El edificio de Dios
(7)
“…en quien todo el edificio, bien
coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien
vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu
(Efesios 2.21-22).
El proyecto de construcción más grande, del
cual se habla en el Antiguo Testamento, debió haber sido la construcción, por
parte de Salomón, del templo de Jehová. El propósito de edificarle una “casa a
Jehová” fue expresado primero por David; “pero Dios le dijo a éste, a través
del profeta Natán, que tal privilegio se le iba a dar a Salomón, pues David
había sido un hombre de guerra (2 Samuel 7.5; 1 Crónicas 28.3). No obstante, a
David se le permitió reunir los materiales para la construcción del templo
antes de su muerte.
Bajo el liderazgo de Salomón, el templo fue
construido con los materiales más costosos y de la más alta calidad, y con todo
el esmero y el más alto nivel de calidad artesanal. Aunque el principal
material empleado fue la piedra, se le artesonó con madera de cedro y se le
cubrió de oro. Su tamaño era dos veces el del tabernáculo (1 Reyes 5.1-9. 2
Crónicas 2—7) y tomó siete años y medio terminarlo. Se localizaba en el monte
de Moriah, tal vez fue construido cerca del lugar en el que Abraham había
venido a ofrecer a Isaac en sacrificio.
Se reclutaron 10,000 israelitas para trabajo
en el templo (1 Reyes 5.13-14), y 150.000 no israelitas fueron utilizados como
obreros en él (1 Reyes 5.15; 2 Crónicas 8.7—10). Los no israelitas eran
prisioneros de guerra, hombres vendidos por deuda o esclavos nacidos en casa.
Se dividían en dos grupos —setenta mil que llevaban cargas, y ochenta mil
trabajadores de cantera. Los capataces de todos estos obreros eran 3.850. En
otras palabras, fueron un total de 163.850 hombres los que trabajaron
continuamente para construir el templo. Esta tremenda cantidad de obreros y
supervisores, es una señal de cuán inmensa era este proyecto de construcción.
NOTA: Los que habían sido reclutados para servir en el templo, fueron treinta
mil, pero sólo diez mil se usaban por mes. Así, cada uno de los reclutados
prestaba servicio por un mes de cada tres (1 Reye 5.13).
En segunda de Crónicas 2.18, se menciona un número de 3.600 como
capataces canaanitas. En segunda de Crónicas 8.10, se menciona un número de 550
capataces israelitas. Esto daría un total de 3.850 capataces.
En primera de Reyes 5.16 se habla de 3.300 como el número de oficiales
subordinados, mientras que en 1 Reyes 9.23 se habla de 550 como el número de
los oficiales superiores. Esto también daría un total de 3.850 oficiales
supervisores. Así, 2 Crónica y 1 Reyes armoniza en cuanto al número de
oficiales supervisores pero cada uno mira a los supervisores desde diferentes
puntos de vista.
La oración de Salomón en el momento de la
consagración del templo (2 Crónicas 6.3—42) es un de las más hermosas que se
encuentran en las Escrituras. Al final de su oración, él ofreció 22.000 bueyes
y 120.000 ovejas en sacrificio a Jehová (1ª Reyes 8.62-63; 2 Crónicas 7.4-5).
Esto fue lo que el cronista dijo: “Cuando Salomón acabó de orar, descendió
fuego de los cielos, y consumió el holocausto y las víctimas; y la gloria de
Jehová llenó la casa. Y no podían entrar los sacerdotes en la casa Jehová,
porque la gloria de Jehová había llenado la casa de Jehová” (2 Crónicas 7.1-2).
El templo se mantuvo en pie como la
grandiosa casa de Jehová que él fue para la nación de Israel, hasta que
Nabucodonosor lo destruyó en el año
Sería fácil creer que este templo de la era
del Antiguo Testamento, fue el más grandioso edificio jamás construido por
Dios, pero en realidad no lo fue. Hay un edificio muchísimo más grandioso,
construido por Dios a través de Jesús. Los escritores del Nuevo Testamento se
han referido a éste con el término “la iglesia”, y se trata de la
estructura más singular y gloriosa que Dios jamás construyó en la historia del
mundo.
