Introduciendo el tema: ¿Forma usted parte de la hermandad del cuerpo de Cristo? Si no es así, imagínese usted la gran pérdida que le significa el no gozar de la gracia, las relaciones y los generosos dones que hay en ella. «Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu» (1ª  Corintios 12.13).

Una hermandad universal

(Lección 4)

 

Y con esto concuerdan las palabras de los profetas, como está escrito: [...] Para que el resto de los hombres bus que al Señor, y todos los gentiles, sobre los cuales es invocado mi nombre, dice el Señor, que hace conocer todo esto desde tiempos antiguos (Hechos 15.15—18).

    Dos niños de ocho años de edad comenzaron a golpearse el uno al otro en un lugar público. Sus avergonzadas madres los separaron y les exigieron una explicación: «Basta, ¿quién dio comienzo a esta pelea?». Uno de los niños, en medio de sollozos, explicó: «¡Todo comenzó cuando él me devolvió el golpe!». Parece que es un niño de ocho años el que está hablando, ¿verdad que sí?

    No obstante, lo que verdaderamente debe preocupar en un conflicto, no es quién lo comenzó, sino si puede ser resuelto sin que persistan mayores hostilidades. Todos sabemos que cuando un conflicto se maneja con deficiencia o se pasa por alto, puede resultar en una prolongada desavenencia entre dos amigos cercanos.

    Según Hechos 15, la iglesia primitiva experimentó un conflicto doctrinal que degeneró en una crisis, la cual puso en peligro la comunión. Ciertos hombres habían venido de Judea y estaban enseñando que los varones cristianos gentiles debían circuncidarse en obediencia a la ley de Moisés, o, de lo contrario, no serían considerados cristianos auténticos y no podrían ser salvos (verso 1).

    Estos maestros de Judea le habían añadido otro paso al plan de salvación para los gentiles: la circuncisión. Su manera de ver el cristianismo era totalmente contraria al mensaje inspirado que Pablo y Bernabé habían estado predicando en el desempeño de su ministerio. Por esta razón, Pablo y Bernabé tuvieron que confrontar a estos maestros equivocados de Judea, sosteniendo un prolongado debate con ellos (verso 2).

     El desacuerdo doctrinal no fue resuelto, y surgió una división que pudo haber afectado el futuro del cristianismo. Alarmados por la dificultad, los hermanos que estaban en Antioquía decidieron enviar a Pablo, a Bernabé y a otros hermanos a Jerusalén, para consultar con los demás apóstoles y ancianos sobre este asunto doctrinal.

     Pablo, por ser apóstol inspirado, era conocedor de la verdad de Dios acerca de la salvación de los gentiles, y esa verdad era la que había estado predicando. No obstante, buscando preservar la unidad de la iglesia, fue a Jerusalén para que varios hermanos inspirados pudieran reunirse con el propósito de mostrar lo que Dios había revelado sobre este asunto. Una asamblea especial tuvo lugar en Jerusalén, donde esta cuestión fue tratada por los apóstoles y ancianos de la iglesia.

     En la reunión, Pedro se puso en pie y afirmó que Dios no hacía distinción entre judíos y gentiles. El milagroso derramamiento del Espíritu Santo sobre la familia de Cornelio (Hechos 1O.44—48), le había enseñado a Pedro que Dios salvaría a los gentiles, del mismo modo que a los judíos (Hechos 15.7—11). Pablo y Bernabé también hablaron, y contaron cómo Dios había salvado a los gentiles durante el desempeño de su ministerio de predicación, por medio del mismo evangelio que se le predicaba a los judíos (Hechos 15.12). Por último, Jacobo resumió los discursos que se habían dado, y sacó una conclusión que representaba lo que, sobre este tema, Dios les había revelado a los diferentes hombres inspirados (Hechos 15.13—2 1). Su razonamiento fue este: Dios les abrió la puerta a los gentiles para que entren en el reino de Dios en un mismo pie de igualdad con los judíos, salvando a ambos por medio del mismo plan.

