«La
iglesia de Dios»
(Leción 10)
“Pablo,
llamado a ser apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y el hermano
Sóstenes, a la iglesia de Dios que estd en Corinto, a los santificados en
Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar
invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro”
(1ª Corintios 1.1—2).
Para un
entendimiento adecuado entre dos personas, son necesarias la precisión y la
designación. Parte de las destrezas comunicativas que Dios le dio al hombre al
comienzo de los tiempos, fue la facultad de distinguir y denominar objetos. Una
de las primeras tareas que Dios le dio a Adán fue la de ponerles nombre a los
animales y aves de la creación: «Jehová Dios formó, pues, de la tierra toda
bestia del campo, y toda ave de los cielos, y las trajo a Adán para que viese
cómo las había de llamar; y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes,
ese es su nombre» (Génesis 2.19). El hombre no se creó su propia habilidad para
comunicarse por medio de un idioma; sino que el hombre, cuando fue creado, fue
dotado de una habilidad lingüística que le permitió denominar los animales que
le fueron traídos.
Como
regla general, entre menos precisas sean nuestras identificaciones, más difícil
se torna la comunicación entre unos y otros. Y lo inverso también es cierto:
entre más precisas y confiables sean nuestras designaciones, más eficaz y
exitosa llegará a ser nuestra comunicación con los demás.
La
clasificación de los objetos y la precisión con que denominemos éstos, no
solamente nos ayudan a definir los asuntos de nuestras conversaciones; sino que
también nos permiten mirar con mayor profundidad el objeto, lugar o persona de
la que se habla. Si decimos de un niño: «Este es el hijo de Juan», tal
referencia explica la relación entre el niño y su padre, y además da la idea de
la edad aproximada de ambos. El hijo es un chico joven, mientras que Juan es un
varón adulto.
Dios ha
empleado en Su Palabra varias expresiones, cuyo propósito es hacer
distinciones, con el fin de impartirnos Su voluntad a nosotros. Como parte de
Su revelación inspirada, los términos descriptivos que utiliza, son siempre
apropiados y precisos. Por lo tanto, cada uno merece un minucioso análisis.
De
especial interés para nosotros son los términos que el Espíritu Santo escogió
para designar a la iglesia. Son avenidas que nos llevan a un entendimiento del
concepto y naturaleza de la iglesia. Para una mejor comprensión del carácter de
la iglesia, es necesario estudiar a fondo cada una de las referencias que ha
hecho Dios a ella.
Una
representación que a menudo usan los escritores del Nuevo Testamento, es la
sugestiva frase: «iglesia de Dios». Es una importante caracterización; pues fue
usada doce veces por el Espíritu Santo —ocho veces como la «iglesia de Dios»;
tres veces como las «iglesias de Dios»; y una vez como la «iglesia del Dios
viviente».’
Cuando
Pablo trataba el asunto acerca de si los cristianos podían comer carne
sacrificada a los ídolos; él amonestó con las siguientes palabras: «No seáis tropiezo
ni a judíos, ni a gentiles, ni a la iglesia de Dios» (1ª Corintios 10.32). Sobre el abuso de
Es obvio
que el Espíritu Santo se propuso que esta fuera una frase significativa de su
divina revelación. Tanto en su forma como en su esencia, la frase «iglesia de
Dios» señala la vital relación que mantiene la iglesia con Dios.
SEÑALA SU ORIGEN
En
primer lugar, tal frase es para nosotros una revelación del origen de la
iglesia. Nos recuerda la verdad en el sentido de que Dios tuvo que ver con el
establecimiento de ésta.
Dios
hizo planes, antes del comienzo del mundo, para que por medio de la cruz y de
la iglesia, fueran salvos los pecadores. Por lo tanto, es en ese singular
sentido que la iglesia es de Dios. Pablo escribió:
«[...] para que si tardo, sepas
cómo debes conducirte en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente,
columna y baluarte de la verdad» (1 Timoteo 3.15).
Antes de
la creación, Dios escogió a Cristo para que fuera la piedra angular —escogida y
preciosa— de la casa espiritual, la iglesia (1ª Pedro 2.6). Pedro escribió de Cristo: «[...] ya destinado desde antes de la fundación del mundo»
(1ª Pedro 1.20—21). Antes del comienzo
de los tiempos, Dios incluso escogió a los ángeles para que fueran Sus mensajeros
y glorificaran Su nombre (1ª Timoteo
5.21).
