Introduciendo el tema: En primer lugar, la iglesia no es un edificio. Cuando uno pasa frente al edificio de una iglesia y exclama: «He allí una iglesia!», por supuesto que se está equivocando. La iglesia no la constituye un edificio material, construido de ladrillos y cemento. Los cristianos, cual piedras vivas, son los que constituyen el cuerpo llamado la iglesia (1ª  Corintios 12.27; 1ª  Pedro 2.5).

Lo que la iglesia no es

(Lección  2)

   Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros, y cumplo en mí carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia; de la cual fui hecho ministro, según la administración de Dios que me fue dada para con vosotros, para que anuncie cumplidamente la palabra de Dios, el misterio que había estado oculto desde los siglos y edades, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos, a quienes Dios quiso dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles; que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria, a quien anunciamos, amonestando a todo hombre, y enseñando a todo hombre en toda sabiduría, a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre (Colosenses 1.24—28).

    Un amigo, en cierta conversación que tuvimos, hizo un comentario acerca de la iglesia, que todavía conservo fresco en mi memoria. Le había preguntado qué les deberían decir los cristianos a los que no son cristianos acerca de la iglesia. Me contestó: «Que les digan lo que la iglesia no es. Lo que a mí me ayudó a entender la iglesia neotestamentaria, fue que le eché una mirada a lo que la iglesia no es».

    Las comparaciones y las analogías son excelentes maneras de analizar y tratar una materia de estudio. Muchas veces, la verdad de Dios se aprecia mejor, cuando es colocada junto al error y se la compara con éste. Jesús usó esta técnica de enseñanza en Mateo 23, cuando señaló lo que los escribas y los fariseos hacían como ejemplo de lo que Sus discípulos no debían hacer. Les dijo: «En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos. Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen» (Mateo 23.2—3).

   El Nuevo Testamento define de modo expreso lo que la iglesia es.’ Es un cuerpo espiritual, cuya composición la constituyen los que han obedecido el evangelio de Cristo y, por este medio, han llegado a ser Su pueblo, y se reúnen para adorar, y trabajan, cual pueblo Suyo, en una localidad dada. Llevan el nombre de Cristo, y consideran a Este Señor de ellos. Constituyen un organismo con vida, en el cual mora el Espíritu del Dios viviente. Los que componen este cuerpo mantienen, a través de la obediencia a Su Palabra, una comunión permanente con Dios, con Cristo y con el Espíritu Santo.

    Habiendo hecho el anterior análisis de lo que la iglesia es, hagamos ahora una observación detallada de lo que no es. Esperamos, por este medio, entender más exactamente lo que Dios quiere que la iglesia neotestamentaria sea.

NO ES UN EDIFICIO

   En primer lugar, la iglesia no es un edificio. Cuando uno pasa frente al edificio de una iglesia y exclama: «He allí una iglesia!», por supuesto que se está equivocando. La iglesia no la constituye un edificio material, construido de ladrillos y cemento. Los cristianos, cual piedras vivas, son los que constituyen el cuerpo llamado la iglesia (1ª  Corintios 12.27; 1ª  Pedro 2.5).

   Puede que la iglesia use un edificio, en el cual se reúna y celebre cultos de adoración; pero la iglesia no está hecha de madera, metal, piedra ni vidrio. La iglesia es una entidad viviente. Pablo les dijo a los cristianos de Efeso: «[...] vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu» (Efesios 2.22). Pedro dijo: «[...] vosotros,... como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual» (1ª  Pedro 2.5).

   La única cualidad física de la iglesia la constituyen los cuerpos humanos, en los que moran los espíritus de los que la componen. Un ser humano es un espíritu humano que vive en un cuerpo físico. Cuando un ser humano llega a ser cristiano, llega a formar parte de la iglesia. Una vez que forma parte de la iglesia, es en su cuerpo físico que anda, va al culto, manifiesta un comportamiento y trabaja.