    Para sustentar su punto de vista acerca de la hermandad universal de la iglesia, Jacobo citó de Amós 9.11—12, un anuncio profético de la intención de Dios de incluir a los gentiles: Después de esto volveré y reedificaré el tabernáculo de David, que está caído; y repararé sus ruinas, ylo volveré a levantar, para que el resto de los hombres busque al Señor, y todos los gentiles, sobre los cuales es invocado mi nombre, dice el Señor, que hace conocer todo esto desde tiempos antiguos (Hechos 15.16—18).

     Jacobo dijo que las palabras que habían sido dichas por Pedro en medio de ellos, concordaban plenamente con lo dicho por los profetas veterotestamentarios; y pasó a citar esta profecía tomada de Amós, en la que se menciona a los gentiles. Aquel día histórico de Pentecostés, en el que la iglesia fue establecida, Pedro señaló el derramamiento del Espíritu Santo, diciendo: «Esto es lo dicho por el profeta Joel» (Hechos 2.16). Jacobo dijo: «Y con esto concuerdan las palabras de los profetas, como está escrito» (Hechos 15.15). Cuando un hombre inspirado considera un evento, circunstancia o acción que se le presenta, y luego apunta a la profecía contenida en el Antiguo Testamento, diciendo: «Esto es lo que los profetas anunciaron», podemos entender, sin temor a equivocarnos1 que se trata del cumplimiento de la profecía.

     La profecía de Amós anunciaba la hermandad global de la iglesia. Se refería a un tiempo cuando judíos y gentiles entrarían en el cuerpo de Cristo, y morarían juntos en total ausencia de tirantez, y en una unidad en la que reinaría la paz. Cuando Pedro le predicó a Cornelio y a su familia, y Pablo, a los demás gentiles, esta profecía se hizo realidad. Por medio del evangelio, los gentiles estaban llegando a formar parte de la familia del reino de Dios. Los judíos y los gentiles, dos naciones distintas, estaban llegando a ser una sola nación espiritual, la iglesia. Los gentiles no estaban siendo convertidos en judíos ni los judíos en gentiles; ambos, judíos y gentiles, se estaban convirtiendo en cristianos, el «sacerdocio santo» de Dios (i Pedro 2.5). Judíos y gentiles estaban siendo salvos por medio de un solo método —por la gracia a través de la fe que lleva a la obediencia; y estaban llegando a ser un mismo pueblo —los hijos de Dios. Ningún rango se les reconocía a los que estaban siendo salvos por la gracia. Ninguno era mayor que otro, a pesar de sus diferencias en cuanto a nacionalidad, edad o cultura; ninguno era menos que los demás.

     Consideremos las repercusiones del cumplimiento de esta profecía, que apuntan a las dimensiones de la comunión cristiana. ¿Qué características tiene esta unidad? ¿Cuán significativa es? ¿Cuán abarcadora es?

 

PROFUNDIZA HASTA ABARCAR TODOS LOS PECADOS

     Lo primero que observamos es el profundo dinamismo de la hermandad de la iglesia. Es una unidad que únicamente se puede producir en razón de que la preciosa sangre de Jesús profundiza hasta abarcar todos los pecados. No hay pecador que escape a sus efectos si expone su vida a la gracia de Dios.

     En vista de que esta reconciliación es creada por la sangre de Cristo, ella se caracteriza por una profundidad que es proporcional a la eficacia de ésta. Su sangre puede limpiar cualquier pecado, sin importar de qué índole sea, y todos los pecados, sin importar su número, y hacerlo completamente y para siempre. Por lo tanto, la única barrera que nos puede privar de esta comunión es la impenitencia. Era de la poderosa sangre purificadora de Jesús, que Zacarías estaba hablando cuando, usando la figura del manantial purificador, anunció: «En aquel tiempo habrá un manantial abierto para casa de David y para los habitantes de Jerusalén, para la purificación del pecado y de la inmundicia» (Zacarías 13.1).

     Después de mencionar a los fornicarios, a los idólatras, a los adúlteros, a los afeminados, a los que se echan con varones, a los ladrones, a los avaros, a los borrachos, a los maldicientes y a los estafadores, Pablo animó a los corintios, diciéndoles: «Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios» (1ª  Corintios 6.9—11). Este versículo contiene una maravillosa verdad, la gran verdad del evangelio: Cuando los pecadores vienen a Cristo, ellos son lavados (purificados), santificados (puestos aparte para uso sagrado) y justificados (absueltos de culpa).

