¿Cómo estableció Cristo su iglesia?

 

 

 

 

Preámbulo

 

   Una de las cualidades que distinguió la primera parte de la vida de Cristo, es que en ésta él eligió ser dueño de casi nada. No leemos por ningún lado del Nuevo Testamento que haya construido una casa, remodelado algún edificio o comprado un terreno. Ninguno de los evangelios se refiere a él como comprador de bien alguno —ya fuera de ropa, de herramientas o, incluso, de alimento. Mientras anduvo por este mundo y fue, en cierto sentido, un ciudadano de éste, él jamás se sintió en casa. Estuvo en el mundo, pero el mundo no estuvo en él; vivió en el mundo siendo parte de él, pero jamás permitió que el mundo viviera en él. Mientras vivió aquí, él fue un forastero en tierra extraña, un peregrino cuyos afectos y vida estuvieron consumidos en otro mundo.

 

   Cristo, raras veces, utilizó los pronombres posesivos “mi” y “mío”. Estos se notan tan sólo en las siguientes expresiones suyas: “mis discípulos” (Juan 8.31), “Padre mío” (Mateo 26.39), “mi cuerpo” (Mateo 26.26), “mi sangre” (Mateo 26.28), “mis palabras” (Lucas 6.47), y “mi iglesia” (Mateo 16.18). Pero las referencias a su cuerpo, a su sangre y a sus palabras, se dieron dentro de un contexto espiritual, lo cual demuestra que no hubo aspiración puramente personal de su parte.

 

   Según los evangelios, sólo hubo una posesión personal que Cristo procuró dejar tras él, la cual sería una extensión permanente de su ministerio terrenal, y ella es su iglesia —no una universidad, no una casa material ni una fortuna (Mateo 16.18). Cuando él dio comienzo a su ministerio terrenal, lo hizo predicando la venida del reino (Mateo 4.17), y lo terminó predicando acerca del reino (Hechos 1.3). Él indicó que la iglesia por él establecida, sería la forma terrenal del reino de Dios; de modo que, en este sentido, él podía equiparar el reino de Dios a su iglesia (Mateo 16.16-18).

 

   Dado que la iglesia fue la única entidad que Cristo procuró poseer, la única posesión que en realidad dejó tras él, resulta obvio que ella reviste una importancia especial para él, así como debe revestirla para nosotros. Nuestro deseo más importante debería ser el de convertirnos en su iglesia y vivir siendo tal iglesia.

   En vista de todo lo anterior, surge una pregunta de suma importancia para cada uno de nosotros:

“Cómo podemos entrar a la iglesia de Cristo y vivir siendo tal iglesia?”. Esta pregunta la responde cada uno de nosotros si descubre el modo como Cristo estableció su iglesia al comienzo. Cuando veamos el modo como Cristo en realidad estableció su iglesia, nos convenceremos de que podemos establecer su iglesia hoy día en aquellos lugares donde no exista, y nos daremos cuenta de que podemos vivir como miembros fieles de ella, en cualquier lugar donde nos encontremos.

   Cristo estableció su iglesia el día de Pentecostés que siguió a su resurrección, lo cual ocurrió como un cumplimiento de la promesa que él mismo había hecho (Mateo 16.18; Hechos 2). ¿Cómo lo hizo?

 

POR MEDIO DE LA PREDICACIÓN DEL EVANGELIO

   El primer paso del plan de Jesús para establecer su iglesia fue la predicación del evangelio. Las “buenas nuevas” de la salvación mediante la gracia de Dios, fueron dadas a conocer durante una proclamación en público, que se hizo delante de los judíos que se habían congregado el día de Pentecostés.

 

   Este histórico día había dado comienzo con el derramamiento del Espíritu Santo sobre los apóstoles. Cristo había prometido este derramamiento, y ahora tal promesa se cumplía (Hechos 1.4,5; 2.1-4). Como resultado de esto, los apóstoles, llenos de poder por el Espíritu Santo, hablaron las maravillosas palabras de Dios en todo los diferentes dialectos de los que estaban presentes (Hechos 2.6-8, 11). Luego, como un cumplimiento parcial de la promesa que Cristo le había hecho (Mateo 16.19), Pedro predicó un sermón detallado acerca de la deidad de Cristo (Hechos 2.14-36, 40).

