«Las
iglesias de los santos»
(Lección 13)
[...]
pues Dios no es Dios de confusión, sino de paz [...] Como en todas las iglesias
de los santos,... (1ª Corintios 14.33)
A veces
usamos un nombre equivocado para referirnos a un objeto o acción y, por alguna
razón, el error jamás es corregido. Por el uso constante, la falacia se
convierte en hábito lingüístico, y nos quedamos fijos en el uso de una
expresión inexacta para referirnos a una realidad o concepto. Un ejemplo es lo
que le ocurrió a cierto hombre, el cual se vio involucrado en un accidente
automovilístico. No sufrió lesiones, pero su auto resultó severamente dañado, y
no estaba en condiciones de ser conducido para sacarlo de la escena. Un peatón
que pasaba, tratando de ayudar en medio de la crisis, le preguntó a la víctima
del accidente: «Le gustaría que le llamara al servicio de accidentes?». En tono desanimado, aquel hombre respondió: «No es el
servicio de accidentes lo que necesito. Ya el accidente ocurrió. ¡Lo que
necesito es una grúa de salvamento para sacar mi auto accidentado de aquí!».
Este hombre estaba en lo correcto, ¿verdad que sí? Le llamamos «servicio de
accidentes» a la grúa de salvamento.
En la
evolución de un idioma, a menudo una buena palabra se carga de un significado
que realmente no le corresponde. Este fenómeno nos recuerda que el aprendizaje
de un idioma no garantiza por sí solo que se va a producir una fluida
comunicación. En vista del peligro latente de caer en la confusión, es
importante estar alertas a los «accidentes lingüísticos» o «caprichos del
habla», tales como el llamar a las cosas por el nombre equivocado o el mal uso
de las palabras; y también es importante que tales anormalidades lingüísticas
no vayan a causar que entendamos mal alguna materia o asunto.
Teniendo
presentes las anteriores consideraciones acerca de las palabras confusas,
piense en la palabra «santo». Se encuentra en plural en la referencia general
que hace Pablo en 1ª Corintios 14.33, a
las iglesias: «[...] pues Dios no es Dios de
confusión, sino de paz [...] Como en todas las iglesias de los santos». La
designación «las iglesias de los santos» es interesante e informativa,
reveladora e intrigante, y nos da otro vislumbre de la
identidad del pueblo que constituye la iglesia. De acuerdo con este versículo,
no se podría considerar que se tenga un completo entendimiento del concepto de
iglesia, mientras a este concepto no se le incorpore el significado bíblico del
término «santo».
EL TÉRMINO ES
IDENTIFICADO
La
palabra «santo» ha sido usada en forma errónea para referirse a una persona que
tiene reputación de ser piadosa. A veces se oye decir: «¡Ese
hombre es un santo!». Es Como si la persona señalada se hubiera ganado el
derecho a ser llamado santo.
También
se ha usado exclusivamente para referirse a los que han muerto siendo fieles en
la prestación de un excelso servicio. Los que usan el término de este modo, no
lo aplican a nadie sino hasta que esa persona haya muerto, y haya sido reconocida
oficialmente como santo. Ninguna de las dos definiciones anteriores de la
palabra «santo» concuerda con el uso bíblico, inspirado, de la palabra.
Los
escritores del Nuevo Testamento usaron constantemente la palabra «santo» para
referirse sencillamente a «los que están en Cristo». Un ejemplo de este uso se
observa en la carta de Pablo a los Filipenses. Al inicio o saludo de la carta,
escribió: «Pablo y Timoteo, siervos de Jesucristo, a todos los santos en Cristo
Jesús que están en Filipos, con los obispos y
diáconos» (Filipenses 1.1). Al concluir la carta, dijo: «Saludad a todos los
santos en Cristo Jesús. Los hermanos que están conmigo os saludan. Todos los
santos os saludan, [...]» (Filipenses 4.21— 22). Pablo consideró santos a todos
los cristianos de la región desde la cual escribió, y vio como santos a todos
los cristianos de la ciudad a la cual dirigió su carta.