      Échele nuevamente una mirada a la lista de Pablo y tome nota, especialmente, de que tales pecados, con todo y la vileza que los caracteriza, no privaron de la comunión de la iglesia a los corintios convertidos. Cuando éstos se acercaron a Dios, llenos de la fe que lleva a la obediencia, El los lavó de esos pecados con la sangre de Su Hijo, los justificó, y los puso dentro del cuerpo de Cristo, haciéndolos iguales a todos los demás que se encontraban dentro de ese cuerpo. Es obvio que algunos pecados tienen una influencia más dañina que otros; sin embargo cualquier pecado puede ser perdonado, cuando uno responde a Dios con arrepentimiento sincero.

     Hay un momento cuando el que es adúltero deja de serlo y asimismo el que es ladrón deja de serlo. Preguntará usted: «Cuándo?». En el momento en que Dios lo perdona. Pablo escribió: «De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas»

     (2ª  Corintios 5.17). Tan glorioso es el Cristo del evangelio que, en el momento de responder a El, El desecha nuestras antiguas vidas y nos viste de la nueva vida, y nos lleva a la esfera celestial de las bendiciones espirituales y el compañerismo divino.

      No hay nada que se compare con llegar a ser una nueva persona en Jesús. No importa lo que una persona haya sido, hecho, dicho o pensado, Dios lo lava en la sangre del cordero del sacrificio, comienza el proceso de renovación conforme a la imagen de Cristo, y le da una nueva vida en Cristo. Así, el único en quien verdaderamente se puede «volver a comenzar», es en Cristo Jesús.

     Recordemos la profundidad de la vida de la iglesia. Cuando alguien viene a Cristo, por medio de la obediencia al evangelio, y es lavado en la sangre, llega a ser hermano de los que fielmente permanecen en Cristo. Cuando uno es lavado, ninguna mancha queda; uno es objeto de una completa purificación por la gracia de Dios. Nadie entra a medias al cuerpo de Cristo. O se está en Cristo, o se está fuera de Cristo. A nadie se le extiende una fracción de comunión, ni es purificado un quinto, ni es llevado a Cristo por partes. Nadie es salvo por etapas. Puede que a alguien se le enseñe por etapas; pero cuando tal persona entra en Cristo lo hace, dando un solo paso: Su bautismo en Cristo (Gálatas 3.27). Una persona entra entera en el cuerpo de Cristo, y adopta la misma posición que tienen todos los demás miembros del reino de Cristo —es completamente justificado y salvado. Por lo tanto, los cristianos deben reconocerse como iguales unos y otros, y tratarse unos a otros como hermanos y hermanas en la familia de Dios.

 

SE ENSANCHA PARA DAR CABIDA A TODOS

     Consideraremos ahora la maravillosa amplitud de la iglesia. La familia de Dios puede ensancharse para dar cabida a la familia humana en su totalidad. A nadie se le impide entrar en esta familia por razón de su raza, procedencia o cultura. En Hechos 15.16— 18, Jacobo citó Amós 9.10—11, para probar que la intención de Dios, de ofrecer salvación a judíos y a gentiles, fue anunciada en la profecía y cumplida por la enseñanza apostólica.

     Esencialmente, sólo había dos razas en el mundo neotestamentario: los judíos y los gentiles. Si alguien no era judío, era gentil. Por lo tanto, las pruebas que se dieron, de la manera como Dios les había abierto la puerta a los judíos y a los gentiles por igual, en realidad constituyeron pruebas de que Dios le había dado la oportunidad a todo el mundo —a todas las razas— de entrar en Su reino.

     Cuando el Espíritu Santo dio a conocer por medio de Pedro el camino de la salvación el día de Pentecostés, El dejó entrever que un día se le ofrecería el evangelio a todas las naciones; aunque, tal vez Pedro no entendía claramente lo que el Espíritu le estaba haciendo decir.

