Una
hermandad universal
(Lección
4)
Y
con esto concuerdan las palabras de los profetas, como está escrito: [...] Para
que el resto de los hombres bus que al Señor, y todos los gentiles, sobre los
cuales es invocado mi nombre, dice el Señor, que hace conocer todo esto desde
tiempos antiguos (Hechos 15.15—18).
Dos
niños de ocho años de edad comenzaron a golpearse el uno al otro en un lugar
público. Sus avergonzadas madres los separaron y les exigieron una explicación:
«Basta, ¿quién dio comienzo a esta pelea?». Uno de los niños, en medio de
sollozos, explicó: «¡Todo comenzó cuando él me
devolvió el golpe!». Parece que es un niño de ocho años el que está hablando,
¿verdad que sí?
No
obstante, lo que verdaderamente debe preocupar en un conflicto, no es quién lo
comenzó, sino si puede ser resuelto sin que persistan mayores hostilidades.
Todos sabemos que cuando un conflicto se maneja con deficiencia o se pasa por
alto, puede resultar en una prolongada desavenencia entre dos amigos cercanos.
Según
Hechos 15, la iglesia primitiva experimentó un conflicto doctrinal que degeneró
en una crisis, la cual puso en peligro la comunión. Ciertos hombres habían
venido de Judea y estaban enseñando que los varones cristianos gentiles debían
circuncidarse en obediencia a la ley de Moisés, o, de lo contrario, no serían
considerados cristianos auténticos y no podrían ser salvos (verso 1).
Estos
maestros de Judea le habían añadido otro paso al plan
de salvación para los gentiles: la circuncisión. Su manera de ver el
cristianismo era totalmente contraria al mensaje inspirado que Pablo y Bernabé
habían estado predicando en el desempeño de su ministerio. Por esta razón,
Pablo y Bernabé tuvieron que confrontar a estos maestros equivocados de Judea,
sosteniendo un prolongado debate con ellos (verso 2).
El
desacuerdo doctrinal no fue resuelto, y surgió una división que pudo haber
afectado el futuro del cristianismo. Alarmados por la dificultad, los hermanos
que estaban en Antioquía decidieron enviar a Pablo, a Bernabé y a otros hermanos
a Jerusalén, para consultar con los demás apóstoles y ancianos sobre este
asunto doctrinal.
Pablo,
por ser apóstol inspirado, era conocedor de la verdad de Dios acerca de la
salvación de los gentiles, y esa verdad era la que había estado predicando. No obstante,
buscando preservar la unidad de la iglesia, fue a Jerusalén para que varios
hermanos inspirados pudieran reunirse con el propósito de mostrar lo que Dios
había revelado sobre este asunto. Una asamblea especial tuvo lugar en
Jerusalén, donde esta cuestión fue tratada por los apóstoles y ancianos de la
iglesia.
En la
reunión, Pedro se puso en pie y afirmó que Dios no hacía distinción entre
judíos y gentiles. El milagroso derramamiento del Espíritu Santo sobre la
familia de Cornelio (Hechos 1O.44—48), le había enseñado a Pedro que Dios
salvaría a los gentiles, del mismo modo que a los judíos (Hechos 15.7—11).
Pablo y Bernabé también hablaron, y contaron cómo Dios había salvado a los
gentiles durante el desempeño de su ministerio de predicación, por medio del
mismo evangelio que se le predicaba a los judíos
(Hechos 15.12). Por último, Jacobo resumió los discursos que se habían dado, y
sacó una conclusión que representaba lo que, sobre este tema, Dios les había
revelado a los diferentes hombres inspirados (Hechos 15.13—2 1). Su
razonamiento fue este: Dios les abrió la puerta a los gentiles para que entren
en el reino de Dios en un mismo pie de igualdad con los judíos, salvando a
ambos por medio del mismo plan.
