La cruz y la iglesia

 

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Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre (Hechos 20.28).

   Los que están familiarizados con el concepto neotestamentario de la expiación por el pecado, estarán de acuerdo en que «para salvar pecadores, un Cristo sin cruz sería tan inútil como una cruz sin Cristo». Pero, gracias a Dios, la buena nueva del evangelio es que Cristo, el Ungido de Dios, el segundo miembro de la Deidad, dio su vida física en la cruz, y lo hizo por nuestros pecados (1ª  Corintios 15.3). Cristo no careció de cruz, y la cruz no careció de Cristo —en consecuencia, ¡el hombre, el pecador, no carece de esperanza!

 

   El mensaje central de la Biblia es que el Hijo de Dios se sacrificó en la cruz por el hombre. Los tapices del Nuevo Testamento están teñidos de la sangre real derramada en el Calvario. Las páginas del Antiguo Testamento, con sus anuncios proféticos, y las del Nuevo Testamento, con el cumplimiento de tales anuncios, destilan la sangre de Cristo. Henry C. Thiessen calculó que el relato acerca de los últimos tres días de la vida de Jesús abarca casi un quinto de la extensión de los cuatro evangelios. Estimó que si los tres años y medio que tomó el ministerio público de Jesús, hubieran sido tratados de manera tan minuciosa como lo fue Su muerte, los Evangelios hubieran abarcado un volumen de 8.400 páginas de extensión. R.A. Torrey estimó que uno de cada 53 versículos del Nuevo Testamento hace una referencia específica a la muerte de Cristo.

 

   La cruz es el signo de adición que representa todo aquello de lo cual está desprovisto el mundo.  Si la cruz fuera sacada de la Escritura, la Biblia quedaría como un tronco hueco en un denso bosque.  El cristianismo es la única religión del mundo, cuyo eje central se basa en la ofrenda de un sacrificio divino por el pecado y la resurrección de entre los muertos del sacrificado.

 

   En un mundo de pecado y pecadores, de culpa e iniquidad, de separación y sufrimiento, la cruz es poder de Dios para salvación; es la propiciación divina para el más grave problema del mundo. Esta escrito: «Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios» (1ª  Corintios 1.18); «Y es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo» (1ª  Juan 2.2).

 

   En medio de todo el estruendo que producen la discordia espiritual, el estar alienados de Dios y el estar unidos con Dios, la cruz es el instrumento que Dios tiene a mano para la paz y la reconciliación. Pablo escribió: «[…] y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz» (Colosenses 1.20). En Efesios 2.14-16, leemos: «Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, [...] y mediante la cruz [reconcilió] con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades».

 

   Allí donde el hambre, la pobreza y la destitución espirituales abundan, las provisiones redentoras de Dios, las riquezas de justicia, son dispensadas gratuitamente al pie de la cruz. Pablo dijo: «[...] Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, [...]». Más adelante añadió que el Cristo crucificado «nos a sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención» (1ª  Corintios 1.23, 30).

 

   Indiscutiblemente, el Espíritu Santo ha destacado la cruz de Cristo como el eje, como el mensaje central de la Biblia.

 

   Este entrelazamiento de la cruz con las demás verdades relacionadas con la redención, lo lleva a uno a esperar que la iglesia mane de la cruz como corriente de manantial, como rayos sanadores del sol. Una lectura concienzuda del Nuevo Testamento permite confirmar que esto es así. No es posible un cristianismo sin Cristo, y tampoco lo es un cristianismo sin iglesia, como no es posible una cabeza sin cuerpo y tampoco lo es un cuerpo sin cabeza. El rasgo del Nuevo Testamento que más llama la atención, es el hecho de que proclama que la cruz y la iglesia están estrechamente ligadas, fundidas en un solo plan, por medio del cual se administra la gracia de Dios a la humanidad perdida. Es por medio de la cruz que Dios hace salir a personas, de entre todas las naciones, para la formación de una nueva familia —un cuerpo en Cristo— que sea Su pueblo escogido.