 

   Pedro, a modo de introducción para este sermón, le demostró a la multitud allí congregada, que lo que estaba sucediendo era, en esencia, el cumplimiento de una profecía hecha por Joel (Hechos 2.15-16). La parte principal de su sermón se centró en demostrar que Jesús era el Señor y el Cristo, para lo cual apeló a los milagros de éste (Hechos 2.22), a su resurrección (Hechos 2.24), a su cumplimiento de la profecía (Hechos 2.25-31; 34-35), a los testigos (Hechos 2.32) y al descenso del Espíritu Santo (Hechos 2.33). Pedro concluyó su sermón con esta decisiva declaración:

“Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo” (Hechos 2.36).

   Es probable que en el día de Pentecostés, los ojos del mundo estuvieran enfocados en las actividades del imperio romano, pero desde el punto de vista de los cielos, el evento más trascendental era el que estaba teniendo lugar en Jerusalén: ¡Era la primera vez que se predicaba el evangelio! Todo lo que Dios había estado planeando, todas las profecías de la era del Antiguo Testamento, toda la preparación de la vida y ministerio terrenales de Jesús, habían convergido, se habían juntado, y ahora emergían en la predicación del evangelio de la gracia de Dios. El nuevo pacto había entrado en vigor, y el evangelio en su plenitud había llegado a ser una realidad.

 

   La predicación de este mensaje debió haber sido un evento que puso al diablo y a todos sus embajadores a temblar, e hizo al cielo regocijarse. Cristo hizo nacer la iglesia a través de la predicación de su evangelio; y de allí en adelante, su iglesia sería establecida en otros lugares del mundo a través de la predicación del mismo mensaje.

 

   Para tener idea de la importancia de la predicación del evangelio, imagínese la siguiente situación: El día del juicio comparece delante del trono de Dios un hombre que fue completamente irreligioso en vida. Jamás procuró cumplir la voluntad de Dios, ni adoró a Dios, ni hizo el intento de vivir la vida cristiana. Vivió su vida como si del todo, no hubiera tenido que darle cuenta a Dios, se dedicó a su trabajo, les dedicó tiempo a sus actividades de recreación, cuidó de su familia y se mantuvo al día con la comunidad en la cual vivió. Cuando se encuentra delante del trono del juicio, esto es lo que Dios le dice: “Hubo un momento en tu vida cuando verdaderamente se sintió tu influencia en mi obra obre la tierra”. El hombre está completamente sorprendido. Esto es lo que responde: “Señor, tú sabes que yo no fui religioso en lo más mínimo. Asistí a algunos servicios religiosos durante el tiempo que viví, pero en realidad no adoré en ninguno de ellos. Viví siendo egoísta, dedicándome totalmente a mis propios planes y propósitos. No recuerdo haber hecho algo para ti mientras estuve obre la tierra. ¿Cuándo fue que yo me hice sentir en tu obra?”.

   Dios le dice al hombre: “Tenías una tienda cerca en una importante intersección en el pueblo en el cual vivías. Un día, un hombre se detuvo en esa tienda y te preguntó: “¿Me podría decir dónde se reúne la iglesia de Cristo en este pueblo?.  Yo sé que se reúnen cerca de aquí”. Le diste las señas que lo llevaron al lugar de reunión de la iglesia. El era uno de mis predicadores. El se hizo presente en la asamblea aquella mañana a tiempo para predicar mi evangelio de gracia, a través del cual hice mi obra salvadora en aquellos que lo escucharon y respondieron al mismo. No te pareció así en el momento, pero funcionaste como una pequeña conexión dentro de la obra más sublime que se estaba llevando a cabo en el mundo. El mundo creía que lo que estaba ocurriendo en Washington, D.C., o en alguna otra capital nacional, era el evento más importante que estaba teniendo lugar en el mundo, pero el evento más trascendental era el que estaba ocurriendo en el pequeño edificio de aquella iglesia cuando mi evangelio de salvación estaba siendo predicado. El hecho de que le dieras las señas para llegar a aquel lugar, le ayudó a uno de mis predicadores para que éste pudiera predicarle el evangelio a un grupo de personas. De todas las cosas que hiciste, ésa fue la más grandiosa”.