Para
sustentar su punto de vista acerca de la hermandad universal de la iglesia,
Jacobo citó de Amós 9.11—12, un anuncio profético de la intención de Dios de
incluir a los gentiles: Después de esto volveré y reedificaré el tabernáculo de
David, que está caído; y repararé sus ruinas, ylo volveré a levantar, para que
el resto de los hombres busque al Señor, y todos los gentiles, sobre los cuales
es invocado mi nombre, dice el Señor, que hace conocer todo esto desde tiempos
antiguos (Hechos 15.16—18).
Jacobo
dijo que las palabras que habían sido dichas por Pedro en medio de ellos,
concordaban plenamente con lo dicho por los profetas veterotestamentarios; y
pasó a citar esta profecía tomada de Amós, en la que se menciona a los
gentiles. Aquel día histórico de Pentecostés, en el que la iglesia fue establecida,
Pedro señaló el derramamiento del Espíritu Santo, diciendo: «Esto es lo dicho
por el profeta Joel» (Hechos 2.16). Jacobo dijo: «Y con esto concuerdan las
palabras de los profetas, como está escrito» (Hechos 15.15). Cuando un hombre
inspirado considera un evento, circunstancia o acción que se le presenta, y
luego apunta a la profecía contenida en el Antiguo Testamento, diciendo: «Esto
es lo que los profetas anunciaron», podemos entender, sin temor a equivocarnos1
que se trata del cumplimiento de la profecía.
La
profecía de Amós anunciaba la hermandad global de la iglesia. Se refería a un
tiempo cuando judíos y gentiles entrarían en el cuerpo de Cristo, y morarían
juntos en total ausencia de tirantez, y en una unidad en la que reinaría la
paz. Cuando Pedro le predicó a Cornelio y a su familia, y Pablo, a los demás
gentiles, esta profecía se hizo realidad. Por medio del evangelio, los gentiles
estaban llegando a formar parte de la familia del reino de Dios. Los judíos y
los gentiles, dos naciones distintas, estaban llegando a ser una sola nación
espiritual, la iglesia. Los gentiles no estaban siendo convertidos en judíos ni
los judíos en gentiles; ambos, judíos y gentiles, se estaban convirtiendo en
cristianos, el «sacerdocio santo» de Dios (i Pedro 2.5). Judíos y gentiles
estaban siendo salvos por medio de un solo método —por la gracia a través de la
fe que lleva a la obediencia; y estaban llegando a ser un mismo pueblo —los
hijos de Dios. Ningún rango se les reconocía a los que estaban siendo salvos por
la gracia. Ninguno era mayor que otro, a pesar de sus diferencias en cuanto a
nacionalidad, edad o cultura; ninguno era menos que los demás.
Consideremos
las repercusiones del cumplimiento de esta profecía, que apuntan a las
dimensiones de la comunión cristiana. ¿Qué características tiene esta unidad?
¿Cuán significativa es? ¿Cuán abarcadora es?
PROFUNDIZA HASTA
ABARCAR TODOS LOS PECADOS
Lo
primero que observamos es el profundo dinamismo de la hermandad de la iglesia.
Es una unidad que únicamente se puede producir en razón de que la preciosa
sangre de Jesús profundiza hasta abarcar todos los pecados. No hay pecador que
escape a sus efectos si expone su vida a la gracia de Dios.
En vista
de que esta reconciliación es creada por la sangre de Cristo, ella se
caracteriza por una profundidad que es proporcional a la eficacia de ésta. Su
sangre puede limpiar cualquier pecado, sin importar de qué índole sea, y todos
los pecados, sin importar su número, y hacerlo completamente y para siempre.
Por lo tanto, la única barrera que nos puede privar de esta comunión es la
impenitencia. Era de la poderosa sangre purificadora de Jesús,
que Zacarías estaba hablando cuando,
usando la figura del manantial purificador, anunció: «En aquel tiempo habrá un
manantial abierto para casa de David y para los habitantes de Jerusalén, para
la purificación del pecado y de la inmundicia» (Zacarías 13.1).