      Esto fue lo que dijo: «Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare» (Hechos 2.39). La frase «para todos los que están lejos», se refiere sin duda alguna al mundo gentil. No obstante, más adelante, fue necesario que Dios hiciera llegar una directriz a través de cinco comunicados, para hacer que Pedro fuera a la casa de Cornelio a predicarles el evangelio a los gentiles: 1) Le dio a Cornelio una visión (Hechos 10.3—6); 2) Le dio a Pedro una visión (Hechos 10.9—16); 3) Instruyó a Pedro a través del Espíritu Santo, en el sentido de que fuera con los hombres que habían venido a buscarlo (Hechos 10.19—20); 4) Cornelio le hizo a Pedro un relato de la visión que había recibido (Hechos 10.30—33); y 5) Dios derramó el Espíritu Santo sobre la casa de Cornelio, del mismo modo que lo hizo sobre los apóstoles el día de Pentecostés (Hechos 10.44—45). La última señal, la del derramamiento del Espíritu Santo sobre Cornelio y su familia, fue el factor decisivo para Pedro. De inmediato dio una respuesta favorable y terminante: ¿Puede acaso alguno impedir el agua, para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros? (Hechos 10.47).

     Resultaba obvio para Pedro, que ya había llegado el día cuando a los gentiles se les ofrecía la oportunidad de ser salvos, en los mismos términos que los judíos lo eran.

     Jesús le había hecho la siguiente promesa a Pedro, el día que confesó a Jesús como el Cristo, el Hijo del Dios viviente: «Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos» (Mateo 16.19). En cumplimiento de esta promesa hecha a Pedro, se le concedió a éste el privilegio de anunciar los términos de entrada en el reino a los judíos el día de Pentecostés (Hechos 2.37—39), y el mismo privilegio le fue dado de anunciar el camino de salvación a Cornelio y a los de su casa (Hechos 10.34—43).

      Cuando llego a Hechos 10, en las clases de Biblia que enseño, a menudo pregunto si en la clase tenemos algún estudiante de nacionalidad judía. Por lo general, nadie levanta la mano. Entonces paso a decirles que debemos estar agradecidos por Hechos 10, pues ese capítulo nos dice a todos los gentiles, que tenemos el mismo derecho de los judíos, de ser salvos por medio de los términos fijados por el evangelio. ¡Después de esto nos unimos en oración de acción de gracias a Dios por Hechos 10!

      Piense en la maravillosa amplitud de la membresía de la iglesia. Imagínese las naciones y razas del mundo. Considere los diferentes idiomas, costumbres y culturas. Imagínese dónde viven todos los pueblos de la tierra y qué hacen. Imagínese a los hombres —a los que son jóvenes y fuertes, y a los que son viejos y minusválidos; imagínese a las mujeres —a las doncellas, a las casadas jóvenes, a las de edad media y a las ancianas. Luego, ¡déle gracias a Dios de que el evangelio es para todos — para todas las naciones, para todas las razas, para todos los grupos étnicos, para todas las tribus, para todas las familias y para todas las edades en las que se es responsable! Nadie está excluido. Es como Pablo lo dijo: «Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gálatas 3.28).

 

SE ELEVA HASTA ALCANZAR TODA BENDICIÓN ESPIRITUAL

      Consideramos, en tercer lugar, la altura celestial de la hermandad de la iglesia. Como resultado de que la sangre de Jesús se extiende hacia arriba, los cristianos tienen abierta la puerta que lleva a la abundancia de las riquezas celestiales. A la nación cristiana conocida como la iglesia, no la componen unos pocos privilegiados que son más bendecidos que los demás. El reino de Dios es un lugar de igualdad de oportunidades. No se conocen en la iglesia divisiones entre clase alta, media y baja. El sacerdocio real no tiene ciudadanos de segunda clase ni sacerdotes de dudosa posición. Uno puede rehusar venir a Cristo y perderse (Efesios 2.11—12); uno puede estar en Cristo y llegar a serle infiel y perderse (2ª  Pedro 2.21—22); pero todo el que ha entrado en Cristo, y permanece fielmente en El, tiene todas las cosas, y podemos decir de él: «[...] sea Pablo, sea Apolos, sea Cefas, sea el mundo, sea la vida, sea la muerte, sea lo presente, sea lo porvenir, lodo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios» (1ª  Corintios 3.22—23).