 

   Esto fue lo que Pablo escribió: “Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación” (1 Corintios 1.21). La predicación de Pedro en Hechos 2, puso en vigor la última voluntad y testamento de Cristo e inauguró la era cristiana. El Dr. James D. Bales le ha llamado a Hechos 2, “El eje de la Biblia”; todo lo que sucedió antes de Hechos 2, apunta hacia este capítulo, y todo lo que siguió después, vuelve su mirada a éste. No hay duda, él está en lo correcto.

 

   El comienzo de la iglesia giró en torno a la predicación del evangelio. La iglesia de Cristo, la cual fue establecida en aquel día de Pentecostés, se puede establecer donde no exista, tan sólo por medio de la predicación del mismo evangelio que Pedro predicó. Expresándolo de otra manera, un granjero puede cultivar la misma variedad de tomates que otro granjero cultiva, tan sólo si él siembra la misma clase de semilla de tomate que el otro granjero haya sembrado. Para tener la misma iglesia que Cristo edificó, debemos predicar el mismo evangelio, mediante el cual Cristo la edificó al comienzo.

 

POR MEDIO DE LA OBEDIENCIA AL EVANGELIO

   El segundo paso del plan de Jesús para establecer su iglesia, fue la obediencia al evangelio. Su iglesia, jamás habría sido establecida si la gente allí presente no hubiera obedecido el evangelio que se le predicó.

   Pedro sacó, de las evidencias presentadas en su sermón, una conclusión específica que todo corazón recto debe aceptar: Que a Jesús se le había hecho “Señor y Cristo” (Hechos 2.36). Luego una multitud de oyentes clamó: “Qué haremos?” (Hechos 2.37). Estaban compungidos de “corazón”, destrozados por la palabra de Dios; el Espíritu Santo les había hecho sentir su culpa, a través de la palabra que se les predicó. No fue que Pedro les generara la culpa través de su método de predicación, sino que se las expuso a través de la palabra revelada, la cual penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón (Hebreos 4.12).

   A los judíos que clamaron, a causa de que sus conciencias les remordían y que habían sido destrozados de corazón, Pedro les dio esta respuesta:

Arrepentios, y bautícese cada uno de vosotros en 1 nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; r recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2.38). Cristo había fijado tres condiciones para ser salvo en la última comisión que le hizo a los apóstoles: la fe, el arrepentimiento y el bautismo (Marcos 16.15-6; Lucas 24.46-47; Mateo 28.19-20). Pedro no mencionó la fe en su respuesta a la pregunta de ellos, pues su clamor por ser instruidos indicaba que tal fe había sido engendrada por el sermón que habían oído. Especificó dos condiciones que todavía debían cumplir: el arrepentimiento y el bautismo. El perdón de los pecados que tanto ansiaban y por el que tanto clamaban, les sería concedido a través de la sangre de Cristo en el momento cuando cumplieran con aquellos mandamientos. Luego, una vez salvos, a ellos se les daría el don del Espíritu Santo.

 

   Esto fue lo que Lucas anotó: “Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas” (Hechos 2.41). Los apóstoles fueron puestos dentro de la iglesia como parte del fundamento de ésta (Efesios 2.20). Una vez que aquellas tres mil personas cumplieron con la obediencia al evangelio, el Espíritu Santo las cimentó y las colocó sobre el fundamento de Jesucristo y los apóstoles (1 Corintios 3.11). Fue así, como la iglesia nació o dio comienzo su existencia. Desde ese día en adelante, cada vez que alguien obedezca el mismo evangelio que aquellos tres mil obedecieron, el tal es añadido a la misma iglesia, y la superestructura de ésta, la cual descansa sobre el fundamento de Jesús y los apóstoles, crece en altura.

