«Las iglesias de Cristo»

 

(Lección  11)

 

Saludaos los unos a los otros con ósculo santo. Os saludan todas las iglesias de Cristo (Romanos 16.16).

 

Según se narra en Jueces 11, Jefté llevó sus tropas a una batalla contra los amonitas; pero su victoria tuvo un sabor agridulce para él, pues estuvo matizada tanto por los vítores de la felicidad, como por las lágrimas de la tristeza. Su celebración se vio venida a menos por la necesidad de ofrecer su hija en cumplimiento de un voto que le había hecho a Dios antes de la batalla. No había salido de su duelo, cuando se vio obligado a entrar en una discusión con los efrateos, la cual desencadenó en un virulento conflicto con sus congéneres (Jueces 12.1—7), una de las primeras guerras civiles israelitas que se mencionan en el Antiguo Testamento.

 

Los efrateos no fueron rivales dignos de hombres tan curtidos por la guerra como los de Jefté. Estos derrotaron a los efrateos con eficiencia, y tomaron los vados del Jordán que estaban adyacentes al territorio efrateo. Los pasos fueron convertidos en puestos de control temporales para arrestar a los fugitivos efrateos, cuando huían de los campos de batalla.

 

Como sabían que todos los efrateos que se detuvieran en aquellas barricadas iban a mentir cuando se les preguntara acerca de la tribu a la cual pertenecían, y así evitar ser detectados, Jefté ideo una prueba que ningún verdadero efrateo iba poder pasar con éxito. Les dio instrucciones a sus hombres, en el sentido de que les pidieran a todos los que pasaran por aquellas barricadas, que dijeran «Shibolet». Debido a su procedencia y cultura, los efrateos pronunciaban el sonido de la «s» en lugar del de la «sh». Sin pensarlo decían «Sibolet», en lugar de «Shibolet». Los efrateos que se detenían en los vados, eran fácilmente identificados por el insignificante ardid de Jefté, y a cuarenta y dos mil de ellos se les dio muerte a orillas del río.

 

Este inusitado episodio de la historia de Israel ilustra cuán grandes repercusiones puede tener una sola palabra —una brevísima voz—, repercusiones de vida o muerte. ¡Las palabras pequeñas pueden tener, a veces, grandes significados!

 

Apliquemos esta verdad del «significado de lo pequeño» a nuestro Señor, y al mensaje neotestamentario. Como las palabras y frases de las Escrituras transmiten verdades absolutas, todo discípulo dedicado debe escudriñar con sumo cuidado que dicen las Escrituras, y cómo lo dicen.

 

Una sola palabra de las Escrituras puede parecer insignificante al comienzo; pero cuando se le analiza rectamente, podríamos descubrir que está cargada de un extraordinario significado. Por ejemplo, la frase «las iglesias de Cristo», que se encuentra en Romanos 16.16, pareciera que sólo sirve de trasfondo del contexto, que no cumple función especial en el texto, y que carece de un verdadero mensaje para el lector. No obstante, cuando se hace una recta interpretación de ella, se manifiesta que está cargada de un importante significado.

Alguien podría decir: «No tiene importancia la manera como nos refiramos a la iglesia. Los nombres y apelativos carecen de significado. Lo que eres es lo que cuenta, no como te llames. ¿En verdad es así? Jefté no habría presentado un argumento así. El sabía muy bien que el modo de hablar de uno, lo identifica a uno. Dios quiso que nos distinguiéramos por nombre, y por lo que somos. Así, un cristiano no se llamará a sí mismo «ateo», ni «idólatra», ni se referirá a sí mismo de ningún otro modo incorrecto. Todo nuestro ser —incluidos los nombres que usamos para designarnos nosotros mismos— debe proclamar que pertenecemos a Cristo.

 

¿Por qué usó el Espíritu Santo la frase «la iglesia de Cristo» para referirse a la iglesia? ¿Es que se duda de que lo sea? ¡La iglesia es la iglesia de Cristo! De hecho, esta frase descriptiva arroja luz sobre la naturaleza de la iglesia neotestamentaria. Analicémosla detenidamente y descubramos las verdades que ella encierra.

 

UNA REALIDAD ESPIRITUAL

En primer lugar, el uso de tal frase para referirse a la iglesia, sugiere que ésta es una realidad viviente, un organismo que tiene existencia propia. Presupone que la iglesia había dejado de ser la promesa de algo que venía, y que ahora era una realidad presente.