Inherente
a la palabra «santo», está la idea de uno que ha sido «puesto aparte para uso
sagrado» o «puesto aparte para Dios». El cristiano llega a ser santo por la
posición, en principio, en el momento de su conversión. Por medio del
evangelio, él es puesto aparte para servir en las cosas de Dios. Antes de
convertirse, pertenecía al diablo y al mundo, y estaba bajo el dominio de los
deseos egoístas; pero al convertirse, llega a ser una persona adquirida por Dios
(1ª Pedro 2.9).
Con
respecto a esto, a todos los cristianos se les presenta como santos en el Nuevo
Testamento. Nuestro Señor le dio instrucciones a Ananías
en el sentido de ir a Saulo y decirle lo que debía
hacer para ser salvo. Cuando Ananías respondió al
mandamiento, éste usó la designación de «santos» para referirse a los
cristianos que estaban en Jerusalén: «Señor, he oído de muchos acerca de este
hombre, cuántos males ha hecho a tus santos en Jerusalén» (Hechos 9.13). En el
informe que presenta Lucas acerca de los viajes misioneros de Pedro, él
describió con la etiqueta de «santos» a los seguidores de Cristo que estaban en
Lida: «Aconteció que Pedro, visitando a todos, vino
también a los santos que habitaban en Lida» (Hechos
9.32). En su epístola a los romanos, Pablo escribió acerca de la obra del
Espíritu Santo en las vidas de los cristianos, y en relación con esto describió
a todos los hijos de Dios como santos «Mas el que escudriña los corazones sabe
cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede
por los santos» (Romanos 8.27). El Espíritu Santo, dijo, intercede por todos
los santos, es decir, todos los hijos de Dios. No hay duda, estos pasajes
confirman que «santo» es un término neotestamentarjo,
el cual es equivalente a «cristiano», o a cualquier otra expresión descriptiva
de «los que están en Cristo».
Dos
derivados de la palabra «santo» son «santificar» y «santificación», los cuales
significan: «ser hechos santos». Pablo escribió: «Pero nosotros debemos dar
siempre gracias a Dios respecto a Vosotros, hermanos amados por el Señor, de
que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la
santificación por el Espíritu y la fe en la verdad, a lo cual os llamó mediante
nuestro evangelio, para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo» (2ª Tesalonjcenses 2.13—
14). El creyente es santificado por el Espíritu mediante la verdad, cuando él o
ella obedecer al evangelio y se acercan a Cristo (Juan 17.17; 1ª Pedro 1.l—2)
El
contexto que rodea a la frase «las iglesias de los santos» en 1ª Corintios 14.33, aclara un poco más, cómo el
Espíritu Santo ha usado la palabra «santos». La frase aparece al final de una
pormenorizada lista de instrucciones que Pablo le da a la iglesia de Corinto,
sobre el uso que debe dárseles a los dones del Espíritu Santo durante la
reunión de la iglesia. Atendiendo a la división por capítulos que se le ha dado
a
Estas
enseñanzas fueron dadas con el propósito especial de enseñarle a la iglesia
cómo se pueden tener cultos de adoración ordenados y llenos de paz. En vista de
que las asambleas de ellos se llegaron a caracterizar por la desorganización y
la confusión, Pablo buscó la manera de ponerle coto a la algarabía con una
exhortación sobre la necesidad de una conducta apropiada, espiritual. Su llamado
es bastante generalizado. Lo que dijo Pablo fue esencialmente esto: «La
influencia de Dios en todas Su iglesias deberá ser de paz, no de confusión». Su
amonestación se refiere a toda la iglesia «las iglesias de los santos», o
decir, como «las personas que Dios ha puesto aparte».
La
palabra «santos» se alterna con la palabra «iglesia» en los saludos de 1ª y 2ª
Corintios (1ª Corintios 1,2; 2ª Corintios 1.1), de Filemón
(versos 5), de Efesios (1.1), de Filipenses (1.1) y de Co1osense (1.2). Los cristianos que estaban en Corinto
estaban plagados de varios problemas y perversiones, tal como se señala en
estas cartas que Pablo les escribió; no obstante, Pablo se dirigió a ellos como
santos. Sus palabras de apertura para ellos reflejan la posición que tienen en
Cristo: «[...] a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en
Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar
invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro» (1ª Corintios 1.2). Se sigue, pues, que todo el
que está en Cristo es un santo, y que cualquier iglesia de Cristo verdadera, no
es más que un grupo de santos.