En Efesios 2, Pablo nos brinda el más
marcado contraste que se pueda hallar en todo el Nuevo Testamento, entre el
estado del que está fuera de Cristo y el del que es cristiano. Para describir
la diferencia entre estos dos estados, Pablo hizo uso de la figura del “antes y
después”. Por ejemplo, Pablo dijo que antes de llegar a ser cristiano, uno está
muerto, anda según la corriente de este mundo, está bajo la potestad del diablo
y vive igual que los hijos de desobediencia (Efesios 2.1-3). Luego, Pablo dijo
que después de que uno llega a ser cristiano, uno es perdonado, está en Cristo
y es salvo por gracia (Efesios 2.4-10). Al final de este contraste Pablo se
refirió a la unidad que tenemos en Cristo, seamos gentiles o judíos. Utilizó,
para este efecto tres figuras que representan a la iglesia: la figura de una
ciudad (2.19), la de una familia (2.19), y la de un edificio (2.20-21). La
figura del edificio de Dios. Es una de las descripciones más hermosas de la
iglesia que el Espíritu Santo nos ha dado.
“Así que ya no sois extranjeros ni
advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de
Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la
principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien
coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien
vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu”
(Efesios 2.19-22).
El Espíritu Santo ha acudido al lenguaje
figurado pintoresco al llamarle a la iglesia el edificio de Dio. Cuando miramos
a la iglesia a través de imágenes como esta, se nos recuerda de su peculiar
naturaleza.
UN EDIFICIO “HUMANO”
A diferencia del templo del Antiguo
Testamento, la iglesia, el edificio de Dios neotestamentario, está construido
de gente. Cada cristiano provee el material, del cual se compone este edificio.
Pablo dijo que los gentiles que habían
llegado ser cristianos, ya no eran extranjeros ni advenedizos sino
conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, una familia que
había sido edificad sobre el fundamento de los apóstoles y profetas siendo la
principal piedra del ángulo Jesucristo mismo. Dijo que los cristianos, fueran
judíos o gentiles, se habían coordinado y crecían para ser un edificio de Dios.
Pedro hizo una analogía similar en 1 Pedro 2.5: “... vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa
espiritual y sacerdocio santo,...”.
La iglesia es un edificio, sin embargo, es
un edificio hecho de personas que han llegado a ser cristianas. Cada cristiano
es una piedra espiritual que forma parte del edificio. Todos los cristianos,
como piedras vivas que son, están unidos por el Espíritu de Dios, el cual, a
modo de cemento los pone en contacto para formar un dinámico organismo
espiritual, invisible, al cual se le asemeja, en modo figurado, con un
edificio.
La iglesia es un edificio,
sin embargo, es un edificio espiritual,
hecho de personas que han
llegado a ser cristianas.
El cuadro que pinta Pablo, de la iglesia, no
es el de cientos de pequeñas organizaciones que se agrupan para formar un
gigantesco edificio. El Nuevo Testamento no describe a la iglesia como el
conjunto de todas las confesiones religiosas del mundo. Más bien, describe a
cada congregación de la iglesia de Cristo, como una manifestación, completa en
sí misma, de la iglesia universal. La
iglesia universal se compone de cristianos
individuales que están distribuidos por todo el mundo sirviendo cada uno
como piedra viva dentro de esta estructura espiritual que es la iglesia.
No debemos confundir la iglesia con un
edificio material ni con el lugar donde se adora a Dios. No hay en el Nuevo
Testamento una sola línea que se refiera al edificio para la iglesia. A los
cristianos se les mandó congregarse regularmente con el propósito de adorar a
Dios (Hebreos 10.25), y este mandamiento lleva implícita la idea de un lugar
para tales asambleas; pero este lugar, obviamente, puede ser entre otras cosas,
una casa, un lugar al aire libre un edificio en particular, el cual haya sido
diseñado para tal propósito. Tampoco se dan, en el Nuevo Testamento,
instrucciones detalladas acerca del lugar en el que debe llevarse a cabo la
adoración. Esto es algo que deja al
juicio y discreción de los cristianos de cada localidad. Puede que éstos elijan
construir un edificio, en el cual reunirse regularmente para adorar, como también,
puede que decidan reunirse en una casa o en un lugar al aire libre. Debemos
recordar que a la iglesia, al edificio de Dios, la constituyen los cristianos
de una localidad, y no el lugar donde se reúnen para adorar.
Según Pablo, los cristianos deben verse a si
mismos como la casa de Dios que son, y cada cristiano debe verse a sí mismo
como una parte importante de esa casa. Cuando un cristiano anda por la calle,
la gente que lo mire puede decir de él “He allí una piedra viva del edificio de
Dios, es decir, de la iglesia”.
