La familia de Dios
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Así
que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y
miembros de la familia de Dios (Efesios 2.19).
Si a usted se le diera una hoja de papel en
blanco, y que se le pidiera hacer una lista de las diez bendiciones más
satisfactorias que Dios le ha concedido a la raza mana, ¿qué pondría usted en
la lista? ¿Cuáles considera usted que son los diez beneficios más valiosos y
que más le han servido a la humanidad?
La mayoría de las personas, pienso, pondrían
a la familia en el primer lugar de la lista. Lo experimentado a través de la familia,
desde su creación en el Jardín del Edén hasta la más reciente ceremonia
matrimonio, incluye las innumerables alegrías y veces en que se ha manifestado
el apoyo incondicional de los parientes. Es probable que la mayoría de las --
personas digan que la mayoría de sus recuerdos felices se agrupan en torno a
los hogares, en los cuales crecieron o en los hogares, en los cuales
actualmente viven. Además, yo pienso que todas las personas, excepto unas
pocas, bien podrían decir que fue de sus familiares de quienes recibieron mayor
fortaleza y apoyo para la vida. Verdaderamente que la familia le fue dada a la
raza humana, de parte de un Padre celestial que diseñó el hogar de modo que
éste les proveyera aliento cálido y comprensivo a nuestros espíritus.
En vista de lo significativo que es la
familia para nosotros, no debería sorprendernos que en las Escrituras a ella se
le utilice como figura para ayudarnos a visualizar la naturaleza de la iglesia
neotestamentaria. La utilización de la palabra “familia” o “casa” en las
Escrituras nos obliga a ver a la iglesia como la familia de Dios. Cuando
llegamos ser cristianos, nacemos dentro de la familia espiritual de Dios, es
decir la iglesia (Juan 3.5; Efesios 2.19).
Otra forma de decirlo es que cuando obedecemos evangelio de Cristo y
entramos en el cuerpo de éste, Dios nos adopta hijos suyos (Efesios 1.5). Pablo
refirió a esta adopción como el resultado final, razón principal, de la venida
de Jesús al mundo “Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo,
nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo
ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos” (Gálatas 4.4-5).
NECESIDADES
Todos los seres humanos tenemos ciertas
necesidades básicas, las cuales sólo pueden ser llenados por la familia natural.
¿Qué necesidades serán ésta?. En primer
lugar, cada uno de nosotros necesita tener un sentimiento de pertenencia, es
decir, de que tiene un origen. La familia natural provee cierta estabilidad
social. Nos da un nicho en este mundo, el cual nos pertenece a nosotros y a
nadie más. En segundo lugar, necesitamos tener un sentimiento de seguridad. La
certeza de que somos parte una comunidad que cuidará de nosotros si algún día
llegamos a sufrir de discapacidad mental, social o corporal. La familia natural
nos provee de esta seguridad a nosotros. Nos protege de las tempestades de la
vida. Fue la que nos proveyó de lo necesario cuando éramos bebés y éramos
incapaces de cuidar nosotros mismos. Ella nos provee de lo necesario cuando
estamos enfermos o desanimados, y nos proveerá también cuando lleguemos a viejos
y vamos perdiendo nuestras fuerzas, y estemos viviendo ya en nuestra segunda
niñez. Es nuestro refugio, nuestro asilo, la roca a la cual nos aferramos. En
tercer lugar, tenemos necesidad de un sentido de identidad. Tenemos un apremio
interno por saber quiénes y qué somos. Hasta cierto punto, nuestras familias
naturales responden a este anhelo.
En cuarto lugar, tenemos necesidad de un
sentimiento de aceptación, la seguridad de saber que podemos comportarnos tal
como somos, de que podemos deshacernos de las máscaras y el maquillaje. La
familia natural nos ama tal como somos—no como vayamos a ser ni como hayamos
sido. Dentro de nuestras familias naturales no tenemos que alcanzar logros para
ser aceptados. Si no somos caces de alcanzar el ideal en la manera de ser y de
actuar, aún así seremos amados y gozaremos de un lugar entre nuestros
familiares. No tenemos que ganarnos el amor que recibimos; se nos da sin
condiciones ni exigencias.
