| Introduciendo el tema: Si usted está en Cristo, nadie estará más ricamente abastecido que usted: «[...] porque todo es vuestro: sea Pablo, sea Apolos, sea Cefas, sea el mundo, sea la vida, sea la muerte, sea lo presente, sea lo porvenir, todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios» (1ª Corintios 3.21b—23). Si usted no está en Cristo, nadie será más pobre que usted: «[...] sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajeno a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo» (Efesios 2.12). | ||
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Epilogo La reunión de todas las cosas
(Lección 14)
[La gracia] que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia, dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra (Efesios 2.8—10). Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad, y vosotros estáis completos en él, que es la cabeza de todo principado y potestad (Colosenses 2.9—10).
En alguno u otro momento, todo predicador u orador deberá enfrentarse con lo que comúnmente se conoce como «miedo al público». Se le ponen frías y húmedas sus manos, seca y esponjosa su boca, le tiemblan sus piernas y se pone nervioso. Un predicador dijo que durante sus primeras prédicas estaba tan lleno de temor de hablar delante de una congregación, que no le temblaban sus rodillas, y éstas ni siquiera chocaban entre sí; sino que ¡se le tambaleaban tan incontrolablemente que se le cruzaban de un lado a otro y ni siquiera se tocaban! La causa fundamental del nerviosismo que se presenta antes de la presentación de un sermón o discurso en público, es que el orador está inseguro de la experiencia que tendrá. Para el orador maduro, una amplia preparación y la confianza en el Señor reemplazan esa inseguridad con confianza espiritual. De un modo muy parecido a lo que le sucede al orador en público, a nosotros nos inquieta y nos produce inseguridad acerca de la vida, el no saber cómo vivirla. Puede que les hayamos ocultado a los demás una frustrante ansiedad; pero sea ésta conocida por otros o no, lo cierto es que estropea nuestras vidas al privarnos de la tranquilidad interior que Dios desea que tengamos. Asombrosamente, la Biblia dice que la solución a este problema de «callada desesperación», e esencialmente la misma que se prescribe para el hablar en público. La «profunda» aprensión que causan el pecado, la muerte y Dios, no desaparecerá mientras nuestra incertidumbre no sea reemplazada por la arraigada seguridad que sólo proviene de una vida fundada sobre la verdad. El saber que estamos donde Dios desea que estemos, y que hacemos lo que Dios desea que hagamos, nos produce un sentimiento de serenidad y confianza que ninguna otra cosa en el mundo, a excepción de Dios, puede producirlo. Esta idea de paz personal concuerda con lo que dice Colosenses 2.10, donde Pablo dijo: [...] y vosotros estáis completos en [en Cristo]». En otras palabras, Dios ha encerrado en Cristo la totalidad de sus eternos tesoros. No es de extrañar que Pablo dijera: «[Dios se propuso] reunir todas las cosas en Cristo, [...] así las que están en los cielos, como las que están en la tierra» (Efesios 1.10). En Cristo somos suficientes, pues todas las bendiciones y privilegios divinos se encuentran en Su cuerpo espiritual. Lo anterior es verdad porque «agradó al Padre que [en Cristo] habitase toda plenitud» (Colosenses 1.19). Así, Pablo podía decir que «[en Cristo] habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad» (Colosenses 2.9), y que El fue dado «por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo» (Efesios l.22b—23). Las buenas nuevas de todo esto es que todo aquel que está en Cristo y anda en la luz de la Palabra de Dios, puede estarse tranquilo y Vivir libre de temor, pues se encuentra dentro del ámbito de la salvación y la vida de Dios. Esta poderosa verdad debe saturar nuestro pensamiento influenciando la visión que tenemos de nosotros mismos delante de Dios hoy día, y definiendo el matiz de nuestro andar con El para el resto de nuestros días. Debe embellecer nuestros más íntimos pensamientos y nuestros más añorados proyectos. Piense en las buenas nuevas de la realidad de la plenitud de Dios en la iglesia. Escudriñe conmigo las Escrituras para dar respuesta a esta pregunta «¿Qué significa estar completos en Cristo?».