El mundo juzga a la iglesia de Dios según lo
que mira en los cristianos, no en los edificios o lugares en que los cristianos
se reúnan para adorar. Asegurémonos de vivir como el edificio de Dios que
somos, que estamos viviendo en armonía con el puesto que ocupamos dentro de la
iglesia de Cristo.
UN EDIFICIO “VIVIENTE”
El hecho de que la iglesia sea un edificio
“humano”, evidencia de que también es un edificio “viviente”. El templo de
Salomón, del cual habla el Antiguo Testamento, estaba hecho de materiales
inanimados, tales como el cedro, el oro, la plata y el marfil, pero el edificio
de Dios de hoy día, está hecho de piedras vivas.
Pablo jamás se refirió a la iglesia como una
institución. Por ejemplo, él dejó implícita, en el pasaje bajo estudio en esta
lección, la idea de que la iglesia es un organismo espiritual, el cual está
hecho de cristianos, es decir, se trata de una entidad viviente y que está
creciendo —una entidad vibrante, simplemente un grupo de personas a las que las
han unido intereses comunes.
El edificio, del cual escribió Pablo, no
tiene tope. Tiene paredes y un fundamento, pero no tiene techo. Los cristianos
forman las paredes, y el fundamento consiste en los apóstoles y profetas,
siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo. Cristo, como piedra
principal del ángulo que él es, mantiene unida toda la estructura. A medida que
las personas se convierten al Señor, ellas son añadidas a las paredes de este
edificio; y como esto es así, el edificio crece continuamente en altura cada
vez que nacen nuevos cristianos. La
palabra que se traduce por “creciendo” en Efesios 2.21, se usa solamente una
más en el Nuevo Testamento, y es en Efesios 4:16, para referirse a la unión de
cada parte del cuerpo con las demás, para ir formando una unión viviente, la
cual resulta en un crecimiento para la totalidad del cuerpo.
Esto fue lo que Lucas escribió acerca de la
iglesia en Hechos 2: “Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados;
y se añadieron aquel día como tres mil personas” (v. 41). Dos capítulos más
adelante, esto fue lo que dijo: “Pero muchos de los que habían oído la palabra,
creyeron; y el número de los varones era como cinco mil” (Hechos 4.4). En un
corto período, el edificio de Dios pasó, de tener un tamaño de 3,000 piedras
vivas, a uno de 5,000. Durante los años que pasaron después de aquel momento,
el edificio de Dios ha continuado creciendo. El tamaño que tiene ahora es mayor
que el de hace un año. No dejará de crecer, sino has que Cristo venga por
segunda vez.
A los cristianos, Pedro les llamó “piedras
vivas” (1 Pedro 2.5) y Pablo, “sacrificio vivo” (Roman 12.1). No queda duda de
que en este edificio de Dios todo está lleno de vida. A Dios el Padre se le
llama en las Escrituras, el “Dios vivo” (1 Tesalonicenses 1.9). De
El cristiano no es parte de una organización.
Él es una piedra viva que forma parte de una casa espiritual viviente, la cual
está en crecimiento. Nosotros aportamos al crecimiento y belleza del edificio
de Dios. Se nos ha unido con otros cristianos para formar una casa que jamás
deja de crecer. Cuando guiamos un alma a Cristo, estamos añadiendo un ladrillo
vivo más a la casa de Dios. Si, por el contrario, de algún modo destruimos a
otro cristiano, estaríamos sacando una piedra viva de la casa de Dios. Todo
cristiano está unido con los demás cristianos; vivimos unos con otros y unos
por otros, de modo que podamos proveerle a Dios, en forma conjunta, un edificio
en el que él pueda morar.
UN EDIFICIO EN EL QUE “MORA EL ESPIRITU”
El propósito de construir una casa es que
alguien pueda habitarla, y el edificio de Dios no es la excepción. La casa
espiritual de Dios está habitada por su Espíritu.
Esto fue lo que Pablo dijo: “... en quien todo el edificio, bien
coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien
vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en Espíritu”
(Efesios 2.21-22). También les dijo a los corintios: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en
vosotros?” Corintios 3.16).
Dios tiene sobre la tierra, así como en el cielo,
un lugar, en el cual habita. Su morada terrenal es la iglesia. El se reúne y
mora con su familia a través del Espíritu. La iglesia es la parte visible de
Dios sobre la tierra; Dios vive día tras día en este edificio, trabaja a través
de éste. Si la iglesia estuviera deshabitada, al igual que una casa vieja. La
iglesia no tendría ningún propósito de ser o existir.
