Cristo
la cabeza de la iglesia.
(Lección
10)
Porque
el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la
cual es su cuerpo, y él es su Salvador (Efesios 5,23).
Una antigua historia cuenta que un grupo de
chicos entraron a una tienda, en el campo. Compraron algunas cosas y salieron
de prisa. En pocos minutos ya habían subido y bajado la colina que se
encontraba un poco más allá de la tienda, y habían desaparecido de vista. Unos
pocos minutos después, un chico más entró corriendo a la tienda, casi sin
aliento. Un poco alterado, le preguntó al dependiente: “Ha Visto a un grupo de
chicos que anduvo por aquí?”. El dependiente le dijo: “Sí. Estuvieron aquí hace
no más de quince minutos. Tenían gran prisa y no se detuvieron mucho tiempo”.
El chico le dijo: “¿En qué dirección se fueron? ¡Es que yo soy el líder de
ellos!”
Este chico, el líder del grupo, ilustra el
tipo de liderazgo que hemos visto muy a menudo —un liderazgo que no se
encuentra al frente dirigiendo, sino que ¡anda atrás, preguntándose en que
dirección sus seguidores se habrán ido! El problema con el liderazgo humano es
su fragilidad e insuficiencia. El liderazgo humano, en cualquier momento va a
desilusionarlo a uno. La gente siempre será gente.
¿Deberemos esperar que el liderazgo de la
iglesia sea inadecuado de vez en cuando? ¿Tendrá el barco de Sión un Capitán
que no esté sujeto a las debilidades humanas y a los fracasos de los mortales?
¿Deberemos depender de una brújula rota para nuestro viaje de la tierra a la
eterna orilla del gran para siempre?
Nuestros temores son disipados por las
palabras inspiradas que afirman que la cabeza de la iglesia no es ningún otro
más que Jesucristo. Esto fue lo que Pablo escribió: “... así como Cristo es
cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador” (Efesios
5.23). Deje que la frase “... así como Cristo es cabeza de la iglesia” entre
profundamente en sus pensamientos. El reconocer a Cristo como la cabeza de la
iglesia les dará confianza a los que son miembros de la iglesia de Cristo, pues
el hacerlo así les recuerda de la infalible guía que reciben. Ello también
incentivará a los que no son cristianos a entrar a la iglesia, para así
someterse al infalible liderazgo de Cristo.
Contemplemos el tranquilizador tema de
“Cristo como la cabeza de la iglesia”, mediante la consideración de las maneras
en que él lo es.
ÉL ES
En primer lugar, él es la cabeza de la
iglesia en cuanto a la autoridad, El es nuestro Señor, y nos dirige mediante su
ley.
Después de su resurrección de entre los
muertos, y de su ascensión a los cielos, Cristo fue sentado a la diestra de
Dios en los lugares celestiales, “sobre todo principado y autoridad y poder y
señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también
en el venidero” (Efesios 1.21). Dios “sometió todas las cosas bajo sus pies, y
lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo...”
(Efesios 1.22-23), Pablo recalcó esta misma verdad en Colosenses, cuando dijo:
“Y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el
primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia; por
cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud” (Colosenses 1.18-19).
Según el escritor de Hebreos, Dios nos ha de hablar a nosotros por medio de su
Hijo durante los postreros días, o sea, durante la dispensación cristiana
(Hebreos 1.1-2). El ha exaltado a Cristo hasta lo sumo y le ha conferido el
nombre que es sobre todo nombre “para que en el nombre de Jesús se doble toda
rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra;
y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor,...” (Filipenses 2.10-11).
Las Escrituras nos aseguran que Cristo
reinará como cabeza de la iglesia hasta el fin de los tiempos, y después,
cuando todo gobierno, toda autoridad, y poder sean abolidos, él entregará el
reino a Dios el Padre (1 Corintios 15.23-24).
Ya alguien dijo: “El mejor gobierno es una dictadura,
¡si el dictador fuera perfecto!”. Esta afirmación, obviamente, es verdad, pero
no nos consuela en lo que se refiere a los gobiernos de los hombres, pues todo
dictador terrenal está plagado de imperfecciones. Este dicho, no obstante, nos
da aliento en lo que se refiere a la iglesia. El dictador de la iglesia, el
divino Hijo de Dios, ¡es perfecto en conocimiento, sabiduría, amor y gracia!
