Un
nuevo acuerdo
(Lección
5)
“He
aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa
de Israel y con la casa de Juda’ (Jeremías 31.31). He
aquí vienen días, dice el Señor, en que estableceré con la casa de Israel y la
casa de Judá un nuevo pacto (Hebreos 8.8).
Los
cristianos deberían figurar entre los mejores ciudadanos de la nación (Romanos
13.1). Se distinguen por esperar que nuevas y mejores leyes sean promulgadas, y
por cumplirlas cuando entran en vigor. Si tales avances no se producen con la
debida rapidez, esperan con paciencia, ocupándose afanosamente de las
necesarias correcciones, a través de los canales apropiados. Cuando los cambios
no son satisfactorios, hacen sentir su pacífica protesta, y brindan su ayuda
para que un cambio más beneficioso se produzca; viviendo, mientras tanto, como
ciudadanos agradecidos y observantes de las leyes.
Asimismo,
el cristiano reconoce y acepta con gozo los cambios que Dios ha hecho en Sus
tratos con el hombre, recordando que tales cambios son perfectos y que tienen
como propósito el bienestar de Su economía espiritual y del mundo.
Por tal
razón, deberíamos aceptar con gozo el nuevo pacto que Dios nos ha propuesto. El
cambió Su ley, o pacto, con la muerte y resurrección de Cristo. Este cambio fue
anunciado cuando el evangelio fue predicado en toda su plenitud el día de
Pentecostés.
La
instauración del nuevo pacto de Dios fue planeada e incluso profetizada. No fue
el resultado de que Dios se diera a la tarea de probar diferentes métodos, y
así ver cuál le serviría para mejorar sus relaciones con el hombre; más bien,
fue parte de su compasivo plan para la salvación del mundo. El antiguo pacto
había sido establecido y utilizado para llevar a cabo los santos propósitos de
Dios, mientras llegaba el momento apropiado. Venido el cumplimiento del tiempo,
y siguiendo un diseño previamente trazado, este pacto fue reemplazado por uno
nuevo, el cual fue ratificado por la sangre de Jesús (Hebreos 8.7, 13).
Jeremías
anunció la venida de este nuevo acuerdo. En un tiempo cuando toda esperanza
parecía haberse desvanecido, Dios le dio a Judá la
visión de un día de bendición y esperanzas visión que fue dada a través de una
profecía de un mejor pacto que había de ser establecido con Su pueblo. Fue en
los momentos en que Jeremías contemplaba la desastrosa caída de Jerusalén y el
comienzo de la cautividad en Babilonia, que él escribió acerca del futuro que
Dios le había preparado a Su pueblo en términos de un nuevo pacto: He aquí que
vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel
y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con
sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque
ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová.
Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días,
dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a
ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. Y no enseñará más ninguno a su
prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me
conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová;
porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré
más de su pecado (Jeremías
31.31—34).
El
escritor de Hebreos se basó en la profecía de Jeremías
para establecer un contraste entre el antiguo pacto y el nuevo. Hebreos fue
escrito durante un tiempo de persecución, un tiempo cuando los cristianos
débiles se sentían tentados a deshacer su compromiso con el cristianismo y a
volver al judaísmo. El escritor procuró alentar a estos desanimados,
desmoralizados y desencantados cristianos, dándoles una renovada visión del
nuevo y mejor acuerdo que Dios había establecido con Su pueblo (Hebreos
8.8—12).
La
iglesia fue el resultado de este nuevo pacto que Dios hizo. Por lo tanto, una
mirada a la descripción que hace Jeremías de este nuevo pacto, mis dará otra
visión de la naturaleza de la iglesia.
UNA NUEVA
FIDELIDAD
Uno de
los más marcados contrastes entre el antiguo pacto y el nuevo, según la
profecía de Jeremías, se da en la importancia que se le concede al corazón del
creyente en el plan de Dios. Dios dijo:
«Pondré
mis leyes en la mente de ellos, y sobre su corazón las escribiré; [...] y ellos
me serán a mi por pueblo» (Hebreos 8.10b). Dios inspira, en su nuevo acuerdo,
una nueva fidelidad en cada cristiano. La iglesia es pueblo de Dios; pueblo que
se caracteriza por tener un «corazón nuevo».