    Esta es la única característica tangible de la iglesia. Puede que, de vez en cuando, una persona diga: «Voy para la iglesia». Se entiende lo que está diciendo, y es: «Voy para la reunión de la iglesia». La palabra «iglesia» se usa en el Nuevo Testamento para referirse a la asamblea (1ª  Corintios 11.18); pero si tomamos en cuenta el uso más frecuente que en ese mismo libro se le da —para designar el cuerpo espiritual de Cristo— sería incorrecto decir: «Voy para la iglesia». ¡No es posible ir a la iglesia, cuando nosotros somos la iglesia! La iglesia, o los cristianos, pueden reunirse en asamblea para el culto y el estudio; pero un cristiano no va y forma parte de la iglesia para adorar, y luego sale del cuerpo de Cristo, del mismo modo que uno entra y sale de su casa.

    ¿No es motivo de gozo que la iglesia no sea un edificio material? Si lo fuera, estaría en un solo lugar, limitada, sin vida, y sin amor. Pensar que el culto sólo se puede llevar a cabo en una catedral, equivale a pensar que sólo se puede realizar en un lugar concreto. Más bien, al ser la iglesia un pueblo redimido por la sangre de Cristo, ella hace que la influencia de la sangre de Cristo se manifieste entre todas las demás personas y lugares del mundo. Permite que el culto se pueda llevar a cabo en cualquier lugar y en cualquier momento en que los cristianos decidan adorar a su Padre celestial. La iglesia va donde los cristianos van, pues ella está constituida por éstos.

    Tengamos cuidado de lo que decimos y hacemos, pues cuando hablamos y actuamos, lo hacemos como la iglesia de Cristo. No somos Su iglesia solamente cuando estamos reunidos para adorar; lo somos dondequiera que estemos. Cristo nos ha puesto aparte para ser «pueblo adquirido» por El, nos ha llamado a salir y a ser santificados por Su sangre. Dios no tiene un cuerpo muerto, un objeto inanimado, sino una familia viviente, compuesta por personas perdonadas y escogidas. Su iglesia es una nación espiritual, un sacerdocio santo, una sociedad para la comunión en El (1ª  Pedro 2.9).

 

NO ES UNA SOCIEDAD PARA LA AMISTAD

    En segundo lugar, la iglesia no es un club social. Es algo más que una alentadora amistad, más que una grata asociación con otros.

    La comunión es uno de los beneficios inmediatos de formar parte de la iglesia, pero ésta es más que comunión. Cuando uno se convierte, es levantado de muerte espiritual y revivido para ser puesto a la par de otros cristianos en el cuerpo de Cristo. Pablo escribió:  Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús (Efesios 2.4—6).

    Los que Dios ha redimido por el sacrificio de Su Hijo, han sido adoptados para formar parte de Su familia espiritual, y El, con todo su amor, «[ha enviado a nuestros] corazones el Espíritu de su Hijo, el cual dama: ¡Abba, Padre!» (Gálatas 4.6). El hecho de ser la familia de Dios, hace que la iglesia se caracterice por una gran profundidad en las relaciones entre las personas. Sin embargo, esta comunión es una consecuencia de nuestros lazos familiares con Dios. Juan escribió: «Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios; y todo aquel que ama al que engendró, ama también al que ha sido engendrado por él» (1ª  Juan 5.1).

    Imagínese cómo habría sido si, siendo usted un niño de corta edad, sus padres hubieran muerto y las autoridades lo hubieran puesto, por necesidad, en un hogar de huérfanos. Habría experimentado la soledad, el vacío y la separación propios de la difícil situación de aquellos a los que se describe con la frase «sin hogar». Con el paso de los años, habría olvidado cómo era la experiencia de tener su propia familia. Digamos que un día hubiera sido adoptado por una hermosa familia. Se habría mudado a un nuevo mundo de afecto y una nueva identidad le habría sido dada. Habría descubierto, de pronto, que podía contar con un padre terrenal que lo amaba y lo cuidaba, que ahora contaba con el bondadoso cariño del amor de una madre, y que tenía hermanos y hermanas a los que le unían los lazos del apoyo y el afecto familiar que ellos le extendían..