Después
de mencionar a los fornicarios, a los idólatras, a los adúlteros, a los
afeminados, a los que se echan con varones, a los ladrones, a los avaros, a los
borrachos, a los maldicientes y a los estafadores, Pablo animó a los corintios,
diciéndoles: «Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido
santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por
el Espíritu de nuestro Dios» (1ª
Corintios 6.9—11). Este versículo contiene una maravillosa verdad, la
gran verdad del evangelio: Cuando los pecadores vienen a Cristo, ellos son
lavados (purificados), santificados (puestos aparte para uso sagrado) y justificados
(absueltos de culpa).
Échele
nuevamente una mirada a la lista de Pablo y tome nota, especialmente, de que
tales pecados, con todo y la vileza que los caracteriza, no privaron de la
comunión de la iglesia a los corintios convertidos. Cuando éstos se acercaron a
Dios, llenos de la fe que lleva a la obediencia, El los lavó de esos pecados
con la sangre de Su Hijo, los justificó, y los puso dentro del cuerpo de
Cristo, haciéndolos iguales a todos los demás que se encontraban dentro de ese
cuerpo. Es obvio que algunos pecados tienen una influencia más dañina que
otros; sin embargo cualquier pecado puede ser perdonado, cuando uno responde a
Dios con arrepentimiento sincero.
Hay un
momento cuando el que es adúltero deja de serlo y asimismo el que es ladrón
deja de serlo. Preguntará usted: «Cuándo?». En el
momento en que Dios lo perdona. Pablo escribió: «De modo que si alguno está en
Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas
nuevas»
(2ª Corintios 5.17). Tan glorioso es el Cristo del
evangelio que, en el momento de responder a El, El desecha nuestras antiguas
vidas y nos viste de la nueva vida, y nos lleva a la esfera celestial de las
bendiciones espirituales y el compañerismo divino.
No hay
nada que se compare con llegar a ser una nueva persona en Jesús. No importa lo
que una persona haya sido, hecho, dicho o pensado, Dios lo lava en la sangre
del cordero del sacrificio, comienza el proceso de renovación conforme a la
imagen de Cristo, y le da una nueva vida en Cristo. Así, el único en quien
verdaderamente se puede «volver a comenzar», es en Cristo Jesús.
Recordemos
la profundidad de la vida de la iglesia. Cuando alguien viene a Cristo, por
medio de la obediencia al evangelio, y es lavado en la sangre, llega a ser hermano
de los que fielmente permanecen en Cristo. Cuando uno es lavado, ninguna mancha
queda; uno es objeto de una completa purificación por la gracia de Dios. Nadie
entra a medias al cuerpo de Cristo. O
se está en Cristo, o se está fuera de Cristo. A nadie se le extiende una
fracción de comunión, ni es purificado un quinto, ni es llevado a Cristo por
partes. Nadie es salvo por etapas. Puede que a alguien se le enseñe por etapas;
pero cuando tal persona entra en Cristo lo hace, dando un solo paso: Su bautismo
en Cristo (Gálatas 3.27). Una persona entra entera en el cuerpo de Cristo, y
adopta la misma posición que tienen todos los demás miembros del reino de
Cristo —es completamente justificado y salvado. Por lo tanto, los cristianos
deben reconocerse como iguales unos y otros, y tratarse unos a otros como
hermanos y hermanas en la familia de Dios.
SE ENSANCHA PARA
DAR CABIDA A TODOS
Consideraremos
ahora la maravillosa amplitud de la iglesia. La familia de Dios puede
ensancharse para dar cabida a la familia humana en su totalidad. A nadie se le
impide entrar en esta familia por razón de su raza, procedencia o cultura. En
Hechos 15.16— 18, Jacobo citó Amós 9.10—11, para probar que la intención de
Dios, de ofrecer salvación a judíos y a gentiles, fue anunciada en la profecía
y cumplida por la enseñanza apostólica.
Esencialmente,
sólo había dos razas en el mundo neotestamentario: los judíos y los gentiles.