Los cristianos deben reconocerse unos
a otros como iguales, y tratarse entre
sí como hermanos y hermanas de
la familia de Dios.

      Todo el que se encuentre en Cristo puede hacer suya la admiración con que Pablo expresó esta doxología suya: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo» (Efesios 1.3). También podemos decir, juntamente con Pablo, que en Cristo estamos “completos” (Colosenses 2.10). A los que están en Cristo se les puede decir: «Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra» (2ª  Corintios 9.8).

     Se nos han concedido todas las cosas que pertenecen a «la vida y a la piedad [...] mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia» (2a Pedro 1.3). Podemos acercarnos a Dios «en plena certidumbre de fe» (Hebreos 10.22), pues por medio de Cristo tenemos libre acceso «por un mismo Espíritu al Padre». Tenemos una esperanza «segura y firme» (Hebreos 6.19).

     Pertenecemos a Jesús, y Jesús —en toda su gloria y gracia— nos pertenece a nosotros. Estamos donde está Cristo, y lo que Cristo tiene es nuestro; pues somos coherederos con Cristo (Romanos 8.17)

     Es algo parecido a si uno fuera el presidente o primer ministro de un país. Debido a lo importante que sería uno para el país, tendría a disposición suya los alimentos más exquisitos, los vestidos más apropiados, una guardia para su protección y un palacio, en el cual establecería su centro de operaciones. En cierto sentido, tendría los recursos del país a las órdenes suyas. Podría usted llamar a todo el ejército del país para la protección de la ciudad donde viviera. Debido a su posición, tendría autoridad suprema para acceder a privilegios y provisiones, a los que un ciudadano común no podría acceder.

      Del mismo modo, en Cristo tenemos acceso a todas las riquezas, derechos y recursos que le pertenecen al que es hijo de Dios. Por el hecho de vivir en Cristo, todo lo que Dios les ha proporcionado a Sus hijos, se encuentra dentro de nuestro alcance. Por supuesto, una cosa es tener la oportunidad de ser bendecido y otra, aprovechar al máximo tal oportunidad. Los que estamos en Cristo tenemos acceso total a los beneficios de estar en el reino; pero podría ser que (por negligencia o ignorancia) no recibiéramos estas bendiciones espirituales. No obstante, hay una maravillosa verdad que no se debe pasar por alto: Dios tiene íntimos pero no favoritos. El que se encuentra en Cristo y, sin embargo, carece en su vida de las abundantes bendiciones que Dios les da a los redimidos, ello se deberá a que así lo ha elegido él; y no a que hubiese sido privado de una oportunidad. La única persona que vive en pobreza espiritual estando en Cristo, es la que no usa las avenidas de acceso que Dios le ha dado.

      Piense en las alturas celestiales a las que se eleva la comunidad de la iglesia. Es el único lugar sobre esta tierra en el que Dios proporciona igualdad de oportunidades. Reflexionemos sobre esta verdad y hagámosla realidad en nuestras relaciones con los demás que se encuentran en el cuerpo de Cristo. Que jamás vayamos a despreciar a otros cristianos causa de su pobreza, apariencia, educación o nacionalidad. Jamás exaltemos a otro cristiano por causa de su posición, poderes, privilegios o personalidad. Todos somos uno; vivamos unos con otros, vivamos unos por otros (1’ Corintios 12.27).

 

CONCLUSIÓN

     El cuerpo de Cristo es una hermandad universal. Según Jacobo lo refiere en Hechos 15, esta clase de comunión fue profetizada en Amós 9.10—11. Vemos el cumplimiento de ello en la predicación apostólica que llegó a los gentiles. Hay en ella un dinamismo que profundiza hasta abarcar a todos los pecados. Gracias al poder de la sangre de Cristo, ningún pecador tiene por qué ser excluido de ella.

