Introduciendo el tema: Si usted no forma parte del reino de Dios, apresúrese a entrar en éste, y reciba con un corazón que se estremece de gratitud la gracia que se nos ha concedido a nosotros. Si usted ya entró en el reino, no ande con tono de abatimiento, diciendo: «Miren en qué se ha convertido el mundo!», sino que diga: «¡Miren lo que ha venido al mundo!».

«Esto es lo dicho por el profeta Joel»

(Lección 9)

 

Entonces Pedro, [...] les habló diciendo:
[...] Mas esto es lo dicho por el profeta Joel
(Hechos 2.14—16).

 

     Imagínese que usted y yo hemos reunido a diez hombres para un inusual experimento. Estos diez hombres están con nosotros sobre un gran campo en medio de la oscuridad de la noche. A los hombres se les dan las siguientes instrucciones: «Se ha colocado, a cien metros del lugar donde ustedes se encuentran, un blanco con un círculo negro en su centro. El círculo tiene cinco centímetros de diámetro. El blanco podría encontrarse a su derecha o a su izquierda, en frente o detrás de ustedes. A cada uno se le dará un arco con diez flechas. Queremos ver si alguno de ustedes podría por casualidad dar en el centro del blanco, a pesar de no conocer su ubicación y de no poder verlo por causa de la oscuridad».

    Uno tras otro, los diez hombres toman posición y disparan sus flechas, lo cual hacen penetrando con su mirada la oscuridad, tratando de hallar el círculo de cinco centímetros. Algunos disparan a la derecha, otros a la izquierda. Algunos disparan en frente de ellos; otros se dan vuelta y disparan hacia atrás. Al cabo de unos minutos, cien flechas, cual rayos de relámpagos invisibles, han sido enviadas a la densa oscuridad de la noche. Luego, con nuestras linternas, salimos del grupo y buscamos el blanco.

    ¿Cuántas flechas piensa usted que hallaremos en el centro del blanco? «Ni una sola. Ni siquiera una flecha», responde usted con toda certeza. Podría añadir: «No hay manera de que varios hombres sin la debida instrumentación, puedan dar en un blanco al que no pueden ver». Es obvio que usted está en lo correcto. No obstante, piense en esta verdad: Lo que los hombres no pueden hacer, los hombres inspirados por Dios sí pueden!

     Durante los tiempos del Antiguo Testamento y del ministerio de Jesús, varias flechas proféticas fueron lanzadas hacia el futuro, procedentes del divino arco del Espíritu Santo. Más adelante, cuando el velo del futuro fue corrido por la mano del tiempo, se comprobó que cada una de las flechas dio en el blanco con precisión y perfección.

     Algunas eran profecías nominales, las cuales identificaban a personas y lugares relacionados con eventos futuros; otras eran profecías dobles, con mensajes que se aplicaban, tanto a los días del profeta, como a los días del Mesías. Hubo aún otras que revelaban tipos que se cumplirían por medio de sus correspondientes antitipos. Aparte de la clase de profecía que fuera, cada una de las flechas proféticas dio en el mismo centro del blanco.

     Aunque la profecía veterotestamentaria no menciona a la «iglesia» por este nombre, a menudo dio a entender implícitamente que era de ésta que se hablaba (Amós 9.11), y a veces se la refirió por el término específico de «reino eterno» (Daniel 2.44), o mediante una frase parecida, tal como «el nuevo pacto» (Jeremías 31.31) o «el monte de la casa de Jehová» (Isaías 2.2). La venida del reino ocupó un lugar destacado en la profecía del Antiguo Testamento.

      Utilizando la figura del «reino» que se acercaba, las tres clases de profecías fueron usadas por el Espíritu Santo para anunciar la venida de la iglesia. Tomemos una profecía doble con la que estamos familiarizados, la cual tiene que ver con la iglesia, y observemos cómo señala el milagroso comienzo de ésta.

 

LA INTERPRETACIÓN: ¿QUÉ DICE EL TEXTO?

      Pedro, en su sermón del día de Pentecostés, citó la famosa profecía de Joel (Hechos 2.16—21; Joel 2.28—32), un anuncio por el que se señalaba que la era de «los postreros días» daría comienzo con un milagroso descenso del Espíritu Santo.

Características del cumplimiento.

      La revelación de Joel es una profecía doble: Para los días de Joel, llevaba la promesa de que el pueblo de Dios recibiría bendiciones espirituales si se arrepentían de sus pecados y se volvían a Dios. En un cumplimiento futuro, apuntaba a un día en el que un especial derramamiento del Espíritu Santo marcaría el comienzo de una nueva era.