Los seres humanos también tienen necesidades
espirituales, las cuales corresponden, en cierta medida, a las necesidades
emocionales, sociales, corporales que nuestra familia natural llena. Algunas personas reconocen estas necesidades
espirituales en ellas mismas, mientras que otras no. Sea que lo reconozcamos o
no, ellas son reales y deben ser llenadas para poder vivir en este mundo,
teniendo verdadera felicidad. La personalidad y el espíritu del ser humano
tienen una dimensión espiritual. Cuando
estas características se ignoran o se descuida aunque siempre podremos gozar de
cierta clase de felicidad social y material, no podremos gozar de felicidad
espiritual y realización plena que Dios ha querido que gocemos.
¿De qué serviría que yo procurara limpiar el
interior de un armario mediante la simple remoción de las telas de araña? Si
esto hiciera, ¿no tendría que estar frecuentemente removiendo más y más
telarañas?. ¡Por supuesto que si! Basta
una araña para hacer telarañas, y mientras todavía quede una dentro del
armario, ésta continuará construyéndolas allí.
Las necesidades espirituales que les son
común a todos los seres humanos no desaparecen. No se les apaga, pretendiendo
que no existen. Cristo ya lo dijo: “No solo de pan vivirá el hombre, sino de
toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mat. 4.4) Para que podamos
experimentar la felicidad material normal y el gozo espiritual, estas
necesidades corporales espirituales deben ser llenadas.
LAS NECESIDADES SON LLENADAS
Las necesidades espirituales que todos
tenemos son llenadas a través de otro núcleo familiar, la familia de Dios. En
esta familia, Dios es el Padre Juan 3.1), los cristianos somos hermanos y
hermanas (1 Juan 5.1), y Jesús es el hermano mayor Romanos 8.17). Pablo se
refirió a esta familia celestial con el término “iglesia”. Esto fue lo que le
dijo a Timoteo: “Esto te escribo, aunque tengo la esperanza de ir pronto a verte, para
que si tardo, sepas cómo debes conducirte en la casa de Dios, que la iglesia
del Dios viviente, columna y baluarte de verdad” (1 Timoteo 3.14—15; énfasis
nuestro).
En la iglesia neotestamentaria, un cristiano
experimenta un sentimiento de pertenencia espiritual. Tiene un Padre celestial,
al cual orar, con el cual andar y por el cual vivir. Tiene un hermano mayor
mediante el cual orar, del cual aprender y en el cual apoyarse. Vive siendo
parte de una comunidad de creyentes que se aman unos a otros, como hermanos y
hermanas que trabajan juntos para la gloria
de Dios—no como una organización, sino como una familia espiritual.
Dentro de la familia de Dios, tenemos un
sentimiento de seguridad espiritual. Sabemos que nuestro Padre celestial nos ama,
y proveerá para nuestras necesidades. Este Padre incluso provee para nuestras
necesidades corporales. Cuando les enseñaba a sus seguidores el no preocuparse,
Jesús nos instó a recordar que nuestro Padre celestial sabe de nuestras
necesidades y que él cuidará de nosotros: “No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué
comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos?.
Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre
celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas (Mateo 6.31-32). Del
mismo modo, nuestro Padre nos provee para nuestras necesidades
espirituales. Judas nos recordó de este
cuidado celestial mediante la doxología, con la cual concluyó su carta,
referirse a Dios como “aquel que es poderoso para guardaros sin
caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría” (Judas
24).
