Los siervos de Cristo
(13)
“Mas
ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis
por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna (Romanos 6.22).
Entre el pueblo de Dios, cuando uno es
invitado a dar una serie de servicios, muchas veces los hermanos al no tener más
o un mejor espacio para darnos. Abandonan
su recámara y nos los ceden y ellos se van a dormir al sofá si se tiene o al
piso de cemento entre algunas cobijas. Mirar que hermanos hagan esto por uno nos
llena de un sentimiento de gratitud hacia ellos, y es por demás decirles que
ellos se queden en la cama y que nosotros iremos al piso, porque de antemano
sabemos que no lo harán. ¡Ellos, pues nos ponen en primer lugar, y a sí mismos
en el último!
De acuerdo con el Nuevo Testamento, esta actitud
de hermanos debe ser un retrato en miniatura de la iglesia. No son reyes y
reinas los que conforman a la iglesia, ¡son siervos los que lo hacen!. Esto fue lo que nuestro Salvador, la cabeza
de la iglesia, dijo: “... y el que quiera
ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no
vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida rescate por muchos”
(Mateo 20.27-28). No es de extrañar
que Pablo escribiera las siguientes palabras acerca de los seguidores de
Cristo: “Nada hagáis por contienda o por
vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás con
superiores a él mismo; no mirando cada uno por suyo propio, sino que cada cual
también por lo los otros...” (Filipenses 2.3-4). Pedro también exhortó a la
iglesia de Cristo de la siguiente manera: “... como libres, pero no como los que tienen
libertad como pretexto para hacer lo malo, si como siervos de Dios” (1 Pedro
2.16).
A menos que veamos a la iglesia como el
cuerpo de siervos de Cristo que ella es, vamos a ser incapaces de apreciar un
aspecto clave de la naturaleza de la auténtica iglesia de Cristo. Entremezclado
con el significado y la vida de la iglesia se encuentra el concepto del
servicio. La idea se inicia con Cristo, el fundador y cabeza de la iglesia, y
llega hasta cada miembro, señalándole un estándar a éste. Cualquier iglesia que
alegue ser de Cristo, pero que no interpreta su misión en el mundo, en términos
de servir clara y destacadamente, entonces estará, simplemente, alegando ser lo
que no es.
Dada la gran importancia de esta
característica de la iglesia, debemos considerar cuidadosamente las formas como
nosotros, la iglesia de Cristo, somos los siervos de Cristo.
EN
En primer lugar, es en la forma como se nos
designa, donde vemos nuestro papel como siervos. El que la iglesia esté
conformada por siervos de Cristo, es algo que se indica en el Nuevo Testamento,
por medio de las expresiones descriptivas que se utilizan para referirse a
ella. Es obvio que Cristo se propuso que las personas que son parte de su
pueblo, fueran siervas; de otro modo, él no hubiera caracterizado a la iglesia
así.
Cristo definió la verdadera grandeza entre
sus seguidores, haciendo uso del cuadro de lo que es un siervo: “Sabéis
que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son
grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así, sino que
el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor” (Mateo
20.25-26). La grandeza, según Cristo la define, se mide en términos del
servicio rendido, no de las posesiones que se tenga: o de los puestos que se
ostenten.
Pablo retrató al pecador que se convierte a
Cristo como alguien que llega a ser el siervo de Dios y de Cristo. Antes de la
conversión, éramos siervos de pecado, pero después de la conversión, somos
siervos de la justicia (Romanos 6.17-18). Los cristiano no se pertenecen a sí mismos,
sino que son propiedad personal, exclusiva, de Dios: “Porque habéis sido comprados por
precio; glorificad, pues, a Dios e vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los
cuales so de Dios” (1 Corintios 6.20). Sea que vivamos o muramos, del Señor somos: “Porque ninguno d nosotros vive para sí, y
ninguno muere para sí. Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos
para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos o que muramos, del Señor
somos” (Romanos 14.7-8)
El concepto de que somos siervos de Dios y
de Cristo, debería mirarse naturalmente en el servicio que nos rendimos unos a
otros. Del mismo modo, nos dice que nos sometamos “unos a otros en el temor de
Dios” (Efesios 5.21), no está exigiendo que nos agrade, sino siempre
considerando el bienestar y vida espiritual de nuestro hermano. Esto fue que
Pablo escribió: “Pero si por causa de la
comida tu hermano es contristado, ya no andas conforme amor. No hagas que por
la comida tuya se pierda aquel por quien Cristo murió... Porque el que esto
sirve a Cristo, agrada a Dios, y es aprobado por los hombres” (Romanos 14.15,
18). Por lo tanto como siervos de
Cristo que somos, se nos ha mandado que nos amemos “los unos a los otros con
amor fraternal” y en cuanto a honra, que nos prefiramos “los unos a los otros”
(Romanos 12.10.