En la
eternidad, Dios ideó una manera de darnos esperanza en Cristo y prometió llevar
a cabo ese plan. Esto fue lo que Pablo le escribió a Tito: [...] La esperanza
de la vida eterna, la cual Dios, que no miente, prometió desde antes del
principio de lo siglos» (Tito 1.2). La última frase de este versículo se ha
traducido por: «Antes de la eternidad de los tiempos». Se trata de la más
antigua promesa conocida por el hombre. Detalles del plan de salvación, tales
como el sacrificio expiatorio de Jesús y la manera como se recibe este
sacrificio, fueron elaborados por Dios antes de que creara la primera brizna de
hierba, la primera piedra, el primer rayo de luz o la primera gota de rocío.
Pablo dijo que «nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras
obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo
Jesús antes de los tiempos de los siglos» (2 Timoteo 1.9).
La
verdad fundamental del ofrecimiento de redención que ha hecho Dios, es la
respuesta del hombre a la muerte de Cristo en la cruz; lo cual da como
resultado que se forme la iglesia (Hechos 20.28; Efesios 5.25). No es de
extrañar, pues, que Pablo dijera que la iglesia estuvo en la mente de Dios como
parte de Su propósito eterno; el cual llevaría a cabo por medio de Cristo: «[...] para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora
dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los
lugares celestiales, conforme al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús
nuestro Señor» (Efesios 3.10—11).
Una muy
conocida atracción turística de las tierras bíblicas, es el pozo de Jacob. Juan
dijo que Jesús descansó junto al pozo de Jacob, al pasar por Samaria (Juan
4.6). Cuando Jacob regresó a Siquem, procedente de Padan-aram; él acampó al
este de la ciudad, y compró la tierra sobre la que acampó ((Génesis 33.18).
Aunque no hay una sola mención n el Antiguo Testamento, en el sentido de que Jacob
cavara un pozo allí, una tradición no inspirada de larga data de tiempos del
Nuevo Testamento, señalaba que así fue (Juan 4.12).
Son
cientos de visitantes los que llegan diariamente a este sitio a meditar, no
solamente en el pasado del que fue testigo éste, sino también en la
conversación que entabló Jesús sentado junto al pozo con la mujer samaritana. A
los visitantes les gusta ponerse en pie junto al pozo, y leer Juan 4. Les atrae
también la vista del monte de Gerizim, el cual se levanta hasta unos
novecientos metros de altura, a poca distancia del pozo, y recordar las
palabras de la mujer de Samaria, y la respuesta que le diera nuestro Salvador.
Esto fue lo que le dijo ella: «Nuestros padres adoraron en este monte, y
vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar» (Juan 4.20).
Jesús le respondió: «Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte
ni en Jerusalén adoraréis al Padre» (Juan 4.21).
¿Qué
significa la frase «pozo de Jacob», con la que se le denomina a este famoso
sitio? Tal título constituye una aparente referencia al origen de éste. El
nombre nos dice algo acerca de la manera como el pozo llegó a existir, o de la
persona que lo usó al comienzo. Es un reflejo de la antigua tradición, en el
sentido de que Jacob, el patriarca cuyo nombre le fue cambiado por el de
Israel, y que fue el padre de los israelitas, hizo que se cavara el pozo o que
lo cavó él mismo. El sacaba agua para sí mismo, para su familia y para sus
rebaños y ganados. Así, siglos más tarde, el pozo continúa siendo un silencioso
testigo de la vida del gran patriarca Jacob.
La
iglesia es la iglesia de Dios. Es una creación que resultó de la sabiduría y
poder de Dios, no un invento que ideara o concibiera ser humano alguno Podemos
afirmar que el Espíritu Santo usó la frase «iglesia de Dios» con infalible
precisión, y que fue Su intención que la entendieran los lectores del Nuevo
Testamento. No se trata de una frase sin sentido; ni de una expresión de
relleno; es una frase que dice una verdad acerca de la iglesia. La iglesia se
apoya en Dios, y Este la habita internamente, todo el que desee ser parte de lo
que Dios está haciendo en el mundo, por medio de su fe y obediencia, le
permitirá a Dios incorporarlo a Su divina iglesia.
SEÑALA QUIÉN ES
EL DUEÑO DE ELLA
En
segundo lugar, la frase «iglesia de Dios» nos dice quién es el dueño de ésta.
Insinúa la idea de posesión —que la iglesia le pertenece a Dios.
Pablo
apremió a los ancianos de Efeso, con las siguientes palabras: «Por tanto, mirad
por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por
obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia
sangre» (Hechos 20.28).