Los que
entraban en el antiguo pacto lo hacían por medio del nacimiento físico. Eran
israelitas por descendencia familiar; no por decisión espiritual. En
consecuencia, todo niño judío necesitaba que se le enseñara acerca de su
relación con Dios. Aunque el niño judío entraba en un pacto especial con Dios
al nacer, él no lo sabía ni lo entendía así, sino hasta que sus padres le
enseñaran correctamente sobre ello. A los hijos no sólo se les enseñaba quiénes
eran ellos, sino que también un continuo programa de enseñanza se mantenía
vigente para todos los israelitas, con el fin de recordarles su identidad y
obligaciones para con Jehová Dios, el cual los había elegido para que fueran Su
nación escogida.
Al nuevo
pacto, por el contrario, se entra por medio de un nacimiento espiritual, el
cual incluye aceptación de la voluntad de Dios y una respuesta de fe
caracterizada por la obediencia a El. El nuevo nacimiento no puede tener lugar
mientras no se tenga un conocimiento de Dios, y no se haya tomado una decisión
consciente de entrar en Su reino espiritual (Juan 6.44—45). Todos los que se
encuentran dentro del reino de Dios, han oído el mensaje de salvación (Romanos
10.17), han recibido y aceptado ese mensaje (Hechos 2.41), y han elegido actuar
de modo consecuente con ese mensaje mediante la fe y La obediencia (Hechos
2.40).
Para
entender qué significa que una ley se escriba en el corazón, piense en la madre
de un preescolar. Imagínesela que conduce su automóvil por una calle de mucho
tráfico, la cual pasa frente a la escuela de su hijo, y que mira la señal que
dice: «Despacio —niños jugando». ¿Qué hace esta madre? ¿Acaso ignora la señal y
sigue conduciendo a velocidad temeraria? ¿Se queja de la incomodidad que le
causa la señal? Nada de lo anterior. Más bien, prudentemente disminuye la
velocidad de su vehículo hasta cumplir con el límite de velocidad máxima
permitida. La madre sabe que su hijo, el encanto de su corazón, está jugando en
el parque de juegos de la escuela, y que la ley es para protección de niños
como el de ella. En realidad ni siquiera necesita una ley que le ordene
conducir a baja velocidad. Desea lo mejor para su hijo y para todos los demás
niños. Sabe cuán precioso es su hijo para ella, y que los demás niños son
igualmente preciosos para sus progenitores. Esta madre está, de hecho, muy
agradecida por esa señal que obliga al tráfico vehicular a disminuir la
velocidad. Si alguna señal p1ra regular el tráfico hiciera falta cerca de la
escuela, encabezaría una campaña para insistir en que tal 8eñal se pusiera
inmediatamente. La ley que dice: «Despacio —niños jugando», está escrita en el corazón
de la madre en razón del amor que le profesa a su hijo, y de su compromiso con
el cuidado de éste.
Las
leyes de Dios están escritas en el corazón de los cristianos. Somos impulsados
a hacer su voluntad por el poder motivante de la fe y
el amor (1ª Juan 5.3). Su mensaje
engendró en nosotros la confianza y la obediencia en nuestros corazones; llenos
de fe respondimos al mensaje llegando a ser Sus hijos. Mantenemos vivos los
corazones nuevos que se nos han dado, por medio de estar continuamente
alimentándonos de Su palabra, mediante la meditación en Su amor y gracia, a
través del cuidado de que nuestros corazones se mantengan receptivos a Su
voluntad y por el hecho de andar diariamente junto con El.
UN NUEVO PERDÓN
Otro
contraste que se observa entre los dos pactos, es el que se da en el perdón que Dios concede. Esto es lo que Dios dijo de
los que entraran en Su nuevo pacto: «Porque seré propicio a sus injusticias, y
nunca más me acordaré de sus pecados y de sus transgresiones» (Hebreos 8.12).
Podríamos llamarle a este aspecto del nuevo pacto «un nuevo perdón». La iglesia
es un pueblo que ha recibido una verdadera limpieza de pecado de parte de Dios.
