La
unidad de la iglesia
(Lección
12)
“Os
ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis
todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis
perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer” (1 Corintios
1.10).
T.B. Larimore, un predicador del evangelio
cuyo espíritu de mansedumbre y cristianismo era reconocido por todos los que lo
conocían, ilustraba la unidad familiar de la iglesia de Cristo con lo que dice
Salmos 133.1: “¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos
juntos en armonía!”. Los dulces son deliciosos para comer, pero no siempre son
buenos. La recreación es deliciosa y se disfruta de ella en ocasiones
especiales, pero la continua recreación sería disolución. Larimore hacía notar
que uno puede encontrar algunas cosas en este mundo que son buenas y a la vez
deliciosas, y más bien beneficiosas para nosotros, y al mismo tiempo se les
puede disfrutar al experimentarlas. La conclusión a la cual llegó es que ambas
cualidades se encuentran en la unidad en Cristo, en los hermanos que moran
juntos en armonía.’ ¿Quién de nosotros no estaría de acuerdo con T. B.
Larimore?
La unidad de los creyentes debió haber sido
el más deseado y el más importante de los anhelos del corazón de Jesús, de lo
contrario, no hubiera orado por ello la noche antes de su muerte.
Según el Nuevo Testamento, la unidad en
Cristo no sólo es buena y deliciosa para nosotros, sino que, aún más
importante, es buena y deliciosa para Dios. Justo antes de que Jesús fuera
traicionado y entregado en mano de hombres inicuos, la noche más oscura de la
historia de la humanidad, él oro por la unidad de aquellos que creerían en él
en el futuro. Esto fue lo que oró a su Padre: “Mas no ruego solamente por
éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos,
para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también
ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste” (Juan
17.20-21).
Si a usted lo tuvieran programado para ser
ejecutado el día de mañana, y usted se arrodillara a orar esta noche, ¿por qué
cosa oraría pidiendo usted? ¿Oraría pidiendo que se le cumplieran sueños
triviales, sin importancia? ¿No oraría, más bien, pidiendo por la más querida y
la más importante de las aspiraciones que hay en el mundo para usted? ¿Vemos
ahora cuánto valoró Cristo la unidad, cuando leemos la oración en la que rogaba
por tal unidad, la noche antes de que fuera crucificado? La unidad de los
creyentes debió haber sido el más querido y el más importante de los anhelos
del corazón de Jesús, de lo contrario, no hubiera orado pidiendo por ella la
noche antes de su muerte.
Cuando Pablo le escribió a aquella iglesia,
terriblemente dividida, que estaba en Corinto, una iglesia plagada por
numerosos problemas y debilidades, lo primero que hizo fue un poderoso llamado
a la unidad: “Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor
Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones,
sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer”
(1 Corintios 1.10). En el momento que Pablo les escribió a los corintios, entre
el año 54 y 56 d.C., no existían las denominaciones. La única iglesia que
existía era la iglesia del Señor, y Pablo, inspirado por el Espíritu Santo, le
dice a la iglesia de Dios que estaba en Corinto, que habitara junta en unidad.
No solamente ruega por esta unidad, sino que ruega por ella en el nombre mismo
de Jesucristo.
Echémosle una mirada a la unidad de la
iglesia con mayor detalle. En los dos pasajes ya citados es obvio que la
iglesia de Cristo ha de tener una hermosa unidad, pero, ¿qué clase de unidad ha
de tener? ¿Cuáles son las características de ella? Una comprensión más profunda
de esta unidad debería proveer ayuda práctica a nuestra vida cristiana y
debería mejorar nuestra comprensión de la iglesia misma.
UNA UNIDAD
ORGÁNICA
En primer lugar, reconozcamos la unidad
orgánica del cuerpo de Cristo. El Nuevo Testamento habla de una unidad que es
inherente y fundamental al estar en Cristo. Esta unidad ocurre por la gracia de
Dios cuando uno entra al cuerpo de Cristo. Cualquiera que genuinamente se haya
convertido en miembro leal del cuerpo de Cristo, ha recibido esta unidad.
El
mundo del Nuevo Testamento estaba esencialmente dividido en dos comunidades: la
gentil y la judía. La brecha que había entre estos dos grupos puede ser la
misma que existe entre dos razas cualesquiera hoy día. A pesar de ello, Pablo
afirma que los judíos y los gentiles habían llegado a ser uno en Cristo:
Porque
él es nuestra paz, que de ambos pueblos
hizo
uno.... (Efesios 2.14).
…para
crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y
mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella
las enemistades (Efesios 2.15-1 6).
Ya
no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque
todos vosotros sois uno en Cristo Jesús (Gálatas 3,28).