      Los apóstoles habían sido puestos sobre aviso cerca de este bautismo del Espíritu Santo, tanto por Juan el Bautista, como por Jesús. Juan, en medio de su breve ministerio de predicación, había dicho: «Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego» (Mateo 3.11). En los mensajes que dio después de la resurrección, Jesús les prometió a Sus discípulos el bautismo del Espíritu Santo, el cual denominó «la promesa del Padre». En Hechos 1.4—5, dice: «[. ..] les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días». Aún en otra oportunidad, les dijo: «He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto» (Lucas 24.49). Jesús fue más preciso que Juan sobre quiénes serían los que recibirían el bautismo del Espíritu Santo, pues dijo que serían los apóstoles quienes lo recibirían.

El significado del cumplimiento

     Al comienzo de Hechos 2, se relata que los apóstoles experimentaron el cumplimiento de la promesa de Joel, cuando el Espíritu Santo fue derramado sobre ellos desde los cielos. Lucas escribió: «[...] y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu Santo les daba que hablasen» (Hechos 2.3—4). Este derramamiento se vio acompañado de «un estruendo como de viento recio» (Hechos 2.2). La multitud que atestaba Jerusalén para observar el día de Pentecostés, oyó el sonido y se acercó para averiguar lo que estaba sucediendo. Cuando se reunieron, se maravillaron de oír a los apóstoles hablar de los poderosos prodigios de Dios, en los diferentes dialectos y lenguas de la muchedumbre.

     La muchedumbre estaba confusa por lo que estaban viendo y oyendo. Algunos de ellos, tal vez por el temor y la ignorancia, acusaron a los apóstoles de estar ebrios. Pedro obtuvo la atención de la muchedumbre, y hablándoles, probablemente, en griego, el lenguaje universal de aquel tiempo, les presentó la prueba de que Jesús era el Cristo. Guiado por el Espíritu Santo, les explicó que el derramamiento del Espíritu Santo era el cumplimiento de la profecía de Joel. Sus palabras esclarecen el significado principal de la profecía de Joel para todos los tiempos: «Mas esto es lo dicho por el profeta Joel» (Hechos 2.16). Para Foy L. Wallace, un predicador bien conocido de pasadas generaciones, Pedro quiso decir: «¡Esto es lo que esperábamos!».

      Una nueva era, la era de la iglesia, estaba dando comienzo. Pedro, un apóstol inspirado, nos interpretó el significado de la profecía de Joel. Su explicación precisa nos da la interpretación que el mismo Espíritu le da a la profecía.

     La historia de la humanidad dio comienzo con milagros de creación —la formación del hombre y la mujer por la mano de Dios. En el comienzo del reino espiritual de Dios en Hechos 2, vemos nuevamente el elemento milagroso, cuando la iglesia es formada por el Espíritu Santo.

 Lo completo del cumplimiento

     Es de notar que no toda la profecía de Joel se cumplió el día de Pentecostés; pues Joel habló de que recibirían el Espíritu hijos, hijas, jóvenes, ancianos, siervos y siervas, los cuales profetizarían, verían visiones y soñarían sueños. No tenemos constancia de que alguna de estas manifestaciones tuviera lugar ese día. Además, como usaba lenguaje apocalíptico, tal vez Joel se refería al día de juicio que vendría en la última parte de su profecía. Debe de ser que solamente algunas de las ocurrencias que Joel anunció, tuvieron lugar el día de Pentecostés. ¿Cómo, entonces, deberíamos entender las palabras de Pedro cuando dijo: «[...] esto es lo dicho por el profeta Joel»?

     Pedro estaba declarando que lo esencial de la profecía de Joel, el comienzo milagroso de la era de «los últimos días», se estaba cumpliendo ese día. Por medio de este evento sobrenatural, los apóstoles fueron bautizados con el Espíritu Santo. Este bautismo los facultaría para darles la revelación de Dios a los hombres (Hechos 2.22—36), para impartirles el Espíritu Santo a otros (Hechos 8.14—15) y para confirmar por medio de milagros el mensaje que hablaban (Hebreos 2.2—4). Por lo tanto, la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles, el día de Pentecostés, era el manantial original, que produciría la corriente milagrosa de los primeros días de la era cristiana. En los días que siguieron, los apóstoles les impusieron las manos a otros cristianos, impartiéndoles dones milagrosos del Espíritu Santo. Esta impartición facultaría a hijos, hijas, ancianos, jóvenes, siervos y siervas, para predicar.