Por lo tanto, el enterarnos de que nosotros como cristianos estamos bajo el
dictador, Cristo, no es mala noticia; es la mejor de las buenas nuevas.
¿Habríamos de querer que fuera diferente?
Cuando vivimos como su iglesia, vivimos en
sujeción a su autoridad y liderazgo. Aún en una era tan egocéntrica como la
actual, no podemos exigir que se cumplan nuestros deseos dentro de la iglesia
de Cristo. No podemos decir “yo primero” y a la vez reconocer a Jesús como el
Señor. Toda decisión que tomemos es una decisión espiritual guiada por nuestra
sumisión a su Señorío. Esto es lo que los cristianos cantamos: “Que se haga a
tu manera, Señor”; nosotros no cantamos: “Lo haré a mi manera”.
ÉL ES
En segundo lugar, Cristo es la cabeza de la
iglesia en cuanto al ejemplo. El es nuestro patrón perfecto en cuanto a la obediencia
a Dios. El nos dirige mediante su vida sin pecado.
Pedro dijo que Cristo no cometió pecado y
que ningún engaño fue hallado en su boca. Cuando le maldecían, no respondía con
maldición. Cuando padecías no amenazaba (1 Pedro 2.21-23).
Cristo nunca tuvo necesidad de pedir perdón
por ningún error que hubiese cometido. Nunca hubo necesidad de que se
retractara de una palabra mal dicha, Su corazón jamás conoció un pensamiento
pecaminoso. Sus enemigos le escrutaron su vida pero no pudieron encontrar un
solo pecado.
El que es la cabeza de la iglesia es
perfecto en carácter así como también es perfecto en autoridad. El dirige a su
iglesia con su propia vida. Siendo nosotros su iglesia, debemos atender a sus
mandamientos e imitar su vida. Esto fue lo que Juan escribió: “El que dice que
permanece en él, debe andar como él anduvo” (1 Juan 2.6). Es debido al singular
liderazgo que Jesús le provee a la iglesia, que Pablo pudo exhortar a los demás
con estas palabras: “Sed imitadores de mí, así corno yo de Cristo” (1 Corintios
11.1).
Desde
cierto punto de vista, Cristo llegó a ser nuestro perfecto Salvador. Al vivir
una vida perfecta delante de Dios, él llegó a estar perfectamente calificado
para ser nuestro Salvador y pudo así ofrecerle a Dios una vida libre de pecado,
para la expiación por éste. El escritor de Hebreos presentó este argumento: “Y
aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; y habiendo sido
perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le
obedecen” (Hebreos 5.8-9).
Nataniel Hawthorne escribió la historia:
“El gran rostro de piedra”, la cual nos recuerda que llegamos a ser aquello que
contemplamos; imitamos lo que admirarnos. Un rostro con apariencia de bondad,
esculpido en el costado de una montaña, miraba hacia un valle en el que vivía
un pueblo oprimido. La comunidad creía que alguien con un rostro similar al de
la gran roca, un día vendría como el libertador de ellos. Un chico de la aldea
meditaba continuamente en el rostro de piedra y lo hacía con grandes
aspiraciones y deseos. Con el tiempo, a través de contemplar y admirar el
rostro de piedra, el joven desarrolló un parecido al mismo, y la comunidad
pronto lo reconoció como su libertador.
La verdad de que llegamos a ser aquello que
contemplamos es especialmente verdadera en lo que concierne a la iglesia. Esto
fue lo que Pablo dijo: “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta
como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria
en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Corintios 3.18).
La iglesia de Cristo mira a la vida de éste
como un modelo por el cual vivir. El es nuestra cabeza en cuanto al ejemplo. No
sólo lo miramos como ejemplo, sino que también ponemos nuestros ojos en él
(Hebreos 12.2) cuando nos dirige con su perfecta vida.
