Entrando
a la iglesia
(Lección
11)
Y
el Señor añadía cada día a la iglesia los que
habían
de ser salvos (Hechos 2.47).
Hay cosas que son muy caras pero que
realmente no son valiosas —hay cosas que son baratas pero muy valiosas —por
ejemplo, la luz del sol o la lluvia; algunas cosas son muy caras y muy valiosas
—la iglesia de Cristo cae en esta categoría.
El Nuevo Testamento no deja ninguna duda
acerca del incomparable valor de la iglesia. Su valor se manifiesta de tres
maneras por lo menos:
Este supremo valor de la iglesia sugiere
que ignorar a la iglesia del Nuevo Testamento sería el más grande de todos los
errores. Un millonario llega a ser paupérrimo si no halla la iglesia de Señor y
entra a ella. El más grande de los hombres fuera de la iglesia llega a ser el
más pequeño.
A la luz
del inconfundible valor de la iglesia. La razón dicta que sinceramente preguntemos:
“Cómo es que se entra a la iglesia?”. Tal vez no haya pregunta más grande que se
pueda considerar. Dediquémonos a encontrar la respuesta que el Nuevo Testamento
le da a esta pregunta.
Cristo fue claro y definitivo acerca de lo
que quiso que sus discípulos hicieran después de que él regresara al cielo,
después de su ministerio terrenal. Son tres versiones bastante completas de su
comisión, las que se registran en el Nuevo Testamento (Mateo 28:18-20; Marcos
16.15-16; Lucas 24,46-47). No se peca de exceso al sobreestimar la importancia
de estos relatos. En ellos se da la guía de Cristo para sus discípulos para la
totalidad de la era cristiana.
Cristo primero les hizo un encargo de
envergadura universal a sus discípulos cuando les dijo: “Id por todo el mundo y
predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16.15). En segundo lugar, les
especificó las condiciones bajo las cuales la salvación es ofrecida cuando el
evangelio es predicado. Les dijo a los discípulos qué debían hacer —“Id”, y les
dijo qué decir —“Predicad el evangelio”. Con las palabras “Id” y “evangelio”
les resumió el trabajo para el futuro.
Una vez, según Marcos, Cristo les dio la
comisión y recalcó el creer como condición. Esto fue lo que dijo: “Id por todo
el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere
bautizado será salvo; mas el que no creyere, será condenado” (Marcos 16.15-16).
Al bautismo se le menciona claramente como una condición en este registro de la
comisión, sin embargo, el énfasis parece recaer sobre el creer.
Según Lucas, en otro momento que Cristo dio
la comisión, el énfasis de ésta fue sobre el arrepentimiento. Esto fue lo que
dijo: “Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y
resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase su nombre el
arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde
Jerusalén” (Lucas 24.46-47). El arrepentimiento y el volverse del pecado a
Dios, habría de ser la nota dominante en la predicación del evangelio durante
la era cristiana.
Mateo retrató a Cristo dando la comisión
sobre una montaña en Galilea, donde acentuó el bautismo. Esto fue lo que dijo:
“Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos
a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del
Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y
he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo
28.18-20).
Es obvio, entonces, que las tres
condiciones bajo las cuales la salvación ha de extenderse, son: la fe, el
arrepentimiento y el bautismo, cada una de las cuales fue singularmente
señalada por nuestro Salvador y recalcada en los tres relatos de la gran
comisión.
Estas tres condiciones son evidentes y son
fáciles de percibir. Nadie que tome en serio la comisión de Jesús, dejará de reconocer
estas condiciones y la importancia de las mismas en el plan del Señor. Ellas
constituyen los términos o condiciones de entrada al reino o iglesia del Señor.
Ellas han de regir durante la totalidad de la era cristiana.
Las condiciones para la salvación no
solamente son dadas inconfundiblemente en el Nuevo Testamento, sino que también
son ilustradas gráficamente en los Hechos de los apóstoles. Por ejemplo, el
libro comienza con la emocionante historia del establecimiento de la iglesia.