 

   Elaboremos esta idea un poco más: ¿Cómo se relacionada la iglesia con la cruz?.  ¿Qué relación guardan la cruz y la iglesia entre sí?. ¿Qué hace la cruz por la iglesia?

 

ES CREADA POR ELLA

   En primer lugar, la cruz crea la iglesia. La iglesia surge como resultado de la redención de los pecadores. Sin cruz no habría iglesia.

 

   Cuando una persona responde con la fe que lleva a la obediencia, reconociendo a Cristo como Salvador y como Hijo de Dios, los pecados le son lavados en la sangre de Cristo (Hechos 22.16). A través de este lavamiento, ella es añadida a la comunidad de los redimidos, una sociedad forma por los salvos, es decir, las personas que el Nuevo Testamento llama «la iglesia». Por esta razón, Pablo podía decir que Jesús compró la iglesia con su sangre:  «Por tanto», les dijo a los ancianos de Éfeso, «mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu  Santo os ha puesto por obispos, para apacentar iglesia del Señor, la cual él ganó con su propia sangre» (Hechos 20.28). No hay duda de que Cristo murió en la cruz por la iglesia. Pablo dijo: “[...] Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella” (Efesios 5.25). El propósito de la muerte de Jesús, fue producir un pueblo «llamado a salir», que viviera en el mundo en comunión con Cristo y se dedicara a Su obra espiritual. Pablo le dijo a Tito que Jesús «se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras» (Tito 2.14).

 

   Una hermana del ser de Arkansas Contó de un incidente que tuvo lugar cuando era una niña de corta edad que vivía en Dallas, Texas. En aquel tiempo su familia vivía cerca de una carretera muy transitada, y el patio de su casa les brindaba poco espacio para el juego a los niños. Una tarde jugaban a la pelota ella y varios niños del vecindario. Dijo no recordar qué clase de pelota era, lo cierto es que ésta rebotó en su cuerpo y fue a dar a la carretera. Sin pensarlo, corrió tras la pelota. Cuando se agachó para recogerla, se heló de horror al ver un enorme camión que bajaba la carretera. Su hermano, quien a la sazón tenía nueve años, la vio salir corriendo hacia la carretera. También vio el camión. Como un rayo, el niño corrió detrás de ella, con la esperanza de socorrerla. Corriendo se le atravesó al camión y, logrando empujar a su hermana, la salvó de una muerte segura, poniendo a la vez en peligro su incipiente vida. Aquellos breves instantes fueron suficientes para que el niño salvara a su hermanita, pero no bastaron para que él se pusiera a salvo. El camión lo golpeó, causándole la muerte instantáneamente.    La dama dijo no recordar muy bien los detalles de la tragedia, pero lo que sí recuerda es que el cuerpo sin vida de su hermano, fue levantado de la carretera, y colocado en el porche de la casa de ellos hasta que una ambulancia vino a recogerlo. Dijo con un profundo sentimiento y agradecimiento demasiado especiales para expresarlos en palabras lo siguiente: «Mi hermano murió por mí». Ella una cristiana fiel, y la oportunidad que tuvo de vivir y de servir en la iglesia hoy día, le fue proporcionada por el sacrificio de su hermano muchos años atrás.

 

   De modo parecido y más profundo, la iglesia recibe vida del sacrificio de Jesús. La muerte de Este no sólo es una oportunidad para que entremos en vida, sino también la fuente de una vida continua.  Su muerte es nuestro sacrificio de expiación, medio por el cual somos perdonados de pecados pasados. Jesús vino al mundo, anduvo entre nosotros como Hombre y como Dios, y por Su muerte adquirió Dios un pueblo para sí mismo (1ª Pedro 2.9). La iglesia no está hecha de ladrillos u otros materiales físicos; es el pueblo comprado con sangre.