ÉL ES
En tercer lugar, Cristo es la cabeza de la
iglesia en cuanto al amor. El nos dirige y nos ordena con su amor que nos
constriñe.
La noche antes de su muerte, Jesús les dijo
a sus discípulos: “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como
yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que
sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Juan 13.34-35;
énfasis nuestro). Les dijo, además: “Este es mi mandamiento. Que os améis unos
a otros, como yo os he amado” (Juan 15.12; énfasis nuestro).
Este amor que Cristo tiene por nosotros, y que
tan bellamente demuestra, nos motiva en tres formas:
Ciertamente, Cristo es la cabeza de la
iglesia en cuanto a la autoridad, en cuanto al ejemplo, y en cuanto al amor y
el servicio.
Cuando los ángeles miraban el ministerio
terrenal de Cristo, debieron haber mirado con sobrecogimiento cuando, el día
antes de su muerte en la cruz, tomó un Lebrillo y una toalla, y con amor y
humildad ¡les lavó los pies a sus discípulos! El rey de reyes se arrodilló en
amoroso servicio, delante de sus discípulos. Cristo no sólo se hizo hombre,
sino que llegó a ser siervo de los hombres. Tomó la forma de un hombre y vivió
la vida de un siervo (Filipenses 2.7).
Juan introduce esta importantísima escena
con estas palabras: “Sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas
en las manos, y que había salido de Dios, y a Dios iba...” (Juan 13.3). En
otras palabras, en el momento cuando Cristo estaba especialmente consciente de
su autoridad, posición y futuro, se acomodó al nivel de sus discípulos para
hacer la obra de un siervo, armonizando así con la vida de siervo que él había
vivido. No hizo ostentación de su supremacía y fortaleza, ni de su poder ni
posición. Con amor, solía enseñarles a sus discípulos la lección de la
humildad.
Como cabeza de la iglesia que es, ¡él
amorosamente nos sirve con su poder y su autoridad! No renunció a su posición
como Señor cuando les lavó los pies a sus discípulos; USÓ su posición como
Señor para servirles y para inspirar en ellos el espíritu de servicio. Esto fue
lo que les dijo:
“Vosotros
me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor
y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies
los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho,
vosotros también hagáis” (Juan 13.13-15).
Jesús ha mostrado, de la manera más suprema
lo que el amor es, y cómo el verdadero amor se manifiesta. El dirige a su iglesia con su amor. Cuando
vivimos en la atmósfera de su amor, respiramos su amor, y respondemos a éste,
es que somos reconstruidos a su imagen. No es de extrañar que nuestro hermano
dijera: “Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel
que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios” (1 Juan 4.7-8)
CONCLUSIÓN
Se puede asegurar confiadamente que Jesús es
cabeza de la iglesia en cuanto a la autoridad, en cuanto el ejemplo, y en
cuanto el amor y el servicio. El dirige
a su iglesia a través de su señorío, su perfecta vida, y su amor que constriñe.
El que es cabeza de cualquier organización
o cuerpo le da la credibilidad, la autenticidad y la fortaleza que él posee a
la organización o cuerpo que él dirige. Esto es ciertamente verdad en lo que
concierne a Cristo y a su iglesia. El Cristo, el divino Hijo de Dios, le da su
inmaculada perfección, su infinita sabiduría, su incomparable integridad, y su
poderosa fortaleza a la iglesia, con su condición de cabeza y de líder de ella.
La iglesia de Cristo fue fundada por
Cristo, es dirigida por Cristo, y lleva el nombre de Cristo. Cualquier cosa que
Cristo posea, él la imparte a su iglesia; cualquiera que sea el futuro que
Cristo tiene, es el futuro que la iglesia tiene. El promete sostener a su
iglesia hoy día y santificarla para su futuro, “a fin de presentársela a sí
mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante,
sino que fuese santa y sin mancha” (Efesios 5.27).
Si Cristo ha creado a la iglesia, le ha
impartido a ella su amor y salvación, y la ha coronado con su promesa de gloria
eterna, ¿quién no habría de querer estar en ella?
¿Se
encuentra usted dentro de la iglesia dirigida por Cristo?
PREGUNTAS PARA
ESTUDIO Y COMENTARIO