 

En el momento en que Pablo escribía las palabras de Romanos 16.16, la iglesia se estaba propagando por todo el imperio romano. Las iglesias de Cristo que había en la región, desde la cual Pablo escribía, les estaban enviando sus saludos a las iglesias de Cristo que estaban en Roma.

 

Durante todos los años de la era mosaica, los profetas anunciaron, por medio de señales proféticas, la venida de la era de los «postreros días»; al comienzo de la cual se produciría el establecimiento del reino del Señor (Daniel 2.44). Desde el principio de Su ministerio, Jesús predicó que el tiempo se había cumplido: «Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio» (Marcos 1.14-15). Jesús se refirió a este reino de los cielos que se acercaba, como Su «iglesia», y prometió que la edificaría (Mateo 16.18).

 

El día en que Jesús ascendió a los cielos, los apóstoles, confiados en lo que El les había dicho (Hechos 1.4—5), sabían que el comienzo de una nueva era estaba a punto de producirse.

Le preguntaron: «Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?» (Hechos 1.6). Jesús los tranquilizó diciéndoles: «No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad; pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo» (Hechos 1.7—8). Diez días después de la ascensión de Cristo, el Espíritu Santo fue derramado por el Señor sobre los apóstoles, durante la celebración de Pentecostés (Hechos 2.1—4). Después de la prédica que Pedro dio más tarde ese día, tres mil fueron bautizados en Cristo, y añadidos por Él a Su iglesia (Hechos 2.41, 47). Este fue el momento en el que la iglesia comenzó a existir, dando cumplimiento así, a la profecía inspirada, y a las predicciones hechas por Jesús. Después de los eventos narrados en Hechos 2, a la iglesia se la presenta como una entidad ya establecida.

No se la vuelve a describir en el Nuevo testamento de modo profético, como una entidad que todavía estuviera en camino de ser una realidad. Se cree que Pablo terminó de escribir su epístola

a los Romanos, cerca del año 56 ó 57 d.C., cuando estaba en Corinto. Según la historia narrada en Hechos, para esa fecha ya se habían establecido iglesias de Cristo por todo Acaya, Grecia y Macedonia. El libro de Romanos señala que en Roma se habían establecido varias iglesias de Cristo. En vista de los anteriores hechos, era apropiado que Pablo concluyera su epístola cn el saludo que dice: «Os saludan todas las iglesias de Cristo» (Romanos 16.16).

 

La iglesia neotestamefltaria no tiene un nombre en sí. Se la identifica por medio de frases decriptivas tales como: «iglesia de Cristo», «iglesias de Dios» o solamente «la iglesia». En realidad, el Nuevo Testamento no autoriza que se le dé nombre a la iglesia. Podemos identificar el lugar en el que la iglesia se reúne, referirnos al dueño de ella, o decir quiénes son los que la componen —pero no estamos autorizados para darle un nombre que la distinga. Jesús no estimo apropiado darle nombre a Su iglesia; solamente la llamó: «Mi iglesia» (Mateo 16.18).

 

En segundo lugar, la expresión «iglesias de Cristo» denota que ya la iglesia de Cristo existe, que la promesa del Señor se ha cumplido. Nos recuerda que podemos vivir siendo la iglesia de Cristo hoy día. Si la iglesia existía durante el primer siglo, puede y debe existir hoy. Ya no tenemos que esperar que la promesa de Dios se cumpla, para poder gozar de las bendiciones que hay dentro del reino de Dios. Con la certeza que da la integridad de la palabra de Dios, ahora podemos formar parte de Su reino, por medio del camino de salvación del Señor, y vivir como ciudadanos de tal reino.

Regocijémonos de que la iglesia de Cristo existe hoy día. Únase a las persona en la labor de anunciarle al mundo las maravillosas nuevas de que la iglesia de Cristo es una realidad, y que esta realidad puede ser motivo de regocijo para todos los que reciban a Cristo —sin importar nacionalidad, raza o cultura.

 

UNA RELACIÓN SAGRADA

En tercer lugar, la designación «iglesias de Cristo» sugiere que una, relación especial existe entre Cristo y la iglesia. La iglesia es, en un sentido muy único, posesión de Cristo.