También se nos ha mandado lo siguiente: “Porque
nosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la
libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los
otros” (Gálatas 5.13).
Los siervos de Cristo están en el mundo para
cumplir con su mandato. Es el evangelio de Cristo el que predican, no el de
ellos; lo que buscan es cumplir
La misión de él, no la que ellos han
planeado. De la misma forma como Pablo lo dijo, ellos también hacen: “Pues,
¿busco ahora el favor de los hombres, el de Dios?. ¿O trato de agradar a los
hombres?. Pues si todavía agradara a los
hombres, no sería siervo de Cristo” (Gálatas 1.10).
Cuenta la historia que un soldado del
ejército de Alejandro el Grande, también se llamaba Alejandro. En cierta
ocasión este soldado cometió actos totalmente contrarios al carácter de un
soldado del poderoso ejército de Alejandro el Grande. Su mala conducta fue
puesta al descubierto y lo llevaron a la corte del rey para ser juzgado. Alejandro
le preguntó su nombre. El soldado, en voz baja, dijo: “Alejandro”.
El gran comandante le echó
una severa mirada, llena de furia, y le dijo: “soldado¡”, o cambias tu vida o
cambias tu nombre!”.
Ha sido el Espíritu de Dios quien le ha dado
su designación a la iglesia. La respuesta a la pregunta que dice: “Cómo puede
la iglesia ser lo que Cristo quiso que nosotros fuéramos en el mundo?”, se encuentra
decisivamente en las Escrituras: “Vivid
a la altura de los términos
con los que os han designado!. Sed lo
que os llamáis. Sed los siervos de Cristo.
Esto fue lo que Winston Churchill dijo: “La
mejor manera de crear una virtud en alguien, es atribuir esa virtud a ellos”.
Dios nos inculca la virtud de servir como siervos a su pueblo atribuyéndonos
esas virtudes a nosotros, llamándonos siervos suyos.
Es obvio que antes de poder ser siervos,
debemos pensar como siervos. Practiquemos el pensar como siervos. No nos
preguntemos “¿Qué sacaré de esto?” sino “¿Cómo puedo ser de ayuda a mi
hermano?. ¿Qué es lo que él más necesita
y que le ayudará a crecer en Cristo y así ser fuerte en la fe?”. No preguntemos
“Señor, ¿qué has hecho por mí últimamente?”, sino ofrezcamos: “Señor,
heme aquí. ¡Envíame a mí!’
EN LAS COSAS QUE DESEAMOS
No sólo somos siervos de Cristo en la forma
como se nos designa, sino también en las cosas que deseamos. Su verdadera
iglesia no tiene otra ambición. Por
encima de todas las aspiraciones, el pueblo Cristo busca servirle a éste.
Antes de la venida de Cristo, no teníamos
esperanza y estábamos enfrentados a la desesperanza eterna. Ningún hombre nos podía haber ayuda. Nada de lo que el hombre había hecho nos
podía haber salvado. Todo el conocimiento de todas universidades y centros de
educación, no podía haber diseñado una manera como podíamos redimidos. La única
esperanza que teníamos era la de una intervención divina.
Fue por esta razón que Dios envió a Cristo,
nuestro divino Salvador, a la tierra. Este llegó a ser totalmente humano, a
pesar de ser uno de los miembros de la Deidad. Dejó su lugar de gloria como
Dios que es, en la eternidad, y llegó a ser uno de nosotros, con el fin de
gustar la muerte por nosotros (Hebreos 2.9). Fue generoso al despojarse del
esplendor del cielo y entrar a la humillación de la tierra. Llegó a ser tan
completamente humano, que sufrió en las formas como nosotros sufrimos, y fue
hecho vulnerable a la muerte, así como todos nosotros lo somos. Lo hizo con el
fin de poder vivir una vida perfecta delante de nosotros, y de poder poner su
vida como una ofrenda por el pecado por nosotros. Nuestra culpa por el pecado
había dado origen a una deuda, la cual sólo la vida sin pecado, del divino Hijo
de Dios, podía pagar.