Nuestra necesidad de tener un sentimiento de
identidad espiritual, también es llenada dentro de la familia de Dios, es
decir, dentro de la iglesia. Antes de la conversión, nosotros vagábamos sin rumbo
ni propósito, pero a través del nuevo nacimiento dentro de la familia de Dios,
nosotros llegamos a ser su pueblo propio de Dios. Esto fue lo que Pedro
escribió acerca de esta transformación:
Mas
vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido
por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las
tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero
que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia,
pero ahora habéis alcanzado misericordia (1 Pedro 2.9-10).
Pablo, incluso, se refirió a la familia de
Dios como herencia de Dios (Efesios 1.18). Como miembros que somos de la
familia de Dios, los cristianos tenemos una herencia eterna —los cielos; Di también
tiene una herencia —los cristianos!
Del mismo modo, la familia de Dios nos
provee de un sentimiento de aceptación espiritual. Cuando nosotros venimos a
Dios llenos de fe obediente vivimos delante de él llenos de confianza y sincera
obediencia, somos aceptados hijos suyos. Él nos imparte su amor especial a
nosotros y envía a nuestros corazones su Espíritu, el cual dama:
Abba, Padre!” (Gálatas 4.6). Estando en
Cristo podemos decir, juntamente con Pablo: “Ahora, pues, ninguna condenación
hay para los que están en Cristo Jesús” (Romanos 8.1). Esto no
significa que ya no se espere de nosotros el arrepentimiento y el crecimiento
espiritual; lo que significa es que él nos recibe en el lugar en que estamos y
tiernamente nos guía para que lleguemos a ser lo que debemos ser. Ya
alguien lo dijo: “El nos ama donde nos encontramos, pero nos ama demasiado como
para dejarnos allí”.
Note la historia real que cuenta un hermano:
Recuerdo hace varios años en Londres, Inglarra, una vez que trataba de llevar a
Cristo a una joven casada. Era una bella joven madre de un niño. Después de unos pocos meses de matrimonio, su
esposo la había dejado, y ella estaba tratando de guiar a su hijo por sí misma.
Aparentemente, la vida familiar de ella dejó mucho que desear cuando era una
niña, también. En nuestra conversación, yo le dije: “A través de Cristo, usted
puede ser salva y tener un hermoso hogar!”. Lo que le dije no le sirvió
de aliento alguno. Me pregunté por qué, y luego me di cuenta de que esta joven
mujer no tenía idea de lo que era un hermoso hogar. Ella jamás había visto que
el hogar fuera un lugar atractivo y maravilloso. Sus experiencias habían creado
en su mente una imagen de hogar, en la cual éste podía ser cualquier cosa,
menos un lugar lleno de comprensión, fortaleza y amor; era difícil para ella
imaginarse un hogar como un lugar hermoso. No obstante, cualquiera que haya
visto un hogar que llene las necesidades materiales, emocionales y espirituales
de sus miembros, sabe cuán hermoso tal hogar puede ser, cuando su estructura y
dirección son moldeadas por Cristo.
Al igual que esta joven, muchas personas son
incapaces de visualizar la manera como la iglesia llena nuestras necesidades
espirituales. No han estado cerca de una verdadera iglesia neotestmentaria. No han visto que la iglesia sea la familia
espiritual de Dios. Por lo tanto, es difícil para ellos imaginarse qué es
aquello de lo que se está perdiendo por vivir apartados de la iglesia de
Cristo. Es el deber de los cristianos
estar continuamente recordándole a la gente que está en esa condición de lo que
la iglesia es y de cómo la verdadera iglesia como la familia de Dios que es,
responde a la dimensión espiritual de nuestras vidas.
Es solamente a través de la familia de Dios
que nosotros podemos hallar la paz, seguridad, propósito e identidad que en lo
más profundo de nuestro ser anhelamos. No podremos tener verdadera felicidad
mientras nos encontremos fuera de esta familia que es la iglesia.