En Hechos 2, una multitud de gente, compungida por el sermón de Pedro, clamó
con las siguientes palabras: “¿Qué haremos?”. Había sido la fe en Jesús lo que
les había movido a clamar de tal manera. En consecuencia, Pedro les ordenó que
se arrepintieran y se bautizaran para el perdón de los pecados (Hechos 2.38).
Fueron tres mil los que se bautizaron aquel día (Hechos 2.41). Como
consecuencia de lo anterior, esto es lo que Hechos 2.47 dice: “Y el Señor
añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos”. Más adelante, el
grupo al cual fueron añadidos, se le refiere nuevamente con el término
“iglesia” (Hechos 5.11). Nuestro Señor, en su comisión final, había
especificado la fe, el arrepentimiento y el bautismo como las condiciones bajo
las cuales la salvación habría de proclamarse. Las personas que entraron a la
iglesia en Pentecostés cumplieron con estas tres condiciones.
Otro ejemplo es el que se encuentra en
Hechos 8. En la última parte de Hechos 8, un ángel le dijo a Felipe que fuera
hacia el sur para continuar con la predicación (Hechos 8.26). Cuando llegó a
cierta intersección, Felipe vio a un eunuco etíope que viajaba por el camino a
bordo de un carro (Hechos 8,27-28). Éste era un hombre muy religioso, pero no
era cristiano. A Felipe se le instruyó mediante el Espíritu Santo, que se le
acercara y se le uniera al etíope (Hechos 8.29). Después de correr hacia éste,
descubrió que estaba leyendo el libro de Isaías, mas sin entenderlo (Hechos
8.31). Felipe comenzó con el mensaje que el etíope había estado leyendo, y le abrió
a sus ojos la historia de Cristo (Hechos 8.35), contándole sin duda, todo lo
concerniente a la venida de Cristo a este mundo, y de su muerte por nuestros
pecados.
Cuando viajaban juntos, hablando acerca de
Cristo, pronto encontraron cierta agua. El etíope preguntó: “¿Puedo ser
bautizado?”. Dado que el etíope creía, era completamente apropiado que se
bautizara. Ellos pararon el carro y
entraron al agua, y Felipe sumergió al etíope (Hechos 8.38). Después de su
bautismo, el etíope siguió gozoso su camino.
Nuestro Señor, en su última comisión, había
especificado la fe, el arrepentimiento y el bautismo como condiciones bajo las
cuales la salvación habría de ser proclamada.
Una vez más los términos para salvación que
nuestro Señor había establecido, eran obedecidos. La fe en Cristo llegó a ser
una realidad como resultado de la predicación de Felipe (Hechos 8.35-36). El
etíope era un religioso que estaba sinceramente tratando de hacer la voluntad
de Dios. El arrepentimiento, por lo tanto, resulta evidente a través de aceptar
el mensaje de Cristo que Felipe le llevó. En este relato el bautismo es
retratado, más claramente que en ningún otro del libro de Hechos. Tanto Felipe
como el Eunuco entraron al agua, y Felipe lo sumergió.
Veámoslo de otra manera: Suponga que usted
vive en un reino y que conoce al rey, con quien tiene una relación de amistad
personal. Un día, mientras sostiene una conversación con el rey, éste le dice
que si le vuelve a hacer una visita, él le perdonará su deuda por concepto de
impuestos. Eventualmente, usted vuelve a visitar al rey, anticipando el perdón
de su deuda. Cuando llega al palacio, se le dice que el rey se ha ido de viaje
a otro país. Usted le dice al guarda de palacio, lo que el rey le dijo, que su
deuda por concepto de impuestos sería perdonada si usted volviera a visitarlo.
El guarda de palacio le dice: “El rey ha hecho arreglos especiales para usted”.
Luego lo lleva a una habitación en la que se encuentran doce administradores.
Usted les cuenta su historia. Corno respuesta le dicen: “Cuando el rey estaba
aquí, el tenía la facultad de perdonar deudas por concepto de impuestos con
sólo decir una palabra, pero el rey se ha ido. El dejó especificados los
términos bajo los cuales tal deuda habría de ser perdonada. Lo primero que debe
hacer, es regresar a su casa; lo segundo es escribirnos una carta contándonos
su historia; en tercer lugar, debe hacer una lista de los miembros de su familia;
y cuarto, debe firmar la carta en presencia de tres testigos. Cuando estos
términos se hayan cumplido, su deuda será perdonada”.