UN COMPLETO PERDÓN Estar completos en Cristo significa que tenemos un completo perdón de parte de Dios. En el Nuevo Testamento sólo se da a conocer una única esfera de gracia —el cuerpo espiritual de Cristo! En el plan de salvación que Díos ha trazado, se establece que la redención se ofrece únicamente en Su Hijo (Juan 14.6). Por lo tanto, si usted está en Cristo, usted esta dentro del ámbito de la redención (Romanos 8.1); a usted se encuentra fuera de Cristo, usted está dentro del círculo de la condenación (Efesios 2.12), el reino del diablo (Colosenses 1.13). Una persona sólo puede estar en una de dos regiones espirituales. O se encuentra en Cristo, o se encuentra fuera de Cristo; en el ámbito de la salvación, o en el ámbito de la separación de Dios ¡No hay región intermedia en un mundo dividido en regiones! Por supuesto, el que está en Cristo debe andar en luz para tener la salvación de Cristo (1ª Juan 1 .1) de lo contrario, estará en un lugar (en Cristo) Para tener salvación sin tenerla todavía, como Simón quien a pesar de haberla tenido, después la perdió (Hechos 8.20—21). El andar por fe supone dos características esenciales: En primer lugar, significa que se confía en la capacidad de Jesús para salvarnos (Efesios 2.8—9), y en segundo lugar, incluye el esfuerzo sincero por obedecer a la voluntad de Cristo (Hebreos 5.8—9). La persona redimida ha sido librada de la potestad de las tinieblas, y ha sido trasladada «al reino [del] amado Hijo [de Dios], en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados» (Colosenses l..13b—14). Esto fue lo que Pablo dijo de los gentiles que habían llegado a ser cristianos: «Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo» (Efesios 2.13). Según lo expresado por Pedro, a todos los que están en Cristo, y que crecen en las virtudes cristianas, les será dada amplia y generosa entrada en el reino eterno de los cielos: Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección; porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás. Porque de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo (2ª Pedro 1.10—11). Jesús ilustró esta verdad de un modo inolvidable, por medio de una de sus parábolas (Mateo 20.1 —16). El dueño de una viña salió por la mañana a contratar obreros para su viña, luego contrató más obreros a las 9:00, a las 12:00, a las 3:00, y a las 5:00. ¡Al final de la jornada, le dio una misma paga a cada obrero! Parece injusto, ¿verdad que sí? Por lo general, ningún granjero les paga a sus obreros por igual cuando no han trabajado igual número de horas. El relato de Jesús no ilustra lo que hacemos en una granja hoy día, ni lo que se hacía en una granja en tiempos del primer siglo, sino lo que Dios hace en su reino de gracia. «Es plano el terreno que se encuentra al pie de la cruz». Ninguno que está en Cristo es más salvo que otros que también están en Cristo. Si usted está en Cristo, y confía en la capacidad de Jesús para salvarle, y está haciendo un genuino esfuerzo por obedecer a Su voluntad, usted será tan salvo como cualquier otro que está en Cristo. Todo mundo debe acercarse a Dios del mismo modo —a través del evangelio del favor no merecido. Todos los que han alcanzado la edad de la responsabilidad, son pecadores y necesitan ser salvos por la sangre de Cristo. Nadie puede jactarse de que sólo necesita un poco de salvación; ni nadie puede decir que sólo está parcialmente perdido y que otros están completamente perdidos. Es igual para todo mundo —todos los que se encuentran fuera de Cristo están totalmente perdidos, y todos los que se encuentran en Cristo están totalmente salvados. Nadie puede estar casi en Cristo, ni nadie puede estar casi fuera de El. Échele una mirada a esta verdad acerca de la salvación a través de los lentes de una analogía. Sólo a ocho personas se les permitió entrar en el arc de Noé. No obstante, una vez dentro del arca, todas las ocho personas estuvieron en una posición de seguridad. Ninguno estaba más seguro que los demás. Puede que Noé haya sido espiritualmente más maduro que los demás, pero todos estaban a salvo de sufrir daño alguno en el arca. Las muchedumbres de la tierra que estaban fuera del arca estaban destinadas a ser sepultadas por el agua. Un pasaje explícito sobre cómo se entra en el cuerpo espiritual de Cristo, es Gálatas 3.27: [...] porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos». Sólo piense: todo el que se acerque con fe a Dios y a Cristo, y es bautizado en Cristo, obtiene inmediatamente un completo perdón de parte de Dios. Entra en el ámbito de los redimidos, donde todos los ciudadanos han recibido remisión de pecados y vida eterna.