El no estaba obligado a pasar un minuto
sobre la faz de la tierra, pero vino porque nos amó y quiso rescatarnos. El no
estaba obligado a soportar una ola de
incomodidad ni dolor, pero se sometió al inimaginable dolor de la
crucifixión para salvarnos. Ni siquiera su Padre lo obligó a ir a la cruz ni a
morir; él fue voluntariamente porque él quiso brindamos la salvación (Juan
10.18). Su amor por nosotros no estuvo motivado por intereses ocultos, ni por
planes personales ni por el egoísmo. No había hipocresía ni poses falsas, sino
que todo fue puro y auténtico.
Por lo tanto, estamos en deuda con Cristo en
una magnitud tal, que no hay palabras con las cuales expresarlo. En primer
lugar, hemos recibido de él la redención: “... en quien tenemos redención por
su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia” (Efesios. 1.7).
“... Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual
recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata,
sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha sin contaminación”
(1 Pedro 1.18-19).
En segundo lugar, hemos recibido de su parte
una prenda. Nuestros talentos y posesiones son preciosos dones que él nos ha
dado.
“... ¿o que tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te
glorías como si no lo hubieras recibido (1 Corintios 4.7).
La
vida que se nos ha llamado a vivir,
la
misión que tenemos y
el
mensaje que predicamos, todo
refleja
el espíritu de siervos.
En tercer lugar, nos ha dado una identidad.
Al haber sido redimidos por su sangre, y al haber recibido, a través de su
gracia, los dones que nos capacitan para el servicio, ahora somos sus
mayordomos. Le pertenecemos completamente a él. No reclamamos como nuestro,
nada que consideremos propio. Desde el cabello de nuestras cabezas, hasta las puntas
de nuestros dedos, y las plantas de nuestros pies, somos propiedad suya.
Nuestro único deseo es servirle. En virtud de lo que él ha hecho por nosotros,
no desearíamos que fuera de otra mane
Cuenta la historia que una esclava estaba a
punto de ser vendida en subasta, poco antes de la Guerra Civil Estadounidense.
Estaba en los últimos años su adolescencia. Si las circunstancias hubieran si
otras, hubiera mostrado más deseos de vivir y hubiera estado emprendiendo el
futuro como quien se embarca en un viaje de placer. Pero ella era esclava, y en
sus ojos se reflejaba la más profunda desilusión porque no veía el cumplimiento
de sus aspiraciones. Cuando miraba a la multitud que esperaba la oportunidad de
pujar para llegar a ser dueños de ella, a ella le estremecía la incertidumbre
por el incierto futuro que le aguardaba. Pronto la atmósfera se llenó con la
fuerte voz del subastador cuando éste invitó a la muchedumbre a pujar. Las
ofertas fueron subiendo cada vez más. Por fin, la subasta cesó, y un silencio se
apoderó de la muchedumbre hasta que el subastador, con una terrible gravedad
que enfriaba hasta los huesos, dijo: “¡Vendida!”. Esta palabra sacudió a la
joven mujer y la hizo dejar de mirar al vacío y a echar una ojeada sobre la
multitud para ver quién era el que se estaba desplazando hacia el frente a
reclamarla como suya. Un hombre de edad mediana se abría paso a través de la
multitud para llegar al frente. Se hizo a un lado y pagó la cantidad que había
ofrecido. Luego se volvió y caminó hacia ella. Tomándola por el brazo, la sacó
de allí. Sin decirle palabra, tomó un pedazo de papel y escribió lo siguiente: “En
esta fecha, te he comprado y te he dado tu libertad”. En la parte
inferior de la hoja, firmó con su nombre y le entregó el documento de libertad
a la joven dama. Ella, con sus manos temblando y su cuerpo estremeciéndose de
incontenible emoción, apretó aquel papel contra su pecho, preguntándose si todo
aquello era cierto y no un sueño. Luego, después de que estuvo plenamente
consciente de la realidad de lo que le había sucedido, ella se postró a los
pies de aquel hombre y le dijo: “Señor, seré su sierva para siempre con
alegría, con voluntad, y con libertad”.
El cuadro de esta joven es también el de la
iglesia. Éramos esclavos del pecado y estábamos destinados a vivir en la
desgracia y esclavitud del diablo, a vivir bajo el dominio de los impulsos y
deseos malignos, pero Jesús nos compró,
con su sangre nos libertó. Vivimos para él ahora. Nos hemos postrado a sus pies
y hemos jurado nuestra lealtad a él, movidos por un amor que jamás morirá y
llenos de agradecimiento por lo que él ha hecho por nosotros.