EL TÉRMINO ES
ILUSTRADO
La idea
que encierra la palabra «santo» les impone a las personas que así se les llama,
un compromiso «vivo». Hay dos figuras de la historia del Antiguo Testamento que
nos muestran cómo esta palabra nos obliga a una conducta digna de lo que ella
significa.
Dios y la nación de
Israel
La
palabra tiene como trasfondo un concepto veterotestamentario
que se aprecia especialmente en la relación de Dios con la nación de Israel. La
esencia del Antiguo Testamento es la selección que hace Dios de un pueblo para
que sea Su propia nación, y por medio de ella llevar a cabo sus propósitos
redentores. Escogió a Abraham y le prometió que lo haría padre de muchedumbre
de gentes (Génesis 15.5). El cumplimiento de esta promesa se manifiesta en
Isaac y el hijo de éste, Jacob. Cuando Jacob y su familia llegaron a constituir
un clan de cierto tamaño, de unas setenta y cinco personas, ellos emigraron a
Egipto, donde, con el tiempo, llegaron a ser esclavizados por un faraón
tiránico. Cuando hubieron pasado varios cientos de años de esclavitud, tal como
se consigna en los capítulos de apertura del libro de Exodo,
los setenta y cinco israelitas que originalmente descendieron, se habían
convertido en una nación, cuyo tamaño se ha estimado en unos dos millones y
medio de personas. Los descendientes de Abraham fueron bendecidos por Dios en
cuanto al crecimiento numérico en un grado tal, que su rápido aumento hasta
convertirse en una nación tan grande durante los años de esclavitud, todavía calificado
por los eruditos, en un grado no menos que extraordinario. Dios, por medio de
Moisés, los sacó del fuego de la aflicción, y los llevó al monte de Dios, al Sinaí, desde el cual les dijo: «Ahora, pues, si diereis
oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre
todos los pueblos, porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino
de sacerdotes, y gente santa. Estas son palabras que dirás a los hijos de
Israel» (Exoduo19.5—6).
Desde
luego que Israel no siempre se comportó como nación santa de Dios; no obstante,
ellos eran, por posición, el pueblo «puesto aparte» de Dios. En la práctica,
Dios no los excusó del pecado y la rebelión de ellos, cuando no se comportaron
como Su pueblo. Jamás lo hace. Jamás pasará por alto el pecado de Sus hijos ni
de nadie más. Cada uno dará cuenta de su vida delante de Dios, esté o no esté dentro
del pacto de Dios (2ª Corintios 5.10).
Sin embargo, de entre todos los pueblos de la tierra, el de Israel era
considerado divinamente el pueblo de Dios. En cierto sentido eran santos, una
nación santa.
Dios y el
sacerdocio levítico
La idea
que se da a entender por «santo», puede también observarse en el sacerdocio de
la economía mosaica. La organización del sacerdocio veterotestamentario
sucedió en tres períodos. La primera etapa bien podría llamarse la etapa de
redención. Los primogénitos que Dios «pasó por alto» la noche que Israel salió
de Egipto, le fueron consagrados como Sus siervos especiales (Exodo 13.11—15; Números 3.13). Eran santos para Dios.
La
segunda etapa es la etapa de sustitución. La tribu de Leví
fue escogida como sustituta de los primogénitos y para servicio a Dios, como
una recompensa por su fiel devoción durante el episodio del becerro de oro (Exodo 32.25—29). Esta tribu sustituyó inicialmente a los
primogénitos que salieron de Egipto; sin embargo todos los primogénitos que en
el futuro nacieran, debían ser redimidos por medio de la ofrenda que hicieran
sus padres, de cinco siclos de plata al tesoro del templo, y de un sacrificio
apropiado.
Luego
vino la etapa de selección. La familia de Amram de la
tribu de Leví fue seleccionada por Dios como la familia
de los sacerdotes propiamente dichos. Aarón llegó a ser el primer sumo
sacerdote, y sus hijos llegaron a ser los sacerdotes. Los hijos de Aarón fueron
apartados para el servicio a Dios en el tabernáculo. Ningún levita podía
oficiar como sacerdote, a menos que proviniera de esta familia Los demás
levitas debían actuar como asistentes del sumo sacerdote y de los sacerdotes.