UN COMPLETO ABASTECIMIENTO Estar completos en Cristo significa, en cierto sentido, que tenemos un completo abastecimiento de bendiciones espirituales. Todos los suministros o recursos espirituales que necesitamos para nuestro peregrinaje hasta la Tierra de Promisión de gloria eterna, están disponibles para nosotros. La iglesia que estaba en Colosas estaba plagada de una especie de herejía (tal vez un incipiente gnosticismo) que minimizaba la posición de Cristo en el plan de salvación de Dios. Para derrotar y destruir la falsa enseñanza, Pablo les hizo a los colosenses una exposición a fondo de la supremacía de Cristo. Les dijo que en Cristo habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad (Colosenses 2.9). Es decir, que todo lo que Dios el Padre, Jesús ci Hijo y el Espíritu Santo, están procurando darnos de modo pleno y gratuito, ha sido finalmente proporcionado en Cristo. El es la fuente, la personificación la plena realización, la reunión de todas las riquezas espirituales que Dios anhela darnos. Se sigue, entonces, que estamos completos en Él (Colosenses 2.10), es decir, no tenemos necesidad de nada más. Pablo alabó a Dios por el carácter total de las bendiciones que hay en Cristo, en la doxología que escribió al comienzo de Efesios: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo» (Efesios 1.3). Pedro expresó palabras parecidas al comienzo de su segunda epístola: «Gracia y paz os sean multiplicadas, en el conocimiento de Dios y de nuestro Señor Jesús. Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, [...]» (2a Pedro 1.2—3). Pablo nos dijo dónde están las bendiciones espirituales, mientras que Pedro nos dijo cómo recibirlas. Pablo dijo que las bendiciones están en Cristo, y Pedro dijo que están disponibles mediante el conocimiento de Jesucristo. Sin embargo, ambos escritores coincidieron en hacer hincapié en la absoluta suficiencia de los regalos de Dios para nosotros. Piense en los submarinos, los «barcos que navegan bajo la superficie del agua». Tienen la capacidad de llevar tripulaciones a las profundidades de los océanos, lo cual hacen con seguridad y comodidad. Son «comunidades vivientes» que están debajo de la superficie del agua, y como tales, cuentan con un equipamiento completo de comedores, camas, facilidades de recreo, sistemas de comunicaciones y lo último en tecnología moderna para cualquier necesidad que se presente. Los peligros están al acecho en los vastos valles y macizos montes del fondo del mar; sin embargo un submarino se desplaza en medio de estos peligros sin sufrir daño alguno, lo cual hace no solamente proporcionándoles seguridad a sus pasajeros, sino también ¡permitiéndoles vivir una vida normal, mientras avanzan hacia su destino! ¡Es un contraste asombroso: Protección, vida y satisfacción, en medio de la muerte, el terror y las tinieblas! En una proporción infinitamente superior, nuestra vida en Cristo casi se podría describirse usando la misma imagen. En El no solamente somos libres de la muerte eterna, es decir, no solamente estamos a salvo de las consecuencias eternas del pecado (Romanos 8.1), sino que también tenemos disponibles los recursos espirituales necesarios para una nueva vida de superior calidad. El estar diariamente rodeados de la abundancia de generosidad de los cielos (Juan 10.10), constituye un vislumbre para que nos gocemos de antemano de las glorias que vendrán. Del mismo modo que un tripulante que se encontrara fuera del submarino, sería rápidamente destruido por los peligros del mar, un creyente que se salga de Cristo no tendría esperanza (Efesios 2.12). El submarino de salvación es el cuerpo de Cristo. En El estamos a salvo; fuera de El somos aplastados por el océano del pecado. Cristo es nuestra protección y abastecimiento, nuestra seguridad y sustentamiento. Si usted está fuera de Cristo, desde luego que se estará preguntando: «Cómo entra uno en Cristo?». Póngale mucha atención a la manera como Pablo describe nuestra introducción en el cuerpo de Cristo: «¿Ho no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?» (Romanos 6.3). Somos hechos parte del cuerpo de Cristo, cuando nuestra fe culmina en el bautismo en Su muerte, y permanecemos en El viviendo día a día en la fe que lleva a la obediencia.