 

Una idea clave del Nuevo Testamento, en cuanto a la iglesia, es que fue creada por Jesús y le pertenece a El.  A Cristo se lo presenta como el fundador de la iglesia. El dijo: «Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella» (Mateo 16.18). Jesús consideraba a la iglesia propiedad Suya, no del hombre. También se lo presenta como el que la compró con Su sangre. Pablo dijo de los ancianos de Efeso, que ellos debían «apacentar la iglesia del Señor, la cual [Cristo] ganó por su propia sangre» (Hechos 20.28). Jesús creó la iglesia mediante el sacrificio que significó su muerte en la cruz.

 

También, a la iglesia se la presenta como el cuerpo espiritual de Cristo sobre esta tierra. Pablo escribió: «Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un sólo cuerpo, así también Cristo» (1ª  Corintios 12.12); «Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular» (1ª  Corintios 12.27). Cristo es la cabeza de ese cuerpo. Pablo dijo: «[...] y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos» (Colosenses 1.18). La iglesia es el cumplimiento de la obra que Cristo llevó a cabo en la tierra, es el resultado natural de su sacrificio redentor.

 

Cuando tenemos presentes todas las diferentes relaciones que Cristo mantiene con la iglesia, no nos sorprende que Pablo se refiriera a la iglesia como «la iglesia de Cristo». La iglesia es de Cristo en el sentido más profundo que es posible serlo. No se puede predicar a Cristo, sin predicar a Su iglesia, y no se puede predicar a la verdadera iglesia, sin predicar a Cristo. Todo el que, verdaderamente pertenezca a Cristo le servirá a Este y a Su iglesia. La genuina iglesia de Cristo deriva de Cristo su identidad y carácter, y el verdadero siervo de Cristo rehusará aceptar cualquier grupo que no sea la iglesia de Cristo. La iglesia no solamente es propiedad de Cristo y es guiada por Este, sino que también es Su cuerpo espiritual en la tierra.

Así como la casa en la que vivimos cada uno de nosotros nos pertenece a nosotros, la iglesia le pertenece a Cristo. No hay hombre ni grupo religioso que tenga el derecho de transformar parte alguna de ella. Es de la iglesia de Cristo que estamos hablando.

Cualquiera que desee debatir sobre algún aspecto de la iglesia del Señor, debe debatir directamente con Cristo; pues la iglesia es posesión Suya y está bajo Su autoridad. El es la cabeza, y es a El a quien le compete moldearla y dirigirla como guste.

Reconozcamos la especial relación que mantenemos con Cristo por ser Su iglesia. Como cuerpo Suyo que somos, vivimos para hacer Su voluntad. Para nosotros, las palabras de Pablo son siempre atinadas: «Pues, ¿busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo» (Gálatas 1.10).

 

UNA DESCRIPCIÓN BÍBLICA

En cuarto lugar, la expresión «iglesias de Cristo» revela una manera como a la iglesia se le identifica en las Escrituras. Pablo estaba bajo la dirección del Espíritu cuando describió a la iglesia como la iglesia de Cristo.

 

La venida de la iglesia de Jesús al mundo, fue un evento histórico, el cual el Antiguo Testamento y la primera parte del Nuevo (los cuatro evangelios) anticiparon. Todo aquel qué siga paso a paso la realización del plan de Dios a través del Antiguo Testamento y la primera parte del Nuevo, se verá movido, por el solo énfasis puesto en este evento, a preguntar: «Qué expresión irán a usar los escritores del Nuevo Testamento para referirse a la iglesia cuando ella venga? ¿Qué designaciones irán a usar?». Al continuar el estudio, tal estudiante hallará que son varias las maneras de referirse a la iglesia y las descripciones de ella que hay. Entre éstas están: la «iglesia de Dios» (1ª  Corintios 1.2), las «iglesias de Dios» (1ª  Tesalonicenses 2.14), la «congregación de los primogénitos» (Hebreos 12.23) y las «iglesias de los santos» (1ª  Corintios 14.33). Muchas veces se la referirá sencillamente como «la iglesia» (Efesios 1.22) o como la iglesia de un lugar dado, tal como las «iglesias de Asia» (1ª  Corintios 16.19).