Compare esta historia con lo que Cristo ha
hecho en la realidad. Cuando él estuvo aquí, a menudo perdonaba los pecados con
sólo decir una palabra. Por ejemplo, perdonó al malhechor en la cruz (Lucas
23.43). No obstante, cuando Cristo estaba listo para salir de esta tierra y
regresar a los cielos, él nos dio los términos bajo los cuales la salvación
sería impartida a la gente durante la era cristiana. Además, indicó que su
comisión habría de tener vigencia hasta el fin del mundo (Mateo 28.20). Ahora
que el rey se ha ido, sus términos para el perdón están vigentes.
Estos términos de entrada a la iglesia
deberían aplicarse a cada uno de nosotros. La comisión final de Cristo no ha
cambiado. Hoy es la misma tal como la que fue cuando fue dada. Los términos de
la salvación son para nosotros, precisamente los mismos que fueron para los que
oyeron el primer sermón predicado por Pedro. Cristo establece los términos de
entrada a la iglesia y es el que añade los nuevos miembros a ella. Los
argumentos e instrucciones de los hombres no alteran su última voluntad y
testamento. El rey se ha ido, y los términos que él estableció, para la edad
cristiana, son los que deben seguirse.
¿Dónde se encuentra usted con respecto a
los términos de Cristo para la entrada a su iglesia? ¿Ha creído usted? La
fuente de la fe es la palabra de Dios (Romanos 10.17). La sabiduría, el
conocimiento, o logros de los hombres, no pueden producir fe. ¿Cree usted en
Dios? ¿Cree usted que Cristo es su Hijo y el Salvador de la humanidad?
¿Se ha arrepentido usted de sus pecados
(Hechos 17.30-31)? ¿Se ha vuelto usted de andar en pos del pecado para andar en
pos del Dios viviente? ¿Se ha consagrado de corazón a la voluntad de Dios sin
importar lo que ello signifique y sin importar adónde le lleve?
¿Ha hecho una declaración en público de que
usted cree en Jesús, que él es el Hijo de Dios y que es el Señor (Romanos
10.10)? ¿Ha confesado con sus labios que Jesús es el Salvador y el Señor?
¿Ha sido bautizado usted? El bautismo que
señala la gran comisión es el que se lleva a cabo por inmersión (Romanos 6.4),
es en Cristo (Romanos 6.3; Gálatas 3.27), para el perdón de los pecados (Hechos
2.38; 22.16), y en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo (Mateo
28.19-20). ¿Se ha bautizado según el patrón del Nuevo Testamento?
Hoy día, cuando uno se adhiere a los
términos que Cristo estableció en su última comisión, ¿no es razonable creer
que nuestro fiel Señor y Salvador lo añade a uno a su iglesia o reino? Nadie
está justificado para cambiar los términos del Señor. No debemos permitir que
se les reemplace, ni que se les adultere. Nuestro compromiso con Cristo no debe
dar lugar a otra cosa más que la obediencia.
CONCLUSIÓN
¿Ha entrado usted a la iglesia del Nuevo
Testamento? ¿Le gustaría entrar a ella hoy?
Ciertamente es la más grande y magnífica de
las noticias para nosotros, el saber que la iglesia que se halla en el Nuevo
Testamento es una a la que cualquiera puede entrar, cumpliendo sinceramente con
los términos del Señor para entrar.
Todas las naciones, todas las razas, y
todas las personas pueden entrar al reino de Cristo y ser uno en Cristo
(Efesios 2.14).
El buen juicio exige que comencemos por el
principio, asegurándonos de que el fundamento sea verdadero. Si usted no tiene
certeza de que ha cumplido con los términos del Señor para la salvación,
complete el cumplimiento de ellos y hágalo inmediatamente. Entre a su reino, y
desde ahora en adelante, viva como un ciudadano de su reino y de nada más que su
reino.
La iglesia de Cristo no tiene ningún valor
para usted, a menos que entre a ella.
PREGUNTAS PARA
ESTUDIO Y COMENTARIO