Si alguien no era judío, era gentil. Por lo tanto, las pruebas que se dieron,
de la manera como Dios les había abierto la puerta a los judíos y a los
gentiles por igual, en realidad constituyeron pruebas de que Dios le había dado
la oportunidad a todo el mundo —a todas las razas— de entrar en Su reino.
Cuando
el Espíritu Santo dio a conocer por medio de Pedro el camino de la salvación el
día de Pentecostés, El dejó entrever que un día se le ofrecería el evangelio a
todas las naciones; aunque, tal vez Pedro no entendía claramente lo que el
Espíritu le estaba haciendo decir.
Esto fue
lo que dijo: «Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para
todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare» (Hechos
2.39). La frase «para todos los que están lejos», se refiere sin duda alguna al
mundo gentil. No obstante, más adelante, fue necesario que Dios hiciera llegar
una directriz a través de cinco comunicados, para hacer que Pedro fuera a la
casa de Cornelio a predicarles el evangelio a los gentiles: 1) Le dio a
Cornelio una visión (Hechos 10.3—6); 2) Le dio a Pedro una visión (Hechos 10.9—16);
3) Instruyó a Pedro a través del Espíritu Santo, en el sentido de que fuera con
los hombres que habían venido a buscarlo (Hechos 10.19—20); 4) Cornelio le hizo
a Pedro un relato de la visión que había recibido (Hechos 10.30—33); y 5) Dios
derramó el Espíritu Santo sobre la casa de Cornelio, del mismo modo que lo hizo
sobre los apóstoles el día de Pentecostés (Hechos 10.44—45). La última señal,
la del derramamiento del Espíritu Santo sobre Cornelio y su familia, fue el
factor decisivo para Pedro. De inmediato dio una respuesta favorable y
terminante: ¿Puede acaso alguno impedir el agua, para que no sean bautizados
estos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros? (Hechos 10.47).
Resultaba
obvio para Pedro, que ya había llegado el día cuando a los gentiles se les
ofrecía la oportunidad de ser salvos, en los mismos términos que los judíos lo
eran.
Jesús le
había hecho la siguiente promesa a Pedro, el día que confesó a Jesús como el
Cristo, el Hijo del Dios viviente: «Y a ti te daré las llaves del reino de los
cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo
que desatares en la tierra será desatado en los cielos» (Mateo 16.19). En
cumplimiento de esta promesa hecha a Pedro, se le concedió a éste el privilegio
de anunciar los términos de entrada en el reino a los judíos el día de
Pentecostés (Hechos 2.37—39), y el mismo privilegio le fue dado de anunciar el
camino de salvación a Cornelio y a los de su casa (Hechos 10.34—43).
Cuando
llego a Hechos 10, en las clases de Biblia que enseño, a menudo pregunto si en
la clase tenemos algún estudiante de nacionalidad judía. Por lo general, nadie
levanta la mano. Entonces paso a decirles que debemos estar agradecidos por
Hechos 10, pues ese capítulo nos dice a todos los gentiles, que tenemos el
mismo derecho de los judíos, de ser salvos por medio de los términos fijados
por el evangelio. ¡Después de esto nos unimos en oración de acción de gracias a
Dios por Hechos 10!
Piense
en la maravillosa amplitud de la membresía de la iglesia. Imagínese las
naciones y razas del mundo. Considere los diferentes idiomas, costumbres y
culturas. Imagínese dónde viven todos los pueblos de la tierra y qué hacen.
Imagínese a los hombres —a los que son jóvenes y fuertes, y a los que son
viejos y minusválidos; imagínese a las mujeres —a las doncellas, a las casadas
jóvenes, a las de edad media y a las ancianas. Luego, ¡déle gracias a Dios de
que el evangelio es para todos — para todas las naciones, para todas las razas,
para todos los grupos étnicos, para todas las tribus, para todas las familias y
para todas las edades en las que se es responsable! Nadie está excluido. Es
como Pablo lo dijo: «Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay
varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gálatas 3.28).