UN COMPLETO POTENCIAL Estar completos en Cristo significa también que tenemos un completo potencial, un completo acceso a todo lo que Dios les proporciona a Sus hijos. Cuando uno está en Cristo, uno está en un lugar de oportunidades iguales para la espiritualidad y el crecimiento que se necesita para llegar a ser como Cristo. Cuando estamos fuera de Cristo, estamos excluidos de comunión con Dios por causa de nuestro pecado; en cambio, cuando estamos en Cristo no queda ningún vestigio de separación, pues nuestro antiguo pecado fue eliminado, y nuestro pecado actual está siendo eliminado por Su sangre. Así, «por medio de él», todo el que se encuentre en Cristo, sea gentil o sea judío, tiene «entrada por un mismo Espíritu al Padre» (Efesios 2.18). Esta libertad para entrar no es solamente una puerta abierta; es una puerta abierta con un rótulo sobre ella. Esto es lo que leemos: «[...] en quien tenemos seguridad y acceso con confianza por medio de la fe en él» (Efesios 3.12; énfasis nuestro). Es probable que usted haya oído el saludo de despedida que dice: «¡Ven a visitarnos!». Es una forma coloquial de decir: «¡Adiós!». No es en sí una invitación específica a venir a casa del que dijo las palabras. Podríamos decir que es una invitación a medias, sin verdadera intención, que no debe ser tomada en serio. La palabra de bienvenida que Dios nos da a nosotros no es una palabra expresada a la ligera, que carezca de significado profundo y genuino. No solamente nos ha invitado a tener comunión con El, sino que también procura tener comunión con nosotros con un anhelo indescriptible. Su corazón se extiende a nosotros con un amor que es más fuerte que la muerte. Gracias a nuestra libre entrada como hijos de Dios en el almacén espiritual de los cielos, todo cristiano puede decir juntamente con Juan: «Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios» (1ª Juan 3.la). La persona redimida en Cristo tiene la oportunidad de andar tan estrechamente ligada a Dios, a Cristo y al Espíritu Santo, como lo desee. El crecimiento de su comunión con Dios no se verá impedido por falta de oportunidad, ni por falta de admisión. Si no logramos acercamos a Dios, ello no será culpa de Dios, sino nuestra. Todos los que estamos en Cristo tenemos igual privilegio, y estamos igualmente habilitados para entrar libremente al Padre, hayamos estado en Cristo por diez años, un minuto o un mes. Pablo escribió: «Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gálatas 3.28). Estamos unidos en la verdad, la comunión, la cercanía a Dios y la salvación; por lo tanto, estamos verdaderamente en Cristo. Debemos recordar que privilegio no necesaria mente significa posesión, y el derecho de entrar no necesariamente significa que hemos entrado. Leí acerca de un hombre que estuvo haciendo planes de cruzar el Océano Atlántico para ir a ver a sus amigos. Se esforzó por obtener el dinero suficiente para el boleto de trasatlántico, ahorrando su dinero extra por un período de varios años, hasta que tuvo suficiente dinero para el viaje. Compró el boleto y emprendió el largo viaje. No sabiendo que las comidas estaban incluidas en el precio del boleto, incluyó en su equipaje algún queso y galletas. Había proyectado sobrevivir con aquellas provisiones por el tiempo que tomara el viaje. «Cualquiera puede soportar cualquier cosa por una o dos semanas», pensó. A mitad del viaje a través del Atlántico, alguien le informó incidentalmente de que ¡las comidas calientes servidas en el comedor, estaban incluidas en el precio del boleto que había pagado! Este hombre, por no entender bien las cosas, estuvo viviendo sin disfrutar de sus privilegios. Tenía el mismo derecho que todos los demás pasajeros de ir al comedor; pero no aprovechó aquello por lo cual había pagado. No había tomado posesión de sus posesiones; no se había apropiado de su potencial. Cuando los israelitas de la antigüedad se acercaban a la tierra de Canaán, ellos recibieron la promesa de Dios que decía: «Os daré la tierra» (Josué 1.2). Pronto llegó el feliz día, cuando cruzaron el Jordán y