 

El Espíritu Santo no le da nombre a la iglesia neotestamentaria. Jamás verá usted que se la refiera en las Escrituras con nombres tales como: la Iglesia del Monte Calvario, la Iglesia de Sion de la Gracia Redentora, la Iglesia del Santo Sepulcro, etc. Se la designa en términos de Aquel que es el dueño de ella, de los que se encuentran en ella, del lugar en el que está o de lo que ella es; pero jamás se la menciona por nombre alguno.

Nos impresiona la hermosa sencillez con que se presenta a «la iglesia» en las Escrituras. En los tiempos del Nuevo Testamento, o estaba uno en la iglesia o no estaba en ella; o estaba uno en la iglesia o estaba en el mundo. Hoy día, debido a la avalancha de confesiones religiosas, con sus leyes humanas y nombres humanos, el cuadro que le presenta el mundo religioso al incrédulo es el de una masa caótica, que confunde y desconcierta a los más brillantes e inteligentes. No hay nada que haya empañado tanto la integridad, sencillez y hermosura de la iglesia que Jesús edificó —la iglesia neotestamentaria— que la absorbente influencia y presencia del sectarismo religioso por todo el mundo. El Nuevo Testamento nos llama de modo inconfundible a ser cristianos neotestamentarios, miembros de la iglesia neotestamentaria, a darle nuestra lealtad únicamente a Cristo y a Su palabra, el Nuevo Testamento.

 

Sería un error escoger una identificación neo testamentaria para la iglesia, y usarla para denominarnos como grupo, y desechar todas las demás que el Nuevo Testamento usa. La verdadera iglesia neotestamentaria ha de ser conocida por todas las designaciones y descripciones dadas en el Nuevo Testamento. Cada expresión nos revela una importante faceta de lo que la iglesia es, quién es el dueño de ella o quiénes forman parte de ella. Cada una de las maneras como se la refiere, es valiosa, y debe usarse para referirse a la iglesia, pero es imperativo que se use del mismo modo que se usa en el Nuevo Testamento. Dos razones para la masiva confusión religiosa en cuanto a la iglesia, son el uso de nombres para la iglesia que son ajenos al Nuevo Testamento, y el mal uso de designaciones que le da el Nuevo Testamento a la iglesia.

 

Se cuenta la historia de una confesión religiosa que alegaba seguir el Nuevo Testamento, pero no mostraba señales convincentes de ello. Estaban colocando un rótulo a la entrada de su edificio. Un cristiano neotestamentario le habló a uno de los miembros de aquella confesión y le dijo: «Observo que su grupo está poniendo un rótulo nuevo a la entrada de su edificio». El miembro dijo: «Sí, estamos muy orgullosos de ello». El cristiano dijo: «Haré una contribución de cincuenta dólares para los gastos del rótulo si ustedes ponen en él las palabras: “Esta es la iglesia de Cristo”, y no el nombre de su confesión». El miembro dijo: «¡Oh no! No podríamos hacer tal cosa; debemos poner el nombre de nuestra confesión!». El cristiano entonces dijo: «Está bien, haré una contribución de cincuenta dólares para pagar los gastos del rótulo si ustedes ponen en su rótulo las palabras: “Esta no es la iglesia de Cristo”». El miembro de aquella confesión dijo: «No podríamos hacer eso; ¡somos una iglesia de Cristo!».

Esta breve anécdota bien puede ser verdadera. ¿No es extraño que un grupo alegue ser la iglesia de Cristo y, a la vez, se resista a plasmar esta idea en su rótulo, y prefiera en lugar de ello el nombre de su confesión en el rótulo? Es el objeto de nuestra lealtad lo que determina el nombre o designación que elegimos usar.

 

Abrahám Lincoln le planteó una vez la siguiente pregunta a un hombre: «Si a la cola de un ternero la llamamos pata, ¿cuántas patas tendría el ternero?». El hombre rápidamente respondió: «¡Tendría cinco!». El señor Lincoln respondió: «No. El ternero no tendría cinco patas. ¡Con llamar pata a la cola no Se la convierte en pata!». La verdad de esta expresión no admite discusión. El hecho de que un grupo se autodenomine la iglesia de Cristo no constituye en sí mismo una prueba de que ellos sean la iglesia de Cristo. Sin embargo, debe tomarse en cuenta también que si verdaderamente estamos procurando ser la iglesia de Cristo, ésta es la designación por la que deberíamos referirnos a ella. Tan incorrecto es rehusar llamarnos lo que somos, como llamarnos lo que no somos.