En el
antiguo pacto, Dios estipuló de modo prospectivo, lo que debía hacerse con el
pecado de Su pueblo. Bajo la ley mosaica, el pecado era expiado por medio de
sacrificios de animales que se ofrecían cada año en el gran día de la expiación
(Levítico 16). Lo que la ley de Moisés estipulaba, fue suficiente para el
tiempo anterior a la venida de Cristo, y a Su muerte por el pecado, la cual
ocurrió una sola vez y para siempre (Hebreos 9.15). No podían contar con una
verdadera expiación (excepto la que tenía en perspectiva), mientras Jesús no
muriera en la cruz para hacer realidad el perdón total.
Ahora,
bajo el nuevo pacto, está disponible un perdón pleno. El sacrificio perfecto
para quitar el pecado ha sido llevado a cabo por Jesús. Como sumo sacerdote que
El es de nosotros, ha entrado en los cielos, donde se sienta a la diestra de
Dios, para interceder por nosotros cuando pedimos el perdón por nuestros
pecados (1ª Juan 2.1). El perdón ha sido
dado para que lo disfrutemos como una realidad presente; no es un perdón
prospectivo que dependa de un sacrificio de expiación que se ofrecerá algún día
en el futuro. En Cristo hemos sido «justificados gratuitamente por Su gracia,
mediante la redención que es en Cristo Jesús» (Romanos 3.24).
Nuestra
relación con Dios bajo el nuevo
pacto, es más íntima y personal
que la que tendríamos si
estuviéramos
bajo el antiguo pacto.
Imagínese
que usted ha incurrido en una asfixiante deuda. La deuda ha llegado a ser tan
grande que lo único que puede hacer es pagar los intereses de ella por el resto
de su vida. Cuando finalmente muera, morirá en desgracia para con sus
acreedores, porque les deberá la mayor parte del monto. Esta deuda le arrebata
la alegría de su vida; en lugar de ser un hermoso sueño, la vida es una
insoportable pesadilla.
Luego,
suponga que un multimillonario viene al rescate y le dice: «Pagaré los
intereses sobre su deuda cada año, y así gozarás de buen crédito con tus
acreedores. También, cuando mueras, ¡pagaré el principal de la deuda!». Esto es
buenas nuevas, pero usted todavía tendrá que vivir el resto de su vida
endeudado. No estará libre de deuda, sino hasta que muera.
Ahora,
suponga que otro multimillonario se le acerca y le dice que le pagará la
totalidad de la deuda. Le dice: «Pagaré tu deuda completamente, para que estés
libre de deudas de ahora en adelante!». ¿No es esto la
mejor de todas las buenas nuevas? El primer benefactor concedió un perdón
prospectivo, pero el segundo le concedió un perdón real; le concede una nueva
vida que da comienzo hoy mismo.
En
Cristo vivimos como un pueblo justificado. Hemos sido limpios de los pecados
del pasado (Romanos 3.24), y somos continuamente limpios de los pecados que
cometemos a diario (1ª Juan 1.7). A través del perdón del nuevo pacto, se nos
libera perpetuamente de deudas. 1Esta bendición por sí sola, debería poner un
continuo cántico de alegría en nuestros corazones! Nuestra
gratitud debería también hacer que nos entregáramos al incesante servicio en la
obra de nuestro Redentor.
UNA NUEVA
COMUNIÓN
Un
tercer contraste que se da entre los dos pactos, reside en la nueva relación,
la nueva comunión, que se establece entre Dios y los que entran en el nuevo
pacto. Dios dijo: «Y ninguno enseñará a su prójimo, ni ninguno a su hermano,
diciendo: Conoce al Señor; porque todos me conocerán, desde el menor hasta el
mayor de ellos» (Hebreos 8.11).
Nuestra
relación con Dios bajo el nuevo pacto, es más íntima y personal que la que
tendríamos si estuviéramos bajo el antiguo pacto. La iglesia e morada de Dios.