El
sacerdocio fue instituido inicialmente, cuando Aarón y sus hijos —Nadab, Abiú, Eleazar e Itamar fueron ordenados sacerdotes por el Señor, mientras
Israel acampaba al pie del Sinaí (Exodo
28.1). Fueron consagrados a este oficio por sangre, en un acto mediante el cual
Moisés puso sangre sobre el lóbulo de sus orejas derechas, sobre el dedo pulgar
de su manos derechas, y sobre el dedo pulgar de sus pies derechos, con el fin
de simbolizar su total consagración al servicio al Señor (Levítico 8.23—24)
Aarón fue también ungido con «aceite santo» par expresar su santa posición como
sumo sacerdote (Levítico 4.3, 5).
Así, en
la era del Antiguo Testamento había hombres escogidos, los cuales eran puestos
aparte. Por este medio, para la obra sagrada de Dios. Se les llamaba
sacerdotes, y se les daba un singular lugar de servicio delante de Dios (Exodo 29.44). Gozaban de una relación privilegiada, pero
debían tener el cuidado de andar delante de Dios de un modo que guardara
armonía con su llamado. Cuando Nadab y Abiú desobedecieron a Dios, al ofrecerle fuego extraño,
cayeron muertos a pesar de la posición que ostentaban delante de Dios como
sacerdotes consagrados (Levítico 10.1—2).
La
iglesia, al igual que la nación de Israel y los sacerdotes escogidos por
indicaciones divinas, de los tiempos veterotestamentarios,
constituye el pueblo de Dios de la era cristiana (1ª Pedro 2.9). La iglesia es santa para el Señor,
es el pueblo «puesto aparte» es Suyo. Pedro dijo de la iglesia: «[...] vosotros también, como piedras vivas, sed edificados
como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales
aceptables a Dios por medio de Jesucristo» (1ª Pedro 2.5). El hecho de que a la iglesia la
constituyen los escogidos de Dios, significa que es la iglesia de los santos.
Una
ilustración reciente, de lo que para Dios es un santo, es Jeffre
y Dahmer, un hombre que probablemente será recordado
por la historia como uno de los más célebres asesinos en serie de todos los
tiempos. Como fue hallado culpable del asesinato de diecisiete varones jóvenes
y adultos, se le sentenció a cadena perpetua sin posibilidad de quedar libre
bajo palabra; sin embargo, por lo que sabemos, llegó a ser un santo.
Dos maestros de
Si mi
amigo, mi hermano. El evangelio es para todos —el peor, el mejor, y todos los
que se encuentran en medio de estos extremos. En su conversión a Cristo, Jeffrey Dahmei llegó a ser santo
y siguió siendo santo hasta su muerte. Aunque va a ser recordado por muchos
como uno de los peores criminales de la historia de los Estados Unidos, por la
asombrosa gracia de Dios, ¡él vivió los últimos seis meses de su vida siendo un
santo!
Dios no nos salva en nuestros
pecados,
sino en nuestros pecados —pues El requiere fe y obediencia para recibir la
salvación. No es que santifica nuestros errores, sino que nos salva de ellos.
Cuando una persona se acerca a Cristo por la fe, el arrepentimiento, la
confesión de Jesús y el bautismo en Cristo, El la purifica de pecado y la pone
aparte para Su servicio. Un santo no puede ser sin defecto, pero por la gracia
de Dios puede ser sin culpa, santo no es perfecto en el sentido de que carece
de pecado, sino en el sentido de que ha sido perfectamente perdonado.
EL TÉRMINO ES
PUESTO POR OBRA
La frase
«las iglesias de los santos» es un precioso nombre y debería ser tomada en
serio por la iglesia. ¡Dios le llama a Su pueblo «santos»! ¡Cuán gran efecto
debería tener en nosotros esta designación!
Deberíamos
aceptarla. Dios le dio esta identidad a Su iglesia para recordarnos de Su
propósito para ella. Ha sido Su voluntad que seamos un pueblo que le pertenece
exclusivamente, un pueblo adquirido por Dios. Deberíamos vernos como un pueblo
que ha sido puesto aparte para el culto y la obra de Dios.
Deberíamos
apreciarla. ¡Piense en el honor que significa ser pueblo escogido de Dios! ¿Qué
otro honor puede haber más inspirador? ¿Qué otro término podría ser más
alentador? Hemos sido adoptados hijos de la familia de Dios (Efesios 1.5). ¡Ha
puesto su amor en nuestros corazones y nos ha hecho Su herencia! Deberíamos
procurar aplicarla. La práctica del cristiano debería estar a la altura de su
posición, su comportamiento debería estar a la altura de su fe.