     Joel dijo que Dios derramaría Su Espíritu sobre «toda la humanidad (Hechos 2.17; Joel 2.28). Por supuesto que esta parte de la profecía se cumplió de modo representativo. El día de Pentecostés, la nación judía fue representada por los apóstoles (Hechos 2), mientras que el derramamiento del Espíritu sucedido en la casa de Cornelio, lo usó Dios para revelar que los gentiles también recibían el reino de Dios (Hechos 10). Por lo tanto, cuando Dios derramó Su Espíritu sobre los apóstoles el día de Pentecostés, y después sobre Cornelio y su familia y amigos gentiles, lo hizo sobre representantes de «toda la humanidad».

 La claridad del cumplimiento

      Nadie tiene por qué confundirse acerca del significado de este derramamiento. Un apóstol inspirado explicó sin dejar duda alguna, que se trataba de un cumplimiento de la profecía de Joel. Con la interpretación inspirada que Pedro le da al evento, podemos estar seguros de que éste fue el comienzo de los «postreros días». El bautismo del Espíritu Santo sucedido el día de Pentecostés, fue el comienzo de la era especial en la que todos los profetas se alegraron de antemano y la que profetizaron.

       Dios eligió establecer un nuevo pacto, por medio de la impartición milagrosa del Espíritu Santo sobre los apóstoles, y dar comienzo así a la última etapa de historia de la humanidad. Una vez que Su voluntad le fue completamente revelada al hombre por medio de la Escritura, y la era de la iglesia dio comienzo de forma plena, los milagros cesaron, pues dejó de ser necesario que confirmaran la Palabra (1ª  Corintios 13.8—10). La era de los milagros terminó; pero la era de la iglesia continuará hasta el fin de los tiempos, pues ella es la última era de la «historia de la tierra».

 

EXPLICACIÓN: ¿QUÉ SIGNIFICA EL TEXTO?

      Suponga que un hombre ha leído las profecías del Antiguo Testamento acerca de la venida del reino; pero está confundido en cuanto al significado de tales profecías. No está seguro a qué se ha de parecer el reino venidero. ¿Dónde puede encontrar este hombre una explicación que le aclare esta cuestión de profecía?

      Tal hombre puede encontrar la explicación en Hechos 2. Este capítulo tan fundamental le mostrará el comienzo del cumplimiento de todas estas profecías. Si está confundido acerca de la apariencia que el reino venidero debía de tener, Hechos 2, le mostrará el retrato hecho por Dios de la forma que tomó ese reino, una vez que vino. Si no tiene certeza sobre el carácter que el reino venidero debía exhibir, Hechos 2, le mostrará cómo vivieron las personas que formaron parte de la iglesia, la cual es el cumplimiento divino de las profecías acerca de tal reino. El bautismo del Espíritu Santo, sucedido el día de Pentecostés, fue el comienzo de la era especial en la que todos los profetas se alegraron de antemano y acerca de la cual profetizaron.

       Cuando uno estudia el Antiguo Testamento, y considera muchas de las profecías acerca del reino venidero, uno puede tratar de imaginarse la apariencia que había de tener el reino, cuando viniera. Cuando uno lee Hechos 2, y observa la identificación inspirada que hace Pedro del reino en la forma de la iglesia, uno puede decir: «Ahora veo lo que Dios quiso dar a entender con Sus profecías. Ahora entiendo». Cuán agradecidos deberíamos estar de que Dios nos haya pintado por medio de Hechos 2, un cuadro de la forma que en la realidad tomó el reino!

      No se deje engañar por cualquiera que argumente que el reino anunciado por los profetas de Antiguo Testamento no ha venido. Sólo diríjase a Hechos 2, y lea sobre el milagroso cumplimiento de estas profecías. Hechos 2, no sólo prueba que el reino vino, sino que también nos habla del carácter que Dios quiso que su reino exhibiera.

 

INTERIORIZACIÓN: ¿QUE REQUIERE DE NOSOTROS EL TEXTO?

      ¿Cómo deberíamos responder a este texto? ¿Cómo debería aplicarse a la vida?

      En primer lugar, debemos permitir que este cumplimiento de profecía del Antiguo Testamento infunda en nosotros una firme convicción. Nuestra creencia en cuanto al comienzo de la iglesia debería ser sólida e invariable. Dios ha declarado su comienzo con un derramamiento milagroso de Su Espíritu. ¿Qué mejor forma podía haber escogido Dios para revelar el comienzo de Su iglesia? ¿Con cuán mayor énfasis podía haber revelado Dios la venida de Su reino?