 

   Respondemos al sacrificio de Cristo de tres modos: En primer lugar, abrazamos la cruz estimando lo que Cristo hizo. ¡Agradecidos, los redimidos gozan por el don de la gracia de Cristo! Cristo era rico en gloria celestial; sin embargo, por nosotros se hizo pobre, dejando el cielo y llegando a ser hombre para que por su pobreza fuéramos enriquecidos espiritualmente (2ª  Corintios 8.9). En segundo lugar debemos responder apropiándonos de Su muerte.  Una verdadera estimación inspira una debida apropiación. Por la fe en Cristo y la obediencia a Él, recibimos los beneficios de Su muerte en nuestras vidas (Romanos 6.1-4). El murió por todos (Hebreos 2.9), pero solamente los que le obedecen reciben los beneficios de Su muerte (Hebreos 5.8-9). En tercer lugar, debemos responder a Su sacrificio creciendo en la obra (1ª  Corintios 15.58). Le pertenecemos a Cristo desde la coronilla de la cabeza hasta la punta de los pies, cuerpo, alma y espíritu (1ª  Corintios 6.19-20). Por lo tanto, nuestra misión en el mundo es, ahora, la de rendir el servicio que El diseña, dirige y en el cual se deleita.

 

ES PURIFICADA POR ELLA

   En segundo lugar, la cruz purifica continuamente a la iglesia. Su poder purificador fluye diariamente al pueblo de Dios y por el pueblo de Dios. Tan ciertamente como que la sangre de nuestros cuerpos circula dentro de nosotros, sustentándonos y purificándonos, la preciosa sangre de Jesús corre dentro de Su pueblo, dándole fortaleza para sustentar la vida.

 

   No sólo necesitamos ser salvos, sino también conservarnos salvos. La iglesia es creada cada vez que un pecador, a través de la obediencia al evangelio de Cristo, es lavado en Su sangre y es por la gracia divina, puesto en Cristo. El cristiano es purificado continuamente por la sangre cuando anda diariamente en luz. Juan escribió: «[.. .] pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado» (1ª  Juan 1.7). Juan usa el verbo «limpiar» en tiempo presente activo, en el idioma griego, dando a entender una limpieza constante, continua, actual, manifiesta.

 

   El cristiano no es un ser perfecto, aunque si alguien que procura pecar menos y crecer en Cristo cada día. No es alguien en quien no haya falta, pero debe ser alguien en quien no haya culpa. La presencia del pecado en la vida del pecador hace que éste tenga necesidad de salvación mediante la sangre de Cristo y también hace que él o ella tengan necesidad de conservarse salvos por la sangre de Cristo. Mientras estemos en este mundo, jamás nos hallaremos en condiciones de prescindir de este perdón.

  

La salvación puede verse como un proceso que incluye dos dimensiones: El pecador debe primero ponerse a derecho con Dios, y luego debe conservarse a derecho con Dios. Ponerse a derecho es necesario; pero es sólo el comienzo. Si no es continuamente limpiado (Hechos 8.22), el problema que en un principio lo hacía pecador — la mancha del pecado en su vida— es el mismo problema que después de convertido podría condenarlo. Si necesitaba ser salvo de sus pecados antes de convertirse, ¿no continuará necesitando ser salvo de sus pecados después de convertido?

 

   El cristiano se conserva salvo siempre y cuando [ande] en luz». De acuerdo con el apóstol Juan, El andar en luz conlleva dos rasgos de carácter Espiritual. Comienza con la decisión de confiar en que Jesús nos salvara: «Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo» (1ª  Juan 2). Es obvio que no podemos ganar la salvación (Efesios 2.8-9). Jesús dijo que si le respondemos con fe y obediencia, El nos salvará. Debemos confiar en

que hará lo que prometió. Andamos por fe, no por vista (2ª  Corintios 5.7)

 