 

Dios no tiene un cuerpo muerto,
un objeto inanimado, sino una
familia viviente compuesta por personas
perdonadas y escogidas.

    Ahora disfrutaría de hermosos días, en los que compartiría con su familia, tendría un futuro que la familia le habría creado e inspirado. Con el tiempo, llegaría a conocer el verdadero amor familiar. ¿Cómo se habría producido todo esto? ¿Sería que a usted sencillamente le habría atraído la amistad y el formar parte de una sociedad, tal como sucede en el caso de quien forma parte de un club social? No. Se habría debido al hecho de haber sido adoptado por esta familia. Habría llegado a formar parte intrínseca de la familia, y el hecho de unirse a ella habría dado como resultado que surgieran la comunión y las bendiciones.

    Pues bien, un cambio parecido le sucede al cristiano nuevo. Este ha sido ubicado en una nueva familia, la familia de Dios. Pablo, incluso, usa la palabra «adoptado» para referirse a tal proceso (Efesios 1.5).

    Una persona puede unirse a un club social, sin que por ello cambie su vida. El formar parte de un club social es tan sólo una añadidura, una actividad más de las muchas en que se ocupa una persona que vive. Podríamos desecharla en cualquier momento, no nos llena una necesidad básica. Se hace con el fin de divertirse y obtener de ello algún placer. El llegar a formar parte de una familia es algo totalmente diferente. Uno forma parte de la familia, y ésta forma parte de uno. No se trata de una «bendición adicional» para la vida de uno; uno llega a ser la familia. Uno toma el nombre de ella; todos los miembros de ella llegan a ser de uno, y uno llega a ser de ellos. Uno se llega a unir con ella más estrechamente que con cualquier otra persona o grupo con el que se relacione.

    Todos los que llegan a formar parte de la familia de Dios, lo hacen por medio de un nuevo nacimiento (Juan 3.5). Uno no puede «unirse» a ella; uno nace, o es adoptado, en ella. Nadie puede formar parte de Su familia sin experimentar cambio alguno. Cuando llegamos a ser de Cristo, tomamos el nombre de Cristo y somos llamados «Cristianos». Experimentamos cambios en nuestras relaciones con los demás, en nuestra conducta y en nuestras aspiraciones. Llegamos a ser una familia guiada y alimentada por Dios, nutrida y apreciada por El, mantenida y protegida por El. Vivimos, adoramos, trabajamos y tenemos comunión, como hijos que están juntos, porque la sangre de Jesús nos une.

 

NO ES UNA IDEA HUMANA

    En tercer lugar, la iglesia no es una simple idea humana. No fue algo que se le ocurriera al hombre ni algo que inventara el hombre. Tampoco está bajo el mando del hombre ni es sustentada por el hombre.

    La iglesia es idea y creación de Dios. Antes de que por su palabra fuera hecho el mundo, El ya había hecho planes para que por medio de la cruz y la iglesia, fuera salvo el hombre. Antes de que fuera cometido el primer pecado, El ya había pensado en el perdón. Pedro escribió que en el lejano pasado eterno, antes de que Dios creara la primera estrella o brizna de hierba, la primera mariposa o el primer ser humano, Dios eligió salvar a los que entraran en el cuerpo de Cristo. Por lo tanto, los cristianos fueron «elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu» para obedecer a Jesucristo y ser rociados con Su sangre (1ª  Pedro 1.1—2). Apocalipsis 13.8, dice que los nombres de los santos de Dios, los que han sido redimidos por la preciosa sangre del Cordero, están escritos en el libro de la vida del Cordero, desde el principio del mundo. Dios eligió salvar —no de modo particular, sino grupal— a los que eligieran ser salvos a través de la cruz. El resultado de que se derramara la sangre de Cristo, fue y es la iglesia. Juan dijo que, a los que fueron lavados en la sangre de Cristo, Dios los hizo un reino (Apocalipsis 1.5—6; NVI).