También
le dijo a la iglesia que estaba en Corinto, que ellos eran «la iglesia de Dios
[...], los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos» (1ª Corintios 1.2). Así es, la iglesia es la
iglesia de Dios.
Sin
embargo, Jesús también dijo: «[. . .] sobre esta roca
edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella»
(Mateo 16.18). La iglesia le pertenece verdaderamente a Cristo, ya que Cristo
la compró con Su sangre (Hechos 20.28). De aquí que Pablo se refiera a la iglesia
como la iglesia de Cristo (Romanos 16.16).
Por lo
tanto, la frase «la iglesia de Dios», da a entender una especie de copropiedad
de la iglesia entre Dios y Cristo. Jesús dijo: «Yo y el Padre uno somos» (Juan 10.30);
«Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del
Padre» (Juan 6.65); y también dijo: «En aquel día vosotros conoceréis que yo
estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros» (Juan 14.20). El Padre
que está en los cielos hizo un plan para la salvación del mundo; Jesús, el
Hijo, vino a la tierra a ejecutar ese plan. Por lo tanto, en un sentido, la
iglesia es la iglesia de Dios, y en otro sentido, ella es la iglesia de Cristo.
Son necesarias ambas verdades para entender la verdad completa acerca de la
iglesia.
El hecho
que revela la frase «la iglesia de Dios», en el sentido de que ésta tiene
dueño, se ilustra con un evento conocido del Antiguo Testamento, narrado en
Génesis 32.24—32. El nombre «Jacob significa «suplantador», y fue un nombre muy
merecido, en la primera parte de la vida del que lo llevó. Jacob, a juzgar por
su comportamiento al comienzo, bien pudo haber llevado un rótulo sobre su vida,
que dijera: «No me juzguen por lo que soy ahora, Dios no ha terminado de
hacerme!». Dios transformó a Jacob, y le dio el nombre
de «Israel», un nombre que corresponde a la transformación sufrida.
Un
evento que contribuyó a esa transformación, fue la lucha nocturna que trabó con
un ángel en Jaboc. En un momento que Jacob se encontró a solas, un varón
apareció, y comenzó a luchar con
Pensando
que se trataba de alguien que quería matarlo, Jacob se resolvió a luchar
arduamente. Al rayar el alba, aquel varón desconocido tocó el sitio del encaje
del muslo de Jacob y lo descoyuntó. El extraño le dijo a Jacob: «Déjame, porque
raya el alba». Jacob, quien tal vez ahora se daba cuenta de que aquel con quien
luchaba, era un ser celestial, dijo: «No te dejaré, si no me bendices». El
ángel le preguntó a Jacob: «¿Cuá1 es tu nombre?».
Cuando Jacob respondió, se le dijo: «No se dirá más tu nombre Jacob, sino
Israel; porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido» (Génesis 32.28),
Bien
puede decirse que Dios es el Padre, el autor, la fuente de vida, el protector,
el consolador y el gobernante de la iglesia.
Después
de la bendición, el visitante celestial desapareció en medio de la oscuridad de
aquella memorable noche. Cuando la trascendencia de este evento se le hizo
evidente a Jacob, él le dio al lugar el nombre de Peniel, el cual significa:
«El rostro de Dios». Le dio este nombre, dijo, porque había visto «a Dios cara
a cara», y aun así no murió (Génesis 32.30).
Una
visión parecida debería presentársele a todo cristiano. La iglesia es la iglesia
de Dios; le pertenece a Dios. Cuando formamos parte de la iglesia, nos
encontramos en un lugar poseído y dominado por Dios. En la iglesia, hablando
figuradamente, nos encontramos cara a cara con Dios.
Como la
iglesia de Cristo que somos, nos encontramos donde Dios se encuentra. Somos
morada de Dios y somos guiados por Dios. La iglesia tiene el sello de propiedad
de Dios, estampado sobre ella. Si Su rúbrica se llegara a borrar, y en lugar de
ésta se estampara el sello de propiedad del hombre, una tragedia de gran
magnitud ocurriría —la iglesia dejaría de ser la iglesia de Dios, una iglesia
habitada por el Espíritu, y se convertiría en la iglesia del hombre, una
iglesia sin vida.
SEÑALA QUE VIVE
CONTINUAMENTE
En
tercer lugar, la frase «la iglesia de Dios» nos señala que ésta vive
continuamente. Dios reviste de poder su iglesia. Como El fue el que la creó y
es Su dueño, también es responsable de mantenerla con vida.