SE ELEVA HASTA
ALCANZAR TODA BENDICIÓN ESPIRITUAL
Consideramos,
en tercer lugar, la altura celestial de la hermandad de la iglesia. Como
resultado de que la sangre de Jesús se extiende hacia arriba, los cristianos
tienen abierta la puerta que lleva a la abundancia de las riquezas celestiales.
A la nación cristiana conocida como la iglesia, no la componen unos pocos
privilegiados que son más bendecidos que los demás. El reino de Dios es un
lugar de igualdad de oportunidades. No se conocen en la iglesia divisiones
entre clase alta, media y baja. El sacerdocio real no tiene ciudadanos de
segunda clase ni sacerdotes de dudosa posición. Uno puede rehusar venir a
Cristo y perderse (Efesios 2.11—12); uno puede estar en Cristo y llegar a serle
infiel y perderse (2ª Pedro 2.21—22);
pero todo el que ha entrado en Cristo, y permanece fielmente en El, tiene todas
las cosas, y podemos decir de él: «[...] sea Pablo, sea Apolos, sea Cefas, sea
el mundo, sea la vida, sea la muerte, sea lo presente, sea lo porvenir, lodo es
vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios» (1ª Corintios 3.22—23).
Los
cristianos deben reconocerse unos
a otros como iguales, y tratarse
entre
sí como hermanos y hermanas de
la familia de Dios.
Todo el
que se encuentre en Cristo puede hacer suya la admiración con que Pablo expresó
esta doxología suya: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en
Cristo» (Efesios 1.3). También podemos decir, juntamente con Pablo, que en
Cristo estamos “completos” (Colosenses 2.10). A los que están en Cristo se les
puede decir: «Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia,
a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis
para toda buena obra» (2ª Corintios
9.8).
Se nos
han concedido todas las cosas que pertenecen a «la vida y a la piedad [...]
mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia» (2a
Pedro 1.3). Podemos acercarnos a Dios «en plena certidumbre de fe» (Hebreos
10.22), pues por medio de Cristo tenemos libre acceso «por un mismo Espíritu al
Padre». Tenemos una esperanza «segura y firme» (Hebreos 6.19).
Pertenecemos
a Jesús, y Jesús —en toda su gloria y gracia— nos pertenece a nosotros. Estamos
donde está Cristo, y lo que Cristo tiene es nuestro; pues somos coherederos con
Cristo (Romanos 8.17)
Es algo
parecido a si uno fuera el presidente o primer ministro de un país. Debido a lo
importante que sería uno para el país, tendría a disposición suya los alimentos
más exquisitos, los vestidos más apropiados, una guardia para su protección y
un palacio, en el cual establecería su centro de operaciones. En cierto
sentido, tendría los recursos del país a las órdenes suyas. Podría usted llamar
a todo el ejército del país para la protección de la ciudad donde viviera.
Debido a su posición, tendría autoridad suprema para acceder a privilegios y
provisiones, a los que un ciudadano común no podría acceder.
Del
mismo modo, en Cristo tenemos acceso a todas las riquezas, derechos y recursos
que le pertenecen al que es hijo de Dios. Por el hecho de vivir en Cristo, todo
lo que Dios les ha proporcionado a Sus hijos, se encuentra dentro de nuestro
alcance. Por supuesto, una cosa es tener la oportunidad de ser bendecido y
otra, aprovechar al máximo tal oportunidad. Los que estamos en Cristo tenemos
acceso total a los beneficios de estar en el reino; pero podría ser que (por
negligencia o ignorancia) no recibiéramos estas bendiciones espirituales. No
obstante, hay una maravillosa verdad que no se debe pasar por alto: Dios tiene
íntimos pero no favoritos. El que se encuentra en Cristo y, sin embargo, carece
en su vida de las abundantes bendiciones que Dios les da a los redimidos, ello
se deberá a que así lo ha elegido él; y no a que hubiese sido privado de una
oportunidad. La única persona que vive en pobreza espiritual estando en Cristo,
es la que no usa las avenidas de acceso que Dios le ha dado.