     Es maravillosa la amplitud con que se ensancha para dar cabida a todas las naciones y pueblos. Jesús murió por todos los seres humanos y le ha dado a cada uno de ellos la oportunidad de ser salvo (Hebreos 2.9). Estas relaciones que se tienen ahora con Dios y unos con otros, se caracterizan por las alturas celestiales a las que ellas se elevan para alcanzar a toda cualidad de abundante gracia en Cristo. ¡Las bendiciones espirituales abundan para los que entren en Cristo y viven en El!

     ¿Puede usted pensar en esfera de igualdad y enriquecimiento más atractiva que esta? El mundo se la pasa hablando largamente sobre la paz; pero es poca la paz que hay en el mundo. ¿Por qué? ¿No será porque no hemos sabido reconocer dónde se encuentra la verdadera paz ni cómo es que ésta se produce? La verdadera paz —la paz con Dios, con los demás y con nosotros mismos— se puede experimentar y demostrar únicamente en la iglesia, el cuerpo de Cristo. Isaías, profetizando unos setecientos años antes de Cristo, expresó lo siguiente acerca del reino verdadero de paz:

Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará. La vaca y la osa pacerán, sus crías se echarán juntas; y el león como el buey comerá paja. Y el niño de pecho jugará sobre la cueva del áspid, y el recién destetado extenderá su mano sobre la caverna de la víbora. No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte; porque la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar (Isaías 11.6—9).

    Haciendo uso de lenguaje altamente figurado, Isaías describió la gloriosa unidad que sólo podría conocerse dentro del cuerpo de Cristo. Para Isaías, se trataba de una profecía que se cumpliría cuando Cristo viniera y estableciera Su reino; pero para nosotros se trata de una porción del manjar espiritual diario que disfrutamos en Cristo. Continuamente presenciamos la transformación que, por medio de Cristo, sufren algunos individuos con carácter de lobo hasta volverse inofensivos como palomas, los cuales pueden así andar y trabajar junto con otros cuya personalidad es de cordero.

     En Cristo somos creados un «nuevo hombre»; pues hemos sido reconciliados con Dios y unos con otros por medio de la sangre de Cristo; y somos sustentados en esta paz por medio de andar diariamente en luz (Efesios 2.15—18; 1ª  Juan 1.7).

      ¿Forma usted parte de la hermandad del cuerpo de Cristo? Si no es así, imagínese usted la gran pérdida que le significa el no gozar de la gracia, las relaciones y los generosos dones que hay en ella. «Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu» (1ª  Corintios 12.13).

    No es basta con formar parte de la hermandad del hombre. Necesitamos formar parte de la familia de Dios.

 

PREGUNTAS PARA ESTUDIO Y ANÁLISIS

  1. ¿Qué crisis constituye el trasfondo de Hechos 15?
  2. ¿Qué requisito le habían añadido los cristianos de origen judío al plan de salvación?
  3. ¿Quiénes hicieron uso de la palabra en la conferencia de Jerusalén, y qué dijeron?
  4. ¿Cuáles fueron las palabras con las que resumió Jacobo los discursos pronunciados en la conferencia de Jerusalén?
  5. ¿Cuál fue el propósito de la conferencia de Jerusalén?
  6. Describa a los que están excluidos del llamado del evangelio y explique por qué están fuera.
  7. Comente 1ª  Corintios 6.9—11. ¿Qué nos dice este pasaje acerca del alcance del evangelio?
  8. Describa la nueva vida que Dios nos da al venir a Cristo.
  9. ¿Cuánto de verdad hay en la idea de que uno no entra a medias en la iglesia? Explique su respuesta.
  10. Pruebe con las Escrituras que el evangelio es para todos los pueblos —sean judíos o gentiles.
  11. Explique Gálatas 3.28.
  12. ¿Qué significa la expresión «libre acceso a toda bendición espiritual»?
  13. Explique Efesios 1.3.
  14. Comente la frase «uno puede ser dueño de libros y, a pesar de ello, no poseerlos». ¿De qué modo se puede aplicar este concepto a las bendiciones cristianas?
  15. Describa la verdadera senda que lleva a la paz.

 

 

 

INICIO