      En segundo lugar, el cumplimiento de la profecía de Joel debería formar en nosotros un inquebrantable sentimiento de ciudadanía dentro de nosotros. Ahora podemos vivir con la plena certeza de que el reino de Dios ha venido y de que podemos ser parte de éste. Si aceptamos el testimonio de Dios que se expresó mediante el evento del derramamiento de Su Espíritu viviremos gozosos de saber que podemos llegar ser ciudadanos del reino de Dios y vivir como tales.

     Esta profecía y su cumplimiento nos dan la certeza de la identidad del reino, su importancia y su apariencia.

     En tercer lugar, respondamos con una incansable dedicación. Debemos estar dedicados a vivir dentro del Reino de Dios, y a la predicación del mensaje de este reino. Hemos sido trasladados por medio de Jesús a Su reino (Colosenses 1.13). Es como ya alguien lo dijo: «No somos ciudadanos de este mundo que están tratando de llegar al cielo; sino ciudadanos de los cielos que están tratando de ir a través del mundo». Pertenecemos al reino celestial, y debemos estar ocupados en la obra de expandirlo a otras personas.

 

CONCLUSIÓN

     El milagroso derramamiento del Espíritu Santo les confirma a todas las personas el significado de la iglesia. La fidelidad a la enseñanza de las Escrituras requiere que veamos Hechos 2, como el cumplimiento de lo esencial de la profecía de Joel. Los «postreros días» dieron comienzo en Pentecostés, con la venida del reino que había sido Largamente esperado, debido al gran énfasis en éste, que pusieron las profecías del Antiguo Testamento. Hoy día llegamos a ser parte del reino, la iglesia, del mismo modo que lo hicieron en aquel histórico día de Pentecostés. Con fe, la gente que oyó a Pedro predicar, preguntó: «¿Qué haremos?» (Hechos 2.37). Inspirado por el Espíritu Santo, respondió: «Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hechos 2.38). Tres mil recibieron sus palabras y fueron bautizados. Después de entrar en el reino de Dios, «perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones» (Hechos 2.42).

     El Antiguo Testamento habla de muchos hombres merecedores del reino venidero, y que tenían tanto conocimiento de éste, que anhelaban verlo. Añoraban ser parte de éste, pero no les fue concedido tal privilegio. A nosotros sí se nos concedió. Estamos viviendo en la era de los «postreros días», en un tiempo de grandes e inusuales favores, un tiempo en el que el reino está presente. ¡Piense en aquellos hombres de los que habla el Antiguo Testamento, los cuales deseaban ver lo que nosotros estamos viendo, y quisieron ser lo que nosotros tenemos la oportunidad de llegar a ser!

     Si usted no forma parte del reino de Dios, apresúrese a entrar en éste, y reciba con un corazón que se estremece de gratitud la gracia que se nos ha concedido a nosotros. Si usted ya entró en el reino, no ande con tono de abatimiento, diciendo: «Miren en qué se ha convertido el mundo!», sino que diga: «¡Miren lo que ha venido al mundo!».

 

PREGUNTAS PARA ESTUDIO Y ANÁLISIS

  1. Describa las tres clases de profecía que se comentan al comienzo de este capítulo. Dé ejemplos de cada una.
  2. Defina los «postreros días».
  3. Comente cómo la profecía de Joel pudo haber sido una profecía doble.
  4. Haga una lista de Escrituras en las que se señala que el Espíritu Santo les fue prometido a los apóstoles.
  5. Describa el derramamiento del Espíritu Santo que tuvo lugar el día de Pentecostés.
  6. ¿Se cumplió la totalidad de la profecía de Joel el día de Pentecostés?
  7. ¿Qué quiso dar a entender Pedro cuando dijo: «[...] esto es lo dicho por el profeta Joel»?
  8. ¿Cómo entiende usted las palabras: «sobre toda la humanidad», de la profecía de Joel?
  9. ¿Cuándo cesó la era de los milagros?
  10. ¿Por qué es Hechos 2, un capítulo tan fundamental?
  11. ¿Cómo deberíamos reaccionar al cumplimiento de la profecía de Joel?
  12. ¿Cómo entramos en el reino de Dios?
  13. ¿Cómo entramos en la iglesia de Dios?

 

 

 

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