Sin embargo, la verdadera iglesia no es una
reliquia tradicional del pasado que carezca de vida y energía; ¡ella está
habitada por el Espíritu de Dios! Jesús la construyó como un lugar en el que
Dios pueda abitar en el mundo.
El paganismo tenía sus templos diseminados
por todo el imperio romano. En Efeso se erguía el vistoso templo dedicado a la
diosa asiática Diana, llamada también Artemisa (Hechos 17.22-31). El judaísmo
tenía su templo en Jerusalén y sus sinagogas, las cuales estaban distribuidas
por todo el mundo romano, sus miembros se esforzaban por mantener viva la ley
de Moisés, aun cuando ya había pasado mucho tiempo de que Dios la había
abolido. Sin embargo, más hermoso y elaborado templo de todos los que hay en el
mundo, es el templo de Dios. Este templo no es hecho de manos, sino que ha sido
Dios mismo quien lo ha edificado; un templo que resplandece con una gloria y
grandiosidad no igualada por templos construidos por hombres, pues es Dios
mismo quien lo habita. Es Dios mismo quien pone cada piedra viva, cada persona
recién nacida en Cristo, una sobre otra y sobre el fundamento de los Apóstoles
y profetas, el cual a su vez descansa sobre Jesús, la principal piedra del
ángulo (1ª Corintios 3:11). Cada uno es puesto por la bondadosa mano de Dios en
un lugar preciado en la pared del edificio, de modo tal que todas las piedras
encajen perfectamente al unirse. El edifica diariamente, cada vez que se
conviertan a Cristo personas de México,
CONCLUSIÓN
Es una grandiosa y gloriosa verdad la que
declara Pablo en Efesios 2.19-22: La iglesia es el edificio de Dios. Este
edificio, como tal, es “humano”, está “vivo” y es “morada del Espíritu”.
Se cuenta que una vez, a un contratista de
la construcción, que le encargó un hombre rico que le construyera una mansión,
mientras éste hacía un viaje al extranjero. Se le confió una gran suma de
dinero, la cual podía usar a discreción suya, par cubrir los gastos que
demandara el proyecto de construcción. Se le puso a cargo de toda la
construcción. Durante el tiempo que duró ésta, utilizó materiales baratos y de
baja calidad, en lugar de materiales resistentes y fiables, y se quedó con la
diferencia en el precio. Se las arregló para ocultar su falta de honradez,
cubriendo ésta con paneles pintura, ladrillos y argamasa, pisos y paredes. Cuando el dueño volvió, la casa había sido
terminada y estaba lista para ser habitada. Vista por fuera daba la apariencia
de haber sido construida según los planes del dueño, pero ocultos al ojo humano
había materiales como tablas y vigas, conductos, drenajes, baldosas y láminas
de yeso, los cuales eran todos baratos y defectuosos. ¡Cuán asombrado y
desilusionado debió haberse puesto el contratista cuando el dueño le dio la
llave y le dijo: “Te doy esta casa para que vivas en ella”!. Este contratista, al estafar al dueño, en realidad
se estafó a sí mismo. A nosotros no se nos ha encargado que construyamos una
casa, se nos ha encomendado que seamos una!.
No debemos ser una casa cualquiera, sino ¡la misma casa de Dios!. Si no atendemos al llamado a ser parte del
edificio de Dios, como piedras vivas, nos estaremos estafando a nosotros mismos
privarnos del más grande privilegio que Dios le haya concedido al ser humano.
Si entramos a formar parte de la casa de Dios, y en nuestras vidas no se
refleja que somos parte de ésta, pues la forma como vimos es defectuosa y deja
mucho que desear, al examinarla a la luz del diseño de vida cristiana de Dios,
una vez más nos estaremos estafando a nosotros mismos, robándonos a nosotros
mismos la inigualable oportunidad, de representar a Dios mediante una forma de
vida que refleje que somos morada suya.
No podemos construir un edificio para Dios tal
como Salomón lo hizo, pues a la iglesia es el Espíritu de Dios quien la
construye, y esto, a través de la labra de Dios. ¡No obstante, podemos ser el
edificio Dios, a través de nuestra sumisión al evangelio, a través de que se
nos amolden nuestras “piedras vivas”, es decir, nuestras vidas, siendo Cristo
la principal piedra del ángulo!
¿Es
usted parte del edificio de Dios?
REGUNTAS PARA ESTUDIO Y
ANÁLISIS