Cristo, a través de su muerte en la cruz, ha
hecho de todos los pueblos que vienen a él, uno solo, sin importar sus
antecedentes ni su raza. Los judíos y los gentiles, dos razas distintas, son creados
nuevamente para formar una nueva raza, y son llamados cristianos. Cristo no
hace gentiles a los judíos, ni judíos a los gentiles. El no eleva al gentil a
la posición de privilegio que ocupa el judío; y tampoco rebaja el judío a la
posición del gentil. El eleva a los dos, al judío y al gentil, a la posición
celestial en Cristo la cual trasciende todo privilegio o posición que se le
haya prometido a, o haya poseído, alguno de los dos. El judío olvida que él es
judío, y el gentil olvida que él es gentil. Cada uno piensa sólo en lo que es,
estando en Cristo. Cristo es el Salvador y el Señor de los dos. En esta divina
unidad, todas las distinciones nacionales, raciales, sociales y familiares son
removidas.
A través de Cristo, somos, en primer lugar,
reconciliados con Dios (Colosenses 1.20). En segundo lugar, a través de la
reconciliación, somos reconciliados unos con otros y estamos siendo “edificados
para morada de Dios en el Espíritu” (Efesios 2.22). Antes de que dos puedan ser
unidos el uno con el otro, deben ser primero unidos con Dios.
La historia contiene ejemplos de pueblos,
tales como los normandos y los sajones, que estaban continuamente en guerra el
uno contra el otro. La hostilidad y el odio era lo que los caracterizaba perpetuamente.
Con el paso de los siglos, no obstante, los pueblos se unieron por casamientos
y se entrelazaron, hasta que eventualmente, estas dos comunidades de personas
hubieron llegado a ser, gradualmente, una sola. Así, las naciones separadas,
como comunidades singulares, dejaban de existir. Las guerras, por supuesto,
terminaban, pues la división entre ellos ya no existía. El entremezclado de las
dos comunidades produjo una nueva comunidad de personas que se amaban y se
respetaban unas a otras.
De manera similar, todas las divisiones y
barreras humanas son derribadas en Cristo; un nuevo cuerpo de gente es creado
por la maravillosa gracia de Dios. En su cuerpo, no vemos a un judío, ni a un
griego, ni a un esclavo ni a un libre, ni a un rico, ni a un pobre, ni a un
hombre, ni a una mujer, ni a un blanco, ni a un negro. Sólo vemos que todos
somos “uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3.28).
En la comprensión de la unidad en Cristo,
entonces, debemos primero reconocer la unidad orgánica que recibimos cuando
entramos a su cuerpo. Es apropiado, e incluso necesario, decirnos a nosotros
mismos, cuando entramos al cuerpo de Cristo, que ahora somos uno junto con
todos los demás miembros de ese cuerpo. Debemos pensar y actuar en concordancia
con esta verdad. No existen rangos, ni barreras, ni divisiones, ni argollas, en
lo orgánico del cuerpo de Cristo. Hemos llegado a ser uno con Cristo y uno con
los demás.
UNA UNIDAD
DOCTRINAL
En segundo lugar, debemos reconocer la
unidad doctrinal que se encuentra en Cristo. Es una unidad orgánica la que el
Espíritu Santo da cuando entramos al cuerpo de Cristo, pero esta unidad debe
ser mantenida por nuestro apego a las enseñanzas de las Escrituras.
Los cristianos estamos vinculados unos con
otros, por una unidad de enseñanza y de fe, El cuerpo de Cristo no es una
colección de personas guiadas por creencias infundadas acerca de Dios y por
vagas especulaciones acerca de la vida. Los miembros de su cuerpo están unidos
sobre la divina revelación que Dios hizo de la verdad.
Cuando Pablo comentó la unidad de la
iglesia de Cristo, cuando instó a los cristianos a preservar la unidad en el Espíritu
en el vínculo de la paz, él mencionó siete “unos” que conforman un fundamento
doctrinal para el mantenimiento de la unidad orgánica en el cuerpo de Cristo.
Esto fue lo que dijo: “un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados
en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo, un
Dios y Padre de todos, el cual es, sobre todos, y por todos, y en todos”
(Efesios 4.4-6). El cuerpo del cual Pablo escribió es el cuerpo espiritual de Cristo,
la iglesia (Efesios 1.22-23). El Espíritu es el tercer miembro de
Dios
busca llevar toda resonante
discordia
de su mundo a una
armoniosa
unidad en Cristo.
La unión es una cosa, pero la unidad es
otra. La unión puede lograrse por la coacción, pero la unidad sólo se puede
hallar en la devoción. La unión se puede crear atando a dos personas juntas con
cuerdas, pero la unidad sólo puede sobrevenir cuando los corazones son atados
con la fe y el amor. Esto es lo que los predicadores pioneros decían: “Uno
puede coger dos gatos, amarrados por la cola, y acomodarlos sobre un tendedero
de ropa, y con ello obtendría unión, pero no unidad”. La gente de mente y
voluntad divididas puede experimentar algún tipo de unión, pero la gente sólo
puede convivir en un mismo parecer mediante el hablar las mismas cosas y el ser
una en pensamiento y juicio.