recibieron la posesión que Dios les había dado. Dios les dijo: «Os he dado la tierra, pero debéis entrar en posesión de ella» (Josué 1.11). La misma instrucción nos ha dado Dios en Cristo: «Os he dado entrada a todas Mis bendiciones. En Cristo están disponibles para vosotros todos los tesoros de sabiduría y conocimiento, la comunión íntima Conmigo y las victorias por medio de Mi fortaleza; pero vosotros debéis extender la mano y tomarlas. Os he dado la tierra, pero debéis entrar en posesión de ella». Los que están en el cuerpo espiritual de Cristo tienen un completo potencial. Tenemos la oportunidad de andar con Dios tan estrechamente como Pablo, Pedro y Juan lo hicieron. Las únicas barreras que nos impiden tener comunión con Dios son las que nos imponemos nosotros mismos: el pecado, la pereza, el egoísmo y el orgullo. Tenemos en nuestras manos la revelación completa de Dios para el hombre, la Biblia. Después de haber obedecido inicialmente a las Escrituras y habernos acercado a Cristo, podemos ahora crecer en nuestro conocimiento de Su voluntad para el resto de nuestras vidas. El Espíritu Santo mora dentro de nosotros, y tenemos el privilegio de la oración (Gálatas 4.6). Jamás agotaremos la acogida que Dios nos da; El jamás está demasiado ocupado como para no oír nuestras oraciones. El desea andar con nosotros diariamente; y pacientemente espera que reconozcamos el valor y el gozo de Su comunión. Podemos ofrecerle diariamente el culto que es aceptable para El, el sacrificio de adoración y de alabanza que le deleita y que llega a Su presencia como un dulce aroma. Por medio de Cristo, se nos ha dado el potencial para alcanzar toda la riqueza de Dios.
CONCLUSIÓN Cuán inexpresable gozo debería producirnos el saber que estamos completos en Cristo —que tenemos un completo perdón, un completo abastecimiento y un completo potencial. No podemos esta r en mejor posición que la que gozamos en Cristo; no podemos recibir más provisiones del Padre que las que podemos recibir en Cristo; no podemos tener mejor oportunidad para el crecimiento espiritual que la oportunidad que tenemos en Cristo. Hemos alcanzado la cima, lo supremo, el más grandioso de los bienes. Hemos alcanzado a Aquel en el que se han reunido todas las cosas. Por esta razón Pablo escribió: «[...] por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz» (Colosenses 1.19—20). ¿Cómo cree que sería si usted ganara la medalla de oro en la carrera de los 100 metros, y supiera que es el mejor del mundo en tal carrera? ¿Cómo sería si usted fuera el Presidente de los Estados Unidos y supiera que ocupa el más alto puesto de este país? ¿Cómo cree que sería si usted fuera la persona más rica del mundo, y tuviera consciencia de que nadie tiene más dinero que usted? ¿Estaría usted en el pináculo de su vida? ¿Serviría todo lo anterior para hacer completa su vida? Espero que no sea así. Para todo el que está en Cristo, no importa cuán humildes sean sus condiciones de vida, ni cuán desconocido sea para el resto del mundo, el lugar en el que está es de la más alta importancia desde el punto de vista de Dios. El ser medallista de oro, el ser presidente, o el ser la persona más rica del mundo, son todas posiciones inferiores a estar en Cristo. Como miembro de Su cuerpo espiritual, usted lo tiene todo. Tiene acceso a todo lo que Dios está procurando poner a disposición de todos en la era cristiana. Si usted está en Cristo, nadie estará más ricamente abastecido que usted: «[...] porque todo es vuestro: sea Pablo, sea Apolos, sea Cefas, sea el mundo, sea la vida, sea la muerte, sea lo presente, sea lo porvenir, todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios» (1ª Corintios 3.21b—23). Si usted no está en Cristo, nadie será más pobre que usted: «[...] sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajeno a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo» (Efesios 2.12). Oigamos la conclusión de todo el asunto: ¡Sin Cristo no tenemos nada de valor; con Él tenemos todo lo que realmente vale!
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