 

Jamás ha sido tan obvia la verdadera necesidad del mundo religioso actual: Necesitamos volver la mirada a la Biblia, y ser cristianos neotestamentarios que constituyen la iglesia neotestamentaria, y que no se ven obligados a darle su lealtad a entidad alguna excepto a Cristo y a Su Palabra. Si las iglesias de nuestro mundo religioso fueran únicamente «la iglesia», y los cristianos fueran únicamente cristianos, la confusión religiosa desaparecería como la niebla que da lugar al resplandor del sol, como la oscuridad que precede al amanecer. No se debe dar cabida a reserva alguna; es solamente a Cristo y a Su Palabra, a quienes debemos entregarles nuestros corazones y servicio —signifique lo que signifique, me lleve a donde me lleve y cueste lo que cueste.

 

CONCLUSIÓN

La frase «iglesias de Cristo», aunque breve y casi imperceptible, tiene un poderoso mensaje para todo el que la escuche. Ella anuncia implícitamente ciertas verdades acerca de la iglesia. En primer lugar, revela la realidad de la existencia de la iglesia. Para la fecha en que Pablo escribió Romanos, ya muchas iglesias de Cristo punteaban el mapamundis de aquellos tiempos. En segundo lugar, sugiere que una vital relación existe entre Cristo y la iglesia. La iglesia es la iglesia de Cristo, le pertenece a El, y funciona como Su cuerpo espiritual. Esta frase muestra una manera como la iglesia neotestamentaria fue designada en los tiempos de Pablo.

 

La noche que nuestro Señor fue enjuiciado, Pedro esperó en el patio junto con una muchedumbre que se había reunido. Cuando salía a la puerta, lo interpeló uno de los que estaban allí. Con estas palabras lo cuestionó: «Verdaderamente también tú eres de ellos, porque aun tu manera de hablar te descubre» (Mateo 26.73). No pareciera que Pedro hubiera hablado mucho a los demás, cuando esperaba junto con los de la multitud; pero, por lo menos para aquél que lo interpeló, Pedro dijo lo suficiente para identificarlo junto con los seguidores de Jesús. En este caso fueron unas pocas palabras las que revelaron su identidad.

 

Las tres palabras de la frase «la iglesia de Cristo», manifiestan la verdadera identidad de los cristianos al abrirnos los ojos a lo que la iglesia es, y al darnos una visión correcta del objeto de nuestra lealtad y amor. La iglesia es posesión de Cristo, es Su cuerpo espiritual.

 

No hay mayor cumplido que se le pueda hacer a una iglesia que el llamarla, de modo preciso, «la iglesia de Cristo». No hay determinación más noble que pueda tomar un grupo de cristianos que la aspiración que supone el hecho de llamarse a sí mismos la iglesia de Cristo. Winston Churchill dijo: «Lía mejor manera de crear una virtud en algunos es atribuirles tal virtud a ellos». Cuando nos referimos a nosotros mismos como la iglesia de Cristo, estamos dándole a entender claramente a todo el mundo lo que hemos elegido ser y llegar a ser.

 

Al saber quién es Cristo, usted deseará ser parte de lo que El edificó y posee —Su iglesia. ¿Tiene usted un rótulo sobre su corazón, en el cual se lea: «la iglesia de Cristo»?

 

PREGUNTAS PARA ESTUDIO Y ANÁLISIS

  1. ¿De qué modo identificaba la palabra «Sibolet» a un efrateo?
  2. ¿Cuándo fue establecida la iglesia?
  3. ¿Cómo se refirió Juan el Bautista a la iglesia?
  4. Haga una lista de las diferentes relaciones que Jesús mantiene con la iglesia. Dé una prueba tomada de las Escrituras para cada una de las relaciones.
  5. Pruebe que la iglesia pertenece a Cristo.
  6. ¿Cómo se la refiere a la iglesia en el Nuevo Testamento?
  7. ¿Hay alguna mención del nombre de la iglesia en el Nuevo Testamento?
  8. Haga un esbozo del compromiso que se necesita asumir hoy día para con la iglesia neotestamentaria.
  9. ¿Cuál es el cumplido más grande que se le puede hacer a una iglesia hoy día?
  10. ¿Cómo fue identificado Pedro la noche que Jesús fue enjuiciado?