
emergería siendo pequeño y así poder expandirse hacia arriba y hacia los lados,
a toda la tierra.
Sam Walton inició su multimillonario negocio de tiendas Wal-Mart, con una pequeña tienda
de baratillo en Bentonville, Arkansas. Le fue
necesario pedir dinero prestado para abrir su primera tienda. Fue un pequeño
comienzo, pero su negocio no continuó siendo pequeño. Ahora esta compañía está
constituida por un personal que oscila entre los cuatrocientos mil y los
quinientos mil trabajadores. Antes de morir, Sam Walton había llegado a ser uno de los hombres más ricos del
mundo. No obstante, el extraordinario crecimiento de su imperio de negocios, no
lograría alcanzar siquiera el tamaño de una diminuta fracción de un uno por
ciento de la expansión del reino de Dios (vea Apocalipsis 7). Según Daniel, el
reino de Dios crecería, a partir de una pequeña piedra, hasta convertirse en
una montaña; pasaría de ser un evento hasta llegar a ser un poderoso
movimiento.
SU
NATURALEZA SERÍA ETERNA
La profecía de Daniel enfatiza la fortaleza
divina y la naturaleza eterna del reino que estaba por venir. Dijo: «[...] ni será el reino dejado a otro pueblo; desmenuzará y
consumirá a todos estos reinos, pero él permanecerá para siempre» (Daniel
2.44). El reino tendría poder de permanencia, sobreviviría a todos los demás
reinos.
Daniel dijo que la pequeña piedra cortada
con mano espiritual, golpearía a la estatua en sus pies. La estatua fue
demolida; su oro, su plata, su bronce, su hierro y su barro cocido se
desmenuzaron, y llegaron a ser como la paja del trigo, y se los llevó el
viento.
La escena se asemeja a la trilla del trigo
en el Cercano Oriente de la antigüedad. Después de haber sido trillado, el
grano se lanzaba al aire para que la brisa de la tarde se llevara la paja
inútil. En comparación con el reino de Dios, los cuatro reinos que se vieron en
el sueño, serían tan carentes de valor, como la cascarilla que envuelve al
grano.
El reino de Dios es más poderoso que todos
los demás reinos de los hombres —pasados, presentes o futuros. Jamás será
conquistado por reino humano alguno, ni por el poder combinado de todos los
reinos del mundo; jamás será «dejado a otro pueblo», según se relata en Daniel
2.44.
Daniel
dijo: «El Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido, ni
será el reino dejado a otro pueblo; desmenuzará y consumirá a todos estos
reinos, pero él permanecerá para siempre» (Daniel 2.44). Tres expresiones que
Daniel usa para referirse al reino, insinúan su naturaleza eterna: «[...] no será jamás destruido»; «[...] ni será [...] dejado
a otro pueblo», y «[...] permanecerá para siempre». Una vez establecido, este
reino había de vivir para siempre.
Desde lo profundo de todos nosotros, nos
preguntamos: «Qué nos irá a traer el mañana?»; «Cómo
irá a ser el mundo del futuro?»; «Dónde iré a estar dentro de diez mil años?».
Las vigorizantes nuevas que el libro de Daniel nos trae, son que podemos ser
parte de un reino que jamás será destruido.
Ser parte del reino de Dios es como ser
parte de un ejército invencible, en el que no importa el tamaño ni la fortaleza
del enemigo que va a ser enfrentado. Como ciudadanos del reino de Dios que
somos, ni siquiera la idea de una derrota nos debería pasar por la cabeza.
Ningún mañana invisible ni enemigo desconocido debería asustarnos ya más.
Se cuenta la anécdota de un famoso cazador
que le estaba mostrando a un amigo su sala de trofeos. En las paredes había
colgado, hasta llenarlas, las cabezas de los animales que había matado durante
las expediciones de cacería que había realizado por todo el mundo. Luego, el
amigo notó que, en un lugar muy destacado, en medio de la pared, colgaba la
cola de un león montada en una base. El amigo preguntó: «Por qué montaste en
base la cola del león? ¿No te parece que la cabeza
hubiera sido más bonita como pieza de exhibición?». El gran cazador tuvo que
reconocer humildemente: «Cuando encontré el león, ya alguien le había cortado
la cabeza». ¡Es fácil cortarle la cola a un león al que ya otro le haya cortado
la cabeza!
De igual modo, es más fácil vivir una vida
victoriosa cuando se sabe que la victoria ya ha sido ganada. El reino de los
cielos jamás conocerá la derrota. Las profecías que se hicieron antes de que se
estableciera el reino, anunciaron su valentía y absoluta victoria venciendo al
mundo. Por lo tanto, el cristiano, no actúa con el fin de obtener la victoria,
sino porque ya tiene la victoria. Vive lleno de certeza, porque sabe que la
gran cabeza de león de la derrota ya ha sido cortada. Ya leímos la última
página del libro. El relato que cuenta la historia de la humanidad, guarda para
los hijos de Dios, un final alrededor del trono de Dios en eterna celebración
de la redención.
CONCLUSIÓN
¿Se percibe el cumplimiento de la profecía
de Daniel, en las páginas del Nuevo Testamento? Echémosle una mirada a Hechos
2, para responder a esta pregunta.