Con
demasiada frecuencia no atinamos a vivir a la altura del estándar que la
palabra «santo» establece para nosotros. Somos discípulos o estudiantes de
nuestro Maestro (Hechos 11.26), pero no es todo el tiempo que actuamos como
discípulos. A veces llegamos tarde cuando la clase de Cristo se reúne; otras
veces nos hacemos tardos para oír, y carecemos de disciplina (Hebreos 5.11).
Debemos ser más diligentes en nuestros esfuerzos por alinear nuestra conducta
con nuestro compromiso, nuestras vidas con nuestro amor.
Todo
cristiano es un santo, y debe procurar vivir de una manera que sea digna de la
vocación con que fue llamado (Efesios 4.1). Es como un hombre del campo lo
describió: «Primero debes creerlo. Luego debes actuario».
¡Dios
nos reta a ser «verdaderamente» pueblo Suyo —a ser santos— conforme a la
descripción que ha hecho de nosotros! Dios nos cambió el nombre de «pecador»
por el de «santo» a cada uno de nosotros, con el fin de infundirnos Sus santos
propósitos para nosotros.
CONCLUSIÓN
¿Cómo ve
Dios Su iglesia? De acuerdo con Pablo, nos ve actualmente, en tiempo presente,
como santos. No dice: «Algún día uno o dos de mis hijos podrían llegar a ser
santos». No. Esto es lo que dice:
«¡Todos ustedes como iglesia que
son Mía, son Mis santos!».
Según
una leyenda, un día un bloque de mármol estaba siendo trasladado al taller de
Miguel Angel bajo la supervisión de él mismo. Como
los obreros, de una manera ruda y descuidada, movían la pesada carga, Miguel Angel les gritó: «Tengan cuidado con ese bloque! ¡Hay un ángel en
él!». Su reprensión no fue atendida por los trabajadores, a quienes únicamente
les preocupaba la idea de terminar el penoso día de agotador trabajo físico.
Los trabajadores pronto se fueron, dejando al maestro escultor y el mármol a
solas en un silencioso taller. Con la destreza y habilidad artística que le
significaron el aplauso de las generaciones posteriores a él, Miguel Angel comenzó a cincelar la masa de roca. Después de varios
días de tomar medidas y dar golpes de cincel, de dar forma y alisar
superficies, un ángel emergió como una mariposa de su capullo. Tenía rasgos tan
naturales que parecía que en cualquier momento comenzaría a hablar o echaría a
volar. ¡Miguel Angel sacó del mármol lo que
únicamente él había visto con el ojo de la visión! Le llamó a una masa de roca
ángel, y luego se puso a trabajar hasta hacer un ángel de ella.
- Todo
cristiano vino a Dios siendo pecador. Eramos bloques
humanos, que al ojo espiritual inexperto, parecíamos desamparados, sin
esperanza, sin propósito e inútiles. El Verdadero Maestro Escultor nos tomó y
nos adoptó como proyecto personal Suyo. No vio en nosotros lo que éramos, ni lo
que habíamos sido, sino lo que podíamos llegar a ser. Vio en cada uno de
nosotros un «santo».
En el
momento de nuestra conversión a Él, nos purificó de nuestros pecados por medio
de la sangre de Cristo, y comenzó a llamarnos santos. El santo no lucirá como
un producto terminado en esta vida; pero a medida que Dios nos somete a la
acción de su cincel, en esa medida nos acerca a lo que desea que seamos. La
verdad crucial es esta: Hemos cedido a Su voluntad, y nos hemos sometido a la
acción del cincel divino. Ahora somos santos, y seremos santificados cada vez
más, y estaremos siendo puestos más completamente aparte para Su servicio,
conforme vivimos en Su presencia y continuamos en el proceso de conformarnos
más plenamente a Su imagen.
Al
llegar al final del tema sobre la palabra «santo» se plantea una pregunta en
dos partes: Primero, ¿he llegado yo a ser santo? Segundo, silo soy, ¿estoy
viviendo a la altura de mi nombre?
PREGUNTAS PARA
ESTUDIO Y ANÁLISIS