 

   En mayo de 1993, veinticinco cristianos participamos en una campaña para Cristo en Donetsk, Ucrania. Nuestro propósito era establecer la iglesia del Señor en aquella ciudad. Hicimos una combinación de enseñanza personal, predicación por televisión y predicaciones por la noche en una sala de conferencias. En nuestra predicación y enseñanza procuramos enseñar el mismo evangelio que Pedro predicó el día de Pentecostés. Les pedimos a los  oyentes que se convirtieran en cristianos, que lo hicieran del mismo modo que Pedro lo pidió —por la fe, el arrepentimiento y el bautismo. A lo largo de la campaña de diez días, hubo 122 personas que expresaron su deseo de llegar a ser cristianos. A todos los que vinieron a ser bautizados les recalcamos que no era a una confesión religiosa a la que estaban entrando; sino que, a través de la obediencia sincera de ellos, al evangelio de Cristo, ellos estaban siendo añadidos por el Señor a la iglesia de éste, a la iglesia que él estableció el día de Pentecostés.

 

   Esta nueva iglesia de Cristo alquiló el segundo piso de un teatro con el fin de reunirse allí. El último día del Señor que estuvimos con ellos, la sala alquilada estaba llena al máximo de su capacidad y un poco más. Nos regocijamos en la salvación que se nos concedió mediante la muerte de Cristo, cuando observamos, con ellos, el acto de la cena del Señor, asimismo cuando, con ellos, cantamos, oramos dimos de nuestra prosperidad y escuchamos la predicación del evangelio.

 

   En diez breves días, la iglesia había sido establecida en Donetsk, mediante la adición de personas rectas de corazón al reino de Dios, a través de la predicación del evangelio y de la obediencia a éste. Estas 122 personas fueron añadidas a la iglesia que nuestro amado Señor estableció el día de Pentecostés, tal como se relata en Hechos 2.

   Suponga usted que nosotros hayamos llevado a cabo esta campaña, con la misma predicación, enseñanza y las mismas reuniones, con la diferencia de que ninguno hubiese obedecido el evangelio. ¿Habría sido establecida la iglesia en Donetsk? La respuesta es obvia, ¿verdad? No habría sido establecida. Aunque las intenciones sean buenas, se haga uso de elaborados planes y se entregue uno personalmente a la causa, la iglesia no podrá existir, a menos que las personas obedezcan al evangelio del Nuevo Testamento.

   Cristo estableció su iglesia cuando tres mil personas obedecieron a su evangelio. Su iglesia, puede establecerse en cualquier lugar donde no exista hoy, a través de la predicación del mismo evangelio que Pedro predicó, y a través de la obediencia de las personas a ese mismo evangelio. Cristo estableció de este modo su iglesia al comienzo, y este es el único modo como puede establecerse hoy día.

 

POR MEDIO DE LA MANIFESTACIÓN DEL EVANGELIO EN LAS VIDAS DE LOS CREYENTES

   Al tercer paso del plan de Jesús para establecer su iglesia, se le podría llamar la manifestación del evangelio en las vidas de los creyentes. Las personas que obedecieron, manifestaron el evangelio en su vivir diario; así, la iglesia de Cristo palpitaba con vida.

   Esto fue lo que Lucas dijo de los que habían llegado a ser cristianos: “Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones” (Hechos 2.42). No solamente se llegaron a constituir en la iglesia de Cristo, sino que le dieron vida a ésta de ese día en adelante.

 

   En las vidas de los primeros cristianos se ilustra que la manifestación del evangelio en las vidas de los creyentes es algo que requiere de compromiso. Ellos perseveraban en la doctrina de los apóstoles, la comunión unos con otros, en el partimiento el pan y en las oraciones. Ellos no le dieron comienzo a su compromiso para después quedar en nada; cuando comenzaron, se mantuvieron firmemente comprometidos con la verdad de Dios. Adoraban a Dios regularmente; la adoración llegó a ser un estilo de vida para ellos. El llegar a ser cristianos fue como el emprender la marcha por un nuevo camino, sobre el cual andarían el resto de sus días.

