El reino de Dios
(1)
Tinieblas, y
trasladado al reino de su amado
Hijo
(Colosenses 1.13).
Ya alguien lo dijo: “El
océano tiene suficiente profundidad como para que un elefante pueda nadar en
él, pero no es tan profundo como para que un niño no pueda vadear sus orillas”.
Realmente el océano tiene muchas características. Tiene límites y aguas
superficiales, pero a la vez tiene profundidades inescrutables y una extensión
increíble y desproporcionada.
Asimismo, la iglesia
neotestamentaria tiene numerosas características. Cuando contemplamos su unidad
funcional y nuestra unión con Cristo, vemos a la iglesia como el cuerpo de
Cristo que ella es (Romanos 12.5). Cuando pensamos en el calor, el apoyo y la
compañía que recibimos por ser su iglesia, la vemos como la familia de Dios que
ella es (Efesios 2.19). Cuando pensamos en ella desde el punto de vista del
gobierno y reinado de Dios, la reconocemos como el reino de Dios sobre la
tierra (Mateo 16.1 18).
Estas diferentes
descripciones guardan armonía entre ellas, y se combinan para ilustrar la
naturaleza compuesta del organismo divino que llamamos (por traducirse así) la
iglesia. La gloria de la iglesia neotestamentaria es que a ella le son
inherentes una multitud de sagrados rasgos, los cuales Cristo confirió a través
de la cruz.
No hay duda de que el
Espíritu Santo desea que nosotros veamos a la iglesia como un reino. Pablo
refirió a la conversión a Cristo como un trasladan del reino de las tinieblas
al reino de Cristo: “… el cual nos ha
librado de la potestad de las tinieblas. trasladado al reino de su amado Hijo”
(Coloseneses 1.13). Dado que la conversión se describe en otra parte del
Nuevo Testamento, como una entrada al cuerpo de Cristo (p.ej., Romanos 6.3;
Gálatas 3.27 y dado que al cuerpo de Cristo se le refiere como la iglesia
(Efesios 1.21-23), se desprende que es intención del Espíritu Santo que
nosotros veamos la iglesia, al cuerpo de Cristo y al reino de Cristo (o reino
de Dios), como tres descripciones de un mismo organismo espiritual.
Hay por lo menos seis
contextos en
1)
Se usa en referencia a un poder gobernante, terrenal, según (Mateo 4.8).
2) Se usa para comunicar el concepto de “reino de Dios”, tanto en el Antiguo,
como en Nuevo Testamento. Cuando Dios, de modo formal hizo de Israel su nación
escogida, él la describió como su reino (Éxodo 19.5—6).
2)
Se usa para referir al poder o gobierno de Dios (Mateo 12.28). Donde sea
que a la voluntad de Dios se le obedezca, el reinado o reino de Dios existe.
3)
Se usa para referirse reinado de Dios en los cielos. Cuando Pedro nos
apremió a crecer en las virtudes cristianas, él se refirió a los cielos como el
reino eterno de nuestro Señor: “Porque de
esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de
estro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Pedro 1.11).
4)
Se refiere a la iglesia. La iglesia es la entidad, mediante la cual Dios
realiza la manifestación terrenal de su reino celestial. A ella, por lo tanto,
se refiere como el reino de los cielos (Mateo 16.18-19), el reino de Dios (Juan
3.5), y el reino de su amado Hijo (Colosenses 1.13).
5)
La palabra reino se para referirse al dominio de Satanás. La idea de que
éste tiene poder se expresa mediante la frase “su reino”, referida a él (Mateo
12.26).
Es estimulante y a la vez
fascinante, cuando se reflexiona sobre el hecho de que la iglesia es el reino
Dios. Enfoquémonos particularmente en las características del reino del Señor
sobre la tierra, es decir, su iglesia.
La iglesia es, en esencia,
un reino espiritual, no terrenal ni físico. Cuando Pilato le preguntó a Jesús:
“¿Eres tu el Rey de los
judíos?”
(Juan 18.33), esto fue pie Jesús le respondió: “Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis
servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos, pero mi reino
no es de aquí” (Juan 18.36).
La naturaleza espiritual del
reino sugiere alginas verdades de suma importancia respecto de la iglesia. En primer lugar, la sede de la iglesia se
encuentra en los cielos, no sobre la tierra. Cristo, nuestro rey soberano, está
sentado a la derecha del trono de Dios en los cielos (Hechos 2.33). Cómo rey que
es, ejerce su reinado sobre ese reino terrenal de Dios que es la iglesia; y
esto es algo que él hará hasta fin de los tiempos, cuando le entregue el reino
al Dios y Padre (1 Corintios 15.24). Así, los cristianos son personas que
entran bajo el gobierno de Dios. Cuando se someten al señorío de Jesús
(Filipenses 2.9—11).
Somos verdaderos ciudadanos del reino de
Dios, cuando Dios es el que gobierna en nuestros corazones.