   Para andar en luz también se requiere hacer “sinceramente Su voluntad”. Juan escribió: «Pues este el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; [...]» (1ª  Juan 5.3); «El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él; pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; [...]» (1ª Juan 2.4-5).   Andar en luz significa, por lo tanto, reconocer nuestra pecaminosidad (1ª  Juan 1.8, 10), reconocer estos pecados delante de Dios (1ª  Juan 1.9), y corregir nuestros pecados en la medida en que podamos (1ª  Juan 2.29). También significa andar como El anduvo (1ª  Juan 2.6), y seguir la revelación inspirada de Dios: las Escrituras (2ª  Timoteo 3.16).

 

ES CONSTREÑIDA POR ELLA

   En tercer lugar, la cruz constriñe y activa a la iglesia. Infunde en el corazón de ella la motivación espiritual necesaria para que sus miembros seamos y hagamos lo que Cristo desea.

   Los cristianos necesitan no solamente perpetuar purificación, sino también inspiración interior y poder personal. El cristianismo proporciona muchas nobles motivaciones; la gracia de Dios es tal vez la más elevada y más permanente. La cruz controla y constriñe. Jesús dijo: «Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo (Juan 12.32). Pablo escribió: «Porque el amor Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para si sino para aquel que murió y resucitó por ellos (2ª  Corintios 5.14-15).

 

   La cruz nos inspira a tenerle un amor muy profundo a Dios, y a los demás. Juan escribió «Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero» (1ª  Juan 4.19). Cuando meditamos diariamente en Su amor para con nosotros, somos atraídos a El con mayor fuerza. Juan dijo además: «En esto hemos conocido el amor, en que puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos» (1ª  Juan 3.16). Cada vez que se analiza la vida de Jesús, ello produce nuevas y conmovedoras imágenes de la profundidad y firmeza de Su amor para con nosotros. La contemplación de estas imágenes nos infunde amor parecido para con Jesús, y para con los demás: «Por tanto, nosotros todos mirando a cara descubierta como en un gran espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor» (2a Corintios 3.18).

 

   La cruz infunde en nosotros un sentimiento de odio y desdeño contra el pecado. Dos elocuentes testimonios de la maldad y devastación causadas por el pecado, los constituyen la cruz del Calvario y las profundidades insondables de destrucción eterna en el infierno. Nadie que entienda el propósito la cruz y la necesidad del infierno, podrá argumentar que el pecado tenga algún mérito. La criatura de Dios no puede olvidarse de que su Redención le fue comprada por la horrible muerte del Hijo de Dios en una cruz en las afueras de Jerusalén. El Todopoderoso Dios no pudo ofrecer expiación por otro medio más que el del sacrificio de Su Hijo. Este costoso evento debería constreñir a toda persona sensible a abominar del pecado y a evitarlo.

 

   La cruz nos mueve a entregarnos sin reservas a la misión de Cristo. Ella proporciona los incentivos, la inspiración y la fortaleza interior necesarios para el servicio incansable. Pablo escribió: «A griegos y a griegos, a sabios y a no sabios soy deudor» Romanos 1:14). También escribió: «Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo» (1ª Corintios 15.10). No hay cristiano más motivado a hacer la obra de Cristo que aquel que rectamente entiende y valora lo que Dios hizo él en la cruz.

 

    Se cuenta la historia de una mujer que se había casado con un hombre muy cruel. Como ella era respetuosa del principio del matrimonio, se empeñó en ser una buena esposa aun cuando tenía que vivir con un cónyuge carente de compasión. Le preparaba sus comidas, le lavaba sus ropas y le cuidaba su casa. Hacía todo lo que se esperaba de ella como esposa, pero no se gozaba en ello. La vida se le había convertido en una rutina de trabajos con pocas satisfacciones y poco gozo. Con el tiempo su esposo murió y pasado un tiempo se volvió a casar. Su segundo esposo era todo lo contrario del primero. Era amoroso, agradecido, y le daba ánimo. El fue para éste la misma clase de esposa que había sido para el anterior esposo, pero había una gran diferencia —¡en todo momento estaba a gusto!.  En su primer matrimonio, había sido una buena esposa motivada por el deber, pero en su segundo matrimonio lo fue motivada por el gusto. ¡OH, cuán gran cambio obra el amor!