Daniel dijo que el reino venidero sería
establecido por el Señor, de modo que, su origen sería divino. En Hechos 2, se
relata que el Espíritu Santo fue derramado milagrosamente sobre los apóstoles,
y que la era del evangelio fue inaugurada sobrenaturalmente con el comienzo de
la iglesia. Jesús había indicado durante Su ministerio, que el reino vendría
con el poder de la milagrosa impartición del Espíritu
Santo sobre los apóstoles (Marcos 9.1; Lucas 24.46-49).
La profecía dio a entender que el reino
venidero sería establecido durante los días del imperio romano. Los
acontecimientos relatados en Hechos 2, encajan perfectamente en ese período,
pues el imperio romano gobernaba al mundo durante el tiempo en que tales
eventos ocurrieron.
Según Daniel, el reino venidero tendría un
comienzo pequeño y crecería hasta convertirse en un poder a nivel mundial. La
iglesia dio comienzo con tres mil convertidos según se relata en Hechos 2, y
pronto creció hasta llegar a influenciar al mundo.
Daniel dijo que el reino venidero sería más
poderoso que los reinos del mundo. Jesús dijo del establecimiento de Su
iglesia, que «las puertas del Hades no prevalecerán contra ella» (Mateo 16.18).
El Señor le reveló a Daniel que el reino
venidero ¿permanecería para siempre. Después de que la
iglesia fue establecida, durante los acontecimientos relatados en Hechos 2, el
resto de las páginas del Nuevo Testamento nos hablan de su crecimiento y vida
permanente.
¿Se podrá dudar de que la profecía de Daniel
se cumplió con el establecimiento de la iglesia según
los acontecimientos relatados en Hechos 2? La iglesia es el reino eterno que
Dios estableció.
Las ventajas de ser miembro de la iglesia de
Cristo, el reino eterno, son manifiestas. Los ciudadanos del reino de Dios son
parte de lo que Dios está haciendo en el mundo. Estos ciudadanos viven
victoriosos, porque el reino de Dios es más poderoso que los reinos de los
hombres e incluso más poderoso que la muerte misma. Los ciudadanos de este
reino profetizado tienen un futuro eterno con Dios. Viven confiados, seguros, y
han entregado su vida a una obra que no perderá su brillo ni su color con el
paso del tiempo.
Podemos entender el valor de formar parte
del reino eterno, observando una competencia atlética en la que los equipos
están bien equiparados. Estando el juego en su apogeo, nos ponemos nerviosos
porque no sabemos si el equipo al que estamos vitoreando ganará. La tensión
hace que nos mantengamos al borde la silla durante todo el juego, porque no
sabemos cómo terminará el juego. Puede que usted diga: «Esto es lo que le da
emoción al juego». Lo anterior es cierto cuando se trata de un juego; pero no
cuando se trata de la vida. Pobre de la persona que desconoce el rumbo que
tomará su vida. Si ha de ir por la vida sin saber si forma parte del equipo
ganador, como consecuencia de ello se le arraigará en lo más profundo cierta
desdicha, la cual nada podrá subsanar excepto el evangelio.
El cristiano sabe cómo terminará su vida en
esta tierra: Siendo parte del reino eterno, vivirá para siempre con Dios en los
cielos.
A la luz de lo anterior, no nos importará lo
que perdamos por ser parte del reino eterno de Dios; y tampoco nos importará lo
que ganemos por no ser parte de tal reino. Lo temporal cobra dimensión eterna,
y los mortales se vuelven inmortales, cuando entran en el reino eterno de Dios.
Jesús dijo: «Yo soy la resurrección y la
vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá» (Juan 11.25). En el
reino de Dios, ni siquiera la muerte biológica nos puede lastimar. Pablo
escribió: «Para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia» (Filipenses
1.21). La muerte es para el cristiano una transacción en la que sale ganando.
Para el santo, la muerte no es dolor, sino ganancia —bendición, y no un azote.
Si usted vive para esta vida solamente, se
perderá esta vida y la venidera —se perderá las dos. Si usted vive para la vida
venidera solamente, recibirá esta vida y la venidera —recibirá las dos!
PREGUNTAS
PARA ESTUDIO Y ANÁLISIS
1. ¿Por qué no pudieron los sabios de Nabucodonosor interpretar el sueño del rey?
2. ¿Qué estaba haciendo Daniel cuando
Dios le dio la interpretación del sueño?
3. Describa la estatua que Nabucodonosor vio en su sueño.
4. ¿Qué interpretación le dio Daniel a
cada sección de la estatua?
5. ¿Qué porción de la historia de la
humanidad abarca este sueño?
6. ¿Quién establecería este reino
eterno? ¿Cómo se representó figuradamente el establecimiento de este reino en
el sueño?
7. ¿Cuándo sería establecido el reino
eterno?
8. ¿Qué clase de reino fue el imperio
romano? ¿Cómo se representaba éste en el sueño?
9. ¿Cuál de las siguientes expresiones
describe con mayor exactitud la expansión del reino de Dios:
a) de pequeño hasta
alcanzar nivel mundial,
b) de nivel mundial
hasta reducirse a pequeño,
c) de
nivel mundial a mantener este nivel?
10. ¿Cómo se representó la fortaleza del
reino de Dios en el sueño?
11. ¿Qué expresiones se usan en Daniel 2, para dar idea de la
condición
de eternidad del
reino de Dios?. Fin
12. Dé
una prueba racional y bíblica de que el reino que Daniel anunció y la iglesia,
son lo
mismo.
13. Haga una lista de las ventajas que se
derivan de ser ciudadanos del reino eterno.