En segundo lugar, las vidas,
trabajos y actos de adoración de los cristianos, se centran en lo espiritual,
no en lo material. La batalla en que luchamos, es espiritual (Efesios 6.12),
los sacrificios que le hacemos a Dios son espirituales (1 Pedro 2.5 el alimento
que ingerimos es espiritual (Hebreos 5.12—14), y vivimos en este mundo como
peregrinos cuya ciudadanía está en los cielos (Filipenses 3.20; 1 Pedro 2.11).
En tercer lugar, como
miembros que somos, de este reino espiritual, nuestras relaciones con las
realidades materiales de este mundo son gobernadas por nuestra ciudadanía en el
reino de los cielos. Cuando miramos esta vida a través de los lentes de
eternidad, entonces vemos la total carencia del valor del oropel que la adorna.
Alguien sugirió una conversación imaginaria
de un cristiano y el diablo. Esto es lo que el diablo dice al cristiano: “Le
daré todas las cosas, don Cristiano. Le daré casas, tierras y dinero”. Esto es
lo que don Cristiano le responde: “Yo ya lo tengo todo. Mi Padre es el dueño
del mundo y de todo lo que en él. No hay nada que usted me pueda dar, que yo lo
tengo todo”. El diablo intenta de nuevo:
“Le quitaré todas las cosas. Le quitaré su casa, sus placeres y su
dinero”. Don Cristiano responde: “Usted no me puede quitar nada. Yo no tengo
nada. Lo que tengo, se lo he dado a
Dios. Yo pertenezco a su reino espiritual, así, mis valores son de naturaleza
espiritual”. El diablo intenta, todavía una vez más: “Le mataré. Le quitaré la
vida”. Don Cristiano dice: “Para mí el vivir es Cristo, y el morir ganancia”.
El diablo hace un último intento: “Aré que viva en la desgracia. Mirará usted
los placeres en que los pecadores se deleitan, y usted mismo no podrá
disfrutaros. Vivirá sintiéndose descontento”.
Don Cristiano declara: “Mi más grande gozo es hacer la voluntad de
Jesús”. Cuando uno es miembro del reino espiritual de Dios, ello le permite ver
a este mundo y a sus tentaciones con una luz diferente. Nos ayuda a poder decir
junto con Juan: “Y el mundo pasa, y sus
deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Juan
2.17).
Los ciudadanos del reino de
los cielos no mira este mundo del mismo modo como lo miran las personas que son
del mundo. Los que pertenecen sólo a este mundo deben preocuparse por sus
posesiones, su presente y su futuro, y por las cosas de este mundo. Los
cristianos están en el mundo, pero no pertenecen a el. Pertenecemos a un reino
espiritual, no a un reino material. Nuestra dedicación es espiritual, no
secular. Aunque ministramos a los enfermos, alimentamos a los hambrientos, y
trabajamos para que el mundo sea un mejor lugar, en el cual vivir nuestras verdaderas
preocupaciones son eternas. Procuramos,
por encima de todos los demás interesa la salvación espiritual de cada persona
con la que topamos. Vivimos para alcanzar metas espirituales no metas mundanas.
Los hombres de este mundo venden trajes nuevos; los cristianos buscan almas
nuevas.
Una segunda característica
de la iglesia es que ésta es un reino de justicia. Los ciudadanos del reino de
los cielos ya no viven del mismo modo que lo hacían anteriormente, cuando no
habían entrado a este reino. Pablo dijo que los hijos del reino, eran hijos de
luz: “Porque en otro tiempo erais tiniebla mas ahora sois luz en el Señor;
andad como hijos de luz (porque el fruto del Espíritu es en toda bondad
justicia y verdad), comprobando lo que es agradable al Señor” (Efesios 5.8-10).
Dijo además: “... porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia paz
y gozo en el Espíritu Santo” (Romanos 14.17
El Nuevo Testamento habla de
dos clases de justicia. Una de éstas es la justicia extendida, de la cual a menudo, hablan los autores
inspirados. Esta justicia nos fue conferida en el momento que nos convertimos
en cristianos, y fue de este modo como se nos justificó delante de Dios. En el
momento de la conversión a Cristo, fuimos “justificados gratuitamente por su
gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (Romanos 3.24).
El Nuevo Testamento también
se refiere a una justicia mostrada.
Los cristianos deben andar en justicia, es decir, manifestarla de modo
habitual. Esto fue lo que Juan escribió:
“... el que hace justicia es justo, como él es justo” (1 Juan 3.7). El que
los cristianos “vivan” o “anden en” el pecado es tan impensable, que Juan dijo
esto: “El que practica el cado es del
diablo... Todo aquel que es nacido de os, no practica el pecado,...” (1 Juan
3.8-9). Por lo tanto, el reino de Dios es un reino de justicia; la justicia
se extiende a todos los que entran en éste, y la justicia es mostrada por todos
los que viven como verdaderos ciudadanos de él.
El gobierno y reinado de
Dios en los corazones se manifiestan mediante la justicia en la vida. Se cuenta
la historia de un hombre que vivió durante
Somos ciudadanos verdaderos
del reino de Dios cuando es Dios quien gobierna y reina en nuestros corazones.