    El anterior razonamiento graba en nuestras mentes una verdad fundamental: Si Dios dispuso el sacrificio de Cristo, antes de que el mundo comenzara, y si la iglesia es creada por la sangre de Cristo, lo lógico es que la iglesia sea el propósito eterno de Dios. Por lo tanto, no debería sorprendernos que Pablo mencionara esta misma verdad en Efesios 3.10—11:

… para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales, conforme al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor,...

     Había una minoría en Galacia que había rechazado la autoridad de Pablo como apóstol de Cristo, y por esta razón no aceptaban que su mensaje fuera inspirado por Dios. Al comienzo de la carta que les envió, les respondió a las objeciones de ellos en contra de su apostolado, con las siguientes palabras: «Pablo, apóstol (no de hombres ni por hombre, sino por Jesucristo y por Dios el Padre que lo resucitó de los muertos)» (Gálatas 1.1). En pocas palabras, el argumento de Pablo es que su apostolado no tuvo origen en los hombres, ni fue administrado por hombres. Estaba diciendo: «Mi apostolado vino directamente de los cielos por medio de Jesucristo».

     Lo que Pablo dijo acerca de su apostolado se podría decir acerca de la iglesia: La iglesia no provino de los hombres. Es de origen divino. Fue planeada en los cielos, anunciada en los cielos y enviada desde los cielos. La idea que le dio origen, fue concebida en la mente de Dios. El plan de ella fue puesto en práctica por Jesús en el momento de Su muerte en la cruz, y con el derramamiento milagroso del Espíritu Santo sucedido el día de Pentecostés. Las personas entran en la iglesia y son sustentadas en ella por la Palabra del Señor y la presencia del Espíritu en ellas. Es de Cristo, de allí que su grandeza no pueda ser mejorada por cabezas ni manos humanas, ni su gloria aumentada por mentes ni músculos humanos.

     Cuando uno entra en la iglesia, no es lo mismo que entrar en una organización o confesión humana. Dios no nos ha pedido que depositemos nuestra esperanza eterna en la sabiduría, energía, dispositivos y fortaleza del mundo. Nos ha pedido que entremos en el cuerpo de Cristo, que fue creado divinamente, el cual exhibe y lleva dentro de él la sabiduría de Dios, un cuerpo espiritual que fue construido por Su poder, y protegido por la eternidad por Su gracia y dirección.

     El único modo como podemos entrar en esta iglesia, es obedeciendo el evangelio inspirado que se revela en las Escrituras (2ª  Tes. 1.7—9). El único modo como podemos continuar siendo la fiel iglesia de Cristo, es siguiendo el modelo para la vida cristiana que se encuentra en las Escrituras (1ª  Juan 5.2—3). Esta iglesia no tiene credo más que las Escrituras, ni cabeza más que Cristo.

 

NO ES UN SUSTITUTO DIVINO

     En cuarto lugar, la iglesia no fue concebida para sustituir algún plan fallido. No es un reemplazo de alguna institución superior que el Señor hubiera concebido; y que no hubiera podido llevar a la práctica por la pecaminosidad del mundo.

     La era de la iglesia es aquella para la cual Dios ha trabajado y ha actuado desde el mismo comienzo de los tiempos. Los profetas anunciaron regularmente la venida del reino. Cuando Jesús comenzó su ministerio terrenal, esto fue lo que anunció: «El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio» (Marcos 1.15). Cuando el evento de la cruz se acercaba, Jesús les dijo a Sus apóstoles: Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos (Mateo 16.18—19).