Un cristiano que no aspire a ser siervo de
Cristo sencillamente, no ha contemplado, en forma plena lo que él le debe a
Cristo. Sin él no somos nadie. Dibuje en
su mente un cero elástico y estírele el hoyo a ese cero, hasta que el cero sea
más grande que la tierra. ¡No será sino hasta entonces que tendrá usted un cero
que ilustre lo que seríamos sin ten a Cristo! ¡Sin Cristo somos menos que nada!
darnos cuenta de lo que Cristo ha hecho por nosotros nos constriñe a expresarle
nuestra gratitud por medio del servicio diario a él.
EN LA FORMA COMO LO DEMOSTRAMOS
En tercer lugar, nosotros, la iglesia de
Cristo somos los siervos de Cristo en la forma como demostramos. La vida que se
nos llama a vivir, misión que tenemos, y el mensaje que predicamos reflejan el
espíritu de ser siervos.
La actitud de siervo es siempre la esencia
de vida cristiana. Esto es cierto porque la vida cristiana es la vida de
“Cristo en nosotros”, y Cristo fue el siervo más grande que el mundo jamás
conoció. Esto fue lo que Pablo escribió:
“Con
Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; lo
que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y
se entre a sí mismo por mí” (Gálatas 2.20). Siendo tal el caso no
debería sorprendernos, el ver a Pablo viviendo una vida de siervo: El era
desinteresado, sacrificado, ni egoísta ni autoindulgente. Esto fue lo que nos
escribió: “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo
Jesús” (Filipenses 2.5). Si atendemos a esta exhortación y vivimos teniendo el
sentir de Cristo, estaremos pendientes de los demás viviremos para ellos:
“…el
cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que
aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho
semejante a los hombres; y estando en condición de hombre, se humilló a sí
mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses
2.6-8).
El sentir de Cristo incluía la determinación
a despojarse. Hizo a un lado su gloria celestial, negando a ser siervo de los
hombres, su propia creación, y se sometió a la crucifixión para la salvación
del hombre. Si vivimos teniendo el sentir e Cristo, no podremos desempeñar otro
papel más que el de siervos de los hombres.
La misión que Cristo le ha encomendado a su
pueblo no se puede llevar a la práctica sin llegar a ser siervos. Esto fue lo
que Jesús les dijo a sus discípulos, cuando los envió al cumplimiento de la
comisión limitada: “... de gracia recibisteis, dad de gracia” (Mateo 10.8). Cuando
les dio a los discípulos su comisión final, de ir a todo el mundo, él les mandó
que se sirvieran unos a otros como siervos: Id a todo el mundo y predicad el
evangelio a toda criatura” (Marcos 16.15). Para que su comisión se pueda
cumplir, muchos de nosotros debemos estar dispuestos a ir, dejando atrás gente,
posesiones, culturas que amamos; y el resto de nosotros debemos estar
dispuestos a dar con sacrificio para enviarles a los que van, renunciando al
dineros que podríamos haber gastado en nosotros mismos. Los que están yendo y
los que están enviando, estarán desempeñando el papel de siervos. Nadie va
campo misionero a hacerse rico, y nadie da para hacerse rico. Los dos hacen lo
que hacen porque son siervos de Cristo.
El mensaje que predicamos no es nuestro. No
fuimos nosotros los que escribimos la carta; tan sólo somos siervos públicos
que entregamos la carta que Cristo ha escrito. Nos aseguramos de que el mensaje
que él ha enviado, no sea distorsionado, no obscurecido. No tenemos órdenes, de
parte del rey de volverlo a escribir; se nos manda a velar por que sea
presentado con precisión. Sabemos que el mundo está perdido sin este mensaje.
Por lo tanto, movidos por la compasión y la misericordia, anunciamos el mensaje
de él, de todas las formas que podemos concebir —a través de la página impresa,
del radio y la televisión, desde los púlpitos, a través del contacto personal,
y del ejemplo cotidiano. El mensaje de él tiene prioridad —incluso, por encima
de nuestra propia comodidad y de nuestros sueño. Por la predicación de ese
mensaje, damos nuestros talentos, nuestro dinero, nuestro tiempo, nuestra
mentes, nuestras manos, nuestros pies —sí, incluyo nuestros corazones.