El nuevo
nacimiento nos introduce en una nueva comunión espiritual. Todos y cada uno de
los que forman parte del nuevo pacto, han elegido entrar en éste mediante un
nacimiento espiritual en la familia de Dios (Juan 3.5). Así, toda persona que
se encuentra en el nuevo pacto sostiene una relación Padre-hijo con Dios (Gálatas 4.6—7). Cuando Jesús ponía el fundamento para este
nuevo pacto, El les enseñó a sus discípulos a orar así: «Padre nuestro que
estás en los cielos, [...]» (Mateo 6.9). El nuevo pacto, como todos, tiene sus
reglas; pero éste se distingue por tener como núcleo suyo una relación íntima,
personal, con Dios.
Se
cuenta de una mujer que leyó un libro y le pareció aburrido —una pérdida de
tiempo. Más adelante, conoció a un hombre, cuyo nombre era el mismo del autor
del libro. Al comienzo, no se dio cuenta de la semejanza en los nombres; pero
al intimar entre ellos y enamorarse el uno del otro, ella por fin le dijo: «Una
vez leí un libro escrito por un autor, cuyo nombre es el mismo tuyo. ¿Estás
relacionado con ese autor?». El le respondió: «Sí, yo soy ese autor. Yo escribí
ese libro». Tan pronto como pudo, volvió a leer el libro; esta vez le pareció
el libro más interesante que jamás hubiera leído! ¿Qué
fue lo que produjo el cambio entre la primera y segunda lectura del libro? La
respuesta se encuentra en la palabra «relación». A la primera Lectura, ella
sólo tenía una relación con el libro; a la segunda, tenía una relación con el
autor del libro. Is1a relación con el autor le cambió su perspectiva y le
intensificó su interés!
El antiguo
pacto se parece más a la primera lectura de aquel libro; mientras que el nuevo
pacto, a la segunda lectura. Bajo el nuevo pacto tenemos una relación íntima
con Dios. El es nuestro padre celestial, y nosotros somos Sus hijos (Romanos
8.17). Dios y Su Hijo son nuestros compañeros de todos los días (1ª Juan 1.3). Somos morada del Espíritu Santo (1ª
Corintios 6.19). Le oramos a Dios,
seguimos Su palabra, y hacemos Su obra por el puro placer que nos produce el
tener una relación con Dios, Su Hijo y el Espíritu Santo.
CONCLUSIÓN
La
iglesia fue creada mediante el nuevo pacto. Es natural, entonces, que a la
iglesia se la mire como un cuerpo de personas que tienen un corazón nuevo, una
nueva fidelidad, un nuevo perdón y una nueva relación y comunión con Dios. Por
el hecho de haber nacido espiritualmente en la familia de Dios, tenemos Sus
leyes escritas en nuestros corazones. Procuramos hacer Su voluntad por una fe
que obra por el amor (Gálatas 5.6). Somos un pueblo
que ha recibido un verdadero perdón, nuestra deuda de pecado ha sido «cancelada
en su totalidad». Dios ha llegado a ser nuestro Padre celestial, y Jesús,
nuestro Hermano mayor. Somos morada del Espíritu del Dios viviente (Gálatas 4.6).
El nuevo
pacto tiene una aplicación universal, pues Jesús dijo: «Id
por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y
fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere será condenado» (Marcos
16.15—16). Todo aquel que acepte el mensaje de salvación de Dios y responda a
tal mensaje con fe y obediencia, puede entrar en este nuevo pacto y vivir con
Dios y con Cristo, formando parte de su familia o iglesia. Tal persona llegará
a ser parte del pacto y recibirá todas las bendiciones de éste.
Síguese que este acuerdo con Dios es el
más importante de todos los que cualquier ser humano jamás haya hecho. Es el
más sublime y noble uso que alguien puede hacer de su mente. Por decisión
moral, de su libre albedrío, tal persona entra en un pacto perpetuo con el Dios
eterno. La mayoría de nuestros acuerdos son temporales; solamente duran lo
suficiente para cumplir con las condiciones; este acuerdo con Dios produce
cambios que duran toda una vida y perdura eternamente.
La
misión de nuestras vidas es entender el pacto de Dios, entrar en ese pacto y
cumplir con nuestra parte de él, mientras llegamos al final de nuestro
peregrinaje terrenal. ¿Ya aceptó usted entrar en el nuevo pacto de Dios?
PREGUNTAS PARA
ESTUDIO Y ANÁLISIS