 

   La iglesia de Cristo guarda con esmero los mandamientos de su Señor. Cumple Sus deseos y lleva a cabo Sus planes; sin embargo, por la fuerza motivante del amor y la inspiración interior de gracia de El, no siente que sobrellevar la vida de obediencia sea una carga. «Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos» (1ª  Juan 5.3).

 

   Tengamos presente lo que Cristo hizo por nosotros, haciendo que su sacrificio por nosotros sea nuestra diaria meditación. Esta contemplación de Su regalo de salvación nos transforma día a día en Su imagen, impulsándonos a llevar a cabo labores de amor en Su reino de gracia.

 

CONCLUSIÓN

   La iglesia y la cruz están enlazadas entre sí porque Dios así lo planeó. La iglesia es creada, purificada y constreñida por la cruz.

 

   Cuando Jesús sufría en la cruz, dos de las burlas que se dejaron escuchar entre la inicua muchedumbre que estaba abajo, fueron las siguientes preguntas: «¿Por qué no se salva El mismo?» y «¿Por qué no lo salva Dios?» (Mateo 27:39-43). ¡Cuán lejos estaba la muchedumbre de imaginar que estaban tocando, precisamente, el fundamento de la misión de Dios!.  Si Dios hubiera salvado a Jesús de Su muerte en la cruz, o si Jesús se hubiera salvado a sí mismo, habría sido imposible que la iglesia llegara a existir; pues la iglesia está compuesta por personas que han sido perdonadas, por medio de la cruz, de sus pecados pasados, y que son limpiadas y purificadas diariamente por la cruz. Además, sin la cruz, la iglesia carecería de motivación en su interior para mantenerse viva, pues la iglesia es constreñida por la cruz a ser el pueblo de Dios, y a realizar la obra de Dios del modo que a El le agrada.

 

   Si usted se encuentra fuera de la iglesia, apresúrese a entrar en ella; pues al entrar en la iglesia, usted recibe todos los beneficios de la cruz. La iglesia no es más que un cuerpo de seres humanos que han sido redimidos por la sangre de Cristo y están viviendo como hijos de Dios.

 

   Toda persona está rodeada en este mundo por generosos dones de Dios. El provee el aire para que respiremos, el agua para que bebamos, la tierra para que vivamos sobre ella, las relaciones familiares para que nos gocemos y un sinnúmero de otros beneficios. No podríamos enumerar una por una las bondades de Dios. Sin duda, la suprema expresión de Su gracia es la salvación que nos da a través de Cristo. Ella supone el más alto costo para Dios, y es la que  produce los más jugos dividendos a los pecadores que la reciban.

 

   Muchos han reconocido la gracia de Dios en las bendiciones materiales que El nos ha dado, sin embargo no han recibido su más grande y menos merecido favor: la salvación. ¿Sucede lo mismo con usted?.  A través de la fe en Cristo (Romanos 10:10), el arrepentimiento del pecado (Hechos 11.18), confesar a Cristo como Hijo de Dios (Romanos 10.10) y el bautismo en Cristo (Gálatas 3.27), usted puede entrar en el cuerpo de Cristo (1ª  Corintios 12.13), la esfera de la gracia, y recibir Su vida eterna. Pablo dijo: «O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizad en su muerte?» (Romanos 6.3); «[...] en quién tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia, que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría inteligencia» (Efesios 1.7-8).

Jesús lo invita, a través de Su cruz, a recibir perdón y la vida que crean Su cuerpo, la iglesia.

¿Aceptará usted la invitación?.  fin