   La manifestación del evangelio en las vidas de los creyentes requirió de compasión. Esto fue lo que Lucas dijo: “... y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de da uno” (Hechos 2.45). Ellos no andaban pidiendo que se les ayudara, sino ofreciendo su ayuda a los que tenían necesidad entre ellos. El Cristo compasivo vivía en ellos, y esa compasión se expresaba en sus motivos y en sus obras.

   También, los primeros cristianos manifestaron el evangelio en sus vidas al observar la unidad de este. Esto fue lo que Lucas escribió: “Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común las cosas” (Hechos 2.44). Más adelante añadió: “Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma;...” (Hechos 4.32). Fueron unidos para formar una sola entidad espiritual por el Espíritu de Dios, en cuanto obedecieron al evangelio, estaban cuidando esa unidad mediante la lealtad al mensaje del Espíritu, un sincero desinterés y una auténtica preocupación unos por otros.

   La iglesia de Cristo puede existir en todo lugar donde haya personas dispuestas a escuchar el evangelio, a obedecerlo y a manifestarlo en sus propias vidas.

         A menudo oímos de campañas, durante las cuales varias personas se bautizan. Estas nacen dentro del reino de Dios por el Espíritu de Dios, y la iglesia de Cristo comienza a reunirse. En estos casos pareciera que la iglesia ya ha sido establecida en tales lugares, sin embargo, cuando la campaña termina y los obreros de ésta regresan a sus lugares de origen, los nuevos cristianos se desaniman. En poco tiempo, la asistencia a los servicios disminuye, y por fin la iglesia deja de reunirse. Todos dejan de manifestar evangelio en sus vidas, y la iglesia deja de existir tales lugares.   Sencillamente, la iglesia de Cristo no puede sobrevivir donde el evangelio no es manifestado en las vidas de los creyentes.

   Cristo estableció su iglesia el día de Pentecostés través de personas que luego manifestaron el evangelio en sus vidas, y su iglesia se establece donde no existe hoy, del mismo modo. No hay acepciones a esta regla. Si la iglesia ha de vivir entro de nuestra comunidad, debemos obedecer el evangelio y hacer que se manifieste en nuestras vidas.

 

CONCLUSIÓN

   En resumen, ¿cómo hizo Cristo para establecer Iglesia? Lo hizo a través del evangelio, haciendo que se predicara, que se obedeciera y que se manifestara en las vidas de los creyentes. La aplicación para nosotros es obvia: La iglesia se establece del mismo modo hoy día. En cualquier lugar que ese mismo evangelio se predique, se obedezca y se manifieste en las vidas, la misma iglesia que Cristo estableció el día de Pentecostés, será la que se establecerá y vivirá en tal lugar.

   Obedezca el evangelio del Nuevo Testamento, manifiéstelo en su vida diaria, y usted llegará a ser la iglesia de Cristo.

   Se cuenta de un predicador que estaba presentando un sermón sobre el matrimonio. Esta era la idea en la que estaba insistiendo: “Ustedes conocen el plan de Dios: sólo es un hombre para una mujer, y sólo una mujer para un hombre. Ese es su plan. No hay manera de que usted pueda mejorarlo”.  Durante casi una hora insistió una y otra vez en la misma idea. Cuando el servicio terminó y estaba saludando a cada uno de los adoradores a la salida, se encontró a dos hermanas solteronas. Era obvio que las oportunidades para casarse para estas mujeres estaban a punto de desvanecerse. Esto fue lo que le dijeron: “Predicador, nosotros, no es que queramos mejorarlo. Tan sólo quisiéramos entrar en él!”.

   ¿No serán éstos sus sentimientos respecto de la iglesia de Cristo? Usted no puede mejorarla. El lo conoce a usted mejor que lo que usted se conoce a sí mismo. El diseñó su iglesia para sus necesidades. Cualquier cambio que se le haga a la iglesia de Cristo le quitará a ésta su perfección divina y la reemplazará con la flaqueza humana.

   Reciba a Cristo tal como él es y, mediante la obediencia a su evangelio y manifestación de éste en su vida, llegue a ser justamente la iglesia que Cristo edificó. Fin