LAS NECESIDADES SON COMPLETAMENTE
LLENADAS
Para poder visualizar la iglesia como la
familia d Dios que es, reflexionemos en el esbozo que hace Lucas de la iglesia
que estaba en Jerusalén. Su descripción muestra las hermosas características de
la familia de Dios en las vidas diarias de los cristianos primitivos
Y
perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en
el partimiento del pan y en las oraciones. Todos los que habían creído estaban
juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus
bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno. Y perseverando
unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos
con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y teniendo favor con todo
el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos
(Hechos 2.42-47).
Todos y cada uno de los cristianos tenían un
sentimiento de pertenencia, pues “todos los que habían creído estaban juntos, y
tenían en común las cosas” (Hechos
2.44). Cada miembro tenía propia identidad, pues a ninguno se le valoraba por
encima de los demás, y la congregación en su totalidad respondía a las
necesidades de cualquier miembro que padeciera. Todos gozaban de aceptación.
Día tras día, la gente era añadida al cuerpo del Señor y se le recibía con gozo
de parte de la congregación. Cada miembro gozaba de una seguridad, cual solo
podía tenerse dentro de una clase de vida comunitaria. Ellos “vendían sus
propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad cada uno”
Esta congregación de la familia de Dios
perseveraba en cultos regulares de adoración, en los cuales había oraciones,
alabanzas, enseñanza, comunión los unos con otros y la observancia de la cena
del Señor Hechos 2.42). Ellos adoraban a su Padre celestial, reconocían el don
de la gracia de éste, la cual fluía a través del hermano mayor de ellos,
Jesucristo, y vivían llenos alegría y sencillez de corazón. Ellos gozaban de la
seguridad de la vida comunitaria de la iglesia, del cuidado benevolente para
esta vida, y de la certeza de vida eterna, a través de Jesús, en la venidera.
CONCLUSIÓN
¿No desea usted ser miembro de la familia de
Dios? ¿Se da cuenta usted de que su vida no esta completa, sino hasta haber
entrado en la familia de Dios, en la iglesia?.
Fuera de esta familia, usted seguirá perdiéndose de la estabilidad,
seguridad, aceptación e identidad espirituales que sólo la membresía en su
familia puede dar.
Todo niño tiembla de sólo pensar en la
posibilid de quedarse huérfano, y a todo adulto se le llena el corazón de dolor
cuando mira a un huérfano. Nadie desea quedarse huérfano, y nadie desea ver que
aya huérfanos. No podremos evitar que del todo los niños no sean abandonados
por causa de crueles circunstancias de la vida, o de la injusticia humana; lo
más que podremos hacer es extenderles una mano amorosa, compasiva y llena de
ayuda a los huérfanos. No obstante, a nadie se le justifica que sea un huérfano
espiritual. Que no tenga al Dios Todopoderoso como a su Padre Celestial. A través del evangelio, cualquiera puede
entrar a formar parte de la familia de Dios, ser adoptado hijo de éste, y
recibir el amor la condición de hijo que todos los demás hijos reciben.
Entramos a la familia de Dios, mediante un
nacimiento espiritual. Esto fue lo que Jesús dijo:
De cierto, de cierto te digo, que el
que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios”
(Juan 3.5). A través de la
palabra de Dios somos llevados por el Espíritu a creer en Cristo Juan
8.24), arrepentimos del pecado (Hechos
7.30), a confesar que Jesús es Señor y Cristo Romanos 10.10) y a ser bautizados
en Cristo 1 Corintios 12.13). Esto fue lo que Pedro dijo:
“…siendo renacidos, no de simiente
corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece
para siempre” (1 Pedro 1.23).
Dios recibe como hijos suyos
a todos los que nacen del agua y del Espíritu. El les da a éstos su Espíritu
(Gálatas 4.6), las bendiciones de su familia Efesios 1.3) y la herencia eterna
(Efesios 1.11). En consecuencia, los hijos de Dios viven sin carecer de
sentimientos de pertenencia, de seguridad, de aceptación y de identidad.
¿Es usted un hijo de Dios?
PREGUNTAS PARA ESTUDIO Y ANÁLISIS