     Tan sólo unos pocos días antes del establecimiento de su reino, Jesús les dijo: «[...] mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días» (Hechos 1.5). El día de Pentecostés, el Espíritu Santo fue derramado sobre los apóstoles y fueron bautizados en el poder e influencia del Espíritu. En Hechos 2.11—15, Pedro señaló que este evento milagroso fue el cumplimiento de la profecía de Joel (Joel 2.28—31), la cual había anunciado el comienzo de los «postreros días», la era de la iglesia, la era del reino de Dios. Así, la iglesia, la forma terrenal de Su reino, fue establecida en el momento que El dispuso en Su calendario, y del modo que El determinó de antemano.

     Una creencia que muchas, si no la mayoría, de las confesiones religiosas del mundo han adoptado, es la que se conoce como premilenarismo. Al descomponer en sus partes el nombre que se le da a esta creencia, que se basa casi en su totalidad en el lenguaje figurado de Apocalipsis 20.1—4, obtenemos el sufijo «pre», que significa «antes», y «milenio», que significa- «mil años». Los que siguen esta doctrina, que no es bíblica, sostienen que Cristo vendrá al final de los tiempos a establecer Su reino. Alegan que Jesús reinará cual Rey sobre Su reino en esta tierra por mil años, y que literalmente se sentará en el trono que David ocupó en Jerusalén. Los que sostienen este punto de vista, esperan que la nación de Israel sea restaurada en la tierra de Palestina durante ese tiempo, y que ella gobierne a las naciones de la tierra. Creen que el templo veterotestamentario, que fue destruido por Tito en el 70 d.C., va a ser reconstruido, y que el antiguo sistema de sacrificios levítico, volverá a estar activo una vez más. El premilenarismo ha llegado a la conclusión de que Jesús vino la primera vez a establecer su reino, pero su esfuerzo fue rechazado y la iglesia fue establecida en lugar del reino. Por lo tanto, el premilenarismo ve en la iglesia una alternativa provisional al verdadero reino que debía haberse inaugurado.

    Solamente hay una cosa mala con este ingenioso entretejido de ideas sobre la iglesia y el reino: Es falso. Se ha nutrido de fantasiosas teorías humanas, y no de la Palabra de Dios. En lugar de debatirlo punto por punto, basta con llamar la atención a lo enunciado por Pablo en Efesios 3.11, en el sentido de que la iglesia es el propósito eterno de Dios. Con una sola frase Pablo barre con la totalidad de esta doctrina errónea. En este caso, una onza de verdad destruye una tonelada de error. Según el Espíritu Santo, la iglesia no es un apéndice, ni un aditamento, al plan de Dios —es el plan en sí.

     Un sustituto siempre es de segunda categoría, un suplente de lo genuino. ¿No se identifica su corazón con Jacob, al cual, habiendo pedido la mano de Raquel, el amor de su corazón, mediante engaños le dieron a Lea (Génesis 29.16—25)? ¿Puede usted imaginarse cómo sería recibir el día de su boda a una sustituta en lugar de la mujer que ama, su prometida?

     Nos compadecemos de Jacob, porque sabemos que nadie está realmente satisfecho con una imitación, un reemplazo. El artículo genuino es siempre preferido a la réplica. La iglesia es auténtica, no un sustituto.

     Dios nos muestra la belleza y trascendencia de la iglesia, cuando nos dice que la iglesia del Nuevo Testamento es el glorioso cumplimiento de las profecías del reino. Pablo dijo que Jesús santificó a la iglesia, «habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha» (Efesios 5.26b—27).

     ¿No se goza usted conmigo al saber que la iglesia es Su primera elección, no un plan alterno al original? Cuando llegamos a ser parte de la iglesia, llegamos a ser parte de la realización del sabio planeamiento y misericordiosa actuación de Dios para con el hombre pecador. Haga una pausa en este momento y alabe a Dios en oración de acción de gracias por el hecho de que la iglesia es el propósito eterno de Dios para nuestra redención, y no un simple suplente.