El reino de Dios es un reino de justicia La ciudadanía en este reino significa
que uno reconoce la soberanía de Dios y se somete a voluntad en su vida diaria.
La tercera característica de
la iglesia es que éste es el reino eterno de Dios sobre la tierra. No es reino
fugaz ni temporal; es estable, inamovible y eterno.
Daniel profetizó que el Dios
de los cielos establecería un reino, el cual jamás sería destruido (Daniel
2.44). Cuando Gabriel le reveló a María que ella iba a ser la madre terrenal
del Mesías, mencionó la cualidad eterna del reino sobre el cual el Mesías
gobernaría: “Este será grande, y se
llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará trono de David su padre; y
reinará sobre la casa Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin” (Luc. 1.32-33). Cuando Jesús anunció su
intención de establecer su iglesia, él prometió que las puertas del Hades no
prevalecerían contra ella (Mateo 16.1 Al reino de Dios se le describe en
Hebreos 12:28, como un reino inconmovible.
Como ciudadanos del reino de
los cielos que son, los cristianos
poseen la vida eterna. Esta vida es una experiencia ahora y una esperanza para
el futuro. Todos los que poseen a Jesús tienen la vida eterna ahora pues él es
la personificación misma de la vida eterna (1 Juan 1.2). En consecuencia, esto
fue lo que Juan escribió: “Todo aquel que
aborrece a su hermano es homicida; y sabéis que ningún homicida tiene vida
terna permanente en él” (1 Juan 3.15; énfasis nuestro). La naturaleza
eterna del reino de Dios se expresa ella misma en la calidad de vida que
experimentamos ahora como cristianos que somos, y en la vida eterna que
esperamos recibir en la eternidad.
Nuestra entrada a la vida
eterna ha sido asemejada a la entrada de un bebé al mundo, cuando éste sale del
vientre de su madre. El bebé experimenta la vida en el ambiente dentro del
vientre. Su experiencia de vida allí, no obstante, es limitada, aun cuando es
una vida en la que se encuentra cómodo, no le falta nada y está protegido.
Cuando el nacimiento tiene lugar, el bebé continúa experimentando la vida, pero
es una vida diferente y más plena —con posibilidades casi ilimitadas de tener
comunión con otros, de crecer y de libre actividad. Ahora que Jesús vive en
nuestros corazones, él nos provee de una nueva y maravillosa calidad de vida
—la vida eterna; pero cuando pasemos al otro lado de la vida, esta vida eterna
se manifestará de un modo diferente y más pleno--con comunión celestial, gozo
inexpresable, y servicio eterno.
Los cristianos somos parte de un reino eterno que no es afectado por las
dimensiones del tiempo del espacio. Siempre y cuando nos mantengamos dentro de
la esfera de la protección de Dios, mediante guardar fielmente su palabra,
seremos parte de un reino, el cual no podrá ser destruido ni tendrá fin.
Cuando se usa como marco de
referencia el gobierno y reinado de Dios en el corazón del cristiano, la
iglesia neotestamentaria es el reino de Dios, que posee los rasgos de
espiritualidad, justicia y eternidad. Los ciudadanos de este reino viven en
este mundo, pero sus corazones y ciudadanía pertenecen a otro mundo, al reino
eterno de Di (Colosenses 3.1-2; Filipenses 3.20).
Nicodemo, un principal de
los judíos, buscó a Jesús una noche para tener un mejor conocimiento acerca del
reino de Dios. Jesús le dijo que en el reino de Dios sólo se podía entrar mediante
un cambio tan radical y tan transformador, que la mejor manera de describirlo
era asemejándolo a un nacimiento. Esto
fue lo que le dijo: “De cierto, de cierto
te digo que el que no naciere de agua y del Espíritu, puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3.5). Para poder
entrar en este reino, el día que oficialmente dio comienzo en la tierra, Pedro
exhortó a la multitud, en vista de su fe en Jesús, a arrepentirse a bautizarse
para el perdón de sus pecados (Hechos 2.38-41). El nuevo nacimiento que Jesús
le describió a Nicodemo en Juan 3, fue administrado por Pedro en Hechos 2. La
entrada o nacimiento en el reino de Dios o la iglesia, conlleva la fe en Jesús
(Juan 3.16 el arrepentimiento o el volverse del pecado a Dios (Hechos 17.30),
el reconocimiento de que Jesús es Hijo de Dios (Romanos 10.9-10), y el bautismo
en Cristo para el perdón de pecados (Hechos 2.38; 22.16
La ciudadanía en el reino de
Dios le da a la vida un centro espiritual, un reino de Dios, el cual se irradia
a todo extremo y dimensión de la vida proveyéndola de estabilidad, guía,
entendimiento y sentimiento de estar completo. Esta santa ciudadanía también
trae justicia, benignidad y paz a nuestras vidas. En este mundo de lo temporal,
el reino de Dios infunde la vida eterna en nuestras vidas para hoy y para todos
los mañanas de nuestro futuro.
¿Es
usted un ciudadano del reino eterno de Dios, la iglesia”?
REGUNTAS
PARA ESTUDIO Y ANÁLISIS