¡Nuestro rey es tan diferente de todos los
demás. Aunque es el Rey de reyes, el
Creador y sustentad del universo, él vivió entre nosotros como un siervo. Esta es una verdad, la cual resplandece a través
del evento en el que Jesús les lavó los pies a sus discípulos, durante la
última cena (Juan 13.1-16). Cuando un rey terrenal anda en medio de su pueblo,
las personas se inclinan a su paso y extienden sus manos para tocarlo. Cuando
el papa sale para andar en medio de su pueblo, éstos se inclinan delante de y
procuran besar sus manos. No obstante, cuando Cristo estuvo con sus discípulos
la noche antes de su muerte, él llenó una vasija con agua y les lavó los pies.
¿Por qué les lavó los
pies?. No fue porque tuviera que
hacerlo, o porque ningún otro lo haría. No lo hizo tan sólo porque supieran que
una ilustración sería valiosa para sus discípulos. Lo hizo por ser quien es —el
Hijo de Dios y el siervo de los hombres. Vino como siervo, vivió como siervo, y
murió como siervo. El servir a otros era tan natural para él, como el caminar y
el comer. Por ser quienes somos, él llama a sus seguidores a vivir la misma
clase de vida: “Vosotros me llamáis Maestro, y
Señor; y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, he
lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los
otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros
también hagáis. De cierto, de cierto os digo: El siervo no es mayor que su señor,
ni el enviado es mayor que el que le envió (Juan 13.13-16).
Hemos de andar como Jesús anduvo. El ser
siervos está tan entretejido en la vida, misión y mensaje cristianos, que no
podemos involucramos en la vida cristiana genuina sin enfocar nuestros pensamientos
en el servicio a los demás.
Si usted se pregunta cómo podría vivir la
vida de un siervo, simplemente haga lo que Cristo le pidió que hiciera. Se dará
cuenta de que no es posible cumplir con su voluntad sin ser un siervo. Usted no
puede enseñarles a los demás el evangelio de Cristo en la forma como él pidió
que lo hiciera, a menos que sea un siervo; no puede cuidar de los pobres, la
forma como él dijo que se hiciera, sin ser siervo; no puede cumplir la misión
que él le dio, tener el corazón de un siervo.
CONCLUSIÓN
El Nuevo Testamento expresa claramente que
la iglesia está conformada por los siervos de Cristo. Somos siervos porque así se nos designa, eso
es lo que deseamos y eso es lo que demostramos. El suelo que está al pie de la
cruz es plano. No hay ningún siervo que se encuentre por encima de los demás
como tampoco, ninguno que esté debajo de los demás. Todos somos tan sólo
siervos.
Un hombre llamado Clovis Chappell contó
acerca de su experiencia cuando cruzó el océano en su embarcación. Era la
primera vez que hacía un viaje de tal naturaleza, y este viaje era demasiado
para él. Llegó a estar tan mareado que con mucha dificultad se sostenía en pie.
Contó que le correspondió dormir en la litera superior, y el quedarse sobre
aquella litera era insoportable para él. Creyó que iba a morir. El hombre que
dormía en la litera inmediatamente debajo, un completo extraño, vio cuán
enfermo estaba, y con una compasión que le venía tan natral como el respirar,
le sugirió que intercambiaran, literas. Aquel pasajero luego comenzó a ayudar
tal como una enfermera lo haría con un paciente. Sin habérselo pedido Chappell, aquel hombre
entró salió tantas veces como fueron necesarias para llenarle sus necesidades,
lo cual hizo con tierno cuidado. El señor Chappell contó que él continuó
recordando aquel hombre por años porque el servicio para él era su estilo de
vida. El debió haber pensado como un siervo, y así, dondequiera que anduvo, sea
en casa o viajando, él vivía tal como un siervo.
Los seguidores de Cristo deberían hallar que
el siervo es algo tan natural como el peinarse sus cabellos o el dar una
caminata, tan natural como el beber un vaso de agua o el ingerir una comida.
Nuestras vidas han dejado de ser egocéntricas, para ser cristocéntricas, y esto
sólo puede significar una cosa —que hemos de ser siervos.
La invitación que hace Cristo, ha sido
siempre, que los pecadores vengan a la salvación y al servicio. Dice “venid”
(Mateo 11.28-29), e “id” (Mateo 28.19-20)
El recibirá a cualquiera que
venga, pero no lo dejará igual a como vino. Nos recibe como pecadores, pero nos
transforma en siervos de los demás. Por lo tanto, su verdadera iglesia está
conformada por los siervos del Siervo.
¿Es
usted siervo de Cristo?
PREGUNTAS PARA ESTUDIO Y ANÁLISIS