Piense
en las alturas celestiales a las que se eleva la comunidad de la iglesia. Es el
único lugar sobre esta tierra en el que Dios proporciona igualdad de
oportunidades. Reflexionemos sobre esta verdad y hagámosla realidad en nuestras
relaciones con los demás que se encuentran en el cuerpo de Cristo. Que jamás
vayamos a despreciar a otros cristianos causa de su pobreza, apariencia,
educación o nacionalidad. Jamás exaltemos a otro cristiano por causa de su
posición, poderes, privilegios o personalidad. Todos somos uno; vivamos unos
con otros, vivamos unos por otros (
CONCLUSIÓN
El
cuerpo de Cristo es una hermandad universal. Según Jacobo lo refiere en Hechos
15, esta clase de comunión fue profetizada en Amós 9.10—11. Vemos el cumplimiento
de ello en la predicación apostólica que llegó a los gentiles. Hay en ella un
dinamismo que profundiza hasta abarcar a todos los pecados. Gracias al poder de
la sangre de Cristo, ningún pecador tiene por qué ser excluido de ella.
Es
maravillosa la amplitud con que se ensancha para dar cabida a todas las
naciones y pueblos. Jesús murió por todos los seres humanos y le ha dado a cada
uno de ellos la oportunidad de ser salvo (Hebreos 2.9). Estas relaciones que se
tienen ahora con Dios y unos con otros, se caracterizan por las alturas
celestiales a las que ellas se elevan para alcanzar a toda cualidad de
abundante gracia en Cristo. ¡Las bendiciones espirituales abundan para los que
entren en Cristo y viven en El!
¿Puede
usted pensar en esfera de igualdad y enriquecimiento más atractiva que esta? El
mundo se la pasa hablando largamente sobre la paz; pero es poca la paz que hay
en el mundo. ¿Por qué? ¿No será porque no hemos sabido reconocer dónde se
encuentra la verdadera paz ni cómo es que ésta se produce? La verdadera paz —la
paz con Dios, con los demás y con nosotros mismos— se puede experimentar y
demostrar únicamente en la iglesia, el cuerpo de Cristo. Isaías, profetizando
unos setecientos años antes de Cristo, expresó lo siguiente acerca del reino
verdadero de paz:
Morará el lobo con
el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la
bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará. La vaca y la osa
pacerán, sus crías se echarán juntas; y el león como el buey comerá paja. Y el
niño de pecho jugará sobre la cueva del áspid, y el recién destetado extenderá
su mano sobre la caverna de la víbora. No harán mal ni dañarán en todo mi santo
monte; porque la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como las aguas
cubren el mar (Isaías 11.6—9).
Haciendo
uso de lenguaje altamente figurado, Isaías describió la gloriosa unidad que
sólo podría conocerse dentro del cuerpo de Cristo. Para Isaías, se trataba de
una profecía que se cumpliría cuando Cristo viniera y estableciera Su reino;
pero para nosotros se trata de una porción del manjar espiritual diario que
disfrutamos en Cristo. Continuamente presenciamos la transformación que, por
medio de Cristo, sufren algunos individuos con carácter de lobo hasta volverse
inofensivos como palomas, los cuales pueden así andar y trabajar junto con
otros cuya personalidad es de cordero.
En
Cristo somos creados un «nuevo hombre»; pues hemos sido reconciliados con Dios
y unos con otros por medio de la sangre de Cristo; y somos sustentados en esta
paz por medio de andar diariamente en luz (Efesios 2.15—18; 1ª Juan 1.7).
¿Forma
usted parte de la hermandad del cuerpo de Cristo? Si no es así, imagínese usted
la gran pérdida que le significa el no gozar de la gracia, las relaciones y los
generosos dones que hay en ella. «Porque por un solo Espíritu fuimos todos
bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a
todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu» (1ª Corintios 12.13).
No es
basta con formar parte de la hermandad del hombre. Necesitamos formar parte de
la familia de Dios.
PREGUNTAS
PARA ESTUDIO Y ANÁLISIS