Pablo no sólo rogó por la unidad en 1
Corintios 1.10, sino que también especificó el tipo de unidad por la cual rogó
—una unidad de acuerdo, sin divisiones, completa en mente y parecer. Esta clase
de unidad sólo ocurre mediante la sumisión a la voluntad de Cristo. En Hechos
2, el día que la iglesia fue establecida, cada persona se sometió al mensaje
del Espíritu que fue presentado por hombres inspirados. Esta sumisión resultó
en una unidad doctrinal: “Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles...
Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas”
(Hechos 2.42-44). Es comprensible, pues, que Pablo les escribiera a los
hermanos que estaban en Filipos, lo siguiente: “Pero en aquello a que hemos
llegado, sigamos una misma regla, sintamos una misma cosa” (Filipenses 3.16).
UNA UNIDAD
PRÁCTICA
En tercer lugar, una unidad práctica es la
que debe caracterizar al cuerpo de Cristo. La unidad orgánica que se da por el
Espíritu Santo cuando entramos a Cristo, debe mantenerse, no sólo mediante el
apego de cada miembro a las llanas enseñanzas de las Escrituras, sino también,
mediante la adopción por parte de cada miembro, de un enfoque práctico, de
sentido común, al convivir unos con otros en un sólo acuerdo con Cristo.
Pablo
exhortó a los hermanos filipenses a manifestar la actitud de un “vivo estar
juntos”. Esto fue lo que les dijo: “Completad mi gozo , sintiendo lo mismo,
teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa” (Filipenses 2.2).
Más adelante dijo: “Ruego a Evodia y a Síntique, que sean de un mismo sentir en
el Señor” (Filipenses
4.2).
Estos versículos exigen necesariamente que cada miembro del cuerpo de Cristo
viva según las enseñanzas de
No debemos jamás poner a un hermano en una
posición en la que haciendo lo que exigimos con ello viole su conciencia. Esto
fue lo que Pablo dijo:
Así
que, ya no nos juzguemos más los unos a los otros, sino más bien decidid no poner
tropiezo u ocasión de caer al hermano (Romanos 14.13).
Así
que, los que somos fuertes debemos soportar las flaquezas de los débiles, y no
agradarnos a nosotros mismos. Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo
que es bueno, para edificación. Porque ni aun Cristo se agradó a sí mismo;
antes bien, como está escrito: Los vituperios de los que te vituperaban,
cayeron sobre mí (Romanos 15.1-3).
Benjamin Franklin dijo una vez, que si un
hombre está tratando de lograr que dos tablas se ajusten perfectamente puede
que le sea necesario aserrarle los dos extremos que se han de unir. En otras
palabras la unidad práctica, a menudo, requiere dar y recibir. El egoísta jamás
tendrá conocimiento de lo que es estar unido con otros. Siempre vivirá en un
pequeño reino el cual estará limitado por los cuatro costados, por sus egoístas
exigencias. No podrá salir de tal reino para tener convivencia genuina con los
demás, y nadie podrá entrar al tal para tener tal convivencia con él.
Esta unidad práctica en Cristo se origina
en un esfuerzo consciente por parte de cada miembro del cuerpo de Cristo por
considerar a su hermano o a su hermana, con amor y con gracia. Ha de devaluar
sus propias opiniones, e incluso, sus deseos. Ha de abstenerse de hacer
cualquier cosa que nazca del egoísmo o de la vanagloria, y en lugar de ello ha
de considerar, humildemente, a los demás como superiores a él mismo (Filipenses
2.3). Ha de abstenerse de mirar por lo suyo propio; ha de mirar por lo de los
otros (Filipenses 2.4). Al vivir así, estará mostrando, en forma singular, el sentir
de Cristo (Filipenses 2.5-8).
CONCLUSIÓN
El cuerpo de Cristo, por lo tanto, ha de
caracterizarse por la unidad. Esta unidad tiene un carácter triple: es de
naturaleza orgánica, es de naturaleza doctrinal, y es de naturaleza práctica.
La unidad orgánica proviene mediante la gracia de Dios en el momento de la
entrada a su cuerpo. Se mantiene y se experimenta mediante una unidad doctrinal
y práctica, la cual resulta de una dedicación consciente a las enseñanzas de
las Escrituras y a la vida espiritual de otros cristianos.
Dios busca la manera de llevar toda la
resonante discordia de su mundo una armoniosa unidad en Cristo: “Por cuanto
agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por medio de él reconciliar
consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en
los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz” (Colosenses 1.19-20).
Cristo
nos llama, mediante su evangelio, a esta unidad en su cuerpo. Dios la planeó
(Efesios 3.6), Cristo oró por ella y proveyó para la posibilidad de
la misma
(Juan 17.21; Efesios 2.16), Pablo rogó por ella (1 Corintios 1.10), y el
Espíritu la produce (Efesios 4.1-6).
¿No deberíamos aceptar esta unidad mediante
el recibirla y el permanecer en ella?
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