En su
saludo a la iglesia de Dios que estaba en Corinto, Pablo describió a Dios como
la fuente de gracia y de paz: «Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y
del Señor Jesucristo» (1ª Corintios
1.3).
Dijo, además, que los cristianos han sido llamados por Dios «a la comunión con
su Hijo Jesucristo nuestro Señor» (1ª Corintios 1.9). Cuando fuimos llevados a
Cristo, Dios nos adoptó hijos Suyos (Efesios 1.5). El resultado es que a la
iglesia se le conozca en el Nuevo Testamento como la familia de Dios (1ª Timoteo 3.15). Según lo anterior, en su andar
diario con Dios, el cristiano participa de «la vida de Dios». Pablo les dijo a
los efesios que los gentiles que andaban en la vanidad de su mente,
comportándose inicuamente, se habían excluido de «la vida de Dios» (Efesios
4.18). Bien puede decirse que Dios es el Padre, el autor, la fuente de vida, el
protector el consolador y el gobernante de la iglesia.
La
iglesia es divina y está destinada por su misma naturaleza a hacer todas las
cosas para la gloria de Dios. Es sustentada por el amor y la gracia de Dios. Es
protegida por la poderosa mano de Dios, y depende de Dios, en lo que a su
existencia espiritual y futuro eterno concierne.
CONCLUSIÓN
No hay
duda, pues, de que Dios mantiene una relación especial con la iglesia
neotestamentaria. El hizo el plan de su venida, antes del comienzo de los
tiempos; es el dueño de ella y le infunde aliento. Le da amor, la guía, y le da
vida. El resplandor de Su gracia y de Su gloria irradia de ella. Los miembros
de Su iglesia participan de Su divina naturaleza, por medio de la enseñanza que
reciben de Su palabra (2ª Pedro 1.3). La
iglesia es Su familia y está vinculada, como en un eterno matrimonio, con Sus
planes para el presente y para el futuro.
En
cierto sentido, todo el que se encuentra fuera de la iglesia de Dios, se
encuentra fuera de Dios y lejos de El. El impide con el escudo de Su mano
protectora, que Su iglesia sufra daño alguno, mientras es llevada a su hogar
eterno junto a Su trono. Con Su divina providencia, Dios proporciona
amorosamente a Su iglesia con lo que necesita, para hacer lo que nos ha pedido,
por el tiempo que así lo desee.
La
iglesia enfrenta a todos los enemigos en el poder Dios, al igual que David lo
hizo, según se narra en 1ero Samuel 17. Israel y los filisteos estaban trabando
una guerra representativa. Cada ejército debía enviar a su mejor soldado, y
estos dos debían competir en un combate mano a mano. La nación del que ganara
se llevaba los trofeos de guerra. Los filisteos tenían su soldado —un gigante
que medía casi tres metros de alto, que descollaba con desdén por encima de
cualquiera, a quien Israel osara enviar. Replegándose cobardemente, los
israelitas no sabían qué hacer. Restaba que David le mostrara a Israel cómo el
pueblo de Dios emplea el poder de Dios, en las trincheras de las grandes
batallas de la vida.
David se
presentó en el campamento de Israel, y se ofreció como voluntario para ir en el
poder del Señor a enfrentar a Goliat. El era un varón de Dios, y lo sabía.
Andaba en comunión con Dios y participaba de la promesa de Dios. Confiaba en
que Dios estaba al mando de Su ejército, y que los soldados de Dios iban a la
guerra armados de Su fortaleza. Cuando se acercó a Goliat, respondió a sus
groseros insultos con un declaración de fe en el Dios
viviente. «Tú vienes a mí con espada y lanza y jabalina», le dijo, «mas yo
vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones
de Israel, a quien tú has provocado. Jehová te entregará hoy en mi mano» (1
Samuel l7.45—46a). ¡El Señor estuvo con David aquel día, y Goliat fue derribado
y cayó sin conocimiento a causa de una piedra salida de la honda de David y del
poderoso brazo del Señor!
¡Lo que
Dios era para Israel y David, también lo es para la iglesia! ¡La iglesia es la
iglesia de Dios, habilitada con Su poder, honra, sabiduría y vida!
Cuando
uno entra en la iglesia neotestamentaria, uno entra en el círculo de la sagrada
vida de Dios. Los cristianos no solamente pertenecen a Cristo, sino también,
que a través de Cristo, pertenecen a Dios. ¡En Dios constituyen la invencible,
irresistible e incomparable iglesia del Dios viviente!
PREGUNTAS PARA
ESTUDIO Y ANÁLISIS