 

CONCLUSIÓN

    ¿Verdad que pudimos observar lo que la iglesia neotestamentaria es, al contrastarla con lo que no es? La iglesia no es una estructura física; es el cuerpo espiritual de Cristo. No es un club social; es la familia espiritual de Dios, en la cual se entra por medio del nuevo nacimiento. No es una idea humana; es el modelo y deseo de Dios por medio de la cruz. No es un sustituto de lo que Dios verdaderamente intentó hacer; es el cumplimiento de las profecías sobre el reino y el propósito eterno de Dios. Cuando uno entra en la iglesia, lo hace en el esquema general de Dios cuyo origen se remonta a una eternidad en la que no había dado comienzo el tiempo.

     Una vez le preguntaron su nombre a un niño de corta edad unos invitados que estaban de visita en su casa. El respondió: «Me llamo “No”». Dudando, los invitados le preguntaron: «Cómo sabes que tu nombre es “No”?». Sin siquiera levantar la vista, les dijo: «Cada vez que me vuelven a ver me dicen: “NO!”». El pequeño había oído tal negativa por tanto tiempo que —por lo menos a su modo de verlo— se había convertido en un niño negativo. Su nombre había llegado a ser No.

     Un peligro parecido se corre, cuando estudiamos lo que la iglesia no es. No debemos permitir que un estudio así pueda hacer que veamos a la iglesia como un fardo de «no es». Un cristiano no es tan sólo la oposición andando en dos pies, a la cual sólo se le conoce por las cosas en las que no está de acuerdo. Lo negativo está presente tan sólo para acentuar lo positivo. Cuando se ve lo que la iglesia no es, ello sirve para ayudarnos a determinar y llegar a ser lo que la iglesia sí es.

      El hecho de que seamos la iglesia, hace que le pertenezcamos a Cristo en calidad de discípulos, siervos y seguidores. Vivimos bajo Su señorío por medio de la fiel sumisión a Su voluntad. Le respondemos a Dios, a Cristo y al Espíritu Santo diariamente, mediante la fe que lleva a la obediencia. Sea que miremos a la iglesia desde el punto de vista del reino de Dios, del cuerpo o de la familia de Dios, la respuesta del cristiano es siempre con una clase de fe que obedece. Vemos a través del testimonio de Su Palabra, y del testimonio de la vida, que la mayor necesidad de todo pecador es entrar en la iglesia de Cristo, confiando plenamente, y andar por fe delante de Cristo hasta que Él nos llame a casa o venga por nosotros a llevarnos.

      ¡No se conforme con Lea, usted puede desposar a Raquel! ¡Usted puede ser parte de la misma iglesia que Jesús estableció!

 

PREGUNTAS PARA ESTUDIO Y ANÁLISIS

  1. ¿Por qué es útil ver lo que la iglesia no es?
  2. Dé una breve definición de la iglesia tal como se la presenta en las Escrituras.
  3. ¿Qué relación guarda la iglesia con el lugar físico en el que se llevan a cabo los cultos?
  4. ¿Qué ventajas le ve al hecho de que la iglesia no sea un lugar físico?
  5. ¿De qué modo es la iglesia algo más que comunión con otros?
  6. ¿Qué significa ser parte de una familia espiritual?
  7. ¿Cómo se entra en la familia de Dios?
  8. Pruebe con base en las Escrituras que la iglesia es idea de Dios, no del hombre.
  9. Pruebe con base en las Escrituras que la iglesia no es un reemplazo, sino el plan que Dios concibió desde el comienzo.
  10. Cite los pasajes de las Escrituras en los que se señala que la iglesia es el cumplimiento de la profecía.
  11. ¿Qué es la fe que lleva a la obediencia?
  12. ¿Cuál debería ser nuestra respuesta diaria al evangelio?

 

 

 

 

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